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viernes, 23 de enero de 2015

La mujer bumerang (Dios Bendiga a Rocky Marciano).







—La señora Belmonte le espera en su suite.

Eso me dijo el recepcionista en cuanto me vió llegar al hotel. ¿Sra Belmonte? Pero que clase de tomadura de pelo era esa. Sí. Soy consciente que a un hombre que acababa de ganar cien millones de dollares, un tipo con un pasado turbio, pueden surgirle candidatas al apellido Belmonte como víboras a un marabusal. Así que subí de prisa a la suite ansioso por saber quién era mi supuesta madame.

Las luces apagadas y el silencio poco revelaban sobre su identidad, sí el perfume escandaloso que me salio al paso
Una fragancia sublime que me remontaba a mis dieciocho. Y solo podía existir en el mundo, en mi vida y en mi cuarto una mujer con ese perfume, la marca registrada de la mujer bumerang, Mae Kingston. La dueña y señora de los aromas de Chanel, y la madame en cuestión tenía la disciplinada costumbre de desaparecer repentinamente sin dar fe de su paradero. Así fue desde la noche en que la viera por primera vez con ojos de hombre en aquel callejón de Harlem.

Tras la pelea nos fuimos a celebrarlo al Red Lion a puerta cerrada. Y quién necesitaba público con aquella panda de hembras despampanantes pendientes del campeón, de mí, y de toda la camarilla de púgiles consagrados que me acompañaba. Se estaba de maravilla con aquellas hembras perfumaditas de melenas salvajes, piernas al aire y escotes capaces de provocar infartos. Y pude pasarlo realmente en grande durante toda la noche, pero ninguna de esas bellezas despertó en mí el más mínimo interés.

La hembra que mí me interesaba, la mujer bumerang, se encontraba bien lejos, ajena por completo a la celebración, por lo que no pensé más que en largarme a la playa a emborracharme, solo. Y mientras bebía a morros me preguntaba en que cama o trapicheos podría andar a esas horas, y aunque Mae Kinstong no hubiera sido capaz de aguantar en primera fila esos 15 rounds, ver como me machacaban a golpes siempre la ponía enferma, estaba seguro que sabía que el cinturón de campeón ya me pertenecía y que eso acabaría trayéndome de vuelta sus bonitos ojos de estrella y sus labios herencia de una abuela negra en la trastienda hechos a camelarse a un tipo en la primera cita.
Mae Kinstong podría despalillar a un hombre en una noche arrancándole de a poco, a dentelladas limpias, no solo las vestiduras de Romeo de turno, sino, todas sus posesiones y hasta la hombría, y luego largarse sin mirar atrás valiéndose de una labia calculada con probada efectividad, más propia de un corredor de bolsa que de una mujer, y un cuerpo muy legal equilibrado sobre unas piernas como mandadas a hacer en exclusiva complementando el ranking de haber sobrevivido sola en la calles desde los catorce.

Si hay algo de lo que Mae entiende en esta vida, es de los asuntos de cama.

Me adentré en la suite sin hacer ruido descubriéndola en la cama desnuda, una ofrenda sagrada.

Permanecí de pie junto a la cama viéndola en posicion fetal, una pose nada sexi, diríase infantil. No me atrevería a jurar sobre la biblia que aquella mujer era una santa sino un animal nocturno que había descifrado el código secreto de los engranajes de la noche.

La mujer suspendida en un sueño profundo e imperturbable, como una etérea y confiada trapecista cuya vida pende solo de la suerte de sus cuerdas y sus buenas artes aerodinámicas era mi posesión, de eso estaba seguro, ella siempre volvía, siempre sabía donde encontrarme y cómo vestirme adecuadamente con el consuelo del sexo experimentado a quema ropa.

Acuclillado recorrí los caminos de su espalda y el trayecto, limpio y sereno como el sedimento de un río antiguo, trajo a mí una ráfaga del futuro, de esas que tienen los buenos videntes. Mae no había vuelto a mí como otras veces, esta sería la última vez que mis manos harían el trabajo de explorador mal retribuido. Entonces despertó. Se estiró boca abajo y ladeó la cabeza hacia mí mientras yo me desnudaba.

La monté llorando.

Lo nuestro es un amor maldito. Llorar en la penumbra ayudaba a guardar la hombría, a ella le van los duros, los canallas, y yo solo soy duro para aguantar en pie quince rounds. La estrategia de aguantar reveses sin caer no me funciona con ella. Terminé pronto y me tendí a fumar a su lado.

—¿Estás loco? Sugar Ray es de los pesos pesados.

Eso dijo, aunque conoce bien  las reglas y sabe que un púgil solo puede enfrentar a un peso pesado si da el perfil en la ceremonia de tallaje. El comentario solo se refería a la pegada de Ray, la de un quebranta huesos amurallado con la piel de una pantera negra. El tiempo quemado desde nuestro último encuentro había sido demasiado largo y eso le impedía verme más que como el niño al que había instruido en el sexo para su propio beneficio. Un cabrón amigable a quien confiarle el embrujo de su corazón de piedra, aunque mi corpulencia ya indicara la entrada en los pesos pesados.

—Estaba seguro de mi aguante. Lo aprendí del mejor, Rocky Marciano.









—¡Oh señor! Bendice el alma de Rocky Marciano.

Por fortuna, Marciano había muerto en el '69, mucho antes de que los dos espabilaramos en el mundo y un muerto no puede hacer sombra a un vivo enfrentando el fuego a dos bandas de un trofeo como Mae, en sus espectaculares 34. Una mujer que sabe como poner de rodillas a un hombre incándose primero ella frente a su hombría, no sin antes  bambolearse por el cuarto tal y como dios la trajo al mundo para mostrarle el paraíso que podría ganar sin haber apostado en su miserable o acomodada vida por la doctrina de algún dios.

Hubiera entregado la gloria de mi carrera, incluso el cinturón de campeón, con tal que mi nombre en su boca de diva,  Black Cat, obrara el milagro de santificarla. Cuando Mae Kingston hablaba de Rocky Marciano lo hacía con tal veneración que le bailaban los ojos de privilegiada dicha como si fuera María Magdalena contemplando la resurrección de Cristo.

—Pues tal vez tengas razón y Marciano estaba conmigo. Victoria por K.O.

—Sí, pero ese Ray te ha destrozado la cara.

Me terminé el pitillo sin darle mucha importancia a ese detalle. Las magulladuras terminarían por ser borrones que traerían historias pasadas a los jóvenes curiosos del barrio sobre la gloria del boxeo. Y esa gloria mereció la pena, el cinturón de campeón y 100 millónes de dolares. Un pasaporte que cumpliría mi sueño, robarla.
Necesitaba ser ese ladrón y ella a alguien que la salvara.

—Voy a dejarlo, —anuncié.

—Eres joven para hablar de retiro.

—Tenglo planes para los dos. ¿Qué me dices?

Tal y como esperaba no me dedicó más que una mirada piadosa y sus dedos generosos recorriendo los puntos de sutura sobre mi ceja izquierda, los pómulos, los labios. Aquella piedad no iba a entregarme en bandeja a la Belmonte que necesitaba sino a la profesional del sexo que me ataba   de las muñecas al cabecero de la cama con el mismo cordón con el que se sujetaba el pelo.

Siempre supe que no se largaría conmigo ni aunque mi joven trasero ocupara el trono en la Casa Blanca y que buscar a dios no era el amparo, solo su cintura y permitirle amarme en libertad.  Un par de buenas bofetadas, que poco daño podían causar sobre el rostro de un peso pesado con 25 combates disputados, 24 ganados, 20 de ellos por KO. 1 nulo, más que los picos de la libído ascendiendo vertiginosamente como un globo de helio. Supliqué, como parte de nuestra divina comedia, algo más efectivo.
Erguida sobre mí descargó un tremendo uppercout  de izquierda sobre mis labios.

El sello de nuestro amor enfermo, el anillo de diamante,  rasgo la carne. La sangre brotó deslizándose hasta el mentón y con ella las fatigas del amor, dejé que la muerte nos arrastrara hasta morirnos juntos, hasta que nuestros estertores eléctricos se consumieron en la suite como el hielo en un buen trago. La contemplé aún a horcajadas sobre mí.
Con la misma inocencia infantil que la conocí reviví nuestro primer encuentro en Harlem. Amor a primera vista.
Supongo que así debió ser para los ojos del niño que fuí.

Aquella adolescente de cabellos revueltos que resollaba y maldecía contra mí en la sala de partos jamás me querría como la madre abnegada y hogareña que siempre necesité, sino con las ansias incontrolables con las que se desea a un hombre al que se le conoce en un bar cualquiera con el suficiente garbo y atractivo como para hechar por unas horas el cierre al negocio más antiguo del mundo.






n. del a:
Rocky Marciano, (1923- 1969). Campeon de los pesos pesados del 52 al 59.
Combates disputados 49.
Ganados 49.
Por KO, 43.
La pegada mas contundente de la historia del boxeo americano.






lunes, 19 de enero de 2015

Hielo.











Dame hielo, enfermera.
Hoy es Lunes
y tengo la fiebre del amor.

Es Lunes de diario y la terrible cepa
corre como la pólvora por el vagón n°5 del metro
anunciando peligro
de contagio.

Dame hielo, enfermera rebelde.

Dale hielo a este hombre 
que se muere
próximo a las fronteras de la noche.

Hielo,
para este corazón que se deshace
justo al borde de una copa de whisky de centeno
que no ofrece 
ni pizca de consuelo a su batalla.

Dame hielo, enfermera.

Prodiga tus bondades y servicios de gran "profesional
de la salud"
a este fogoso virus que me aqueja. 






viernes, 16 de enero de 2015

CUERVO NEGRO.


En las últimas dos semanas no he tenido tiempo para escribir. Me va a perdonar, pero no creo que llegue a tiempo para entregar mi artículo. —dije muy apenado.

—Si quisiera podría dedicarse solo a escribir. 

—Eso me dijo, doc. ¿Tú crees que lo que escribo vale? 

—Cosas peores he leído yo por ahí. Igual te conviene arrimarte a ese tío ¿Es escritor?

—Y yo que sé. No lo conozco de nada. A mí se me presentó como uno de los editores de esa revista con la que suelo colaborar.

—¿La  revista Euphoria?

—No, él es de la Jazzman. La verdad es que el tipo tiene un rollito fúnebre que te cagas. Alto, con el pelo largo. Lo llevaba atado con una cinta de terciopelo. Y lo más curioso: llevaba botas de montar.

Bueno, usted asumió un compromiso con la revista, así que  tiene que enviarme el artículo. 

Eso me dijo, Doc. Y yo le dije que era gracias a mi sueldo de publicista que podía pagar la carrera de Rob, que lo de escribir era un entretenimiento y punto.

Tiene madera de ilustrador, su hijo Rob. —me dijo.

¿Conoce a mi hijo? —le pregunté extrañado.


Siempre tengo compañía en el patio  cuando salgo a fumar, pero ayer estaba solo.¿Conoces a Lucky, doc? El tío que le tocó dos veces el cupón de la ONCE


¿El pirado informático?

—El mismo. Resulta que él fuma mi misma marca de cigarrillos, pero le cuesta rascarse el bolsillo y siempre me gorronea. Lucky no fue ayer a trabajar porque la gripe lo tiene cautivo en cama, de modo que mi compañero de patio resultó ser aquel hombre. Yo estaba donde los rosales cuando apareció  por sorpresa,  y parecía conocer a Rob. Extraño, porque conozco a todos los colegas de mi hijo menos a ese. 

—Entonces se trata de su hijo. —quiso saber.

—¿Y quién se va a preocupar del chico si no es su padre? No tengo tiempo par escribir chorradas.

—Su hijo es un ilustrador muy talentoso.

Lo es, pero  no quiero que Rob sea ilustrador, sería una pena tirar por la borda su inteligencia. Si le soy sincero preferiría que fuera científico.


Madison. 


—Así me llamo, aunque usted aún no me ha dicho su nombre.


Y no me lo dijo. El tío siguió allí clavado hablando como un papagayo

—Yo podría ser su mentor, soy editor.

  Y entonces me miró fijamente y y yo sentí como sus ojos urgaban en mi conciencia, deseoso de encontrar el tipo de secretos que uno siempre intenta esconder de la gente. La charla fue bien hasta que aquel tipo se irguió y y de la espalda le brotaron un par de alas, como las de un  cuervo.

―¿Un cuervo? De verdad de la buena, Madison ¿era un pitillo de María lo que te estabas fumando?

—No digas gilipolleces, doc. La María no provoca alucinaciones.

—Entonces de qué estamos hablando: ¿de un cuervo, de un hombre cuervo, o del espiritu de un cuervo que intenta, supuestamente, usarte como huésped?

―Y yo que coño sé. La vida esta llena de mamonadas extrañas, tú que eres psiquiatra deberías saberlo. Intento contarte, de colega a colega y no de paciente a psiquiatra, cómo aquel tipo se lanzó, luego del numerito de las alas, a revolotear en derredor mío como un tornado. Lo siguiente sí que no te lo vas a creer, doc

—Cosas peores se han oído en esta consulta.

—Se me metió dentro.

—¿Qué quieres decir con dentro, Madison?

—Pues eso, que se me metió dentro del pecho.

—¿Una posesión, en plan la niña del exorsista? 




—Ya esta bien de pregunticas, doc. Lo que yo necesito son respuestas. 

—Pues entonces te has equivocado de colega, porque no soy, como tú bien sabes, ni metafísico ni exorsista. 

—¿Crees que voy por ahí contándole a la peña toda esta movida paranormal, doc? Lo que ese tipo me hizo me dolió mucho teniendo en cuenta que se trata de un hombre que me saca un par de cabezas. Su inquietud por entre las costillas me oprimía la columna y los pulmones. Entonces fue cuando gritó desde dentro de mí: muévase. Y no me quedó mas remedio que pasar del dolor y echarme a andar. Mi jefe me había dejado un aviso para que fuera a verle urgente. Así que subí pitando a su despacho.

—¿Quería verme, jefe?

El jefe no tenía buena pinta, quizás Lucky le había dejado su gripe como regalo.

—Estás despedido. Recoge tus trastos y lárgate.

Me lo soltó así, doc, sin adornos y a lo bestia. Te juro que aquello me sonó como en ese concurso televisivo.

—Recoge tus cuchillos y vete, John. Es lo que le dicen a esos chicos en el reality televisivo Top chef.

—Que tuviera un cuervo, o el espíritu de un cuervo, moviéndose por mis entrañas, dejó de preocuparme. Un hombre sin empleo se convierte en un marginado.

—Sé que lo de fumar en el baño de señoras no estuvo bien, jefe —me excusé— pero hacía mucho frío para salir fuera. Tampoco lo de tirarme a su secretaria. Por esos días andaba yo batallando con el mono del vicio. Intentaba dejarlo. Entonces fue cuando su secretaria, Lupe, entró en la oficina a pedirme un cigarro. Luego me preguntó si yo tenía fuego y yo le dije: en las pestañas guapa. En fin, una cosa llevó a la otra...

—Mas bien los llevó a ustedes dos a desfogarse sobre mi fotocopiadora, Madison.

— Estoy tan en el vicio, jefe, que por las noches veo camellitos danzando en mis sueños y no me refiero a  los camellos que traen y llevan ese polen del viento del que hablan los Violadores del verso.

—¿Los violadores?

—Es un grupo de rap.

—Oye, bajate de esa nube y vuelve aquí a la realidad, y tú ya sabes como sigue la letra de ese bolero por que tu madre es cubana. No te estoy despidiendo por lo de Lupe.

—¿Ah no?

—Pues no. Aquí estamos para lo que estamos y no para perder el tiempo escribiendo artículos sobre ese trompetista.

—Miles, jefe, Miles Davis.

—Tu única función es la de publicista, así que ve quitándote el cartelito de escritor, que esa etiqueta a ti te queda grande.

—Me da a mí que con esa canción no lleva buen camino, jefe.

Y aquello se lo dije porque el cuervo comenzaba a revolverse dentro de mí, doc. Temí por mi jefe y por su escritorio de caoba comprado hacía poco en una subasta. Qué tal si el cuervo me pedía guerra y el pecho se me  reventaba allí mismo en pedazos, doc. Iba a quedar todo hecho un asco, incluida la alfombra.

—¿Por qué me ha dicho lo de la etiqueta? —pregunté al mala persona de mi jefe.

—Porque, sencillamente, tú no tienes carrera ni huevos. 

Entonces fue cuando lo ví todo negro al sentir al cuervo sacudirse en mi fondo.

—Le sugiero que me pida perdón. 

—¿Y por qué habría de hacerlo?

—Porque es peligroso, llevo a un cuervo alojado en mí. —Sabía que mi jefe no iba a creerme, doc, pero igual se lo manifesté—. Me ha poseído cuando salí a fumar al patio —le advertí—. Así que no siga tocándome las pelotas de ese modo.

—En todo caso despidiéndote de este modo. —concluyó mi jefe.

—Y tal y como el cuervo entró en mí, se abrió paso en mi pecho haciéndose presente entre graznidos y batiendo las alas. Y de repente, se abalanzó sobre mi jefe sentado en su sillón con los ojos de sijú y la boca redonda,  como si intentara decir la "o" pero sin emitir  sonido. El cuervo le seccionó la yugular a picotazos.

—Madison ¿te estás tomando la medicación?

—Por supuesto que sí, doc. No son alucinaciones.

—Pues, yo creo que sí.

—Lo juro por mi Rob. 

―No jures por Rob.

Pues te lo juro.

—¿Cómo lo de Jesús? No pensarás que me lo creí, porque estabas más borracho que mi abuelo en las fiestas mayores de su pueblo.

—Y lo reafirmo, doc, hacía una ventolera terrible dentro del cuarto la noche en la que Jesús se me apareció. Me preguntó si verdaderamente creía en él y yo dije: sí.

¿Cuànto hace que nos conocemos?

—Desde que  Rob nació. Sabes que no juraría por él en vano.

―Naturalmente que no ¿Por qué no nos tomamos un traguito? A mí me ayuda a pensar.

—Hoy no me apetece beber, doc. Estoy acojonado. 












lunes, 12 de enero de 2015

PARIDAS EN LA NOCHE. ( Cuentos y relatos).







Siempre que escribo alguna de mis paridas a quien primero se la  la doy a leer es a mi madre. Los colegas siempre mienten cuando  les pido su valoración. Gladys no tiene pelos en la lengua, suelta lo que se le cruza por la cabeza sin remilgos.

Lo de Gladys Sánchez se llama al duro y sin guantes. Mi madre representaría de escándalo a Podemos. Pondría a caldo a todos esos  mamarrachos de tres al cuarto que ponen a caldo a Pablo Iglesias. Si tuviera un escaño en el parlamento, claro, porque como diplomática sería un auténtico desastre, para eso no sirve.

Mi pastelito, un cuento sobre una enfermera de ojos verdes preciosa, me quemaba en las manos. Salí del despacho y bajé al cuarto de la plancha a buscarla.

—Si quieres planchas tú esta montaña de camisas,  son tuyas y de Rob, mientras yo leo esa mierda.
Trae.

Gladys me arrebato el cuento. Es una impresentable, así de claro, en cuanto me vio desfilar por el cuarto folios me lanzo el primer rapapolvo, pero ya estoy hecho a que me trate con la punta del tacón. Soy hijo único. Desde que murió papá Gladys no tiene hacía quien dirigir su foco de atención, su tremenda mala leche.

—No —le rebato, son cuentos cortos. Voy planchando mientras lo miras.

Le sugiero y agarro la plancha. Como imaginaba, el cuento no le gusta un pelo, porque enseguida noto como su rostro convulsiona mientras lee.

—John, hijo, cuándo vas a escribir algo decente. Esto es una cochinada.

—No señora, no lo es.

—Tú no estarás pensando en publicar todas esas barbaridades.

—Pues sí.

—Ahí dices un montón de tacos. —Bukowski también metía tacos en sus textos, decía lo que le salía de las pelotas y nadie se ha quejado nunca.
Sigue siendo el amo.

—Ya, pero a ese lo conoce toda la humanidad, John, a tí no te conocen ni los perros.

 Como escritor, se refiere, en otros terrenos me conoce mucha peña. En el musical, me refiero. Soy manager, me conoce una cantidad asquerosa de músicos. Y toda la jodida peña femenina que sigue a los músicos.
Y todos los camareros, barmans, porteros, seguratas, gogos y frikis  que vanaglorean,  rodean y hacen la pelota a los músicos.
 De modo que le salgo al paso.

—Mentira, el chucho del vecino me conoce, menea el rabo en cuanto me ve, y da saltitos, le gusto, una barbaridad. Ese chucho sabe oler a buen tipo a kilómetros.

—Si, claro. Solo porque le das salchichas cuando entra  por accidente en casa. Cuando llegas pasadito de tragos  los sábados. El sabado pasado te dejaste la puerta abierta.

—Gladys, hazme un favor, no opines, tú solo lee, no entiendes de literatura. Son buenísimos. Realistas, superrealistas y cañeros.
De la vida misma.
Joder. Bukowski me invitaría a unas birras si los leyera. Si pudiera regresar de entre los muertos, claro.

—Puede, pero estarían mucho mejor si fueran de amor.

—Mamá, el amor es un asco. Lo mío es otra clase de paridas.