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domingo, 27 de marzo de 2016

La era Blandiblu (Paridas en la noche)










Mi Luz es tan preciosa que hasta dan ganas de comérsela, en serio. A mí se me despierta el instinto caníbal en cuanto la veo ¡Ella es tan apetecible! Porque mi Luz es redondita en hechuras, como las manzanas. Esas manzanas del super brillantes, perfectas y aceradas; tratadas genéticamente para que el cliente se vuelva en dos palabras: loco-loco por ellas, pero con la cinturita y las caderas muy marcadas, como las chicas de los calendarios pin up. Aunque les advierto que las manzanas son tela de aburridas porque no tienen ni cintura ni caderas, y a mí no me han llamado nunca la atención ni las manzanas ni las mujeres rectilíneas.

—He dicho que solo una calada, Luz, y ya le has dado tres al pitillo de maría.

Lo cierto es que tardé una eternidad en entrarle a esa mujer. A los cuarenta y seis uno se lo piensa para meterse en esos líos de marcar tarjeta cada noche. Siempre pensé que aquella cucada de señorita pasaría olímpicamente de mí. Pero no.

—Papi.

¿Papi? ¿Luz María llamándome, papi? Sí. Había oído bien. La hierba era buena, no tanto como para que yo lo flipara en colores, pero lo suficientementebcomo para que Luz se mostrara así de elástica.

Y demasiado elástica estaba Luz María, y acaramelada, y sexi y gelatinosa; como esas figuritas de blandiblu con las que mi hijo Robertico jugaba cuando era pequeño a maltratar las paredes del corredor. No quiero ni acordarme de la era blandiblu de Roberto. Ese material viscoso y fluorescente tiene un poder adhesivo bárbaro, se pega muchísimo. Era horrible para arrancarlo de la pared.

—Qué —dije elásticamente yo también.

Comprensible con aquella manita bajo mi camisa de All Star, y una manita pequeña, créanme, se agradece muchísimo en estos casos, porque tarda más tiempo en recorrer distancias. El pecho, mi tableta de chocolate, bueno, tableta, la mía debe ser de marca blanca porque no está fragmentada en onzas como las de Nestle, lo cual no implica que a mi niña no le guste el chocolate de otras marcas.

—¿Papi, me pones un cubata?

Ya me disponía a preguntarle, ¿y tú papá el de verdad te deja tomar cubatas? pero, sinceramente peña, si de verdad quería disfrutar de aquel bombón expuesto en en el escaparate de mi regazo, debía deshacerme de toda esa mecánica quijotesca de macho salvador de su joven Dulcinea. Y yo no estaba allí para llevarle la cuenta de los cubatas a Dulcinea, sino para llevarla, como diría "Buz Light Year", y estoy seguro que los de la generación de Luz María saben a qué Buz me refiero porque crecieron a ritmo del imperio "Pixar", hasta el infinito y más allá. Y entonces dije:

—Lo que tú digas, mi Luz.

Y de paso me arrancaba yo también con un whisky. Un destornillador, eso le puse a Luz María. Que viene a ser un trago muy sencillo elaborado con fanta de naranja y vodka. Porque sí, déjenme decirles a ustedes bloggers novatos en temas alcohólicos, que una resaca de coca cola y whisky es mucho peor que la resaca que sufren los cuatro tipos de esa exitosa película, "Resacón en la Vegas", luego de tomarse accidentalmente, accidentalmente y queriendo, que leches, ese gordito, Alan, es el demonio en persona, aquellos poderosísimos reinoles con un efecto secundario amnésico del carajo.

Afortunadamente nosotros no íbamos a consumir " reinoles ", solo destornilladores y whisky.
No interesaba para nada que este servidor despertara, tal y como ocurre en la película, en cueros en la cama, esa fantástica cama con dosel tan mía, la de "Hangover" es una cama cualquiera de hotel, con el tigre de Tayson a mi lado, también en cueros, y el rostro tatuado con un trival de esos exagerados, y piercings en los pezones, y un diamante allá, al sur, muy al sur de mi estructura, y quién sabe cuantas mamonadas y ridiculeces, sin recordar que había pasado durante la noche de amor con la mujer de su vida. Por lo visto, el " reinol" da por hacer todas esas mariconadas, según el guionista de "Resacón en las Vegas". Y ya era más que suficiente para Luz María con ese pitillito de maría que nos habíamos bailado a medias. Confieso que por un momento tuve miedo que aquello le provocara náuseas, y como concecuencia, vómitos.

Pero no. Ahí estaba mi hembra, toda pasión. La reina del blandiblu y sus labios de blandiblu de tourné por mi cuello en una cascada de besitos mojados, su lengua de blandiblu en mi boca, entre sorbo y sorbo de destornillador, sus dientes mordiendo, suavemente, a cámara lenta como en el cine, mis labios, también de la marca blandiblu, como no. Me sentía mejor que 50 cent bailando en su Candy Shop. Los Reyes del blan-di-blu, peña, con nuestras manos de blandiblu metiéndonos mano, ya, desforada y descaradamente. Y me van a perdonar, pero voy a tomarme la libertad de reservarme los detalles referentes a como de bien nos metimos mano, porque no es de hombres contar esas escenas.

¿Conocen ustedes a ese escritor, James Ellroy? El de La Dalia negra, sí. Bueno, pues resulta que James opina como yo para estas cosas. Él es muy hombre, también.  No recuerdo muy bien en cual novela, lo que si recuerdo es que "el boxer" gastó sólo un parrafito de nada, cinco líneas en relatar aquel amor candente entre sus protas. Una bestia, oye. Sin preliminares. El famoso menos es más que debe conocer y practicar todo escritor de alcurnia en la literatura.

Bueno, aquí, en petit comité porque no quiero que " el bóxer" se cabree y me demande por injurias. Los americanos tienen esa mala costumbre de demandar al personal por cualquier chorrada, pero eso suele catalogarse por estas tierras españolas como: aquí te pillo y aquí te mato, cosa que yo no estaba dispuesto a hacer con mi Luz. Eso es de amantes pringaos, Mr. Ellroy.

Y a mí lo que me sobraba era tiempo. Gladys iba a tardar muchísimo. Mi mamá es de las que se va de las fiestas cuando los camareros la echan, y Robertico, fijo, que iba a tardar en casa de Elenita. La llama de la pasión en esas edades es eterna. "Eso" no se apaga ni en estado de embriaguez. Quién tuviera veinte años. Aunque por otro lado, envidia ninguna. La llama que posee ahora mi Robertico es la madre universal de los eyaculadores precoces y yo ya he superado esa patética fase hace muchos años.

Mi llama es ahora muy sabia. Una llama poderosa, como esas llamas azuladas que producen los sopletes: paciente, cálida, larga y efectiva.

Un segundo, gente, que tengo una llamada.

—¿Robertico?...

—no, ahora no puedo ir a buscarte, estoy escribiendo y no pienso salir de casa,

—qué te han detenido por posesión de marihuana.




—y desde cuando tú fumas maría...

—oye, eso deja a los hombres impotentes, como una mierda. En la vida se me ocurriría a mí jugar con el equipamiento, y bien sabe dios que tu papá no miente...

—que tú no fumas maría pero se la estabas guardando a un colega. Ya. Robertico, mentir es pecado,

—ya...

—se te va a caer el pelo, Roberto Madison.


Bueno Peña, ya lo han oído. Les ruego tengan un poco de paciencia. Prometo ponerles al corriente en cuanto regrese de la comisaría.








sábado, 26 de marzo de 2016

La fiebre Bieber (Capítulo IV)










—¿Qué hay de nuevo, viejo?

Sí, peña de seguidores. Fue así de cabreado que le di la bienvenida a Don Psiquiatría; a lo bugs Bunny.

—Nada, aquí. —dijo Doc.

El Doc trajeado de melenita blanca que pretendía ligarse a mi señora mamá. Y se acercó y me estrechó la mano, y tomó asiento en la mesa junto a Gladys.

—Qué, ¿ahora nos dedicamos a levantarle la vieja a los colegas? Ya te vale, Dr. Méndez.

Y Gladys me reviró los ojos, así, en plan huracán, como cuando era pequeño y ella me llevaba de visita a casa de alguna de sus amigas y yo tocaba algún adornito de cristal, por curiosidad, o hacía cualquier chorrada de crío. Sabía de más lo que ese gesto significaba: "se te va a caer el pelo cuando yo venga de bailar, hijo de tu mamá". Pero el canallita de Doc ni se inmutó, solo dijo con pausa, mientras se apoderaba de una gamba, la única que había quedado en la bandeja, la gamba de la vergüenza:

—¿Y tú qué problema tienes, Madison? Por lo que yo sé tú eres su hijo, no su marido.

El muy hijo de su mamá. Sí gente, amigos de la blogosfera, el doctor Méndez también tiene una mamá, como todos nosotros, desnudando con tranquilidad a aquella pobre Gambita ¡Qué cerdo!

—Gladys ya es mayorsita para decidir, —remató—antes de que su boca de medicucho violara a aquella gambita blanca de Huelva en un ay.

De verdad, si no me levanté de la mesa para partirle esa cara dura de Doc fue por cortesía con Luz y porque, Luz, me clavó las uñas en la rodilla. Y porque mamá no merecía que le prendiera fuego a mi reino, con lo que me había gastado en las pérgolas de la piscina y en las escaleras de nogal. Y en las lámparas de araña. Y en mi cocina moderna llena de pijaditas y detallitos psicodélicos. Y en mi maravillosa cama con dosel hecha a medida. Y en mi baño con jacuzi, todo de porcelanosa; un ojo de la cara, oye. Ni siquiera por la memoria de papá. Porque, díganme ustedes, ¿a qué van una viuda y un divorciado a la sala "Bolero"? Pues a bailar boleros mientras se meten mano.

Y bien. Luego de que Juana de Sánchez quemara la Bastilla, porque ella si que la quemó con todo ese asunto de la muerta, la señora se marchó a bailar con mi psiquiatra y Robertico se fue a casa de su piba, Elena. Bueno, de su "amiguita". Los jovenes de ahora se meten mano a saco y arrasan con la quinta y con los mangos, y siguen siendo tan amigos como siempre, como dice el bolero. Y yo me quedé allí con mi Luz, sentados en el sofá sin saber que decirle. Claro. ¿Y quién iba a querer hablar con un loco? ya no digo intimar. Y yo ya estaba más que harto de matarme a besos con Luz por las esquinas y de esos preliminares, que no pasaban de ser preliminares, en el portal de su edificio, en el coche... La verdad es que Luz nunca se ha quejado de mis arremetidas en lo oscuro ya que ella lo considera emocionante y  divertido; mi Luz es como una niña. Una niña grande.

Pero uno estaba seguro que no iba a poder llevarla siquiera a su cuarto después del discursito de Gladys sobre la muerta en cueros. Sí, la del pelo mojado. Una muerta en cueros en medio de la noche a solas con un tipo no suena a fenómeno paranormal, sino a fenómeno pervertido y a fenómeno enfermo sexual, y a hombre loco-loco de remate. ¿Loco? Señores, loco estaba yo por darle unas caladitas a un buen pitillo de María y relajarme de una buena vez. La María tiene un efecto muy tranquilizador, créanme.

Dicho y hecho. Subí a mis dominios —en el ático— y bajé en un periquete con mi sedante ya liado, porque no era plan de ponerme a ello delante de Luz con la que estaba cayendo. Un poco de música (Joe Coker). La música podría colaborar, sin duda, en mi recuperación emocional. Pero no fue el encanto de la voz rota de Joe lo que sonó en mi reproductor sino una oleada Bieber. Justin Bieber a toda pastilla, pero no el Bieber nene de: "baby-baby". El Bieber de: " boyfriend", con esa carita tan perfecta de Dicaprio. Leonardito Dicaprio, ese actor Hollywoodiense que tanto enloquece a las chicas jóvenes.

Bieber con su buguita. Bieber con su guitarrita y sus coleguitas diciendo boyfriend boyfriend. Bieber con su tupé.




Para su información, señorito Bieber, yo también gasto un tupé al que mi Luz llama cariñosamente "kiki" poblado de canitas plateadas, que viene a ser mucho más atractivo que ese kiki rubio de querubín de mamaíta. Sí, Bieber, lo tuyo suena muy poco creativo. Yo puedo volver loca a una piba sin guitarrita, sin buga y sin gafas de sol, solo con piropearla en medio de la vía pública, pero antes de que me adelantara a cambiar el c.d Luz soltó en un gritico sexy:

—Ay, Justin.

Dijo Justin a secas, como si ambos  hubieran sido en el pasado compañeros en Camp Rock.

Y yo atajé a la carrera.

—Ese disco es de Robertico, a mí no me van esas movidas de mariquitas.

Pero si a ella le gustaba, welcome Bieber. Y así de bienvenida fue la tremenda calada que le dí a aquel petardo de maría.

— ¿A qué sabe eso? —preguntó Luz.

Que debió ser el resultado de contemplar mi expresión de hombre feliz y relajado.

—A nada cariñito, esto no sabe a nada.

—¿Y por qué te lo fumas si no sabe a nada?

—Para relajarme, Luz María.

—Ay pipo ¿me dejas darle una caladita?

—¿Fumas María, tú fumas María, Luz María?

—No, hombre, yo que voy a fumar eso, es sólo para probar.

—No. Esto no es para jugar. Es una droga no apta para niñas.

—No soy una cría. Ya soy mayor de edad.

—Luz, cariño, cuando papi dice que no, es no. Tu papá, tu papi el de verdad, yo soy el otro, podría colgarme en el patio de tu casa de las pelotas si se enterara. ¿Crees que yo le daría una calada a mi Robertico?

—Bueno. Es evidente que no soy tu hija, Madison.

—Mira Luz María, sólo eres cinco años mayor que Roberto. Cuarenta y seis contra veinte y cinco es, como diría tu papá, tan andaluz él, tela marinera, así que no me lo pongas más difícil. Si te lo permito, entonces sí que podrías decir que soy un loco.

—En serio, Madison, —Luz siempre me llama Madison, nunca amorsito, ni nene, ni John, siempre Madison—, de verdad que no me importa que vayas al psiquiatra ni que sufras alucinaciones.

Pero yo ya estaba lo suficientemente relajado como para aclararle que no estaba loco y aquellos episidios en mi cuarto no eran alucinaciones.

—Anda, ven, ven para acá. No, ahí no, Luz. Siéntate aquí en las piernas de papi.

—Vale, pero eso te va costar una caladita. —dijo Luz toda obediencia.

Que no es lo mismo que te digan: te va a costar una entrada al último concierto de Justin Bieber, o un video juego, o unos vaqueros de esos morsillita que son los que usan ahora las de la edad de Luz.

—No, Luz María. Ni hablar del peluquín.

—Machista.

—Vale, —dije resignado —pero solo una, ah.

Un momento gente, tengo que saludar a unos colegas que acaban de entrar. No, hoy no estoy en ese bar de pijos del centro al que suelo acudir para escribir mis paridas nocturnas, sino en un garito del barrio. El Baix Llobregat también tiene su encanto. La cerveza es barata, las tapas de escándalo y los precios muy decentes. La verdad sea dicha.

Ya vuelvo.


jueves, 24 de marzo de 2016

Vino español. Capítulo III (Paridas en la noche)





Sí señores, creánme cuando digo que dejamos el pollo listo para la operación bikini: literalmente en los huesos. Luz María la que más. Incluso hubo un momento en el que deseé con una fuerza tremenda, diríase extra- terrestre, ser un pollo para que me troceara con un amor dulcísimo y me cocinara a fuego lento, y me montara con esmero sobre una elegante bandeja y me llevara ante mi Luz, hambrienta, loca literalmente por hincarme el diente y chuparme, y roerme por entero hasta dejarme así como les digo: literalmente en los huesos.

Ay, bueno, sí, les he colado un adverbio de esos que no gustan para nada a la academia. La de policía no, la del gremio de los escritores profesionales. Pero miren que sonoridad tiene: "LITERALMENTE".

Literalmente es la leche.

Si alguno de ustedes ha tenido el valor de lanzarse con la receta del pollo a la barbacoa se dará cuenta que este servidor, no miente.

Todo marchaba de lujo. Lo cierto es que Oshún se había ganado con su buena labor como interventora de paz en esa cena no una ofrenda girasolar a toda caña y pastilla, sino una visita de este servidor a su lejano santuario en el Cobre. Y justo cuando la cocinera —Gladys— dejó aquel maravilloso postre en la mesa, sonó el timbre.

—¿Tú has quedado con alguien, Robertico? —pregunté a mi hijo por simple curiosidad.

—No, yo no. —dijo él.

—Mierda —dijo Gladys de repente —olvidé cancelar mi cita con Méndez.

—¿Qué Méndez? —pregunté yo perdido.

Sí, señores. Es el efecto contraproducente del maridaje maldito entre el whisky y el Sangre de Toro.

Regla número uno del bebedor: nunca jamás de los jamases mezcles. Y si por casualidad te da el punto y te saltas la regla, entonces aguántate, colega, porque en esa escena es cuando uno se siente tan confundido como Dinio bailando en una discoteca en Ibiza o tan perdido como Dicaprio. Y no me refiero, precisamente, a mi Dicaprio —mi chihuahua no bebe— me refiero a Leonarditi Dicaprio, el actor de cine, chapoteando en aquellas aguas turbulentas y heladas donde se hundió aquel famoso barquito que todo el mundo sabe, pidiendo encarecidamente entre estertores un sitio en la tablita a aquella muchachita indolente, sabiendo de antemano que ella no te va a dar ni siquiera una pastillita para la fiebre porque eso no entra en el guion.

—Y qué Méndez va a ser, mijo. Tu psiquiatra —aclaró mi espléndida madre.

—No, Gladys, no, Méndez es mi colega. Sí, es psiquiatra, el mejor de todo Madrid, pero no: "mi-psiquiatra". —aclaré yo más esplendido aún—. Rob, ve a abrirle a doc.

Doc, que es como le llamamos los colegas porque se parece mogollón al actor que interpreta el personaje de Doc en esa peli de Steven Spielberg: "Regreso al futuro".

— Bueno, tampoco es para alarmarse. Visitar a un psiquiatra es algo de lo más normal, —dijo Gladys.

Como si todo madrileño tuviera un psiquiatra en su ajetreada vida. Pero no me lo dijo a mí, se lo dijo a Luz María que la miraba y me miraba a mí en un vaivén entre el susto, la curiosidad y la pena.

—Es que mi hijo John, —continuó Gladys, —sufría unas pesadillas terribles y Méndez le echó un cable cuando murió su...

—¡Gladys! —atajé—. pero ella ni puto caso.

—Ay sí, niña, recuerdo que cuando a ni hijo se le aparecía aquella muerta en cueros en su cuarto...

—Rob, suelta ya el vino —casi en un grito se lo dije y, Robertico, saltó en la silla. Pero Gladys a lo suyo.

—Niña, bueno, eso era lo que él decía, que una muerta con el pelo mojado, sí...

—¡Ya, Gladys!

—Y entonces él, mi hijo, gritaba. Ay, virgencita del cobre, como gritaba ese hombre, por tu vida...

—¡Mamá!

—Muchísimo, como en una película de Hitcoch. Y entonces, Doc, Bueno, el doctor Méndez...

—Gla-dys- Sán-chez. —dije con determinación atronadora.

Que en realidad se traduce como: cierra ahora mismito esa bocaza o va a arder no solo Troya, sino todita la casa y contigo dentro, mierda.

—¿Qué pasa? ¿Se me ha corrido el rimel?

¿El rímel? La madre que la trajo al mundo, que es mi difunta abuela. Pues resulta que no era yo el único "Confusio" confundido en aquel sarao. Ya había caído una botella de vino en combate, un combate trial (a tres gañotes), porque mi Luz María beber, lo que es beber, le había dado bien poco a aquella maravilla española, solo una copita y ni siquiera entera, aún le quedaba un dedo. Y la segunda botella, luciendo su esbeltez sobre la mesa, ya estaba casi a punto de pasar a mejor vida. En mi vida había echado tanto de menos a papá. Madison tenía a mamá bien caladita, conocía muy bien su punto flaco —la lengua—, y le paraba los pies, perdón, la lengua, solo con abrir un pelín los ojos. Pero a mí no me funcionó esa mecánica nacional de mi papá. En cuanto la miré con ojos de sijú platanero, bien saltones, Gladys creyó la muy salá' que se le había corrido el pavimento de las pestañas postizas. Y yo sentí unas ganas tremendas de decirle a Luz, allí, sentada a mi lado con la piernecita cruzada y los ojitos muy abiertos, esos ojitos verdes retransmitiéndome telepáticamente: coño, con qué clase de loco me he ido yo a liar: —joder mami, que no, que no estoy loco, boba, yo la única locura que padezco ahora mismo es que estoy coladísimo por tí. Te lo juro por la gloria de mi padre.

Y que todo ese brete de la muerta eran tonterías de mamá, aunque en el fondo no lo eran. Realmente se me presentaba en mi cuarto aquella chica muerta en plena madrugada y se quedaba allí de pie, mirándome, desnuda a los pies de mi cama. Y yo le preguntaba, acojonado, —¿qué quieres?/pero ella no decía ni este tremendo cuerpo, porque aquello si que era un cuerpo y no el de los bomberos, es todo mío. Además, es lo peor que alguien que visita a un psiquiatra puede aclararle a su novia de hace solo un par de semanas, porque todos los locos de remate dicen siempre lo mismo: yo no estoy loco.

Para cuando Rob y Méndez aparecieron en el salón yo ya estaba muy "Zeus", la verdad.

—Camarero, —un Martini, haga usted el favor.

Ay, perdónenme, señores lectores, pero se aproxima la hora del almuerzo; hora de un aperitivo feliz. Me hubiera encantado que el memo del camarero hubiera tenido el detalle de preguntarme, muy serio él: —señor, ¿mezclado o agitado? en plan agente 007. Porque el bar es muy de alcurnia y los astronómicos precios de la carta hacen a sus clientes merecedores de un trato especial. Aunque, nada que ver. A Bond, James bom-bón, le quedan muchos veranos en las playas de Mallorca para agarrar este moreno caribeño que yo gasto, y a mí mucho gym para agarrar la perfección inglesa de su esculpida figura.

Bueno, salgo a la calle a fumar un pitillo. Regreso en cinco minutos y seguimos charlando.


sábado, 19 de marzo de 2016

Abakuá.








Yo estuve allí,
con mi prenda a los vientos
cantando sobre el paso de mis guías
con mis tatuajes patrios dando palo,
con mis culebras vivas dando palo,
con mi ganga de muertos levantado:
Francisco siete rayos, dando palo.

Yo estuve allí,
con mi libertador tambor de ekué
cantando amaneceres de esperanza
a mi lucero congo en amoríos.

Yo estuve allí,
bajo mi siguaraya y con mi ceiba
gozando en el bembé con mis hermanos
pidiendo eternidad
para mi espíritu.


*

Y bajaron el féretro,
cuatro hombres
tan altos como palmas,
cuatro vientos callados a mis ruidos,
cuatro ceibas
llorándo tu desarme,
cuatro montes
danzando en la penuria.
Cuatro hacheros
alzando tu legado.

Cuatro muros
de ébano y un niño
amortiguando
el grito de la abuela.




n. del. a: A la memoria de mi padre. A mi Lucero, guía emocional y  poético: Eva Lucía Armas.




miércoles, 16 de marzo de 2016

Rumba para Papá Montero.









No tengo yo mas dioses que mis muertos.
Y es a esa legión a la que rezo
cuando me aprietan el alma y el zapato.

Un trago sobre el suelo
de aguardiente o de ron
suele ser la señal para que hablemos.

A veces llevo rosas a esa cita
en honor a mi padre.

Nunca compro las rosas.

Papá fue tan bandido y tan Romeo.
Siempre tan elegante y perfumado
con sus gafas de poli y su guitarra,
tan canalla y tan guapo,
que unas flores compradas
serían un insulto a su persona.

Las robo en los jardines sobre la media noche.

A su entierro
asistió toda La Habana.
Boleristas rumberos y Lolitas.

Lolitas muy Lolitas para un "papá montero"
cercano a los cincuenta
que vieron derrumbarse no solo el gran imperio de mi gran papaíto
sino todos sus lujos.

Setenta y dos horas duró el acto.

En esta gran familia
de hombres duros de lágrimas,
guajiros titulados en la sed de la tierra,
no ha existido un velorio sin su ron
y su lechón asado y su guateque.

Puesta sobre el tapete la artillería fina
como cuando se van los faraones.

Se fue sin despedirse.



II.

Aquí
murió el abuelo.
En este mismo cuarto criogenisado en mi memoria.

Aquí murió
su risa alquizareña y sus zapatos
de explorador de barrio.

Su apagón de las ocho.

Sus doce
huevos mágicos para sobrevivir un mes.

Su fe en la ecología.

Su no licencia
para volar a Europa a cultivar manzanos.

Su farmacia vacía.

Su puro Partagas.

Su pose de faquir meditabundo mientras lo consumía.

Su periódico Granma.

Sus genes
de "Corleone"
defendiendo a su sangre.

Murió,
su vuela al norte pajarito.
Su sé que nunca volveré a verte.
Su no vuelvas el gesto pendenciero.
Sus lágrimas de: vete, que yo no estoy llorando.

Aquí murió,
en la más absoluta miseria
entre mis fotogramas de extranjero.
Sin recordar su historia de gran superviviente
a tres malditas cruentas dictaduras.

Que dios guarde este cuarto.

Amén.




III.

La Maribel se fue con la mañana.
Por un amor se fue la Maribel.

Se me largó,
consuelo de mi rabia adolescente
de mi inseguridad y mis complejos,
de mi noche salsera,
siempre bailamos hasta perder la guita y los zapatos
hasta matar al día.

Se fue, María Isabel Martínez, mire usted.
La hembra mas cañón y más coqueta
que conocí en mi vida.

Sangre de mi sangre.

Maldito sea el tipo.



Incluido en el poemario "Juan de los muertos'






Efecto mariposa. Capítulo II (Paridas en la noche)









Y, precisamente, esto que va a ocurrir en breves minutos fue lo que me llevó ante aquella ollita milagrosa japonesa de la que tanto les hablé en mi anterior entrada: una cena organizada por este servidor con el objeto de presentar a mi novia ante mi familia. Y les aseguro, gente de la blogosfera, que mi única pretensión al arrodillarme como un pajuato ante la santísima Oshún era pedirle que, durante el trayecto de este sarao gastronómico amoroso, todo saliera como Dios manda y pudiéramos, todos, disfrutar de una cena exitosa y en paz. Porque, entre otras cosas, los de mi quinta, los nacidos en el 69', no superamos un infarto ni de coña según las estadísticas.

Y aquí estoy, compuesto para la ocasión, como un pincelito, vamos. Qué no, que no voy de Armani. Como ya he dicho, ésta no es la boda de la infanta sino una cena presentación, así que voy, como dice la Martirio, arreglado pero informal, vaqueros y una camisa de cuadros blanca y negra muy juvenil. Nadie quiere parecer un carcamal estirado al lado de semejante belleza.

Sí, caballeros, colegas, vuelven los cuadros. Aunque estos cuadros no son unos simples cuadros de mercadillo de barrio, son de la marca: Converse.

Gladys está compuesta, (y sin novio) elegantísima. Mi Roberto está compuesto, valga la rima. Y Dicaprio, mi espectacular chihuahua, también lo está. Todos acuartelados en el salón esperando calladitos a que mi Luz llame al tiembre, envueltos en éste olor a pollo, porque toda la casa huele maravillosamente a pollo a la barbacoa, y eso no implica que mi señora mamá, Gladys, se haya dignado a usar la barbacoa de la piscina para elaborarlo.

Pues no, gente. Sintiéndolo en el alma no voy a detenerme a facilitarles la receta familiar. Para eso ya está Google, con un amplio abanico de posibilidades en cuanto al ramo culinario se refiere.

¿Cómo dicen? ¿Qué no sea tan cabronazo?

Venga, va. En exclusiva para todos ustedes, la receta familiar del pollo de mi mamá, pensada para mujeres más interesadas en ganar tiempo en maquillarse que en partir la pana con un plato complicado para sus esposos:

Cortar una cebolla en juliana y dorarla en abundante aceite de oliva virgen, virgen en serio y sin fingimientos. Añadimos el pollo troceado. Lo doramos a fuego fuerte durante unos breves minutos. Añadimos 150 grs de mantequilla sin sal, y luego bañamos el pollo con esa salsa china tan conocida a la que mi hijo Rob y yo hemos bautizado con el sencillo nombre de: salsa marrón, y que todas ustedes conocen como salsa de soja de toda la vida de Dios.

Y ahora, señoras, y que los señores también tomen nota. Esto que viene continuación va como el amor del bueno, ese que solo conocen los de mi quinta, a fueguito lento, muy, muy lento. Tal y como cuando ustedes están en medio de ese momentazo feliz que todos ustedes saben y se arrancan a pedir: ¡ay Dios, tú que eres tan poderoso, haz que esto dure y que no se me acabe nunca! Y no se me despisten fantaseando con el momento lover porque en quince o veinte minutos tendrán el pollo más que listo. Y justamente a eso, huele ahora nuestra maravillosa y moderna casa: a pollo a la barbacoa.
Entonces suena lo que todos estamos esperando como cosa buena: el timbre. Y Gladys salta a mi lado como si alguien oculto bajo el sofá le hiciera la tremenda putada de pincharle el culo con una aguja de hacer punto de cruz y dice:

—Robertico, corre, ve a abrirle a tu futura mamá.

Bueno, ya empezamos mal pie. Gladys continúa con esa película de Almodóvar: "una mamá para Robertico".

—No —intervengo yo— Roberto no. Mamá, ve tú a atender.

—No, yo no, que yo estoy muy nerviosa.

—¿Y por qué?

—¿Porque hace quince años que en esta casa no entra una mujer?

El timbre sigue sonando descocado mientras, Robertico, nos mira a mamá y a mí como en los partidos de tenis, y Dicaprio empieza a dar salticos y a ladrar en plan histérico total. Porque si hay algo en esta vida que altera a mi Dicaprio es ese dichoso timbre.

—Bueno, mamá, eso no es cierto, tú eres una mujer.

—Pero yo no cuento, imbécil.

—¿Ah no? Y qué coño eres tú entonces, ¿un travesti? Roberto, que abra mamá, tú ve a ponerme un whisky para tranquilizarme.

Que sea doble.

Finalmente nos alzamos como una familia compenetrada y milimetricamente sincronizada. Mamá corre al portero automático, Robertico al mini bar, Dicaprio se da cuenta que el patio no está para farolitos y desaparece de mi campo de visión, y yo, el rey del mambo, me encamino a la ventana.

Los ventanales recogen una vista estupenda, amplísima, del sendero de la entrada, veinte metros. Veinte metros contemplando los andares de aquella preciosidad mientras me bebo el trago que mi primogénito, Robertico, me ha servido tan bien. Veinte metros que se duplicarán en cuarenta sometidos al paso lento de Farah María de mi Luz montada sobre aquellos tacones-ascensores elegidos para equiparar su altura a mi altura, y cuarenta metros dan para montarse una tremenda fantasía animada mientras cae el segundo whisky de la noche, señores, miren que linda que está mi Luz con ese vestidito cortico y de hombros descubiertos...

—Papá.

—Si los cubanos hubiéramos tenido una Farah María con esos ojos verdes matadores y ese recogido, y ese cuellecito tan fino, y esos...

—Papá.

—remeneos cadenciosos y lentos de caderita a derecha- izquierda, y yo les puedo asegurar a ustedes de buena tinta que...

—Papi...

—la Farah María original levantaba hasta a los muertos en sus buenos tiempos, cosa más grande caballero, tremendo pibón que me...

—¡Madison!

—¡Qué!, qué, hijo mío, qué mierda pasa.

—Qué sueltes la cortina que la vas a arrancar de cuajo con el ataque de nervios.

Y entonces es cuando mi querido hijo enfoca por encima de mi hombro lo mismo que un franco tirador y abre los ojos con una desmesura que a mí me hace pensar mientras me vuelvo: pero qué bicho le ha picado a este muchacho, y ahí está ella.

Seguramente se habrá quitado los tacones y salvado a pie (piececillo) partido los últimos metros que faltaban para alcanzar la entrada por las ganas de verme. O simplemente este servidor calculó mal velocidad, metros y altura del tacón. Puede. Decididamente lo mío es la literatura y no la física.

—Ca-ca- cariño —digo.

Hay que joderse. Fijo que ese recogido le habrá costado a Luz un huevo en la pelu, más el tiempo, y ya saben ustedes que el tiempo es oro, que habrá dedicado esa criatura a maquillarse y a responder a la pregunta del millón que toda mujer le hace a su armario mientras éste la cotempla mudo, tal y como su madre la echó al mundo: ¿qué me pongo?Ay, quién fuera ese armario. Y a mí solo se me ocurre soltar ca-ca. Y es para estos casos que uno tiene un hijo que vale una millonada.

—Hola. Bienvenida. Yo soy Roberto, el hijo de Madison.

Mi Luz mira hacia arriba con el cuellecito casi descolgado. Sí. Va a ser que todo el cereal que le obligué a comer a mi niño durante la infancia le ha salido de golpe: metro ochenta. Robertico da un paso al frente y le planta un beso en la mejilla. Tengo el vaso de whisky, ya vacío, tan bien agarrado que corre el peligro de perder la forma. Sí. Como bien dice mamá, quince años retirado de los escenarios amorosos provocan estos temblores en las piernas y en las manos, y en la mandíbula estilo terremoto que yo estoy padeciendo y que están, como diría esa cantante mexicana de cuyo nombre no quiero acordarme, arrasando con la vida no, conmigo. Y luego está ese jodido efecto congelador no frost, porque hasta para eso es uno moderno, en la boca del estómago, si es que es cierto que en el estómago también tiene uno boca. O será todo este carnaval de sensaciones lo que la gente llama: mariposas.

Luz se adelanta y me besa en la mejilla, muy cerquita de la comisura de los labios y me agarra de la mano. Aunque la mesa está dispuesta nos sentamos todos en el sofá.

—¿Qué? ¿Tomamos algo, o nos vamos directamente a la mesa? —pregunta Gladys.

Y entre todos, una vez más milimetrados incluida Luz, nos decidimos por marchar a la mesa. Mamá va a la cocina a por el pollo. Aparece en un santiamén y comenzamos a cenar. A meterle mano a los entrantes; Jamón de jabugo cinco jotas y varias cosillas más, así, en plan sencillito, gambas blancas oriundas de la costa de Huelva, las mejores de todo el territorio, mientras nos deleitamos con un estupendo Sangre de toro que entra con una facilidad del copón.

—¿Tú tienes hijos? —pregunta Gladys a Luz.

Hasta ese momento mi señora mamá se había mantenido tal y como yo le había ordenado: calladita.

—Aunque, tú eres muy jovencita para ser mamá, ¿no?

Tremendo. Gladys ni siquiera ha dado lugar a que Luz responda la primera pregunta cuando ya le ha lanzado la segunda.

—Y vives con tus padres, según me ha contado mi hijo John.

Y... la tercera, entre gamba y pollo, porque al parecer la señora no ha preparado solo un par de preguntas formales para su debut en"Salsa Rosa", sino un combo de preguntas orientadas a espantar a Luz María. Yo ya no puedo más y Robertico corre el peligro de acabar sin globos oculares de tanto abrir los ojos, o borracho de tanto darle al Sangre de Toro creyendo, pobre infeliz, que no lo estoy mirando. Cuando todo esto acabe me va a oír.

Señores, nunca, háganme caso, nunca, nunca, depositen su suerte en manos de una santa santísima japonesa como hice yo. Sí que me estaba ayudando Oshún, valgame Dios. Gracias qué solo le pedí por la cena. Y que conste, lo único que le prometí a cambio fue un ramito de girasoles de Las Ramblas, porque sabía de más que ella no iba a hacerme ni puto caso. Fue esa la razón por la que decidí no prometerle romper mi estrecha relación con la maría y algún que otro vicio nocturno que no merece la pena nombrar, porque no viene al caso.

Uy. Me dicen los camareros del bar en el que me encuentro tan a gustito, más a gustito que Ortega Cano, chupando Wifi, que ya cierran. Vale. Tengo que trasladar la oficina secreta hacia otra latitud. Nos vemos en el siguiente punto de conexión Wifi. Espérenme que no tardo.

Mientras encuentro un garito decente donde reconectarme a la red disfruten de este maravilloso tema de la cantante Pink: True Love.








miércoles, 9 de marzo de 2016

Arte minimalista. Capítulo I. (Paridas en la noche).











Gladys llegó a Madrid como el turrón, por Navidad, con su manada de bártulos y esa descarada impertinencia que la hace ser quien es: Gladys Sánchez.

Por el volumen del equipaje deduje que aquella visita iba a durar mucho y que la convivencia sería difícil. Y camuflados entre los Manolos, los vestidos de Versace, los jeans de Gloria Vandervilt, los pañuelos de seda, las tenazas del pelo, los rulos, el maquillaje, las pestañas postizas, y toda esa marabunta de cosas propias del acicalamiento de mi señora mamá: los santos. Porque no existe lugar ni galaxia dentro del universo donde Gladys Sánchez ponga el tacón en el que no estén ellos también.

La verdad es que yo nunca he creído en esas paparruchas. Sí, ya sé, me veo en el deber de explicarles a ustedes qué son los santos. Verán, hay una larga lista de deidades africanas a las que los cubanos y una buena parte del Caribe rinden culto. Así ha sido desde tiempos inmemoriales. Está Yemayá, y Obbatalá, y Oggún ... Queridos lectores, estoy convencido que sabrán darle un buen uso a la Wikipedia. Tengo un amigo escritor (escritorazo), de esos que cuentan la vida con auténtico talento y esplendor. El tipo no es muy partidario de los glosarios ni de las notas a pie de página. Vamos, que no hay que ponérselo en bandeja de plata a los lectores , eso dice. Si alguna palabra extraña despierta su interés ya sabrán ellos tirar de diccionario. Culturizando a la peña, que con los tiempos que corren no viene nada mal.

Pues eso, como les decía, no creo que los santos tengan el poder de solucionarme la vida. Sin embargo, allí estaba yo, desesperado, arrodillado (por amor) como un gilipollas ante una ollita sopera de porcelana ¿japonesa? adquirida en un mercadillo de barrio de artículos de segunda mano, colocada en el piso justo en el centro de una esterilla de bambú; rodeada de velas aromáticas, incienso y ofrendas florales, girasolares, diría yo, porque lo que allí imperaba era el girasol a punta de pala. Una ollita a la que mi señora mamá -Gladys- llama ampulosa y misteriosamente: "Oshún", que para los cristianos corrientes de toda la vida no es otra que la Santísima Virgen de la Caridad, en este caso del Cobre, esa hermosa localidad santiaguera en la que se encuentra el santuario de la virgen. Una ollita sopera que más que un receptáculo-contenedor de deidades semeja un objeto minimalista japonés de exquisita sobriedad en el grabado floral que eligieron para decorarla. Ni puñetera idea de la relación entre la cultura nipona y las costumbres que nos dejaron nuestros ancestros: los esclavos africanos.

Y allí estaba yo rayando el mediodía ante la ollita sopera. Y en el interior de la ollita sopera: agua. Agua corriente, del grifo, ni siquiera bendita. Y unas cuantas piedras lisas y grises que, según Gladys, recogieron los santeros del sedimento del río donde se llevó a cabo la ceremonia religiosa previa a la entrega de dicho amuleto. Y el río, como todo cubano sabe, es el medio acuático de la santa en cuestión: Oshún, la versión cubana de Afrodita.

Lo cierto es que se me hizo un cacao monumental sincretizar la ollita, el agua del acueducto madrileño y las piedras, con el río y la virgen, mientras formulaba mi pedido especial. Yo hablo con Dios muy a menudo, pero es un acto mucho más sencillo que hablarle a una ollita japonesa. Y siempre miro al cielo cuando lo invoco, que es siempre el techo de mi cuarto (uno no habla con dios en plena calle) Sí. Es una estupidez. Según Juan María, el pastor evangelista de mi congregación, dios está en todas partes, pero a mí me consuela saber que Dios está en mi techo. Y como ya se sabe, nadie tiene ni zorra idea del rostro que gasta Dios, así que cada cual lo imagina como se le viene en gana. Por regla general viejo; muy viejo, calvo y con las barbas como la cima del Everest, nevadas, mientras uno se lanza a pedir como un desquiciado sin la divina intervención del minimalismo japonés.

—¿Hijo?

—¿Mamá? ¿Es que no sabes llamar antes de entrar?

—La verdad, es absurdo llamar a la puerta del cuarto de una. Por si no te has dado cuenta, este es mi cuarto, John.

Y claro que me había dado cuenta. Y bien. Existe una diferenciación muy clara entre el cuarto de mi madre y el mío, y no me refiero al mobiliario. Mi cuarto siempre huele a maría. Cualquier mortal sería capaz de colocarse sólo con abrir la puerta y dejarse acariciar por la fragancia, que no es precisamente el perfume a santidad que, se supone, acompaña a la madre de Jesús. De ser esa " maría" lo habría escrito con mayúscula.

—Con la de veces que me has dicho que esto de los santos era una auténtica mamarrachada, John.

Me soltó Gladys, la sarcástica. Y luego un: ja, ja, ja, kilométrico. De unos tres o cuatro renglones aproximadamente.

Sí, ya sé. Jamás en la vida un escritor debe incurrir en la desfachatez de referir la efusiva alegría de sus personajes con unos escuetos y bochornosos "ja, ja, ja" . Hay que ser algo más creativo si se pretende, al menos, ser digno del oficio. Algo así como: lo agazajó con el desorden de su risa de opereta, el alto voltaje de su risa (puro 220 w) la electrizó hasta enamorarla, su risa era un estruendo de cristales rotos, su risa era la primavera echando a patadas, con su escandaloso apogeo, al invierno de sus penas . O simple y crudamente: se partió el culo de la risa, se partió la caja, se meó (de la risa), que para mi gusto va al pelo con mi personalidad, porque les advierto: no soy un escritor, simplemente alguien que se lo pasa de puta madre soltando sus paridas estúpidas por la red.

—Vaya, sí que estás metido con esa enfermera —el imperio Gladys contraataca.

—Cómo un camión en un bache. Y qué —contraataqué yo, el hijo del Imperio.

—No sé yo. A esta muchacha la encuentro poca mujer para un viudo de cuarenta y seis años al que le apasionan los combates nocturnos cuerpo a cuerpo, estás muy al día. Se te va un dineral en putas. Como sigas así no va a quedar ni un solo peso de la herencia de tu padre.

—¡Gladys!

—Con la de veses que le pedí a Oshun que te hiciera sentar la cabeza. Robertico necesita una mamá.

—No digas estupideces. Él ya tiene una madre.

—En el cementerio de Madrid. Desde hace quince años.

—Sí. Quince años de soledad.

—Y si no te me espabilas se te van a convertir en cien como a García Márquez. Hijo, ¿hasta cuándo vas a seguir venerando a una muerta?

—Y mira quién fue a hablar. Tú tampoco has tenido hombre desde que murió papá.

—Es diferente. Tu padre es irremplazable. Con lo feo que era, pero luego era tan especial. Un pedacito de pan. Cantaba de escándalo por Sinatra y bailaba tan bien los boleros. Apretaditos. Ay, era tan romántico. Cada vez que visito el blog de tu amigo me acuerdo de tu papá.

—¿El blog de mi amigo?

"La maldad aparente", qué poemas que escribe ese hombre. Eso es demasiado para este corazón.

—Gladys, no sé qué bicho te habrá picado para que confundas de esa manera tan cruel la velocidad con el tocino. Papá era corredor de apuestas. Sí. Hubiera sido un poeta tremendo. Reconozco que se marcaba unos poemas de amor de campeonato, pero a excepción de los versos, no entiendo la conexión entre un corredor de apuestas neoyorkino y la brillante carrera literaria de un señor de procedencia Israelí.

—Bueno sí, sí, lo reconozco, Gavrí Akhenazi es más bueno que papá fabricando versos. Es por esa frase.

—Ah, ya: *"porque todos los monstruos somos, en el fondo, románticos".

—Sí. Tú papá era un monstruo muy romántico al que echo mucho de menos, y yo ya estoy muy mayor para despertarme con la deprimente visión de una dentadura flotando desfigurada en un vaso de cristal, lavar gallumbos y tomar sopa en compañía. Pero fíjate que sorpresa lo tuyo. Va a ser que Oshún ha oído mis rezos. De lo contrario no estarías ahí, tan arregladito, arrodilladito y con las manos junticas sobre el regazo, y con esa carita de no he roto un plato en toda mi vida. Te voy a dar un consejo de madre, bueno, más de mujer que de mamá, si vas a embarcarte en esa relación te aconsejo que seas el mismo canalla de siempre.

—¡Gladys, ya está bien de jueguesitos de palabras!

—Bueno, no lo niegues, amor mío y corazón de otra, que tú eres muy canalla. Ahí saliste a tu papá y cada madre sabe que clase de hijo tiene. Pero un canalla atento y super simpático. Y a las mujeres nos vuelve loca esa versión del canallismo. Y si ese hombre está —además— como para hacerle un par de homenajes, así, uno detrás del otro y sin descanso... y tú has nacido de pie, pero solo porque te pareces a mí en eso de la hermosura y no a tu papá. Gracias le doy a la Santísima Caridad del Cobre. Los feos tienen que emplearse a fondo y muy a fondo en el amor...

—Y las madres metome en todo y lengua larga muy a fondo en el silencio.

—Porque un feo, re-feo, bueno, yo estuve casada cuarenta años con un feo maravilloso, poco creativo en la cama...

—¡Mamá!

—De acuerdo, hijo, no te molesto más. Te dejo para que tengas unos minutos con Oshún. Y ojito, no le prometas a cambio nada que no seas capaz de cumplir. No sea que se ponga brava y se tome la revancha.

—Cómo qué.

—Despedirte de las putas y de la marihuana.





n.del a: *La frase, del escritor argentino Israelí Gavrí Akhenazi, aparece encabezando la presentación de su blog; "La maldad aparente"

domingo, 6 de marzo de 2016

Los versos del capitán. Día seis. Nunca ames a un piel roja.












Es simple que me ames.

Es muy simple
sin pactos complicados.
Sin castillos,
sin príncipes ni reinas.
Sin exigencias.
Burdas maniobras
de tu absurdo chantaje emocional.

Ya sé.
Es fácil, vida mía,
que tu veneno venga a camelarme.

A mí, que he cabalgado tantas noches
en todas mis versiones de piel roja
cortando cabelleras a los blancos
para hacerte mi reina y mi señora.

A mí que me he olvidado de mi signo
mi nombre y la andadura de mi sombra.

A mí, que no he pedido nunca nada
más que el amor, renazca en una cobra.



*

Y me quitas,

me arrancas miga a miga y sin piedad
segundo tras segundo
los recuerdos
que levanté con sangre de mi sangre.

Me matas.

Pero si has de matarme te adelanto
no soy frágil, mi "tali".

Me río del cianuro y la sicuta
como de un vulgar chiste
y me agarro a vivir
con los dientes, las uñas
a todo lo que encuentre por delante.

Si me matas, amor,
amárrate el vestido ante mis vientos,
asegúrate siempre
que ya han muerto mis manos,
que ha muerto mi sombrero,
que han caído en combate
todos mis amuletos, mis zapatos.

Que estoy muerto bien muerto y solo y muerto.

Y reza porque el muerto
no vuelva de las sombras
cuando tus pobres ganas resuciten
el orgasmo polar muerto en tu cama,

porque puedo arrancarte estando muerto
de puro amor la vida.

Y un muerto nunca olvida una promesa.

Santa palabra.




Concha Buica y Javier Limón: " Oro Santo"







jueves, 3 de marzo de 2016

El manzano de Eva.










Ella me dice: usted.

Ella me dice usted, que no es lo mismo
que: "míster o Don Juan".

Ella me habla de usted con la magnificencia
y el noble poderío
que alberga su palabra sanadora.

Ella me reza: usted,
y por supuesto, no es un alejamiento, una raya
que parte en cien mitades
nuestros mundos.

Ella me nombra: usted
como yo llamo "usted" a lo que es mío.

Y entiéndase por mío lo sagrado
lo auténtico,
algo que sobrepasa
lo efímero y carnal
entre el macho y su hembra
en estado animal
y primitivo.

Usted: ese barril
de ron
que emerge de la nada
en medio del desastre
del naufragio que todo náufrago- hombre
soporta alguna vez
cuando Neptuno baila.




Samba e amor.

Eu faço samba e amor até mais tarde
E tenho muito sono de manhã
Escuto a correria da cidade, que arde
E apressa o dia de amanhã

De madrugada a gente ainda se ama
E a fábrica começa a buzinar
O trânsito contorna a nossa cama, reclama
Do nosso eterno espreguiçar

No colo da bem-vinda companheira
No corpo do bendito violão
Eu faço samba e amor a noite inteira
Não tenho a quem prestar satisfação

Eu faço samba e amor até mais tarde
E tenho muito mais o que fazer
Escuto a correria da cidade, que alarde
Será que é tão difícil amanhecer?

Não sei se preguiçoso ou se covarde
Debaixo do meu cobertor de lã
Eu faço samba e amor até mais tarde
E tenho muito sono de manhã.