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jueves, 24 de septiembre de 2015

Noche de ambrosías.

















Anoche te busqué.
Nombré tu cuerpo
sabiendote tan lejos de mis sombras,
en Manhattan,
y no pude hacer más
que cuadrarme sobre mis soledades
y asfixiar con manos inocentes
mi débil ambrosía entre las sábanas.


miércoles, 9 de septiembre de 2015

De Perrault a Martí pasando por el barrio.

















No tuve cuentos de pequeño. Para una divorciada con cuatro hijos, ya era un mundo mantenerlos alimentados, limpios y bajo control, y esto último fue poco exitoso, créanme.

En su lugar, tuve unos bolerazos tremendos, como puñales. Como ya he dicho en repetidas ocasiones a mi señora madre le encantan. Niebla de riachuelo, en la voz del maestro Pacho Alonso, Dos Gardenias, de Isolina Carrillo, Noche cubana, de Omara Portuondo, No puedo ser feliz, del genial y estelarísimo Bola de Nieve:

–Si las almas hablaran/ en su conversación/ las nuestras se dirían/ cosas/ de enamorados.
No puedo ser feliz/ no te puedo ... olvidar–.

Bolerazo que Bola interpretaba al piano con una magistralidad tremenda.
Un culebrón.

Pero tranquilos. Tuve una infancia feliz a reventar y a todo tren. En aquel entonces estornudaba y lanzaba confetis por la nariz como un mago, por la alegría, a pesar de no tener en las noches la compañía de Charles Perrault y sus famosos personajes: Caperucita y el lobo, Barba Azul, La bella durmiente, Cenicienta, Pulgarcito. No he sido tan feliz como en aquellos momentos en que mi vida se resumía a corretear por el barrio perdiendo el tiempo en toda suerte de chiquilladas y memeces. Tumbando mangos en patios ajenos, cazando lagartijas a las que, posteriormente, cortábamos la cola mostrando luego una benevolencia tremenda dándoles su merecida carta de libertad, cazando cocullos, mariposas, o lanzando huevos, piedras, en el peor de los casos, contra las casas de los vecinos en las noches de apagón. Una noche a oscuras en La Habana da para muchas gamberradas.

De igual modo llegué a conocer al detalle, por boca de otros, los famosos cuentos, y tardé mucho en enterarme de quién estaba detrás de la trágica historia de la desafortunada Cenicicienta. Quizás se deba a que el drama vivo en los cuentos de Perrault tuvo tal gancho y éxito que acabó eclipsando, en cierto modo, su autoría. Sometan a sus allegados y familiares a encuesta y comprobarán que, en efecto, Caperucita y compañía forman parte de la tradición oral y popular, pero, pocos conocen quién urdió tales maquinaciones con tan sabias enseñanzas sublimadas con gran maestría en  los textos.

Cumpliendo el rito familiar, casi por tradición, digo, nunca conté a mis tres hijas esas historias. También hubo boleros y hasta guarachas, sobre todo cuando a alguna le daba por las llantinas sin venir a cuento. Así, fueron entrando también en la cultura del bolero al regalarles, más bien es un acto declamatorio, la voz no me acompaña y reconozco que el canto no es lo mío, Alma de mujer, Allí te espero, de Eliades Ochoa, Siboney.

Fue mucho más tarde cuando llegaron los cuentos, todos de mi cosecha. Y cada noche, antes de dormir, me explayaba con una hormiga tan tragona que fue capaz de comerse un garbanzo ganándose el apodo de: "La hormiga mutante" , o "El caballo que quiso ser pegasso", "Aventuras de una rata barata", y cómo no, las peripecias de "Pepito"  (Jaimito para los españoles), ese niñito que pertenece al imagenio cubano y que llevaba a mal traer a su maestra y a los compis de clase con sus cómicas ocurrencias.

Hace una semana, mi tercera hija, Rossi, me sorprendió con un pedido especial: un libro de Charles Perrault.

Disney, sí, y quién si no fue el mensajero.

Pero no todo fue Perrault, Pepito y su comparsa. Hubo tiempo de camelarla con un libro serio y respetuoso, y no digo que el de Perrault no lo sea, delicioso y mágico, diría mi Rossi. De vez en cuando toca limpieza de libros en su cuarto. Da a su prima hermana de siete años los que ya no le interesan y hace sitio para los nuevos.

Sin embargo, ningún libro de este tiempo puede competir en la estantería de Rossi con " La edad de oro", del escritor, pensador y periodista cubano José Martí. Ni siquiera el que atesora los cuentos de Perrault.

La edad de oro ha trascendido  en el tiempo varias generaciones desde su primera edición en formato revista. Treinta y dos páginas con una frecuencia de publicación mensual dirigida a los niños latinoamericanos. Pensada, sin duda, para hacerlos participe de la cultura universal en una América y un tiempo donde los libros y las historias de cómo vivieron los hombres de otro tiempo y a que dedicaban sus esfuerzos, eran accesibles más que para unos pocos.

De un modo muy claro y ameno, directo, Martí acerca los niños a la poesía, la historia; les cuenta sobre la máquina de vapor, la electricidad y su trascendencia para el hombre, como también deja claro su empeño de formar futuros hombres y mujeres libres, justos, cultos, solidarios y comprometidos con los problemas sociales y la verdad de su tiempo, y así lo manifiesta en varios de los poemas y cuentos que aparecen en las revistas: Los dos príncipes, (versos que aparecen en el segundo número de la revista), Los zapaticos de rosa, (versos, tercer número ), La muñeca negra, (cuento, aparece en el cuarto número). Todos con una preocupación de orden social llamando a la igualdad entre los hombres fuera cual fuera su condición.

El primer número de La Edad de Oro fue publicado en julio de 1889 así, hasta un número de cuatro, que recogían cuentos infantiles, poemas y ensayos acompañados de grabados e ilustraciones. Solo llegaron a editarse cuatro, recogidas posteriormente en un libro: La edad de oro. Libro que, sin duda, acompañará a mi hija en sus recuerdos de niña, no solo por la belleza de sus textos, sino también por su valor sentimental.

Y, ¿qué pudo haber hecho Martí, un hombre de otro tiempo, para ganarse el afecto literario de mi Rossi, fan de personajes literarios del bagaje del pequeño Nicolás y Kika la súper bruja?

Juzguenlo ustedes:



[...] Y entonces sí que está lindo Bebé, a la hora de acostarse, con sus mediecitas caídas, y su 
color de rosa, como los niños que se bañan mucho, y su camisola de dormir: lo mismo que 
los angelitos de las pinturas, un angelito sin alas. Abraza mucho a su madre, la abraza muy 
fuerte, con la cabecita baja, como si quisiera quedarse en su corazón. Y da brincos y vueltas 
de carnero, y salta en el colchón con los brazos levantados, para ver si alcanza a la 
mariposa azul que está pintada en el techo. Y se pone a nadar como en el baño; o a hacer 
como que cepilla la baranda de la cama, porque va a ser carpintero: o rueda por la cama 
hecho un carretel, con los rizos rubios revueltos con las medias coloradas. 

Pero esta noche 
Bebé está muy serio, y no da volteretas como todas las noches, ni se le cuelga del cuello a 
su mamá para que no se vaya, ni le dice a Luisa, a la francesita, que le cuente el cuento del 
gran comilón, que se murió solo y se comió un melón. Bebé cierra los ojos; pero no está 
dormido, Bebé está pensando. 

La verdad es que Bebé tiene mucho en que pensar, porque va de viaje a París, [...]


Fragmento de "Bebé y el señor Don Pomposo", cuento que pertenece al primer número de la revista.


"La perla de la Mora".


Una mora de Trípoli tenía

una perla rosada, una gran perla:

Y la echó con desdén al mar un día:

¡Siempre la misma! ¡ya me cansa verla!

Pocos años después junto a la roca

De Trípoli... ¡la gente llora al verla!

Así le dice al mar la mora loca:

«¡Oh mar! ¡oh mar! ¡devúelveme mi perla!»

El poema  aparece en la edición número dos de la revista (Agosto del 1889).







lunes, 7 de septiembre de 2015

Filosofía de una cama.






















Una cama desierta es un enigma.
Un estado de sitio
rezumando balazos de penuria.

Una cama sin nombres ni apellidos
es oráculo mudo del presente
sin probabilidades de futuro.

La cama sin durmientes, sin nosotros,
sin encuentros volátiles,
sin suspiros ni arterias rugiéndole a la vida,
sin predicción del tiempo,
sin reproches ridículos,

una cama
sin manchas de café y sin titulares,
sin lágrimas de mártires y guerras,

se debate
en el fin de los tiempos.






domingo, 6 de septiembre de 2015

Salve.
















Justo al sur de tu pecho se levanta en la noche
un santuario de luz faro de mis desvelos
desde donde tu voz
alzada  me desarma
cumpliendo el juramento de mantenerme vivo,
cuerdo
contra todo pronóstico
para afrontar  los ruidos cotidianos
del mundo inamovible consumiendo
con su voz de metralla
nuestro reino de besos y promesas.