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martes, 27 de septiembre de 2016

Sicario (la morte è il mio mestiere)




La historia de "Sicario" bien podría ser la historia de cualquier hombre.




Si en algún momento de la lectura usted se siente identificado con el personaje, le pido encarecidamente: ¡no mate al amor! Qué culpa tiene el amor de sus problemas.

Algunos poemas bien podrían desarrollarse como guion de cine, pero ni yo soy guionista ni ustedes, queridos lectores, están para escuchar mis mamarrachadas de poeta despechado. Comprendo perfectamente el significado de la frase: cállate, Madison, que el patio no está para farolitos.

En cualquier caso, pueden ponerse cómodos en su butaca e imaginar que están en una sala de cine... y que en la entrada hay una chica divina de la muerte vendiendo unas palomitas de muerte, en esta casa no se cobra por darle a la sesera. Y ya que están, imaginen que Nancy Sinatra aparece en pantalla en primer plano, con su pelo yeyé, cantándoles el "Bang-bang", vestida de rosa chicle, inmóvil, muy a gusto, tan a gusto como una iguana tomando el sol a las 2:00 de la tarde en el desierto.





Y qué quieren que les diga, a mí el color rosa me ha parecido siempre un color espantoso para vestir a una mujer, incluso mis hijas han renegado del rosa desde que eran unos micos, sin ánimo de ofender, yo prefiero el negro...

Ay cállate Stevie Wonder, cállate-cállate de una maldita vez, hombre, me tienes negro cantándome "La mujer de rojo" y tú sabes de sobra que ese estilo musical no encaja en este guion.






Ya sé que los ochenta fueron los mejores años de mi vida, ni falta que hace que me lo recuerdes. Una época en la que yo no estaba enamorado de nadie ni nadie lo estaba de mí, y nadie perdía el tiempo en hacerle la putada a nadie, así que, si no te importa, cierra el piano y sal de mi cabeza. 

Este es un post de tipos duros, de pistoleros que sufren en silencio por amor; un post dedicado a esos currantes que sueñan con montárselo con su piba
a lo Nucky Thompson cuando salen del trabajo, con un Clavelito rojo en la solapa tope de elegante. Way tío, dabute...




De acuerdo, chicas, reconozco que Nucky no es un tipo muy agraciado, pero qué más da, la belleza está en el interior (y también en la billetera, Nucky tiene más pasta en el banco que el señor Barcenas)

Muy bien, sí, ya me callo.

Estimados lectores, sin más dilación:

Sicario.

(Espero que  no me disparen al terminar).


**********


La soldado de Dios.


Pido a Dios que te mate.

Te lleve por delante. Te silencie.

Algunos días,
esos días benévolos,
le pido solamente: haz que me olvide,
llévatela, señor.

Ve y tráele a otro tipo que la quiera
y que la haga sentir en las mañanas
hasta que el reino
de los hombres colapse
y tus ángeles quieran ser muy hombres
para gozar también.

Y entonces llegas, Dios,
tan de mañana,
y la traes tan húmeda a mis manos
y la montas desnuda sobre mí.

Me traes a esa "muerta" y yo permito
cabalgue mi violencia,
me sueñe y me imagine
orgasmo tras orgasmo,
a grito limpio
tu nombre entre sus dientes,
el cuarto y los vecinos, mi minúsculo
reino colapsado,
vencido en mi ataúd.


*************

The hero.

Que estoy enamorado, lo admito, como un perro.

Me puedes arrastrar, pisotearme
aquí, en lo privado de este cuarto,
que no soy menos hombre.

Soy tan hombre que puedo soportar
tus exterminios
sin derrumbarme, con la cabeza en alto.

Eso te gusta.
Te exita te suplique: no me dejes.
Te exita
el arte de tu guerra en la que soy
arrinconado por tu rosa en éxtasis.

Arremete, madame.
No escatimes en armas ni estrategias
por muy letal que sea el gas mostaza,

que voy a darte lucha y belicismo
hasta que Ares me lleve por delante.


****



He vuelto de la guerra.

La piel viento y metralla
y el corazón henchido de condecoraciones.

He vuelto.
Luzco ante ti la gloria de la Estrella de plata,
la del honor,
la púrpura,

los nudillos gastados de morderlos
y una hoja de servicios -impecable-
narrando a bomba y tiro mis victorias.

Nadie,
nadie sabrá jamás de las hazañas
del mutilado
sin corazón
sin lengua
y sin riñones.

Ya ves amor,
he vuelto de tu guerra,
de tu sórdida guerra de amantes despechados.

De esta vendetta estúpida donde no gana nadie.


************


Sicario.




Te amé con tantas ganas que tu cuerpo
fue mi dogma de fe.
La oración inmediata
rallando en la ceguera del fanático.

Te amé
hundido en el pecado
del idólatra
con el fuego impaciente del novel
que añora conseguir la fórmula perfecta
para ascender al pódium de la fama,

con la pregunta del enamorado
que deshoja violetas adivinas,

con los rigores muertos de un cadáver
inconmovible ante su turba fúnebre.

Te amé,
borrando todo rastro de inocencia,
de humanidad en mí,
de llanto,
de decoro,
vestido de coloso indestructible.
Con mi disfraz de déspota, de sádico marqués,
en ese gran papel de "Harry el sucio"
patrullando lo oscuro de tu centro,

de cazador Van Helsing desollando
tu libido vampírica.

Te amé,
con el encanto frío del sicario
que mata cada noche al corazón
para sobrevivir a tu corona.


**************





Dios, tú no comprendes nada.

Que puedes tú saber
de mí.

Tú que no has padecido las fiebres de matar,
tú qué nos padecido
cuánto puede exfoliarse un corazón
cuando el amor se vuelve solo carne,
y la pasión un triste comediant
disfrazado de trinos que entre aplausos
recoge sus girones.

Tú qué jamás has sido
esa Pompeya frágil que doblega
sus días de esplendor a las cenizas
de su letal Vesubio,

altísimo Señor.


*************


A la mierda Cupido.

Hazte a un lado Cupido.Ya no quiero
morir en tu estocada, desangrarme
llorando verso almibarado y lírico.
Mi amor es más de diablo sin alardes
que entrega el corazón sin ataduras.
No quiero tus lisonjas y bondades,
tu edén, tus estrellitas y piropos
de lengua tropelosa y torpe Náyade.

Ya te dí suficiente novelita
más que Corín Tellado, Dios me guarde
de escuchar, niño pijo, tu discurso
de polillas caducas al desmadre.

De su rosa cañí perdí el secano,
mi fórmula de abono no le *piace.

Ahórrate la flecha, viejo arquero.
El amor es un asco: ¡Bon voyage!


*

Fue mío de un disparo, comisario
con unas simples rosas amarillas
que cargué en el cañón de mi pistola.

Un tierno ramillete de rosas amarillas
que según los flamencos traen mal fario.

Despacio, en un blackout fatídico,
cayó a mis pies de bruces.
Y aquel cuerpo pequeño
no causó ruido alguno al derrumbarse.

No hicieron ningún ruido
ni sus rizos,
ni su rostro perfecto,
ni sus alas,
ni sus manitas breves
aún asidas al arco.

Qué poco pesa el alma sin dolor.

A la mierda Cupido.


*






Muerto el amor, se me murió la noche.
En su pálida frente de *obsidiana
se esfuma mi pasado, amplio derroche
del amante que siempre dio en la diana.

Muerta la noche. Muerta su cintura
de estrellas, su mirar de estalactita,
el vitral negro azul de su estructura,
sus piernas de mujer cosmopolita.

Su espalda de silíceo, sus caderas
de marciana rebelde, sus dos brazos
de maternal lobezna, sus
ojeras
de veladora nata de mis pasos.


*

Y mientras te pensaba,
azul tu raza, el gesto y los cabellos,
por que todas las grandes hechiceras
cargan algo de azul para la suerte,
toda diamantes y alas y estrellitas
sirviendo leche-miel y pan migado
a nuestros dragoncitos desdentados y fieros,
me llegó Don Sicario con su vida elegante
(de Valentino)
con sus cuatro mil muertes,
y la tarde de oro
bañando de amarillos su sombrero fedora.

Lloraba como un crío
por su ciega matanza cupidiana:

— Se me nubló la paz, cosa difícil,
pensando en el declive de ese baby.
En su cuerpo tan breve
y en sus mínimos labios
y en su lengua de culebrilla dócil
farfullando mi nombre en su agonía,
y aquella palabrita detestable
abarcando el espacio,
tan dulce,
de esos últimos, lentos estertores,
que llegan con la muerte:
—¡Canalla!

Y luego, en un suspiro desgarrador y sordo:
—¡Que te den, cabro-nazi!
(haciendo la peineta)

Debo reconocer que el crío es: sorprendente.

Y ahora tengo la alfombra,
mi carísima alfombra de lana del Nepal,
todo el cuarto infestado de confetis.
Por el amor del cielo, Madison, por dios santo,
una puta nevada
de corazones bobos
de papel rojo púrpura
danzando en el espacio.

Y maldita la gracia, yo me esperaba sangre.
En su defecto,
del torso hecho pedazos, de la frente,
no cesa de brotarle esa basofia.

Virgen de los sicarios.
Más que un ángel de amor
es un pavo relleno.


*************


Yo no estoy preparado para el duelo.

Sí dios tiene grandeza me permita
viajar antes que tú,
que a todos los que quiero.

Yo no estoy preparado para ver
como los vivos ponen
tus mejores vestidos y mis cartas
en cajas al destierro,
tus libros,
tu carmín
y tus zapatos...

Tengo un problema serio con la muerte:
No aguanto que me robe lo que quiero.


**************


Mi venganza mayor, será morir
asistiendo al sepelio de lo nuestro.

Ver como te derrumbas moribunda,
el corazón en llamas,
mientras este voyeur contempla en bambalinas
que no existes sin mi mejor receta
para salir ilesa de lo adverso,

sin mis cuarenta y seis batallas
desnudas en tu boca de Calígula,
sin mi trago de vodka y mi pitillo
temblando en tu nocturno,
sin mi fuego cruzado,
sin mis ganas,

dejar que el luto por lo nuestro
devore mis espaldas
sin pelearte.


*************


Qué alguien traiga el maldito desfibrilador.


Mi muerte es otra historia.

Estoy en ese sueño,
desnudo y sobre ti,
en el que mi cantar penetra y sale de tu capitanía
en lenta procesión espiritual.

Te digo tantas cosas;
ésas que nunca digo a nadie.
Las voy sembrando al borde de tu boca
con la paciencia de un viejo jardinero.

Mi muerte es descubrir
que todo lo vivido
es solo un sueño.


*

Mi corazón se cae desde el cielo mayor
y no hay ninguna red
ni manos de bondad que lo sostengan.

Me muero.

Me muero en do mayor que es como mueren
los hombres de verdad,
los pasionales.

Los que llevan al pecho
la medalla de oro
de segundos Romeos.
Oro de "24 kilotones".
Sin trampa ni cartón, oro del bueno.

No te sientas culpable de esta muerte.
Me maté porque quise.
Porque me dio la gana.

Me maté porque quise y también porque te quiero.


*********************


 Amor a lo Buscemi.





Tengo esa fantasía de llegar a tu puerta,
elegante, bien fino,
a lo Buscemi.

Es sábado, un sábado magnífico
y llevo un clavel rojo en la solapa.

 Es tarde,
todo lo tarde como para impedir
que una señora salte de su cama
en camisón a consolar a un tipo,
un camisón eterno, inacabable,
largo
hasta
el
piso,
transparente.

Tú me preguntarás mi santo y seña desde el interior
y yo diré mi nombre.

Responderás qué no.

Buscemi es la serpiente,
es el amo de todas las manzanas
que brotan de ese árbol.
Aquel árbol del que te habló mamá cuando tú
eras
tan pequeña como lo eres ahora
haciendo contrapeso
con tu peso de hembra- inmensa-hembra,
sobre esa puerta- obstáculo y maldita
(te gustan demasiado las manzanas).

Y a las serpientes se les deja en la calle
para que el hombre del saco se las lleve.

Un corto y diminuto no que en realidad
es: SÍ.

Ese tira y afloja femenino,

ese vete (tan cruel) que no te quiero,

ese ancestral patrón repetitivo
entre el hombre y su hembra.

Sí. Tú siempre abres la puerta.
porque todo, absolutamente todo
es posible en mi Hollywood onírico.

Y para qué engañarse, tú deseas
todo lo que yo traigo y represento:
un Buscemi ajustado a tu medida
que sabe bien montar a la palabra.

No sé si llevo rosas.
Conociendo a Buscemi,
un pistolero con vocación enferma
por las flores, seguro que las llevo.

Y entonces entro.

Y te amo
de pie contra la puerta
en la cama,
(Buscemi sólo llega hasta la cama)
sobre la mesa del salón,
bajo la ducha,
en la cocina...
mientras te digo suave y al oído,
(uno a uno, palabra por palabra)
todos esos poemas que escribí para ti
un sábado cualquiera.

Buscemi es un cabrón piquito de oro,
pero tú quieres todo del cabrón de Buscemi.
Te vuelve loca ese ladrón de corazones.

Es lo que piensas
mientras Busemi fuma su pos-coital pitillo
desnudo junto a ti,
en tu cama fantástica de santa.
La santidad que enamoró a
Nucky Thomson.

A Sicario le tiran
otras paridas más trascendentales
para morir en acto de servicio.

Cabalgar en la noche, tan desnuda,
con la espada a los vientos
mientras gritas mi nombre a las estrellas
es una invocación muy peligrosa.
Y ciertos personajes
pueden entrar al quite y tan al quite
como para matar de lleno a los actores.

*********************


Ya te lo dije, no soy un pistolero.


El hombre del revólver y la luna partida en mil pedazos,
ese Sicario que le reza a la virgen
que todo matarife necesita para lavar pecados,
el asesino a sueldo
que pugna por ganar tu corazón,
es en realidad el pistolero.

Y a veces lo consigue.
En el fondo te gusta ese Sicario
que mata mientras Billie
se muere por las noches
en requiebros
en su móvil.

Pero yo no soy ese matador de cupidos
aunque vista de luces para ti.

Yo soy el soñador que te corteja,
yo soy
tu tejedor de estrellas,
el poeta que  espera
al otro lado
de todos los azogues de tus mundos,
Alicia de mis sueños.

En este instante, 22:09 de la noche,
hora española, estoy junto al espejo.

¿Vendrás a rescatarme?


**


Por fin tengo al amor oculto en ese espejo solitario
donde me miro a veces.

Lo tengo y con sus huesos
me he hecho un relicario 
con el que me santigüo por las noches
para dormir en paz.

Qué juego tan extraño es el amor.

Vivía convencido de que nunca amaría
para no troquelarme las arterias
y no morir, ahogado,
en los pozos oscuros de pasión
de mi sola fortuna.

Por fin siento al amor durmiendo
en las oceanidades de mi alma

Por fin llevo al amor como una lanza
deliciosa
hundida en el costado.

Y esa tenencia me hace
sentir tan indefenso,
como si el mundo
pesara kilotones en mis ojos.

Tan solo y tan perdido,
 tan niño,
que me cuesta
controlar en las noches
esta férrea armadura de Sicario.

************


*************

La morte è il mio mestiere.






Y bien, esto ha sido todo, les agradecería no usaran mi caja de comentarios para dejarme sus rollos sentimentales. Estoy seguro de que en alguna parte de la blogosfera hay un Dr. Love, todo es cuestión de salir a buscarlo. La caja de comentarios es única y exclusivamente para asuntos literarios. (Aunque si les hace bien contarme que su mujer les dejó, que fue a por tabaco y no regresó nunca y que no tienen ni maldita idea de como se hacen unos garbanzos, adelante. Soy muy respetuoso con el secreto de confidencialidad.


Soy J. Madison y ha sido un placer escribir para vosotros.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Mundos paralelos.


En un lugar lejano, no registrado en lo tangible de los mapas, existe un hombre. Fuma tabaco negro de la marca comercial Captain black en una pipa de marfil. Su mujer se la regaló por el aniversario de sus bodas de plata.


Lleva barba y coleta, y una chaqueta azul cruzada al frente con botones dorados,  como los viejos marineros.

Siempre fue más activo durante la noche y en cuanto oscurece, el hombre sube al ático de la casa a escribir sus historias:  cuentos que narran los naufragios de embarcaciones tan chiquitas como una cáscara de nuez vapuleadas por álgidas tormentas, historias sobre los ángeles a los que se encomiendan los ocupantes de la nuez minutos antes de morir, novelas de sirenas cuya fisonomía dista de la que rememoran las leyendas. Las sirenas que habitan en sus libros no pierden el tiempo en seducir a los marinos con sus cantos ni en salvarlos de morir ahogados. Ellas prefieren vivir tranquilas al margen de esos hombres, y ocultar a sus crías de la codicia de los balleneros por sus lágrimas de perlas, en las bodegas del cinturón de galeones que conforman el cementerio de navíos "Merrows".

"Ceasg", la casa de madera construida por él en la cumbre más alta de aquel lugar sin nombre es, a la vista de los lugareños, un buque acorazado bogando sobre la cresta de una imponente ola congelada por las nevadas. Presidiendo el salón de la casa, la chimenea de piedra alberga un fuego magnífico que caldea durante todo el día los tres pisos con la entereza de un sol perenne.

En la habitación donde el hombre teclea hay un trago de vodka junto a la máquina de escribir, un perro labrador —Diamante— echado bajo el escritorio de nogal, junto a sus piernas, y la voz de una mujer que canta viejos standars de jazz al fondo de la casa, en la cocina, mientras hornea bollos y galletas; una mujer de anís y de jengibre que lo hace estremecer cuando lo llama mío.

El hombre se pregunta que hubiera sido de él sin su épica mujer de pan con voz de niña, una mujer que le hace el amor en las mañanas como si el mundo que ambos comparten fuera a partirse en dos en la próxima hora atropellado por el tren de mercancías que pertrecha de víveres y demás provisiones a los comerciantes de la zona.

Se pregunta, mientras la ve entrar en el despacho con la bandeja que contiene su cena, si en otra vida él también tuvo esa mujer con alas de amapolas chinescas que destierra al infierno sus miedos cuando revolotea desnuda por el cuarto; se pregunta qué suerte hubiera corrido su existencia en un mundo sin ella.

—Cariño.

—¿Mum, capitán?

La mujer deja la cena en el escritorio. El capitán sin nombre interrumpe el teclear durante unos segundos.

—¿Crees que pueda existir un mundo paralelo a Ceags, a nosotros? —pregunta el hombre a su mujer.

Mientras tanto, otro hombre (un poeta) imagina en su piso de Barcelona una segunda vida distinta de la suya en un país distante al que no ha dado todavía un nombre. Hay un trago de vodka en la mesilla de su cuarto del que bebe espaciadamente. La historia discurre en libertad sobre el papel entretejida a las estrofas del romance: una casa preciosa construida en lo alto de un monte —Ceasg— que siempre huele a bollos de leche y a jengibre y una mujer de pan con voz de niña, Eva, cantando muy al fondo de la casa, en la cocina, "Blue Moon".






miércoles, 21 de septiembre de 2016

La maestra del agua.




La maestra del agua.


Ella es escritora y fotógrafa.




Ah... olvidaba decir a los curiosos que la mujer de la que les hablo es además, en el ejercicio de su diario: "maestra del agua".

Pero si tuviera que definir su verdadera vocación entonces debería contarles que — la Sra. Laurenz— es, por encima de todo, una escapista profesional que tuvo la gran suerte de ser, en su anterior versión, discípula del mejor ilusionista de todos los tiempos: Harry Houdini.

Se comenta en los cafés de moda donde los escritores acuden en las tardes de sábado a confraternizar, que la maestra del agua y el señor Houdini se conocieron en Broadway, mucho antes de que el ilusionista encontrara a Bess, la mujer que posteriormente se convertiría en su esposa. El casual encuentro entre ambos se produjo durante aquel legendario espectáculo donde Houdini estuvo a punto de morir ahogado mientras intentaba escapar de las profundidades de un bidón de cerveza, cuando un médico presente en la sala requirió a voces la presencia de la maestra del agua, apoltronada en la primera fila, para revivirlo.


Por las mañanas, sobre todo en los días en los que el sol se muestra benévolo con los peninsulares dejándose caer de a pleno sobre Barcelona, la Sra. Laurenz toma en el desayuno una poción de realidad libertadora aderezada con dos cucharadas de lavanda, un ligero de toque de vainilla afrancesada y cinco bayas de enebro maceradas en una copa de champán, receta especial del propio Houdini, escrita entre líneas en el libro donde él acostumbra a registrar los secretos de sus trucos de magia y que éste le entregara minutos antes de morir, en Detroit; el único objeto que el velo del olvido le permitió a la Sra. Laurenz conservar como recuerdo de aquella vida pasada.

Minutos después de ingerir el preparado, la maestra del agua se desmaterializa y escurre, cámara en mano, por entre las flores de los cactus de su jardín; un viaje espiritual que ella ha bautizado como: "el renacimiento de las flores marchitas", una majestuosa peregrinación donde los cactus hacen a un lado su labor de encontrar agua para sentarse al pie de las arenas del tiempo y oír el paso de su verbo.

—"¡Ah, Johnny, querido! me siento como la Cenicienta estrenando sus maravillosas deportivas nikes, (bueno, lo cierto es que nuestro diálogo no transcurrió exactamente así, la Sra. Laurenz tiene un gusto exquisito en lo que a la moda se refiere, les pido disculpas por el lapsus imaginativo, lo que la señora Laurenz expresó en realidad fue, transcribo textualmente: "ah, John, estoy viviendo uno de mis mejores momentos, se diría que estoy asistiendo en primer plano al redescubrimiento de la nueva Sra. Laurenz"). Eso me confesó hace apenas un par de semanas.

Nunca supe cuándo fue la primera vez que decidí reverenciarla con ese abolengo señorial que —segun la RAE— y algún que otro panfleto aclaratorio en línea, define a una mujer como persona adulta, entre otras cosas, todas dignas y representativas del respeto; pero sí recuerdo que fue a raíz de uno de sus trucos de escapismo que decidí convertirme en un Gatsby en toda regla que las noches observando, desde mi posición lejana en el puente y catalejo en mano, ojo avizor debo decir, su misterioso mundo iluminado por las antorchas de fuego que ella plantaba cada noche, como un faro de luz inapagable, en el sendero que conduce a los visitantes hacia su casa: músicos de jazz-farria, motoristas erráticolunantes, pintores, retratistas del aura y escritores, que poetizan el futuro sobre la imperfección de los cubos de hielo destinados a refrigerar los deliciosos margaritas (según cuentan los chismosos del puerto) que Phillip, el mayordomo inglés de la familia Laurenz, prepara en grandes cantidades para los invitados.

Desde que soy un Gatsby furtivo, el catalejo sufre a mares ante la probabilidad de que las lluvias otoñales apaguen las antorchas nublando  nuestra voyeresca hazaña (Siempre ese dichoso catalejo acaba por contagiarme con su quisquillosa incertidumbre).

"Sabes que si me necesitas sólo tienes que llamarme y yo iré a verte, Johnny".

Ese fue el último mensaje que la Sra. Laurenz dejó para mí flotando en la atmósfera de "la nube", enviado desde su celular, mientras visitaba el mausoleo de Houdini.

Debo reconocer ante ustedes que me mata, literalmente, cuando ella dota en natural gesto de espontaneidad a mi ceremonioso John Madison, en honor a uno de los presidentes de América, de una cercanía grata al nombrarme "Johnny", tanto como a ella le gusta que yo marque una diferenciación entre ella y el resto de mujeres con mi elegante: Sra. Nada comparable al reflejo de ilusión en sus ojos cuando el sonido acristalado de su voz hace naufragar en la orilla de su boca el nombre en clave de Erik Weisz: Houdini.

¿Puede un poeta anónimo competir con el carismático Houdini? Me pregunté mientras observaba a los invitados pasear por el jardín copa de margarita en mano.

Yo nunca sería uno de los invitados a las famosas veladas que transcurrían, previa invitación, en la mansión Laurenz, por muy maravilloso y elegante que fuera el movimiento de mis caderas en la pista de baile.




Con el alma en derrota ante aquella certeza, guardé el catalejo en la mochila y me marché a casa a celebrar mi cumpleaños en solitario.



*************************


n. del a: Querido lector, acaba usted de leer una historia de ficción, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Efectivamente, bloggers, amigos y seguidores. Un 21 de septiembre del... servidor llegó a este mundo para dar guerra.

¡Hoy es mi cumpleaños!

Gracias a todos por la lectura.

martes, 20 de septiembre de 2016

La mujer colibrí.










Desde que tengo uso de razón he cumplido a raja tabla con el rito familiar implantado por mi señora madre: comer pollo los domingos; pollo en todas las versiones habidas y por haber gracias a la creatividad culinaria de mamá. Tenía muy claro que mi nueva vida en España no sería un impedimento para que  siguiera cumpliendo con aquella vieja tradición, porque si algo había de sobra en mi nuevo paraíso era pollo. Pollo en todas las versiones habidas y por haber gracias a las leyes del libre comercio.

Así fue como el pollo, esa vulgar ave de corral sin atractivo físico alguno más que en cueros, doradita y  emplatada con su correspondiente guarnición, se convirtió en algo importante, imprescindible para mi supervivencia emocional.

El pollo pasó a ser el hilo conductor comunicativo entre mamá y yo, algo que materializaba el cordón umbilical que en su momento me mantuvo amarrado a ella. Yo podía tirarme la misma eternidad degustando un muslo de pollo mientras la recordaba, hasta roía el hueso tal y como hacía en Cuba (aquello había que aprovecharlo al máximo, uno sabía que no iba a a pillar pollo hasta el domingo siguiente). Y  era con ésa misma fiereza que yo atacaba, sin ningún asomo de piedad, a los pollos españoles, como si se tratara del último pollo de la tierra en mi último día en la tierra.

Mi adoración era tan enfermiza que mi suegra aprendió a preparar el famoso pollo a la barbacoa de mamá para complacerme cuando nos reuníamos en su casa para almorzar los domingos. Mi predilección por aquel manjar del montón mutó en una aversión espantosa cuando llegué a una amarga conclusión: comer pollo los domingos era el equivalente a los años que debían pasar hasta que mamá y yo nos  reencontráramos. Entonces decidí cambiar radicalmente mis hábitos alimentarios y convertirme en vegetariano.

Un domingo, mientras almorzaba con mi hija en un restaurante vegetariano, lugar libre de pollos y de su anatomía evocatoria, aquella nostalgia por mi madre y sus costumbres domingueras eclosionó, como los volcanes, cuando la camarera se acercó a nuestra mesa para  tomarnos nota.

—¿Y qué van a beber los señores? —preguntó mientras nos proporcionaba la carta.

Al mirarla, las lágrimas llegaron con irremediable prontitud al borde de mis ojos, como si en lugar de preguntarme ella que quería beber me hubiera comunicado que —en breve— vendrían a buscarme para conducirme hacia el patíbulo, y macho que es uno, mamá se había pasado toda la vida dándome la brasa con aquello de los hombres no lloran, eché el resto en no derramar ni una solita.

—Señor ¿está usted bien? —preguntó la chica— de repente se ha puesto pálido.

La visión de mi rostro debió lucir ante sus bonitos ojos grises como la de un indio que acaba de regresar inerme de un peligroso viaje astral, de ahí su interés.

—Papi ¿te duele la tripita? la abuela María tiene un jarabe muy rico que te hará hacer caca en un periquete. Sabe a platanito.

Eso dijo mi hija solidarizándose también con la causa desconocida de mi terrible mal, y porque sabía de más cuanto puede darte la lata un dolor de tripa en plena madrugada cuando le da por hacerse el zoquete. Un par de lágrimas traidoras, cobardes, debo decir, asomaron entonces para aguarme mi fiesta: el guateque del titán de bronce. La chica sacó una servilleta de papel del bolsillo del delantal y me la ofreció amablemente.

—Ay, ¿de verdad que no le pasa nada? —quiso saber.

—No, de veras que no. No se preocupe, estoy bien, si yo estoy (como dirían en mi tierra) entero —logré decir— por favor, traígale un jugo de naranja a mi hija, para mí un whiskie doble.

La chica no tardó en regresar con las bebidas.

—¿Han pensado ya lo que van a comer? —preguntó.

La pura verdad es que yo ya no podía aguantar más.

—¿Sabe usted que se parece muchísimo a mi vieja? —se lo pregunté así mirándola fijamente a los ojos. Pero qué imbecilidad, ¿verdad? es increíble lo gilipollas que vuelve a uno la nostalgia. Cómo podía saber esa muchacha que ella era clavadita a mi mamá si no se habían visto ni por postalitas, como diría mi vieja. Ellas eran tan parecidas que incluso compartían la temporalidad de llevar el pelo corto, mamá en los 70' y ella en sus actuales 90'.

—¿A su madre? ¿yo? —eso dijo, mirándome de arriba a abajo en un intento de encontrar algún rasgo genético que nos hermanara a ambos (imposible, yo soy, enteramente, cagado a mi difunto abuelo).

—Sí, usted, cuando  mi mamá era joven —dije para tranquilizarla— ¡Ella era tan linda! Mi mamá tenía a todo el barrio alborotao'. —agregué.

La chica debió mal interpretar mi carnaval de evocadores "era" como que mamá estaba muerta considerando oportuno darme el pésame.

—No, no, que mi mamá no se ha muerto ni nada de eso. Si estoy hecho polvo es por culpa del desgraciado que me la quitó. Él, y nadie más que él, es el culpable de nuestra separación.

—Sí, se llama Fidel —argumentó la pipiola de mi hija— papi siempre dice que ese hombre es un hombre muy malo, el diablo colorao' que le llama, y también que es un hijo de su...

—¡Niña, esa boquita! —grité, temeroso de que la señorita pipiola diera en público una muestra locuaz de lo deslenguados y creativos que pueden llegar a ser los tacos de un hijo dolido por la larga ausencia de su madre.

—De su mamá, papi, de su mamá.

—No se preocupe, lo entiendo —dijo la chica—  y sé cuánto pesa la distancia cuando se trata de una madre porque soy natural de Moscú. Ya sé que Moscú está a la vuelta de la esquina comparado con La Habana, pero no a la vuelta de mi casa.

Lo cierto es que nunca más volví a dejarme caer por aquel restaurante.

Una de esas tardes en las que solía echarme  a dormir la siesta con mis hijas soñé que mamá se había convertido en un pajarito y que vivía en una casita de madera dentro de mi pecho. Un colibrí preso que en las tardes lluviosas de domingo golpeaba con sus alas las rejas de su cárcel  pidiéndome salir. Entonces su hijo predilecto, el devorador de pollos, la dejaba en libertad, mamá planeaba un rato por el cuarto y luego, junto a la ventana, sufríamos la hipnosis que provoca la lluvia al contemplarla.

Fui tan feliz en aquel sueño con mi madre-colibrí posada sobre mi hombro.

No les he dicho que la mujer-colibrí (comencé a llamarla de ese modo luego de aquel sueño) sufre de aerofobia. Tardé mucho en convencerla para que accediera a tomar un vuelo a España.

—Mamá, no me hagas esa mierda, carajo, tú eres la mujer colibrí y las colibríes no tienen miedo a volar y yo tengo una mamitis de ampanga.

—Pues lo tengo, corazón mío. Bien sabe la Santísima Virgen de la Caridad que no miento.

—Oye, esos hijos de puta no dejan entrar a tu corazón en su país, ¿lo pillas? aún no, así que tendrás que venir tú. Me estoy muriendo por verte.

—Pues si no hay más remedio... —eso dijo mamá.

Algunos sueños llevan impresos en su a.d.n la condición de hacerse realidad. Un año después de aquella conversación telefónica mamá subió a un avión con destino a España, iba más sedada que los zombies de la serie "The walking dead".

 Finalmente la mujer colibrí y yo tuvimos nuestra sesión de lluvia, por septiembre, mientras comíamos pollo junto a la ventana de mi cuarto y nos poníamos al día, devolviéndole a los domingos el esplendor de antaño.








domingo, 18 de septiembre de 2016

Tauromaquia.


Tauromaquia.


Hoy la palabra se me presenta en cueros. Se ha liado la manta a la cabeza y en rebeldía, ejerce impúdica su danza exenta de esos adornos torpes que —según ella— nublarían sus dictados.

Así andan las cosas. Y yo no puedo más que contemplar, desde el bloqueo, la sencillez de su estructura estrófica embuida en un tanga como único amuleto para salvar su suerte.

En realidad nunca me impresionaron los desnudos, lo mío es fantasear con lo que hay debajo del vestido; pero a ella ya no le interesa el maquillaje, ni la fastuosidad, prefiere andar en cueros por mi casa como una libertaria que le da un ultimátum a su hombre: y bien, Mady, ¿me tomas o me dejas?, mientras yo entro en la última de las tres fases del fuego y mancillo su honor a grito limpio en inglés, en español castizo y en cubano.


Me siento como un memo que no tiene ni idea de como proceder ante el destape de esa perra loca que no lleva siquiera un triste brillo para caerme en gracia; tan confuso que no sé si encajarle un fajo de billetes en la goma del tanga en un intento vil de camelarla, o si darle esquinazo; olvidar que una noche —mientras ahogaba en vodka mi habanidad nostálgica— sentí el impulso ciego de vestirme de luces; echarme al ruedo como hacen los toreros espontáneos, espada al ristre ponerla de rodillas con un par de estocadas y rematar la faena cortándole las orejas y el rabo.

Presiento que no habrá puerta grande en mucho tiempo, ni paseo en volandas, ni trofeos.

La Doña se ha emperrado en asestarme su más fiera cornada.




Estado de mutismo.


Ya vienen a buscarla
los soldados del trueno y la desidia.

Ya llegan,
armados con mordazas
marchando uniformados de azul frío.

Ya la arrancan a golpes de mi lengua.

La violentan. La arrastran
y la dejan caer,
estrepitosamente, ante mis ojos
sobre las cataratas del silencio.


**************


Y me llamó, su voz atrincherada
allá, donde concluyen
mis pactos y tratados con los hombres,
los ecos de mi sangre, mis recuerdos.

Llamó,
desde donde mi "yo" más racional
hace frontera
con la voz libertaria de mi espíritu.

Mas no quise atender aquel resuello
por no contaminar con mi vacío
su lírico legado.

Tal y como diría
papá Hemingway,
las tristezas de un hombre se destierran
en cualquier bar de paso,

jamás en la palabra.


***************



¡Mi capitán, sirena a la vista!


Desprotegida,
Ariel de juventud
que ha perdido en el trueque
sus brújulas a puerto y sus zapatos,
ella
entra en mi orbe levantando espejismos
sobre mis horizontes de grumete.

Ella desdobla y multiplica el camarote
en cientos de universos
cuando despliega heroica —tan niña—
las fichas de su puzzle metafórico
sobre las coordenadas de mi cama.

Capitales y razas se erigen y ventean en sus manos,
y el secreto del mar se nos revela.


*************


Poetry in motion.


Pensé que solo irían en mi busca
marinos pesarosos y atalayas
galeras y piratas derrotistas,
la mar soliviantando las batallas.

La oí desde el delirium de mi encierro
en cruda arremetida, consagrada,
desnuda en mi hemiciclo sin recatos,
espléndida sin muros ni corazas,
cantando en desafío desde el púlpito:
Destruye sin temores mis medallas
mi podio de vestal, mis capiteles
lo frívolo y distante de mi casta,
mi lira, mis romances y mis mundos
de rompe corazones desalmada.

Quebrántame la paz hasta el ahogo
secuéstrame en la vid de tu palabra,
bébete mi cantar de Melibea
y llévame en tu sangre adonde vayas.


**************


El vídeo va por mi gran amor: la poesía. Pablo Alborán y Bebe interpretando "Por fin".






Qué intenso es esto del amor,
qué garra tiene el corazón, sí, jamás pensé que sucediera así. 
Bendita toda conexión 
entre tu alma y mi voz, 
jamás creí que me iba a suceder a mí.

Por fin lo puedo sentir,

te conozco y te reconozco que por fin sé lo que es vivir,

con un suspiro en el pecho y con cosquillas 
por dentro... Por fin sé por qué estoy así.



Tú me has hecho mejor, mejor de lo que era...

y entregaría mi voz 
a cambio de una vida entera.



Tú me has hecho entender 
que aquí nada es eterno,
pero tu piel y mi piel pueden detener el tiempo.

No he parado de pensar
hasta dónde soy capaz de llegar,
por que mi vida está en tus manos y en tu boca.

Me he convertido en lo que nunca imaginé,
has dividido en dos mi alma y mi ser,
porque una parte va contigo 
aunque a veces no lo sepas ver.

Por fin lo puedo sentir,
te conozco y te reconozco que por fin
sé lo que es vivir,
con un suspiro en el pecho,
y con cosquillas 
por dentro...
Por fin sé por qué estoy así.

Tú me has hecho mejor, mejor de lo que era...
y entregaría mi voz a cambio de una vida entera.

Tú me has hecho entender 
que aquí nada es eterno,

pero tu piel y mi piel pueden detener el tiempo.




jueves, 15 de septiembre de 2016

Tango del pecado (Paridas en la noche)








¿Y... dónde fue que lo dejamos? Ah... ya; en pleno apogeo de la era blandiblu

Hacía una noche espléndida con un cielo espléndido, encendido encendidísimo, gente; porque brillaba una luna allá en lo más alto enorme, de esas de aaaaaah largo, saben.

Si pude darme cuenta del estado de la luna fue porque Luz dijo exactamente cuando entró en mi cuarto: ¡aaaah!... con los ojos puestos en el cielo. Y luego: ay, en un gritico de esos sexys que a ella tanto le gustan mientras se sentaba en una de las esquinitas de la cama. Y yo pase de la luna y le dije a la desesperada.

—¿Te encuentras mal, cariño? ¿Quieres que papi te traiga un cubito para vomitar?

Porque el parket es muy delicado, saben, y también porque mi consciencia de pepito Madison me tenía ya loco con todo ese asunto de la marihuana.

—Me siento de maravilla, amor. —dijo al fin Luz María, muy suave.

De maravilla, así, desparramada por mi cama de diseño con dosel de ochocientos cincuenta euros, sin zapatos (dios santo, que piececillos tan monos y delicados, para arrodillarse así, a lo Tarantino, y comérselos sin dejarle ni siquiera los huesos) quitándose las pinzas de su maravilloso recogido. ¡Qué alivio saber que mi Luz se encontraba muy o.k! Porque ese estado maravillal me daba la oportunidad de desparramarme yo también. Uno tiene derecho a desparramarse y a liberarse como los teléfonos móviles.

—¿Te importa que me quite la camisa, Luz María? —Pregunté.

En la vida hay que ser cortés y elegante. Según Gladys —mi mamá— con elegancia y con dulzura, papi elefante se la clavó a la hormiga.

—Que va, hombre, a mí que me va a importar si ésta es tu casa. —dijo Luz.

Y me lo dijo así con ojitos curiosos. Porque uno no se desnuda en los portales mientras está en medio del querer. Y entonces me quité los zapatos. Y la camisa. No, los pantalones no, aún no tocaba eso. Y ella dijo: ay. Así como de impacto total, y yo dije preocupado —ay de qué, Luz María.

—Nada, que me encantan tus tatuajes. Jo, papá no me deja hacerme uno de esos.

Comprensible, yo tampoco dejo que Robertico se tatúe. Antes de dar ese paso hay que pensarlo bien, peña, porque un tatuaje es todo lo contrario al amor; un tatoo es para la eternidad.

Pensé que no nos vendría mal algo de música para ambientar la situación, y un segundo destornillador para Luz María. Y un segundo pitillo de maría para papi.

—Pero solo para papi, eh, Luz María. Para ti solo un destornillador que es más que suficiente. Para que veas que no soy tan machista como tú piensas, a mí no me importa en lo absoluto que mi hembra se desmadre. Lo que haga falta, nena. Yo te trae papi la cajita de herramientas si es necesario.

Pues muy bien, gente. Luz María con su destornillador; yo con mi petardo de María, el cuarto a media luz como en ese tango, las cortinas corridas, sí hombre precavido vale por dos, porque siempre hay un gracioso en la lejanía armado con unos prismáticos queriendo montárselo a costa de la creatividad de uno, y la banda de "Pretty woman" sonando en el reproductor.

—Ay, que bonita esa peli de "Oficial y caballero", verdad papi —dijo Luz.

Y yo allí en la gloria contemplándola desde la butaca diciendo sí sí sí con la cabecita para arriba y para abajo fumándome mi pitillo.

—Ay que lindo cuando Richard Gere llega a la fábrica buscándo a Debra Winger, tan guapo vestido así de militar. Te imaginas, papi —eso dijo Luz, metiéndose un buen trancazo de destornillador con toda la finura del mundo sí.

¿Qué si me lo imagino?

Precisamente, peña, imaginar es mi especialidad y es a lo que me dedico en mis ratos libres; uno pierde una barbaridad de tiempo en esa mamonada de inventarse historias y es ahí cuando comienza lo de ser escritor. Primero hay que imaginar y luego viene esa candanga del planteo:

Yo entrando en el Gregorio Marañón. Yo entrando en uno de los quirófanos operativos del Gregorio Marañón, porque mi Luz María no trabaja en una fábrica, como la actriz protagonista de la película en cuestión ocupando un puesto en la cadena de montaje, sino en ese hospital. Aunque yo estoy convencido de que si el guionista de Oficial y caballero le hubiera preguntado a Debra Winger —la actriz protagonista— bueno Debra, la verdad y solamente la verdad, tú no te me cortes un pelo, reina mora, que aquí estamos para servirte en lo que haga falta, ¿a ti que te viene mejor para entrar en situación romántica?: fábrica o quirófano. Fijo que esa mujer se hubiera pedido: quirófano.

Muy bien. Al lío.

Yo vestido de oficial, super O.K; con mi arma reglamentaria asida al cinturón, como los pistoleros del siglo XXI. Yo entrando en quirófano. Yo acercándome —lentamente— a mi Luz María. La enfermera exclamando: ¡oh! El mariquita del anestesista exclamando: ¡oh! El cirujano haciendo a un lado el escalpelo y aplaudiendo. El ayudante del cirujano aplaudiendo. El equipo médico al completo aplaudiendo, silbando. El paciente en la inopia, tendido boca arriba en la mesa de operaciones con mas cables que una central eléctrica y el pecho hecho una mierda, rajado a corazón abierto. Yo tomando —artísticamente— en brazos a mi Luz María, toda sexy ella vestidita de verde quirófano, con su gorro verde quirófano a juego con el mobiliario verde quirófano y su tapa bocas y sus glamurosos guantes de silicona, y ese olor medicamentoso y enfermo que emanan los trabajadores de la salud. Y entonces es cuando suena ese pitido agua fiestas —largo— y el comemierda del cirujano grita:

—¡Caballero, déjense ya de tanto romance coño que el paciente se va! ¡Qué se nos va, carajo!

Mierda. Esto no es marihuana ni de coña. La maría no da por imaginar esas fantasías de escritor gilipollas.

—Espérate aquí un segundo, Luz María. Tengo que llamar a un colega.

—¿A las tres de la madrugada?

—I's very important, amor. Dale, tu ponte cómoda que yo vuelvo en un momento.

Y entonces bajé a hacer esa llamada, como no.

—Qué coño pasa. Es que no puede uno follar tranquilo, —ladró mi coleguita al otro lado de la línea.

—De verdad de la buena, tío ¿qué mierda fue la que me vendiste?

—¿Algún problema con mi material, Madi?

—Bueno, Luz María está aquí toda desparramada por el cuarto, blandiblu total papi papi papi imaginando que yo soy Richard Gere y que voy a buscarla vestido de madero —en plan Oficial y caballero— al Gregorio Marañón. Te vas a cagar si a Luz le pasa algo, Rafael.

Bueno, tuve que plantearle el dilema de esa manera. Ni de coña podía yo confesarle a mi colega del alma que era yo el que me había montado aquel numerito fantasioso. Luz María sólo dijo: te imaginas.

—Pero si lo que te llevaste es un material de excelente calidad importado de tierras jamaicanas, Madison. Te juro por la salud de mi vieja que la hierba no ha tenido absolutamente nada que ver con el flipe de Luz María. Es que mi prima es así de peliculera.

—¿Có-mo di-ces, Rafa?

—De fantasiosa, hermano, quise decir fantasiosa.

Sí. Ya nos íbamos entendiendo. Un tipo fantasioso, una mujer lindísima y fantasiosa. En pocas palabras: un cóctel molotov, peña.

—Esa marihuana es fiable. Totalmente. Te doy mi palabra, tío —concluyó mi camello-colega.

Y concluí yo la llamada, porque de repente escuché a traves del teléfono algo así como un golpe de látigo en el suelo, que no es de parket como el de mi chalet, Rafa no es tan pijo, y una voz femenina en tono imperativo; la voz de Candy:

—Cuelga inmediatamente ese teléfono, perro.

Y mi Rafa, con lo héroe y lo macho que se hace los sábados por la noche relatándonos sus caiditas de Roma sexuales en medio de su trapicheo jamaicano, allí, en Callao:

—Sí, mi ama. Lo que usted diga, mi ama.Todo sí sí sí, y todo sumisión.

Solucionado el asunto subí para el cuarto, según fui subiendo peldaños me fui enterando de lo que allí sonaba en ese instante: Calle trece. Una banda muy acorde con los destornilladores, el whysky y una marihuana premium con denominación de origen como bien asegura su distribuidor —Rafa— de excelente calidad, importada desde tierras jamaicanas. Y aquel cantante largando a todo tren por esa boquita:

súbele el volumen a la música satánica,

y súbele el volumen a la música satánica...

Insitándonos con aquel tango-ton, "El tango del pecado", sí, peña, porque aquello que sonaba en mi reproductor era una fusión entre el tango y el reguetón, a encuerarnos y a tirar la casa por la ventana de una maldita vez.

...porlaventanadeunamalditavez.

Y así, tal cual lo he transcrito para ustedes, fue como yo lo oí a mis espaldas en la voz de mi señora mamá, Gladys.

—Ay ay y ay, John Madison...

—Gladys, fuera de mi cuarto. Qué vergüenza que te dediques a espiarme mientras escribo.

—...ay, que ya nos conocemos y sé muy bien como de satánico y de caliente vas a poner el cuarto en el siguiente post.

—Eso a ti ni ta va ni te viene. Haz el favor de marcharte, Gladys Sánchez. Tengo que publicar la entrada antes de irme a currar.

—Y no se te ocurra decir que si Robokowski hacía, que si Robokowski deshacía.

—Esto ya es demasiado, Gladys.

—Sí sí. Ya me gustaría a mí saber lo que pensaba realmente la mamá de ese escritor de todas esas barbaridades que escribía, pero bueno, que sepas que a mí me da igual porque ese tal... Pataski,

—Bukowski, mamá, fenómeno Bukowski. Señor, institución Charles Bukowski.

—Pues eso, que el tal Bukoswski no es hijo mío. Ah, no. Tú no publicas ya más mierda pornográfica en blogger, como que yo me llamo Gladys Sánchez.
Pervertido. Cochino, que eres un cochino.

—Gladys, no toques la portátil.

—Niño, sueltame la mano, coño, que soy tu mamá...

Y afortunadamente, aquí está la entrada, peña. Gladys está cabreadísima conmigo. Tres días lleva sin dirigirme la palabra. Tendré que volver a los viejos hábitos: escribir en los garitos.

















SEO poético, (sólo para poetas)









Por estos días me he empleado a fondo en visitar una buena cantidad de webs, de esas que ofrecen a los bloggers consejos sobre cómo levantar su garito hasta el infinito y más allá, frase del personaje pixiano Buz Light Year que yo he hecho mía en diferentes artículos y relatos (Gracias, querido Buz).

Luego de indigestarme con tanto mandamiento googleriano he caído en la cuenta que ninguno de esos gurus han ideado un método verdaderamente funcional para los niños bonitos de la literatura: los poetas. Sí, señores poetas, amigos le poetas, amigos lectores que hoy me leen, voy a decirlo sin tapujos ni pelos en la lengua: los señores gurus no tienen ni puta idea de como diseñar una estrategia SEO para poetas. Por favor, pido que conste en acta lo a gustísimo que me he quedado.

Antes de comenzar debo decir que según mi investigación el SEO que se mueve actualmente en red está encaminado a las empresas, algo impensable para un poeta; la poesía no es un producto empresarial o una marca con la que se comercia. Como nota aclaratoria diré, afirmo, que no soy escritor, ni lo soy ni me siento, simplemente alguien que ama la literatura y que disfruta soltando estas perlitas en la red.

Soy blogger y a mucha honra.

Bueno, vamos allá, directo y al mentón, con el primer consejo a analizar:

Publicar contenidos que atraigan.

Según los gurus consiste en lanzarse en picado con la mediación de una herramienta
a la búsqueda de blogs con categoría y rango similar al mío con el objeto de dilucidar que temáticas consiguen atraer un mayor número de enlaces o menciones desde otros blogs...

Imaginen lo que supone dicha acción para un poeta. Una de las primeras cosas que uno aprende en el oficio es a ser creativo. Si realmente se quiere cumplir con esta premisa es preciso olvidarse de ir corriendo a escribir sobre sombreros y rosas solo porque son los temas más populares, más demandados en los parámetros de búsquedas que los usuarios realizan a diario en la red. Un escritor que se precie debe ser ante todo fiel a sus preferencias literarias y a sí mismo. La voz del autor no debe estar nunca, bajo ningún concepto, al servicio de esas tendencias que se mueven debido a la influencia de la modas, sin que mi planteamiento signifique que no se pueda escribir sobre los temas más candentes de la actualidad.

Pasamos al punto dos: añadir a tu post una infografía.

No creo, desde lo más profundo y sincero de mi yo poético, que una ingrofía sea, precisamente, poética. Imagino lo que pensarían los lectores si al abrir una de mis entradas se encontraran de golpe con uno de mis maravillosos "info-poemas": que mientras hacía aquel híbrido alienígena estaba, sencillamente, bien pasadito de tragos.

Añadir una tabla de contenidos.

Este punto me encanta, la verdad, pero no es compatible con ninguno de los registros poéticos. A menos que estemos hablando de un poemario donde la extensión requiera de un índice. Advierto que no es común postear un poemario al completo. Aunque no hay reglas en cuanto al formato que los poetas elegimos para mostrar nuestro arte.

Según estos señores un menú de contenidos luego del primer párrafo introductorio mejora la experiencia del usuario. Hiendo al grano. La tabla de contenidos da al visitante la  posibilidad de elegir con exactitud adónde quiere ir.

Pregunto a los gurus ¿hacia dónde debo redireccionar a mis lectores?

¿Al quinto verso?

¿A la segunda estrofa del romance que mis lectores se disponen a leer?

¿Al decimoquinto haiku? En caso de existir un decimoquinto, claro.

Insertar tu palabra clave al principio de las 100 primeras palabras y al final del contenido.

Tengamos en cuenta lo que no han tenido en cuenta los señores gurus mientras elaboraban su listado de consejos SEO, el proceso creativo de un poeta no puede estar supeditado a insertar una palabra determinada en esas primeras primeras estrofas del poema solo para facilitar la indexación de nuestro post. Esto convertiría la escritura en un proceso mecánico y robotizado que robaría inevitablemente el alma de la composición. Precisamente no anda uno pensando en su palabra clave cuando los versos dicen de un modo visceral: abre que voy. Ese primer volcado que el poeta hace en su cuaderno o procesador de textos es, digamos, el eje, la estructura arquitectónica del poema que será completada, pulida con la ayuda del conocimiento que el autor posea en cuanto a los aspectos técnicos. Aunque como último recurso podríamos hacer de tripas corazón apelando a los sinónimos de las palabras claves contenidas en el código de nuestro HTLM.

Longitud del contenido recomendado: 1.500 palabras.

Realmente se trata de un consejo muy válido cuando se trata de prosa, (relato, cuento, ensayo, artículo) pero inservible para los blogs que cultivan solo poesía, a menos que se trate de una colección breve de poemas. Tengamos en cuenta que un poeta, un buen poeta, no edita un poemario semanalmente, pues, y por si no fuera poco, un blog exige una actualización frecuente de los contenidos, coincidiendo con los gurus yo recomiendo hacer una publicación semanal como mínimo. En la mayoría de casos la extensión de un poema no es un acto premeditado, sino que está sujeta al mensaje a transmitir, y a la necesidad o estilo del autor para cumplimentar debidamete esa entrega. De este modo pueden existir poemas de cuatro versos, cuarenta, doscientos... con mayor o menor cantidad de palabras con respecto a la cifra.

Quizás con en este poema de la poetisa cubana Carilda Oliver con una extensión media, cuatro estrofas que no alcanzan a esas 1500 palabras como longitud recomendada, pueda argumentar con mayor claridad mis planteamientos.


Te borraré con una esponja de vinagre...


Te borraré con una esponja de vinagre,
con un poco de asco.
Te borraré con una lágrima importante
o con un gesto de descaro.

Te borraré leyendo metafísica,
con un telefonazo o los saludos
que doy a la ceniza;
con una tos o un cárdeno minuto.

Te borraré con el vino de los locos,
sacándome estos ojos;
con un varón metido aquí en mi tumba.

Te borraré con juegos inocentes,
con la vida o la muerte;
¡aunque me vuelva monja o me haga puta!



Un poema redondo donde no falta ni sobra palabra alguna.

A continuación algunos consejos, divinos, el SEO alberga también un lado bueno del que podemos servirnos, tranquilamente, los poeta sin traicionarnos y sin que representen un quebradero de cabeza a la hora de versar, porque no todo va a ser cargar contra los gurus.


Utiliza títulos atractivos que ejerzan como gancho.

Nuestro post es sólo una de las tantas noticias que pasa a velocidad de infarto ante los lectores cuando es compartido en las distintas redes sociales. No se convierte en un poema, relato o... hasta que el lector decide bucear en él (o no). Un buen título siempre es de gran ayuda cuando se trata de llamar la atención de los lectores.

Una imagen vale un potosí.

Si un buen titular puede atraer la esquiva mirada de los lectores, la acción se implementa cuando elegimos una imagen rompedora, que este vinculada al post, para aderezarlo como Dios manda.

Dale caña a la herramienta de vídeo de youtuve para complementar tus poemas. 

Al insertar un vídeo en el post harás más cómoda, y hasta placentera, (la música amansa a las fieras, valga la rima) la estancia de los visitantes prolongando el tiempo de estadio en el post.








Facilita a tus lectores que compartan el contenido en las redes sociales.

Evita el contenido duplicado. (Google sanciona a los plagiadores con la no indexación)

Comprimir las imágenes para facilitar su carga.

Renombrar las imágenes contenidas en el post. 

Uno de los tantos servicios que Google ofrece a los usuarios es la búsqueda de imágenes, de modo que los lectores pueden encontrarnos también si  incluimos nuestra  palabra clave, o en su defecto datos que relacionen la imagen con nuestra web en el renombrado. Las imágenes contenidas en el post no tienen por si solas valor o significado para el bot, a menos que incluyamos segmentos de textos que acompañen a la imagen y que le ofrezcan datos que nos relacionen con los parametros de búsqueda que establecen los usuarios.

Lo que realmente le interesa al bot son los datos que aparecen en los bloques de textos.

Caja de comentarios: 

Es tu oportunidad para crear comunidad. En mi opinión la caja de comentarios no debe ser nunca vetada, debe estar siempre abierta a sugerencias preguntas y comentarios de todo tipo. Se un buen anfitrión y da respuesta a los comentarios de tus visitantes. (Google tiene en cuenta las muestras de interés hacia tu web para la indexación)

Añade enlaces internos y externos a tus contenidos.

En este post en concreto hay dos enlaces externos, uno de ellos a un artículo, muy bueno por cierto, del escritor colombiano Gabriel García Márquez, relatando los métodos que usaban autores como Hemingway o Sartre para escribir sus novelas.

Utiliza el corrector ortográfico. 

Como ya he especificado en el apartado referente a las imágenes, si hay algo por lo que Google siente especial predilección es por el texto. Google no indexa las páginas que contenga errores o que no posean coherencia en cuanto a la redacción. (Vaya con la ortografía que es mi punto débil, así que no se molesten en recordármelo)

El diseño también cuenta.

Has que tus lectores se lo pasen bien durante la visita, has que se sientan cómodos en un espacio agradable, organizado, bonito también, donde todo esté a un golpe de clic sin perderse en tu laberinto. Para Google la experiencia usuario tiene un alto valor, aunque el diseño de tu blog no sea de su interés, el solo ve segmentos de textos, lo es para el usuario.

Me encantan los garitos con clase, que las camareras me atiendan bien, trato cercano, que tengan coctelería variada en la carta, con buen jazz como telón de fondo, si puede ser en directo, mejor. Cuando encuentro un lugar de esa guisa siempre vuelvo, aunque el coste de las copas sea equiparable al bolsillo de un actor de Hollywood. Tomen este ejemplo en lo referente a la comodidad de los bebedores para diseñar vuestro blog.

Decididamente creo que Google, esa terrible arma de doble filo, llegó a las vidas de los escritores para ayudar a muchos de ellos a salir del anonimato, pero también, en pleno ejercicio de su poder de doble filo, para hacerles una tremenda putada.

Atrás quedaron los memorables tiempos en que los escritores se sentaban frente a la máquina de escribir a urdir sus historias sin que aquel acto conllevara a ocuparse (y preocuparse) valga la... de todas esas gilipolleces de orden comercial y altamente competitivas en cuanto a la popularidad de una web se refiere.

Lo macabro de todo está asunto es que el oficio va cayendo cada vez más en picado sin que se pueda hacer nada para evitarlo. El porcentaje de éxito de la web de un escritor se mide en estos momentos por su ranking de visita y comentarios, más que por la calidad de sus contenidos, y esto es algo que hacemos los lectores. Google no tiene en lo absoluto nada que ver en todo este asunto; en mi opinión somos los lectores quienes decidimos que leer y que contenidos merece la pena compartir en las redes sociales, somos los lectores quienes realmente tenemos en nuestras manos el poder, diríase, labor, de levantar o condenar al olvido la carrera de un escritor.

Los lectores son, en mancomunidad con los autores, los  encargados de salvaguardar uno de los tesoros más grandes de la historia del hombre: la palabra.

Soy J. Madison, aprendiz de poeta y blogger, retransmitiendo desde el cuartel general: una cafetería  cercana al curro.

Gracias por la lectura.

A mí también me gustan los comentarios, aunque no haya dado el pelotazo con las "Cincuenta sombras de Grey". Así que no me seas canalla y deja unas palabras ahí debajo.

Aviso a los gurus: si están decididos a darme por ahí con comentarios abrasivos, sepan ustedes que ya me he puesto la armadura, de modo que no pierdan su preciado tiempo.