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jueves, 29 de enero de 2015

El poeta, el médico y la enfermera.








—¿Otra vez en urgencias?

—Usted sabe muy bien que yo estaría enfermo toda la vida solo por verla, emfermera.

—Aparte esa mano, fresco. Y déjeme trabajar.

 —¿Sabe dónde guardo mis mejores versos?

—Luego me lo cuenta, cuando acabe de tomarle la tensión.

—Por las noches pienso mucho en usted, vestida con su uniforme, con tu impecable recogido y con esos labios de pitimini.

—Tiene la tensión muy alta, en Jupiter. Ha vuelto a beber. ¿Y desde cuándo no duerme?

—No me interesa dormir, enfermera. Yo solo quiero escribir poemas y estar con usted.

—Lo que tiene una que aguantar.

—Besarla.

—¡Cristo del gran poder! La de boberías que dice la gente cuando está borracha.

—No estoy borracho. Podría llevarte muy lejos si me dejaras, enfermera. Y seríamos muy felices allá.

—Ay, por Dios bendito, ¿allà adónde? ¡Oh, se refiere al cielo! ¿Un cohete, un dirigible? ¿Y en qué medio de transporte me va a llevar?

—Le sorprendería la variedad de recursos de los que diapongo para llevar a cabo ese viaje. Soy poeta.

—Quieto Buz Light Year. Si sigue moviéndose de ese modo será imposible cogerle una vía.

—Y bailaríamos.

—¿Y qué, qué bailaríamos?

—Tango, boleros.

—Pues lo del tango hoy no va a poder ser porque no puede siquiera mantenerse en pie.

—Toda la noche, enfermera. Bailaríamos hasta caer rendidos en la cama.

—Pues maldita la gracia eso de la rendición. Lo cierto es que está usted como una regadera.

—¿Sabes enfermera?, el sábado pasado pille un virus por su culpa, mientras bebía whisky. Fumaba, bebía y le escribía poemas.

—¿Un virus?

—Sí. La fiebre del amor que le llaman:


Dame hielo, enfermera.
Hoy es Lunes
y tengo la fiebre del amor...

—Espera Loli, ¿puedes subirme esta muestra de sangre al laboratorio.

...Es Lunes de diario y la terrible cepa
corre como la pólvora por el vagón n°5 del metro
anunciando peligro
de contagio.

—¿Qué otra vez está aquí el poeta?

—Sí. Y cada vez que viene me monta estos numeritos. Gracias Loli.

Dame hielo, enfermera rebelde.

Dale hielo a este hombre 
que se muere
próximo a las fronteras de la noche.

Hielo,
para este corazón que se deshace
justo al borde de una copa de whisky de centeno
que no ofrece 
ni pizca de consuelo a su batalla.

Dame hielo, enfermera.

Prodiga tus bondades y servicios de gran "profesional
de la salud"
a este fogoso virus que me aqueja.

—¿Hielo? Un medicamento para poner a raya su tensión, eso es todo lo que puedo ofrecerle en este momento.

—Llueve enfermera.

—Pues la verdad es que sí. Es la única cosa coherente que ha dicho desde que llegó a urgencias. Llueve tanto que vamos a tener que salir del hospital en una canoa. ¡La que está callendo!

—Adoro la lluvia.

—Pues yo odio que llueva justo antes de acabar el turno. Me molesta muchísimo llegar a casa con los dedos de los pies arrugados.

—¿Me deja que le resite uno de los poemas que escribí para usted el Sábado?

—Con tal que no se mueva de la cama. Usted mismo.

—Le va a encantar:

Haré que en tu gobierno lluevan mil soles nuevos,
que largas primaveras imperen en tu risa.

Que me ames  plenamente en tu desorden
en loco batallar, sin raciocinios
deshecha en tus temblores y en tus miedos
mientras caen
los muros y cerrojos de tu templo
y abro a mi oscuridad
el farolito tímido 
que manda en el emporio de  tu cuerpo,

desvirgada de paz al conocerte 
toda hecha 
de mieles y de ríos
alfaguara de pálpito frenético 
líquido y transparente entre mis dedos.

No tendrás paz más que desnuda en  mi horizonte.

En mí.
Fraguada en mi palabra.

—¡Qué belleza! Si no bebiera tanto.

—Qué ¿otra vez el poeta?

—Sí, doctor. Y hoy está de un romántico de aupa. Todo versos el hombre. Le juro que si no fuera por ese delírium trémens.

—¡Isabel!

—Lo achuchaba, doctor, lo achuchaba.

—¡Isabel Bermudez!

—Si es que es inofensivo, un oso de peluche, vamos. Qué lástima de hombre, doctor.

— Sedante en vena y a dormir, Isabel. Que muerto el perro, se le acaba el verso.














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