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domingo, 27 de marzo de 2016

La era Blandiblu (Paridas en la noche)










Mi Luz es tan preciosa que hasta dan ganas de comérsela, en serio. A mí se me despierta el instinto caníbal en cuanto la veo ¡Ella es tan apetecible! Porque mi Luz es redondita en hechuras, como las manzanas. Esas manzanas del super brillantes, perfectas y aceradas; tratadas genéticamente para que el cliente se vuelva en dos palabras: loco-loco por ellas, pero con la cinturita y las caderas muy marcadas, como las chicas de los calendarios pin up. Aunque les advierto que las manzanas son tela de aburridas porque no tienen ni cintura ni caderas, y a mí no me han llamado nunca la atención ni las manzanas ni las mujeres rectilíneas.

—He dicho que solo una calada, Luz, y ya le has dado tres al pitillo de maría.

Lo cierto es que tardé una eternidad en entrarle a esa mujer. A los cuarenta y seis uno se lo piensa para meterse en esos líos de marcar tarjeta cada noche. Siempre pensé que aquella cucada de señorita pasaría olímpicamente de mí. Pero no.

—Papi.

¿Papi? ¿Luz María llamándome, papi? Sí. Había oído bien. La hierba era buena, no tanto como para que yo lo flipara en colores, pero lo suficientementebcomo para que Luz se mostrara así de elástica.

Y demasiado elástica estaba Luz María, y acaramelada, y sexi y gelatinosa; como esas figuritas de blandiblu con las que mi hijo Robertico jugaba cuando era pequeño a maltratar las paredes del corredor. No quiero ni acordarme de la era blandiblu de Roberto. Ese material viscoso y fluorescente tiene un poder adhesivo bárbaro, se pega muchísimo. Era horrible para arrancarlo de la pared.

—Qué —dije elásticamente yo también.

Comprensible con aquella manita bajo mi camisa de All Star, y una manita pequeña, créanme, se agradece muchísimo en estos casos, porque tarda más tiempo en recorrer distancias. El pecho, mi tableta de chocolate, bueno, tableta, la mía debe ser de marca blanca porque no está fragmentada en onzas como las de Nestle, lo cual no implica que a mi niña no le guste el chocolate de otras marcas.

—¿Papi, me pones un cubata?

Ya me disponía a preguntarle, ¿y tú papá el de verdad te deja tomar cubatas? pero, sinceramente peña, si de verdad quería disfrutar de aquel bombón expuesto en en el escaparate de mi regazo, debía deshacerme de toda esa mecánica quijotesca de macho salvador de su joven Dulcinea. Y yo no estaba allí para llevarle la cuenta de los cubatas a Dulcinea, sino para llevarla, como diría "Buz Light Year", y estoy seguro que los de la generación de Luz María saben a qué Buz me refiero porque crecieron a ritmo del imperio "Pixar", hasta el infinito y más allá. Y entonces dije:

—Lo que tú digas, mi Luz.

Y de paso me arrancaba yo también con un whisky. Un destornillador, eso le puse a Luz María. Que viene a ser un trago muy sencillo elaborado con fanta de naranja y vodka. Porque sí, déjenme decirles a ustedes bloggers novatos en temas alcohólicos, que una resaca de coca cola y whisky es mucho peor que la resaca que sufren los cuatro tipos de esa exitosa película, "Resacón en la Vegas", luego de tomarse accidentalmente, accidentalmente y queriendo, que leches, ese gordito, Alan, es el demonio en persona, aquellos poderosísimos reinoles con un efecto secundario amnésico del carajo.

Afortunadamente nosotros no íbamos a consumir " reinoles ", solo destornilladores y whisky.
No interesaba para nada que este servidor despertara, tal y como ocurre en la película, en cueros en la cama, esa fantástica cama con dosel tan mía, la de "Hangover" es una cama cualquiera de hotel, con el tigre de Tayson a mi lado, también en cueros, y el rostro tatuado con un trival de esos exagerados, y piercings en los pezones, y un diamante allá, al sur, muy al sur de mi estructura, y quién sabe cuantas mamonadas y ridiculeces, sin recordar que había pasado durante la noche de amor con la mujer de su vida. Por lo visto, el " reinol" da por hacer todas esas mariconadas, según el guionista de "Resacón en las Vegas". Y ya era más que suficiente para Luz María con ese pitillito de maría que nos habíamos bailado a medias. Confieso que por un momento tuve miedo que aquello le provocara náuseas, y como concecuencia, vómitos.

Pero no. Ahí estaba mi hembra, toda pasión. La reina del blandiblu y sus labios de blandiblu de tourné por mi cuello en una cascada de besitos mojados, su lengua de blandiblu en mi boca, entre sorbo y sorbo de destornillador, sus dientes mordiendo, suavemente, a cámara lenta como en el cine, mis labios, también de la marca blandiblu, como no. Me sentía mejor que 50 cent bailando en su Candy Shop. Los Reyes del blan-di-blu, peña, con nuestras manos de blandiblu metiéndonos mano, ya, desforada y descaradamente. Y me van a perdonar, pero voy a tomarme la libertad de reservarme los detalles referentes a como de bien nos metimos mano, porque no es de hombres contar esas escenas.

¿Conocen ustedes a ese escritor, James Ellroy? El de La Dalia negra, sí. Bueno, pues resulta que James opina como yo para estas cosas. Él es muy hombre, también.  No recuerdo muy bien en cual novela, lo que si recuerdo es que "el boxer" gastó sólo un parrafito de nada, cinco líneas en relatar aquel amor candente entre sus protas. Una bestia, oye. Sin preliminares. El famoso menos es más que debe conocer y practicar todo escritor de alcurnia en la literatura.

Bueno, aquí, en petit comité porque no quiero que " el bóxer" se cabree y me demande por injurias. Los americanos tienen esa mala costumbre de demandar al personal por cualquier chorrada, pero eso suele catalogarse por estas tierras españolas como: aquí te pillo y aquí te mato, cosa que yo no estaba dispuesto a hacer con mi Luz. Eso es de amantes pringaos, Mr. Ellroy.

Y a mí lo que me sobraba era tiempo. Gladys iba a tardar muchísimo. Mi mamá es de las que se va de las fiestas cuando los camareros la echan, y Robertico, fijo, que iba a tardar en casa de Elenita. La llama de la pasión en esas edades es eterna. "Eso" no se apaga ni en estado de embriaguez. Quién tuviera veinte años. Aunque por otro lado, envidia ninguna. La llama que posee ahora mi Robertico es la madre universal de los eyaculadores precoces y yo ya he superado esa patética fase hace muchos años.

Mi llama es ahora muy sabia. Una llama poderosa, como esas llamas azuladas que producen los sopletes: paciente, cálida, larga y efectiva.

Un segundo, gente, que tengo una llamada.

—¿Robertico?...

—no, ahora no puedo ir a buscarte, estoy escribiendo y no pienso salir de casa,

—qué te han detenido por posesión de marihuana.




—y desde cuando tú fumas maría...

—oye, eso deja a los hombres impotentes, como una mierda. En la vida se me ocurriría a mí jugar con el equipamiento, y bien sabe dios que tu papá no miente...

—que tú no fumas maría pero se la estabas guardando a un colega. Ya. Robertico, mentir es pecado,

—ya...

—se te va a caer el pelo, Roberto Madison.


Bueno Peña, ya lo han oído. Les ruego tengan un poco de paciencia. Prometo ponerles al corriente en cuanto regrese de la comisaría.








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