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jueves, 16 de abril de 2015

Mae, la mujer bumerang.









 Conocí a Billie Holliday en el invierno del 79. Su voz retumbaba por todo el callejón. Dios bendito, aquella voz era una divinidad que sonaba como los mismos ángeles.

Esa noche caían unos copos de nieve muy gordos, como canicas. Volaban en transversal y daban contra el parabrisa con tal saña que parecía iban a quebrarlo.
Billie entonaba "Georgia on my mind", aunque no estábamos allí sino a las afueras de Harlem, aparcados en la entrada de un callejón de mala muerte.

El mítico embrujo de Billie provenía de un Cadillac negro del 55 estacionado muy  al fondo del callejón que tenía prendidas las luces cortas. El brazo del conductor asomaba por fuera de la ventanilla.

Todo el callejón estaba infectado de zorras que revoloteaban como mariposones, miraban el Mercedes de mi abuelo con frenesí, como si fuera un filete de ternera listo para el festín del sábado.

Una de ellas charlaba animadamente con el conductor del Cadillac. Era alta y con buen cuerpo. Llevaba un vestido negro muy corto. ¡Y qué piernas! Tremendas. Muy legales. El morro del Cadillac enfilaba hacia nosotros y de ella solo adivinaba la sensualidad de su espalda, muy blanca, porque el escote le alcanzaba justo hasta la cintura.

—Ve a buscarla, Ramiro —mandó mi abuelo.

Mi padre, que iba de copiloto,  se cerró el abrigo hasta el cuello en silencio, bajó del Mercedes y echó a andar por entre la nieve.

—¡Mae! le oí gritar un par de veces, a lo lejos.
Y era lo primero que papá decía desde que salieramos de casa.
Mae.
Lo cierto es que ese nombre nunca me gustó. Entonces yo odiaba a todas las Maes del universo. A las Maes negras, a las coreanas, a las blancas y a las amarillas, pero solonpor que Mae era el nombre de la mujer que me parió y que me abandonó al nacer. Solo la vi una vez en mi vida. Vino a casa el día que cumplí los cinco. Fue allí mismo donde me enteré, por boca del abuelo, que como todos, también tenía una madre. Luego se la tragó la tierra, pero eso ahora poco importa. Esa mujer, Mae, está muerta para mí.

—¡Mae!, —volvió a gritar papá, ya casi junto al Cadillac.

Pero la tal Mae reía. Reía con profusas y escandalosas carcajadas como una loca mientras se meneaba y se restregaba contra el Cadillac. Era evidente que le importaban un rábano mi padre y sus gritos.
Contemplé la escena desde el asiento trasero del Mercedes.

—¿Es ella? —el abuelo esquivó mi pregunta y se prendió un cohiba.
—Ella quién —dijo al rato, cuando el cohiba ya era casi un cabo y el interior del Mercedes evocaba los misterios sagrados del cuarto de un faquir por la densidad de la humareda.
—Mi madre —le largué aguerrido y él, a cambio, dijo sí, con una piadosa sacudida de la cabeza.
Entonces vimos que comenzaba el baile al final de callejón.

—Según las leyes de California todavía eres mi mujer, Mae —gritó papá enloquecido.
—Largo, Ramiro. Me estás espantando a los clientes.
—Estás enferma. ¿Por qué no dejas que te ayude?
—Vete.
—¿Es esto lo que quieres? ¿Ser una zorra que se la chupa a los hermanos por una dósis?

Mae lo abofeteó con unas ganas tremendas.

—Se acabó, Mae.
Papá la agarró de los cabellos y tiró de ella hacia el Mercedes.
—Eh, sueltala —gritó el vaquero desde el interior de su auto— ya te ha dicho que no irá contigo.

De pronto la situación dió un vuelco. Aquel vaquero —que era un tío enorme— salió del Cadillac.
Abrí la puerta del Mercedes.

—Quieto Black Cat.

En verdad soy Cat desde que puedo recordar. Lo de CAT es obra suya. Ttengo ojos de felino.Los ojos de la zorra que ahora mi padre vapulea  a gritos como si fuera un pañuelo de seda entre sus dedos.
El abuelo me echó encima sus oscuros ojos gansteriles por el retrovisor.

—Oye Cat —me sugirió — esto cosa de hombres.

¿Sí? Pues yo ya lo era, o casi, y aquel hombrecito recién hecho sintió de repente un miedo terrible por la suerte de su papi.  Aunque no me hubiera acostado con una mujer era corpulento y le atizaba de maravilla al saco de boxeo. Salté del Mercedes y eché a correr. En la mortandad de la noche retumbaban los improperios de mi abuelo mezclados con las risas de las putas. Las dueñas del callejón. Llegué al fondo justo cuando Mae sacó una 38.

—¡Al suelo! —gritó.
—Vamos, no vas a dispararme —dijo papá.
—Lo hará —aseguró el vaquero—. La enseñé, en aquel  rancho en Texas. Es buena, el vaquero nos mostró la espalda orientandose en un balanceo glorioso en dirección al Cadillac.
—Ramiro, dime qué coño hace este mocoso aquí.

Sí. Mae, la pistolera, ya había reparado en mí.

—Cat, hijo —me ordenó papá— vuelve con tu abuelo.

Pero no me moví. Un hombre protege su sangre y su honor como oro en paño.
Entonces ella mandó:
—Vamos chico, ponte ahí.
Movió el cañón de la 38 hacia los lados, desdeñosamente, y me indicó mi nuevo lugar junto a papá.
—Las manos donde yo pueda verlas —soltó.
Asentí y fui donde papá. De pronto estábamos hincados con las manos en alto, tal y como si estuvieramos delante de la pasma.
—Roland —llamó Mae, el vaquero se acercó de nuevo— desarma a ese cabrón de mi marido.

El vaquero vino hacia nosotros. Cacheó a papá, en profundidad, y luego hizo desaparecer su enorme mano en su espalda.

—Vaya, una Magnum del 45 sin número de serie —Solo un pistolero a sueldo lleva encajada en la cintura una Magnum sin registrar. No quiero tener nada que ver con todo este asunto familiar, arreglalo pronto.

El tipo, rubio como un chico del maíz, dejó que su flamante Cadillac albergara su musculada estructura.

—Por favor Mae, deja que Cat se vaya.
—Cállate, Ramiro, estoy segura que lo de traerlo fue idea de papá.

Mientras papá y Mae, la pistolera, negociaban, me entretuve en sus ojos de gata, y vi que, en efecto, eran exactos a los míos.

Sí. Era Mae en persona, aunque no era de esa guisa como la recordaba de aquella vez cuando cumplí los cinco. No con esos tacones de vértigo y los cabellos abiertos a la oscuridad en buclesitos ripipis reorganizados por la rigidez de la laca hasta la cintura y una camelia blanca enredada cerca de la oreja, y ese trocito de tela finísimo que apenas la cubría y que advertía que una de su estilo jamás se molestaría en comprar ropa interior. Virgen santa, la cosa más linda que había visto jamás.  Ni siquiera las que anunciaban medio en cueros los combates en Las Vegas lo eran tanto.

—¿Y tú qué coño miras? —me soltó.
—No le hables así —ladró papá.
—Los malditos ojos al suelo, chico.

Sentí sus pasos muy cerca y luego el cañon de la 38 sobre mi frente. Temblaba como un marica. Temblaba y tiritaba y rechinaba los dientes con la cabeza gacha clavada en sus zapatos de charol.

—¿Qué estás haciendo Mae? Es solo un crío, joder.

Durante unos segundos no escuché más que el retumbar histérico de mi corazón en la misma garganta, alzado por encima de Billie mientras yo me lo hacía encima.

—O.K Ramiro —oí al fin— coge al niño y largate. Dile a papá que no pienso volver. Voy a subir a ese Cadillac. No me sigas.


—Y se largó. Lo recuerdo todo como si hubiera ocurrido anoche, Joe. Cuatro años más tarde me la tiraba en su casa de Queens, los fines de semana. Le compré un apartamento precioso en Times Square con el dinero de mi primer combate, aquel con El negro Manssini. ¿Recuerdas lo del "Negro"?
—Claro que lo recuerdo, victoria por K.O ¿Y vienes a mi casa en plena noche para contarmelo, Cat? Oye, no vivo del negocio del alma sino de arreglar combates y de entrenar a a cabras locas y cabezas duras como tú. No soy un predicador.

— Ya. Si te lo cuento es por que eres mi Sparring y mi hombre de confianza.
—Si Ramiro se entera de esto tendré que vestir luto. Navidades negras. Olvidala, Cat. Iremos donde el cura Tejeira. Te confiesas y luego te arrepientes. Y asunto zanjado.
—No. Voy a matarla, Joe, voy a meterle de balas que no la va a reconocer ni su difunta madre, ...
—Que es tu abuela hijo, ...
— ..., cuando la metan en la caja.
—Vamos, entregame tu arma, hijo.
—Me deja y se va vivir con Ramiro. A Las Vegas. Dice que está preñada.
—¿Es tuyo?
—Ella jura y perjura que es de papá, pero tú y yo sabemos que podría ser de cualquiera.
—El arma, Cat.
—Aparta, Joe. Un hombre protege su sangre y su honor como oro en paño.
—Lo siento, no me dejas otra salida.
—¿Me estás apuntando a la cabeza, Joe? Veo que no has perdido  la costumbre de ir armado.
—Lo mismo digo
—No vas a disparar.
—En la cabeza no, en el hombro, un disparo limpio y se iría a pique tu próximo combate. Tú decides.
Vamos.
Deja el arma en el suelo.
Despacio.

Bien.

Dale una patada.
—De acuerdo, Joe.
—Los zapatos, sácate los zapatos.
—Y para qué mierdas quieres mis zapatos.
—Última oportunidad.
—Te estás poniendo muy nervioso, tío.
—Los pantalones.
—¿Qué? ¿Ahora te has metido a marica?
—Solo es una puta Cat, hay muchas, las calles están llenas de ellas.
—No como ésta, Joe.
—¿Y cómo crees que le va a sentar a la prensa y a toda América eso de que el campeón de los pesos pesados, su campeón, se tira a su vieja?
—Me importa una mierda América.
—Pero donde tenías la cabeza. Oh, no me lo digas, entre sus piernas hijo, entre sus piernas.
Los pantalones.
—Tiene el mejor polvo de toda New York, Joe. Me quiero morir, Joe.
—Luego, luego te me mueres, Cat. En esta vida hay tiempo para todo. Sientate en esa silla.
—No.
—Puedes tener a la mujer que se te antoje. Calquiera de esas que gritan como locas mientras te machacan a puros golpes en los combates y la sangre y el sudor saltan por los aires, hubieran sido capaces de encontrar vida en Marte con tal de amanecer contigo, pero tú te me vienes y te me encaprichas de la zorra de tu madre.
 —No voy a sentarme ahí. Pretendes jugarmela con el numerito de las esposas, Joe.
—Lo cierto es que me vienen de perlas esas esposas que se dejó aquella striper en el último cumpleños de ese mismo hombre del que ahora intento protegerte, tu padre.
En esta ciudad todo se sabe, Cat, y no te van a alcanzar las calles ni los aéreopuertos para huir. Si la matas Ramiro irá a por ti.
Lo siento.
Vamos.
No te me resistas.

Buen chico.
Ese es mi Cat.

Incesto hijo. Necesitas el consejo de dios. No hay nada que dios nonpueda resolver en este mundo, por difícil que sea. Iré a por el Padre Tejeira.

No tardaré.






























jueves, 2 de abril de 2015

TATUAJE.








Era una voz sencilla,
auténtica,
de esas que te tatúan
lunares invisibles
en el alma,
tanto que aún la siento
en las mañanas
en el desayuno,
entre el silbido
de la cafetera
y el bip de las tostadas....