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sábado, 26 de marzo de 2016

La fiebre Bieber (Capítulo IV)










—¿Qué hay de nuevo, viejo?

Sí, peña de seguidores. Fue así de cabreado que le di la bienvenida a Don Psiquiatría; a lo bugs Bunny.

—Nada, aquí. —dijo Doc.

El Doc trajeado de melenita blanca que pretendía ligarse a mi señora mamá. Y se acercó y me estrechó la mano, y tomó asiento en la mesa junto a Gladys.

—Qué, ¿ahora nos dedicamos a levantarle la vieja a los colegas? Ya te vale, Dr. Méndez.

Y Gladys me reviró los ojos, así, en plan huracán, como cuando era pequeño y ella me llevaba de visita a casa de alguna de sus amigas y yo tocaba algún adornito de cristal, por curiosidad, o hacía cualquier chorrada de crío. Sabía de más lo que ese gesto significaba: "se te va a caer el pelo cuando yo venga de bailar, hijo de tu mamá". Pero el canallita de Doc ni se inmutó, solo dijo con pausa, mientras se apoderaba de una gamba, la única que había quedado en la bandeja, la gamba de la vergüenza:

—¿Y tú qué problema tienes, Madison? Por lo que yo sé tú eres su hijo, no su marido.

El muy hijo de su mamá. Sí gente, amigos de la blogosfera, el doctor Méndez también tiene una mamá, como todos nosotros, desnudando con tranquilidad a aquella pobre Gambita ¡Qué cerdo!

—Gladys ya es mayorsita para decidir, —remató—antes de que su boca de medicucho violara a aquella gambita blanca de Huelva en un ay.

De verdad, si no me levanté de la mesa para partirle esa cara dura de Doc fue por cortesía con Luz y porque, Luz, me clavó las uñas en la rodilla. Y porque mamá no merecía que le prendiera fuego a mi reino, con lo que me había gastado en las pérgolas de la piscina y en las escaleras de nogal. Y en las lámparas de araña. Y en mi cocina moderna llena de pijaditas y detallitos psicodélicos. Y en mi maravillosa cama con dosel hecha a medida. Y en mi baño con jacuzi, todo de porcelanosa; un ojo de la cara, oye. Ni siquiera por la memoria de papá. Porque, díganme ustedes, ¿a qué van una viuda y un divorciado a la sala "Bolero"? Pues a bailar boleros mientras se meten mano.

Y bien. Luego de que Juana de Sánchez quemara la Bastilla, porque ella si que la quemó con todo ese asunto de la muerta, la señora se marchó a bailar con mi psiquiatra y Robertico se fue a casa de su piba, Elena. Bueno, de su "amiguita". Los jovenes de ahora se meten mano a saco y arrasan con la quinta y con los mangos, y siguen siendo tan amigos como siempre, como dice el bolero. Y yo me quedé allí con mi Luz, sentados en el sofá sin saber que decirle. Claro. ¿Y quién iba a querer hablar con un loco? ya no digo intimar. Y yo ya estaba más que harto de matarme a besos con Luz por las esquinas y de esos preliminares, que no pasaban de ser preliminares, en el portal de su edificio, en el coche... La verdad es que Luz nunca se ha quejado de mis arremetidas en lo oscuro ya que ella lo considera emocionante y  divertido; mi Luz es como una niña. Una niña grande.

Pero uno estaba seguro que no iba a poder llevarla siquiera a su cuarto después del discursito de Gladys sobre la muerta en cueros. Sí, la del pelo mojado. Una muerta en cueros en medio de la noche a solas con un tipo no suena a fenómeno paranormal, sino a fenómeno pervertido y a fenómeno enfermo sexual, y a hombre loco-loco de remate. ¿Loco? Señores, loco estaba yo por darle unas caladitas a un buen pitillo de María y relajarme de una buena vez. La María tiene un efecto muy tranquilizador, créanme.

Dicho y hecho. Subí a mis dominios —en el ático— y bajé en un periquete con mi sedante ya liado, porque no era plan de ponerme a ello delante de Luz con la que estaba cayendo. Un poco de música (Joe Coker). La música podría colaborar, sin duda, en mi recuperación emocional. Pero no fue el encanto de la voz rota de Joe lo que sonó en mi reproductor sino una oleada Bieber. Justin Bieber a toda pastilla, pero no el Bieber nene de: "baby-baby". El Bieber de: " boyfriend", con esa carita tan perfecta de Dicaprio. Leonardito Dicaprio, ese actor Hollywoodiense que tanto enloquece a las chicas jóvenes.

Bieber con su buguita. Bieber con su guitarrita y sus coleguitas diciendo boyfriend boyfriend. Bieber con su tupé.




Para su información, señorito Bieber, yo también gasto un tupé al que mi Luz llama cariñosamente "kiki" poblado de canitas plateadas, que viene a ser mucho más atractivo que ese kiki rubio de querubín de mamaíta. Sí, Bieber, lo tuyo suena muy poco creativo. Yo puedo volver loca a una piba sin guitarrita, sin buga y sin gafas de sol, solo con piropearla en medio de la vía pública, pero antes de que me adelantara a cambiar el c.d Luz soltó en un gritico sexy:

—Ay, Justin.

Dijo Justin a secas, como si ambos  hubieran sido en el pasado compañeros en Camp Rock.

Y yo atajé a la carrera.

—Ese disco es de Robertico, a mí no me van esas movidas de mariquitas.

Pero si a ella le gustaba, welcome Bieber. Y así de bienvenida fue la tremenda calada que le dí a aquel petardo de maría.

— ¿A qué sabe eso? —preguntó Luz.

Que debió ser el resultado de contemplar mi expresión de hombre feliz y relajado.

—A nada cariñito, esto no sabe a nada.

—¿Y por qué te lo fumas si no sabe a nada?

—Para relajarme, Luz María.

—Ay pipo ¿me dejas darle una caladita?

—¿Fumas María, tú fumas María, Luz María?

—No, hombre, yo que voy a fumar eso, es sólo para probar.

—No. Esto no es para jugar. Es una droga no apta para niñas.

—No soy una cría. Ya soy mayor de edad.

—Luz, cariño, cuando papi dice que no, es no. Tu papá, tu papi el de verdad, yo soy el otro, podría colgarme en el patio de tu casa de las pelotas si se enterara. ¿Crees que yo le daría una calada a mi Robertico?

—Bueno. Es evidente que no soy tu hija, Madison.

—Mira Luz María, sólo eres cinco años mayor que Roberto. Cuarenta y seis contra veinte y cinco es, como diría tu papá, tan andaluz él, tela marinera, así que no me lo pongas más difícil. Si te lo permito, entonces sí que podrías decir que soy un loco.

—En serio, Madison, —Luz siempre me llama Madison, nunca amorsito, ni nene, ni John, siempre Madison—, de verdad que no me importa que vayas al psiquiatra ni que sufras alucinaciones.

Pero yo ya estaba lo suficientemente relajado como para aclararle que no estaba loco y aquellos episidios en mi cuarto no eran alucinaciones.

—Anda, ven, ven para acá. No, ahí no, Luz. Siéntate aquí en las piernas de papi.

—Vale, pero eso te va costar una caladita. —dijo Luz toda obediencia.

Que no es lo mismo que te digan: te va a costar una entrada al último concierto de Justin Bieber, o un video juego, o unos vaqueros de esos morsillita que son los que usan ahora las de la edad de Luz.

—No, Luz María. Ni hablar del peluquín.

—Machista.

—Vale, —dije resignado —pero solo una, ah.

Un momento gente, tengo que saludar a unos colegas que acaban de entrar. No, hoy no estoy en ese bar de pijos del centro al que suelo acudir para escribir mis paridas nocturnas, sino en un garito del barrio. El Baix Llobregat también tiene su encanto. La cerveza es barata, las tapas de escándalo y los precios muy decentes. La verdad sea dicha.

Ya vuelvo.


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