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lunes, 12 de septiembre de 2016

Cuentos para despertar a Eva.









La noche cayó sobre el Golden Hind tiñendo de penumbras la cubierta y el velamen. En medio de la oscuridad, el capitán Madison, alzado junto al timón del navío, vio asentarse sobre el barandal de barlovento al ángel del silencio. La aureola azulada que siempre lo acompañaba durante sus viajes nocturnos iluminó débilmente la embarcación.

—Ella lo necesita, capitán Madison —dijo el ángel, plegando lentamente las alas mientras caminaba a su encuentro— y solo hay un remedio para su enfermedad, un cuento milagroso. De esos que hacen de miel el corazón y remiendan el alma.

—¿Y por qué no la has traído contigo? —preguntó el capitán captando el mensaje sublimado en la charla.

—Eso no puede ser.

—Eres un ángel, nada es imposible para uno de tu condición.

—Está dormida, como esa princesa del cuento.

—¿"La bella durmiente"?  Corregiré el rumbo. El Golden nos llevará a la desembocadura del Paraná en unos seis o siete días a lo sumo.

—¿Pretende besarla tal y como ocurre en ese cuento de hadas? No puedo creer que habiendo navegado tanto mundo sea tan ingenuo.

—No. Pero estoy seguro que si ella escucha mi voz junto a su cama, despertará.

—Una semana es mucho tiempo, capitán, solo disponemos de un par de horas.

Solo existía una mujer en tierra a la que se le permitía —por su estirpe poética— mantener una conexión abierta con los ángeles. El capitán solo abandonaría su ruta —la ruta de la seda— si esa mujer, a la que los poetas del mester de Clerecía habían bautizado siendo niña con el nombre de Eva, requería de sus artes de cuentero para salvarla del sueño eterno.

Durante la adolescencia, el capitán había salvado a una cría de ballena beluga varada en la Playa del Estuario. La colonia de ballenas quedó tan agradecida por su proeza que lo bendijeron de por vida con la habilidad para entender los códigos de comunicación entre las especies marinas y resistir inmersiones a niveles insospechados.

—Mantén el rumbo, ángel —ordenó el capitán.

El ángel quedó al mando de la nave mientras el capitán, desposeído de las botas y la camisa, saltaba desde la proa hacia la más profunda noche de la mar; allá donde no alcanza más que quien posee el don del contador de historias. Batracios, mantas rayas gigantes y una legión de hipocampos abrieron paso al capitán hacia los fondos arenosos, tan desconocidos por el hombre que helaban las entrañas y las palpitaciones dejando la lengua en celadura muerta. Un singular ruedo de animales marinos aguardaba impaciente la llegada del viejo marinero.

—Alga del tinte ¿te has lavado los dientes?

—Sí, mi capitán.

—¿Has hecho los deberes Helechilla?

_Claro. ¿Pero, cuándo comienza el cuento?

—Todavía no, aún no ha llegado ella.

—¿Ariel, mi capitán? Ariel ya está sentada junto a Liágora.

—No. Ariel no, tenemos que esperar a Eva. Ella necesita la medicina de este cuento más que nadie.

A muchas leguas de distancia, la Eva que aparecía registrada en el cuaderno de bitácora versal del capitán John Madison oyó, entretejida a su mortal letargo, la voz de agua del corsario practicando el conjuro telepático que le comunicaba las coordenadas del punto de encuentro.
A ella le gustaba su voz; ese caudal de azúcar antillano al que los delfines obedecían ciegamente cuando, fondeado el navío muy próximo a los bancos de sardinas, el capitán pedía en su lengua vernácula las sedujeran, atrayéndolas hacia sus redes con el incentivo de compartir la pesca. Aquella voz había sido su compañera desde que ella contrajera la enfermedad del crisantemo rojo. Todas las noches, sobre todo en las noches de sábado, el cormorán moñudo que el capitán había comprado a precio de ganga en un mercadillo de Antioquía junto con una alfombra persa voladora y diez ánforas de plata, volaba hasta su casa, a orillas del río Paraná, llevando las historias en verso que él escribía para ella a la luz de una vela en su camarote, y que ejercían como paliativo de sus terribles males.

Sin embargo, el capitán sabía que no era suficiente con las coordenadas. Si de verdad pretendía que su voz despertara a Eva del sueño del crisantemo rojo, sería fundamental ir más allá de las formalidades del conjuro y activar el vínculo espiritual entre ambos. Él nunca había tenido una voz educada para el canto, pero sí la cadencia de los viejos poetas cuando se aventuraban en la declamación. Y a ello acudió.

"Tómate esta botella conmigo
y en el último trago nos vamos,
quiero ver a qué sabe tu olvido
sin poner en mis ojos tus manos.

Esta noche no voy a rogarte.
Esta noche te vas de a de veras.
Qué difícil tener que dejarte,
sin que sienta que ya no me quieras".

Proclamó la voz del capitan estremeciendo, con su registro grave, a su sin par público de criaturas marinas.




6 comentarios:

  1. Precioso cuento. Un contador de historias con un gran don. Precioso.
    Un beso.

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    1. Celebro que te haya gustado el cuento. En realidad es un regalo para esa mujer de nombre Eva.

      Gracias por la lectura y comentarios, María Campra.

      Un abrazo

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  2. Adorable, capitán Madison, me conmoviste.
    Esperemos que tanto aprecio y cuidado se conviertan en ondas benéficas para nuesta querida Eva.
    Qué gran corazón tenés.
    Un abrazo.

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    1. Hola Mirella.

      Un regalo para Eva, espero que quede complacida con el regalo y que la energía que he puesto en él mientras lo escribía le traiga el resultado que todos los Ultras esperamos.

      Gracias siempre.

      Un abrazo.

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  3. A caballo entre la realidad, la fantasía, narrador, historia, lector... Todo parece formar parte del texto. Muy bueno. Y ya la canción de Chavela Vargas es la guinda perfecta... Como decía Sabina: "las amarguras no son amargas cuando las canta Chavela Vargas". Saludos!!!

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    1. Bienvenido al Tatuaje, David Rubio.

      A la mujer que aparece en el cuento, Eva, y a mí, nos chiflan las historias de marineros. El cuento está sustentado sobre la realidad, pero encriptado por los detalles irreales y fantasiosos para ocultar lo que hay realmente en la trastienda de la historia.

      Jajajaja.

      Como ya digo en las respuestas a los comentarios es un cuento-regalo para Eva, también escritora y muy grande, por cierto.

      Gracias por la lectura y comentarios.

      Un abrazo.

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