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jueves, 29 de enero de 2015

El poeta, el médico y la enfermera.








—¿Otra vez en urgencias?

—Usted sabe muy bien que yo estaría enfermo toda la vida solo por verla, emfermera.

—Aparte esa mano, fresco. Y déjeme trabajar.

 —¿Sabe dónde guardo mis mejores versos?

—Luego me lo cuenta, cuando acabe de tomarle la tensión.

—Por las noches pienso mucho en usted, vestida con su uniforme, con tu impecable recogido y con esos labios de pitimini.

—Tiene la tensión muy alta, en Jupiter. Ha vuelto a beber. ¿Y desde cuándo no duerme?

—No me interesa dormir, enfermera. Yo solo quiero escribir poemas y estar con usted.

—Lo que tiene una que aguantar.

—Besarla.

—¡Cristo del gran poder! La de boberías que dice la gente cuando está borracha.

—No estoy borracho. Podría llevarte muy lejos si me dejaras, enfermera. Y seríamos muy felices allá.

—Ay, por Dios bendito, ¿allà adónde? ¡Oh, se refiere al cielo! ¿Un cohete, un dirigible? ¿Y en qué medio de transporte me va a llevar?

—Le sorprendería la variedad de recursos de los que diapongo para llevar a cabo ese viaje. Soy poeta.

—Quieto Buz Light Year. Si sigue moviéndose de ese modo será imposible cogerle una vía.

—Y bailaríamos.

—¿Y qué, qué bailaríamos?

—Tango, boleros.

—Pues lo del tango hoy no va a poder ser porque no puede siquiera mantenerse en pie.

—Toda la noche, enfermera. Bailaríamos hasta caer rendidos en la cama.

—Pues maldita la gracia eso de la rendición. Lo cierto es que está usted como una regadera.

—¿Sabes enfermera?, el sábado pasado pille un virus por su culpa, mientras bebía whisky. Fumaba, bebía y le escribía poemas.

—¿Un virus?

—Sí. La fiebre del amor que le llaman:


Dame hielo, enfermera.
Hoy es Lunes
y tengo la fiebre del amor...

—Espera Loli, ¿puedes subirme esta muestra de sangre al laboratorio.

...Es Lunes de diario y la terrible cepa
corre como la pólvora por el vagón n°5 del metro
anunciando peligro
de contagio.

—¿Qué otra vez está aquí el poeta?

—Sí. Y cada vez que viene me monta estos numeritos. Gracias Loli.

Dame hielo, enfermera rebelde.

Dale hielo a este hombre 
que se muere
próximo a las fronteras de la noche.

Hielo,
para este corazón que se deshace
justo al borde de una copa de whisky de centeno
que no ofrece 
ni pizca de consuelo a su batalla.

Dame hielo, enfermera.

Prodiga tus bondades y servicios de gran "profesional
de la salud"
a este fogoso virus que me aqueja.

—¿Hielo? Un medicamento para poner a raya su tensión, eso es todo lo que puedo ofrecerle en este momento.

—Llueve enfermera.

—Pues la verdad es que sí. Es la única cosa coherente que ha dicho desde que llegó a urgencias. Llueve tanto que vamos a tener que salir del hospital en una canoa. ¡La que está callendo!

—Adoro la lluvia.

—Pues yo odio que llueva justo antes de acabar el turno. Me molesta muchísimo llegar a casa con los dedos de los pies arrugados.

—¿Me deja que le resite uno de los poemas que escribí para usted el Sábado?

—Con tal que no se mueva de la cama. Usted mismo.

—Le va a encantar:

Haré que en tu gobierno lluevan mil soles nuevos,
que largas primaveras imperen en tu risa.

Que me ames  plenamente en tu desorden
en loco batallar, sin raciocinios
deshecha en tus temblores y en tus miedos
mientras caen
los muros y cerrojos de tu templo
y abro a mi oscuridad
el farolito tímido 
que manda en el emporio de  tu cuerpo,

desvirgada de paz al conocerte 
toda hecha 
de mieles y de ríos
alfaguara de pálpito frenético 
líquido y transparente entre mis dedos.

No tendrás paz más que desnuda en  mi horizonte.

En mí.
Fraguada en mi palabra.

—¡Qué belleza! Si no bebiera tanto.

—Qué ¿otra vez el poeta?

—Sí, doctor. Y hoy está de un romántico de aupa. Todo versos el hombre. Le juro que si no fuera por ese delírium trémens.

—¡Isabel!

—Lo achuchaba, doctor, lo achuchaba.

—¡Isabel Bermudez!

—Si es que es inofensivo, un oso de peluche, vamos. Qué lástima de hombre, doctor.

— Sedante en vena y a dormir, Isabel. Que muerto el perro, se le acaba el verso.














viernes, 23 de enero de 2015

La mujer bumerang (Dios Bendiga a Rocky Marciano).







—La señora Belmonte le espera en su suite.

Eso me dijo el recepcionista en cuanto me vió llegar al hotel. ¿Sra Belmonte? Pero que clase de tomadura de pelo era esa. Sí. Soy consciente que a un hombre que acababa de ganar cien millones de dollares, un tipo con un pasado turbio, pueden surgirle candidatas al apellido Belmonte como víboras a un marabusal. Así que subí de prisa a la suite ansioso por saber quién era mi supuesta madame.

Las luces apagadas y el silencio poco revelaban sobre su identidad, sí el perfume escandaloso que me salio al paso
Una fragancia sublime que me remontaba a mis dieciocho. Y solo podía existir en el mundo, en mi vida y en mi cuarto una mujer con ese perfume, la marca registrada de la mujer bumerang, Mae Kingston. La dueña y señora de los aromas de Chanel, y la madame en cuestión tenía la disciplinada costumbre de desaparecer repentinamente sin dar fe de su paradero. Así fue desde la noche en que la viera por primera vez con ojos de hombre en aquel callejón de Harlem.

Tras la pelea nos fuimos a celebrarlo al Red Lion a puerta cerrada. Y quién necesitaba público con aquella panda de hembras despampanantes pendientes del campeón, de mí, y de toda la camarilla de púgiles consagrados que me acompañaba. Se estaba de maravilla con aquellas hembras perfumaditas de melenas salvajes, piernas al aire y escotes capaces de provocar infartos. Y pude pasarlo realmente en grande durante toda la noche, pero ninguna de esas bellezas despertó en mí el más mínimo interés.

La hembra que mí me interesaba, la mujer bumerang, se encontraba bien lejos, ajena por completo a la celebración, por lo que no pensé más que en largarme a la playa a emborracharme, solo. Y mientras bebía a morros me preguntaba en que cama o trapicheos podría andar a esas horas, y aunque Mae Kinstong no hubiera sido capaz de aguantar en primera fila esos 15 rounds, ver como me machacaban a golpes siempre la ponía enferma, estaba seguro que sabía que el cinturón de campeón ya me pertenecía y que eso acabaría trayéndome de vuelta sus bonitos ojos de estrella y sus labios herencia de una abuela negra en la trastienda hechos a camelarse a un tipo en la primera cita.
Mae Kinstong podría despalillar a un hombre en una noche arrancándole de a poco, a dentelladas limpias, no solo las vestiduras de Romeo de turno, sino, todas sus posesiones y hasta la hombría, y luego largarse sin mirar atrás valiéndose de una labia calculada con probada efectividad, más propia de un corredor de bolsa que de una mujer, y un cuerpo muy legal equilibrado sobre unas piernas como mandadas a hacer en exclusiva complementando el ranking de haber sobrevivido sola en la calles desde los catorce.

Si hay algo de lo que Mae entiende en esta vida, es de los asuntos de cama.

Me adentré en la suite sin hacer ruido descubriéndola en la cama desnuda, una ofrenda sagrada.

Permanecí de pie junto a la cama viéndola en posicion fetal, una pose nada sexi, diríase infantil. No me atrevería a jurar sobre la biblia que aquella mujer era una santa sino un animal nocturno que había descifrado el código secreto de los engranajes de la noche.

La mujer suspendida en un sueño profundo e imperturbable, como una etérea y confiada trapecista cuya vida pende solo de la suerte de sus cuerdas y sus buenas artes aerodinámicas era mi posesión, de eso estaba seguro, ella siempre volvía, siempre sabía donde encontrarme y cómo vestirme adecuadamente con el consuelo del sexo experimentado a quema ropa.

Acuclillado recorrí los caminos de su espalda y el trayecto, limpio y sereno como el sedimento de un río antiguo, trajo a mí una ráfaga del futuro, de esas que tienen los buenos videntes. Mae no había vuelto a mí como otras veces, esta sería la última vez que mis manos harían el trabajo de explorador mal retribuido. Entonces despertó. Se estiró boca abajo y ladeó la cabeza hacia mí mientras yo me desnudaba.

La monté llorando.

Lo nuestro es un amor maldito. Llorar en la penumbra ayudaba a guardar la hombría, a ella le van los duros, los canallas, y yo solo soy duro para aguantar en pie quince rounds. La estrategia de aguantar reveses sin caer no me funciona con ella. Terminé pronto y me tendí a fumar a su lado.

—¿Estás loco? Sugar Ray es de los pesos pesados.

Eso dijo, aunque conoce bien  las reglas y sabe que un púgil solo puede enfrentar a un peso pesado si da el perfil en la ceremonia de tallaje. El comentario solo se refería a la pegada de Ray, la de un quebranta huesos amurallado con la piel de una pantera negra. El tiempo quemado desde nuestro último encuentro había sido demasiado largo y eso le impedía verme más que como el niño al que había instruido en el sexo para su propio beneficio. Un cabrón amigable a quien confiarle el embrujo de su corazón de piedra, aunque mi corpulencia ya indicara la entrada en los pesos pesados.

—Estaba seguro de mi aguante. Lo aprendí del mejor, Rocky Marciano.









—¡Oh señor! Bendice el alma de Rocky Marciano.

Por fortuna, Marciano había muerto en el '69, mucho antes de que los dos espabilaramos en el mundo y un muerto no puede hacer sombra a un vivo enfrentando el fuego a dos bandas de un trofeo como Mae, en sus espectaculares 34. Una mujer que sabe como poner de rodillas a un hombre incándose primero ella frente a su hombría, no sin antes  bambolearse por el cuarto tal y como dios la trajo al mundo para mostrarle el paraíso que podría ganar sin haber apostado en su miserable o acomodada vida por la doctrina de algún dios.

Hubiera entregado la gloria de mi carrera, incluso el cinturón de campeón, con tal que mi nombre en su boca de diva,  Black Cat, obrara el milagro de santificarla. Cuando Mae Kingston hablaba de Rocky Marciano lo hacía con tal veneración que le bailaban los ojos de privilegiada dicha como si fuera María Magdalena contemplando la resurrección de Cristo.

—Pues tal vez tengas razón y Marciano estaba conmigo. Victoria por K.O.

—Sí, pero ese Ray te ha destrozado la cara.

Me terminé el pitillo sin darle mucha importancia a ese detalle. Las magulladuras terminarían por ser borrones que traerían historias pasadas a los jóvenes curiosos del barrio sobre la gloria del boxeo. Y esa gloria mereció la pena, el cinturón de campeón y 100 millónes de dolares. Un pasaporte que cumpliría mi sueño, robarla.
Necesitaba ser ese ladrón y ella a alguien que la salvara.

—Voy a dejarlo, —anuncié.

—Eres joven para hablar de retiro.

—Tenglo planes para los dos. ¿Qué me dices?

Tal y como esperaba no me dedicó más que una mirada piadosa y sus dedos generosos recorriendo los puntos de sutura sobre mi ceja izquierda, los pómulos, los labios. Aquella piedad no iba a entregarme en bandeja a la Belmonte que necesitaba sino a la profesional del sexo que me ataba   de las muñecas al cabecero de la cama con el mismo cordón con el que se sujetaba el pelo.

Siempre supe que no se largaría conmigo ni aunque mi joven trasero ocupara el trono en la Casa Blanca y que buscar a dios no era el amparo, solo su cintura y permitirle amarme en libertad.  Un par de buenas bofetadas, que poco daño podían causar sobre el rostro de un peso pesado con 25 combates disputados, 24 ganados, 20 de ellos por KO. 1 nulo, más que los picos de la libído ascendiendo vertiginosamente como un globo de helio. Supliqué, como parte de nuestra divina comedia, algo más efectivo.
Erguida sobre mí descargó un tremendo uppercout  de izquierda sobre mis labios.

El sello de nuestro amor enfermo, el anillo de diamante,  rasgo la carne. La sangre brotó deslizándose hasta el mentón y con ella las fatigas del amor, dejé que la muerte nos arrastrara hasta morirnos juntos, hasta que nuestros estertores eléctricos se consumieron en la suite como el hielo en un buen trago. La contemplé aún a horcajadas sobre mí.
Con la misma inocencia infantil que la conocí reviví nuestro primer encuentro en Harlem. Amor a primera vista.
Supongo que así debió ser para los ojos del niño que fuí.

Aquella adolescente de cabellos revueltos que resollaba y maldecía contra mí en la sala de partos jamás me querría como la madre abnegada y hogareña que siempre necesité, sino con las ansias incontrolables con las que se desea a un hombre al que se le conoce en un bar cualquiera con el suficiente garbo y atractivo como para hechar por unas horas el cierre al negocio más antiguo del mundo.






n. del a:
Rocky Marciano, (1923- 1969). Campeon de los pesos pesados del 52 al 59.
Combates disputados 49.
Ganados 49.
Por KO, 43.
La pegada mas contundente de la historia del boxeo americano.






lunes, 19 de enero de 2015

Hielo.











Dame hielo, enfermera.
Hoy es Lunes
y tengo la fiebre del amor.

Es Lunes de diario y la terrible cepa
corre como la pólvora por el vagón n°5 del metro
anunciando peligro
de contagio.

Dame hielo, enfermera rebelde.

Dale hielo a este hombre 
que se muere
próximo a las fronteras de la noche.

Hielo,
para este corazón que se deshace
justo al borde de una copa de whisky de centeno
que no ofrece 
ni pizca de consuelo a su batalla.

Dame hielo, enfermera.

Prodiga tus bondades y servicios de gran "profesional
de la salud"
a este fogoso virus que me aqueja. 






viernes, 16 de enero de 2015

CUERVO NEGRO.


—Lo entiendo,  créame, pero este empleo apenas me deja tiempo libre. Dentro del mundo del espectáculo, a un publicista es lo que le toca, pringar con el trabajo sucio. Y esa es la única razón por la que no he escrito una palabra en las últimas dos semanas. Lo siento, pero no creo que llegue a tiempo para entregar mi artículo.

El tipo estaba ahí delante de mí mientras hablábamos, doc. Era un hombre extraño con un rollito extraño que te cagas, alto, bien parecido, con el cabello como el pelaje de un pura sangre, negro, y largo atados con una lazito de esos de terciopelo negro. Y lo más raro: llevaba botas de montar.

—Pues si no tiene tiempo, búsquelo, cómprelo, o róbelo si es necesario, pero entregue ese artículo Mr. Madison. 

Eso me dijo, Doc, pero en un tono muy respetuoso.

Este empleo es  mi única fuente de ingresos, —eso le dije, —vivo bien, gracias a ese sueldo pago cómodamente la carrera de mi hijo Rob en la Pompeu Fabra.

Tiene madera de ilustrador, su Rob.

¿Usted conoce a mi hijo?

Sabes que siempre tengo compañía en el patio  cuando salgo a fumar, doc, pero ayer estaba solo.¿Conoces a Lucky, el tío aquel que le tocó dos veces seguidas el cupón de la ONCE?

―Ah sí, Lucky, ¿el rubito, el pirado informático?

—Sí, el mismo. Resulta que él fuma mi misma marca de cigarrillos, CAMEL, pero le cuesta rascarse el bolsillo y siempre me gorronea. Pues Lucky no fue ayer a trabajar por que la gripe lo tiene cautivo en la cama, de modo que mi compañero en el patio resultó ser aquel hombre. Yo estaba allí, donde los rosales cuando él apareció  por sorpresa  y parecía conocer a Rob. Qué extraño, por que conozco a todos los colegas de mi hijo. 

—Se trata de su hijo, —quiso saber.

—Sí. Vive solo conmigo.

—He visto trabajos de su hijo en la red. Es muy bueno, un ilustrador muy talentoso. 

Eso dijo, doc.

Lo es, —apostillé, —pero  no quiero que sea ilustrador. Rob es un cerebrito, sería una pena tirar por la borda toda esa inteligencia. Y además para qué, ya nadie apuesta por los artistas. Prefiero que sea científico.

Mr. Madison. 

—Sí. Aún no me ha dicho su nombre.

Y no me lo dijo, doc, elbtipo siguió hablando y hablando como un papagayo

—Usted me necesita. Yo podría ser su mentor por que fui editor en el pasado. Usted nació escritor, pero le falta rodaje.

  Y entonces volvió a dedicarme esa mirada, tan oscura como sus lustrosas botas de montar, esa extraña mirada que se me antojaba un par de manos urgando en mí con el objeto de encontrar mis secretos  más ocultos. El tipo de secretos que uno siempre quiere  esconder de la gente.
Finalmente se presentó como un intermediario de la revista "Jazzman", ya sabes, doc, esa revista con la que suelo colaborar, sí, es buena. Y de pronto se irguió y desplegó sus enormes alas negras, como las de un  cuervo.
―¿Un cuervo, Madison?
Sí, doc, un cuervo negro que revoloteó en derredor mío. Oh mierda doc, esto no te lo vas a creer.
—Dispara.
—Se me metió dentro.
—¿Dentro? ¿Qué quieres decir con eso de dentro?
—En el pecho.




Y dolió mucho, porque se trata de un tipo alto, me saca un par de cabezas. Me recosté a la pared. Su inquietud por entre las costillas me oprimía la columna, los pulmones. Luego le oí gritar desde lo profundo de mí:

— Muévase.

Y yo pasé del dolor. Sí, doc. Mi jefe me había dejado un aviso para que subiera a su despacho, urgente. Subí pitando a su oficina.

—¿Quería verme jefe?

Me quedé paralizado delante de su escritorio tan erguido como una farola. El jefe no tenía buena cara, quizás Lucky le había dejado su gripe como regalo.

—Sí, Madison, recoge tus trastos y largate.
—Oh mierda doc, sonó como lo de ese concurso televisivo, el de los chef.
—Recoge tus cuchillos y vete, John. Es lo que le dicen a esos chicos en el reality culinario, Top chef.
—Jefe, —le dije, —mira doc que tuviera un cuervo, o el espíritu de un cuervo, o lo que sea que fuera removiendome mis entrañas era lo de menos, eso dejó de preocuparme. Un hombre sin empleo se convierte en un marginado, un invisible para la sociedad.
—Lo de fumar en el baño de señoras no estuvo bien jefe, —me excusé, —pero hacía mucho frío para salir a fumar fuera y llovía. Tampoco lo de tirarme a su secretaria sobre la fotocopiadora, usted no lo entiende. Soy un adicto, al sexo no, al Camel. ¿Sabe que el tabaco tiene el mismo compuesto químico que la heroína? Y me va a perdonar por lo de su secretaria. Estoy tan en el vicio jefe, quiero dejarlo, por las noches veo camellitos danzando en sueños y no me refiero a  los camellos que traen y llevan el polen del viento del que hablan los Violadores del verso.
—¿Violadores del verso?
—Un grupo de rap. No hablo de camellos marroquíes que transportan lo que se conoce en la calle como chocolate, sino del camello del eslogan publicitario de CAMEL.
—Cállate, Madison. Estás como una cabra. Oye, bajate de esa nube y vuelve aquí a la realidad, y tú ya sabes bien como sigue la letra de ese bolero por que tu señora madre es cubana. Nunca serás escritor.
—Cierre el pico jefe, con esa canción no lleva buen camino.

Y aquello lo dije por el cuervo, comenzaba a enfadarse, a revolverse. Temí por mi jefe. Y por mi camisa de Armani nueva de 200 €, y por mi pecho y por el bonito, antiguo y carísimo escritorio de caoba comprado en última subasta de mi jefe.
Imaginate  doc. 
Qué tal si el cuervo pedía guerra y el pecho se me  reventaba en pedazos. Iba a quedar todo hecho un asco. Coño, que pena de alfombra persa.

Nunca serás escritor, Madison, —me dijo.
Por qué lo dice —le dije.
No tienes carrera ni huevos. Eres un mierdas.

Entonces fue cuando lo ví todo negro y el cuervo se sacudió en mi fondo, se retorció como un tornado en mi  pecho de tipo duro herido.

Cállese ya, jefe, —sugerí—.  Pídame perdón o lo lamentará.
—Y por qué habría de hacerlo, so memo.
—Por que es peligroso, llevo a un cuervo alojado en mi interior. 

Ya, doc, él no iba a creerme, ni puto caso, pero igual se lo manifesté.

Me ha poseído hace un rato, cuando salí a fumar al patio. Haga lo que le digo y no siga insultándome, tocándome las pelotas de ese modo, cabreandome de ese modo. Matándome ...
—¿Despidíendote de este modo? Largo de mi oficina.

Y se montó la gorda doc. El cuervo se abrió paso en mi pecho, graznando como un loco y batiendo alas. Se abalanzó sobre mi jefe que estaba sentado en su sillón de cuero con los ojos como los de un sijú platanero y la boca redonda, muy redonda, doc,  como si intentara decir la "o" pero sin  sonido. Le seccionó la yugular a picotazos y no pude hacer nada.
Ni siquiera por mí, por que doc, antes de que huyera del despacho, joder, había sangre por todas partes, oh mierda doc,  ese engendro asesino volvió a tomarme.
—Madison. Estás tomando la medicación, ¿verdad?
No son alucinaciones, doc.
—Pues, yo creo que sí John Williams Madison.
—Lo juro por Rob. 
Oye,  loco, no jures por el bueno de tu Rob, eh, Madi, que me asustas.
Pues lo juro.
Dios santo. Si me hubieras venido con la chorrada de que te trajera la santa biblia para jurarmelo como lo del mes pasado, me entraron ganas de darte de bofetadas cuando empezaste con lo de que Jesús te habló.
—Es cierto. Aquella tarde Jesús me habló y mientras lo hacía corría una ventolera terrible por el cuarto. Me preguntó si verdaderamente creía en él y yo dije: sí.

Cállate John, te juro que aquella vez te habría echado de la consulta a patadas, si no fuera por que estabas calléndote de la borrachera, santo dios John, lo has jurado por Rob. 
―Nos conocemos desde hace veinte años.
—Sí, desde que  Rob nació.
―No juraría por él en vano.
Claro. Oye, tómate un trago conmigo y tranquilizate.
—Sabes que no puede ser, eres mi psiquiatra. El Transilium no caza con el whisky. Hoy no me apetece beber. Estoy acojonado.
 Oye doc, no digas más. Hoy desperté con un hambre terrible, lo extraño es que solo tenía ganas de hincarle el diente a un filete crudo de ternera, mi madre lo tenía guardado en la nevera desde hacía un par de días, pero pasé de esa asquerosidad y me fui al baño. He cubierto los espejos con sábanas, iba a lavarme los dientes y al mirarme en el espejo vi enrededados  en mis pupilas los ojos del cuervo sonriendome de un modo perverso desde el otro lado de mi mismo. Eres mi mejor amigo.
No quiero que te pase nada doctor. Así que, cremallera.
Ya, porque entre otras cosas Madison, soy el único psiquiatra en España que es capaz de aguantar toda esa  metralla tuya, artillería pesada John, sin perder la cordura. Mira, vamos a tomarnos las cosas con calma, terapia compartida, tú y ese cuervo.
Si va a vivir contigo habrá que meterlo en cintura.
—Será un reto difícil Doctor Méndez.
—Me encantan las emociones fuertes Madison.






J. Madison.






lunes, 12 de enero de 2015

PARIDAS EN LA NOCHE. ( Cuentos y relatos).







Siempre que escribo alguna de mis paridas a quien primero se la  la doy a leer es a mi madre. Los colegas siempre mienten cuando  les pido su valoración. Gladys no tiene pelos en la lengua, suelta lo que se le cruza por la cabeza sin remilgos.

Lo de Gladys Sánchez se llama al duro y sin guantes. Mi madre representaría de escándalo a Podemos. Pondría a caldo a todos esos  mamarrachos de tres al cuarto que ponen a caldo a Pablo Iglesias. Si tuviera un escaño en el parlamento, claro, porque como diplomática sería un auténtico desastre, para eso no sirve.

Mi pastelito, un cuento sobre una enfermera de ojos verdes preciosa, me quemaba en las manos. Salí del despacho y bajé al cuarto de la plancha a buscarla.

—Si quieres planchas tú esta montaña de camisas,  son tuyas y de Rob, mientras yo leo esa mierda.
Trae.

Gladys me arrebato el cuento. Es una impresentable, así de claro, en cuanto me vio desfilar por el cuarto folios me lanzo el primer rapapolvo, pero ya estoy hecho a que me trate con la punta del tacón. Soy hijo único. Desde que murió papá Gladys no tiene hacía quien dirigir su foco de atención, su tremenda mala leche.

—No —le rebato, son cuentos cortos. Voy planchando mientras lo miras.

Le sugiero y agarro la plancha. Como imaginaba, el cuento no le gusta un pelo, porque enseguida noto como su rostro convulsiona mientras lee.

—John, hijo, cuándo vas a escribir algo decente. Esto es una cochinada.

—No señora, no lo es.

—Tú no estarás pensando en publicar todas esas barbaridades.

—Pues sí.

—Ahí dices un montón de tacos. —Bukowski también metía tacos en sus textos, decía lo que le salía de las pelotas y nadie se ha quejado nunca.
Sigue siendo el amo.

—Ya, pero a ese lo conoce toda la humanidad, John, a tí no te conocen ni los perros.

 Como escritor, se refiere, en otros terrenos me conoce mucha peña. En el musical, me refiero. Soy manager, me conoce una cantidad asquerosa de músicos. Y toda la jodida peña femenina que sigue a los músicos.
Y todos los camareros, barmans, porteros, seguratas, gogos y frikis  que vanaglorean,  rodean y hacen la pelota a los músicos.
 De modo que le salgo al paso.

—Mentira, el chucho del vecino me conoce, menea el rabo en cuanto me ve, y da saltitos, le gusto, una barbaridad. Ese chucho sabe oler a buen tipo a kilómetros.

—Si, claro. Solo porque le das salchichas cuando entra  por accidente en casa. Cuando llegas pasadito de tragos  los sábados. El sabado pasado te dejaste la puerta abierta.

—Gladys, hazme un favor, no opines, tú solo lee, no entiendes de literatura. Son buenísimos. Realistas, superrealistas y cañeros.
De la vida misma.
Joder. Bukowski me invitaría a unas birras si los leyera. Si pudiera regresar de entre los muertos, claro.

—Puede, pero estarían mucho mejor si fueran de amor.

—Mamá, el amor es un asco. Lo mío es otra clase de paridas.