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jueves, 16 de noviembre de 2017

Santa Lucía (Paridas en la noche)





¿Y de qué hablaremos hoy en Paridas en la noche? Pues de lo que a mí me de la gana, que para eso es mi espacio. Luego ustedes son libres de irse o de quedarse a leer mientras beben el primer café de la mañana. Agradezco a los valientes que han elegido la segunda opción, y no se preocupen los que han optado por la primera que ya los he mandado, definitivamente y de antemano, también, a la puta mierda.

Uy..., qué tío mas borde, dirán los agrupados en la primera opción. Buena señal, porque eso significa que aún me están leyendo y que están a punto de convertirse en mis lectores potenciales. Y eso no implica que yo sea un buen comunicador, que va. Es que son todos ustedes muy cotillas.

No. Aún no he revelado el tema a tratar en cuestión, les pido sean pacientes.

¿Hola? ¿Ya se han hartado de mí, pandillita de la primera opción?

¿Siguen ahí?

Pues bien, mil gracias.

Nada, que mejor dejamos lo del tema a tratar para otro día, no me encuentro muy bien. He dormido fatal, a saltos. Si me he levantado es porque a mi jefe le da igual que uno se haya despertado con estos bahídos de campeonato y con el estómago como si se lo hubieran metido en una bolsa de plástico y subido a empujones al Dragón kan. Ay, yo solo tengo ganas de quedarme aquí en mi cama hasta que se me pase. La borrachera no, el asunto es aún más grave: estoy enamorado.

Sí. Esa misma cara de susto puso mi mamá, Gladys.

—¿Y de quién se ha enamorado mi pichón esta vez?

—Mamá, no seas tan chismosa.

—A mí me lo puedes contar que para eso soy tu mamá.

Eso era lo que Gladys me decía cuando yo cursaba el bachiller. La loca de mi mamá no se acaba de enterar que hace mucho que me gradué, con matrícula de honor y todo: treinta y picos de años.

—Ay Madi, con lo bien que a mí me cae Claritza.

Dijo Gladys. Así toda emocionada ella.

—Pues no es Claritza la culpable de este sufrimiento.

—¿Ah no? ¿es por alguien del barrio?

—No. Es argentina.



—¿Argentina, argentina de la Argentina?

—¿Mamá estás sorda, o qué?

—Ay nene, argentina no que son unas empalagosas.

—Pues ésta no.

Y me salió un noooooooooo terrible, cayendo dramáticamente a lo Gardel, o como una canica, cuesta abajo en la rodada.

—Maricón ¿tú estás llorando por esa mujer?

—No. Es que me encuentro fatal del estómago.

—¿Y ella sabe que tú la quieres?

Nada, mi mamá es así de bretera y prefiere saber los pormenores de mi drama amoroso, antes que los pormenores de los violentos vaivenes de mi enamoradizo estómago.

—Claro que lo sabe. Tengo toda la maldita red infestada con versos de amor y gilipolleces ripipis de toda clase.

—Ah... ya. Pero ¿tú le gustas a ella?

Sí caballeros y señoras, bueno y señoritas, aquí no se discrimina la condición de nadie, tal y como Gladys me lo preguntaba me era imposible retrotraerme en el tiempo a esos días en los que yo era una ratilla de instituto y la peña iba por ahí pintando corazonsitos ensartados por flechas en las puertas de las taquillas y de los baños.

—Bueno ella dice que me quiere, pero ni idea de hasta que punto. Y me dice cada cosas.

—¿Malas?

—Me piropea.

—¿Cómo dices?

—Que me echa piropos como le da la gana, Gladys: que si mi hombre hermoso, mi pescador intergaláctico, capitán de mi alma.

—Ya lo decía yo que siendo de donde es iba a ser una empalagosa...

—A mí lo que me tiene es muy loco. Ganas que tengo de salir corriendo para el aéreo puerto y no parar hasta que el taxi llegue a la puerta de su casa.

—¿Y es por eso por lo que tú estás llorando, mi'jito, porque te vas para allá con ella? Ay mi'jo yo también lo voy a extrañar mucho a usted.

—Más quisiera yo mamá. Te lo juro por papá, en gloria esté.

—¿Y entonces?

Ya no colaba la excusa del estómago, así que ni me molesté en aclararle a mi mamá por qué lloraba en modo avión, de espaldas a ella, a moco tendido y sin hacer ruido. Pero a ustedes, lectores de esa jodida primera opción, se lo voy a contar solo y solamente por el esfuerzo que han hecho para llegar a la recta final de la lectura:

"Porque el amor es un asco, mamá. Y a mí lo que me va es el puterío".







miércoles, 15 de noviembre de 2017

I wanna love you and treat to right.







Al principio de todo,
yo era un crío difícil que amaba su reflejo.
Entonces te encantaba ver salir a tu crío
desnudo de la ducha, pavoneandose
como los señoritos, por tu cuarto
de dama
que ya ha vuelto de todo,
con ese desparpajo cruel que nos traemos
de bambalinas los del espectáculo.

Así era yo entonces, un David siniestro
que había malgastado media vida
cincelando su cuerpo, cada músculo y tramo,
hasta llegar a ser un ejemplar marmóreo.
Un David tan perfecto
que no sabía como volver a sus adentros.

Tu desnudo de entonces
era el pistoletazo de salida para hacer que tu espejo
sacara ante mis luces su reflejo convexo:
Qué profundos,
qué salvajes y libres
los océanos cautivos en tu himen.
Y qué acertada, diva, tu vocación de médico:
Qué corazón de hombre
tiene mi nene tierno.
Qué pasional su hígado
cuando brama en la noche de mis puertos.
Qué tensión arterial
qué fuerza, negro,
para elevarme tienes a los cielos.
Ay santo dios.
Ampárame papá, que me lo como entero.

A ti, galena mía, te debo este que soy,
este hombre taciturno. Este David rebelde,
este maromo
que se niega a marchar de tu desfiladero.
El gilipollas con voluntad de poli
que juro protegerte
gozarte y envejecer contigo invierno
sobre invierno.

Te debo tanto: mi humanidad, es cierto,
pero no te perdono que mataras
a golpe de pistola y sangre fría
la inocencia
amor mío de lo nuestro.






martes, 14 de noviembre de 2017

De vuelta al paraíso.








Eva de noche.

Cada noche, murmuraba en mi cuarto
la ruta de tu seda.
Con un prestigio antiguo indescifrable,
tú me prendías fuego desde lejos.

Sin fuerzas ni recursos para la resistencia
no había otro consuelo que inmolarse.
Arder como una inmensa llamarada
que viaja mano en mano y no claudica
ni aunque dios la condene a otro diluvio,

arder...
con tu nombre invernal de anhelos rojos
ardiendo dulcemente entre mis dientes.

Mientras ardía,
suplicaba mi boca: más manzanas.



****



Dios nos privo de todo.
En nuestro insulso Edén solo podíamos
gozar con el pecado de la fábula.

No se lo reproché,
ni tú tampoco.
Desde mi jaula
forje con mi candor un llamador
de fuego que aprendió a re-convocarte.

Él te enseñó a llegar desnuda hasta mi sombra.
A purgar en mis hombros paganos tus desgracias.
A reír en mi cama.
A montarme
y a celebrar tu orgasmo con mi vino de esperma.

Dios, no tiene ni puñetera idea
del inmenso poder
que guardas en tu nombre.


****



Y pasarán los años, la eternidad vendrá
buscando entre mis libros la efervescencia rosa
de tu luz,
pero será imposible desprenderla del iris de mis ojos,
viajeros del destino
corriendo en retro inversa hacia tu encuentro.


****


Amo tu vocación de necromante,
tu gran virtud de eternizar mi corazón
solo con el hechizo de una frase:

"Esta mujer te ama, no te olvides".



****



El barro, mi costilla y el manzano,
la imagen de tu mano asida al fruto y mi mordida.

Tan solo unos instantes deambulando sin luz
y..., voila,
los mismos valles verdes,
el mismo río Pisón con su bedelio
y con su ónice.
Nuestro huerto, y a lo lejos el lago
y la cascada donde te prometí
que iba a ser tuyo para siempre.

De modo que,  no tengas miedo, amor.
Cuando el olvido avance sobre ti
yo estaré junto al árbol.

Y si tú me lo pides,
morderé nuevamente la manzana.









n.del.a: imagenes del ilustrador Jean Paul Ferrara.













viernes, 10 de noviembre de 2017

Ciudad Hanamachi.








Últimamente estoy bastante cabreado. Mis amigos se afanan en conocer cual es el detonante de tanta mala leche, como si no supieran ellos que yo solo tengo una mala batalla que librar en esta vida, o un mal karma que convalidar..., ustedes pueden nombrar y hasta catalogar mi dolencia como mejor les plazca, yo suelo resumir su concepto en una frase corta: el amor es un asco. Totalmente. Al menos el que yo estoy padeciendo por estos días.

Un asco y una putada, oigan, ya les aviso que enamorarme tal y como estoy ahora (hasta las trancas) me viene fatal para escribir. No es que uno no sepa, es que yo no puedo escribir cuando estoy muerto por los huesos de alguien, que es diferente. Me entra una bobería... Para que yo logre unos versos decentes a mí me tienen que estar llevando muy lejos mis demonios.

Y que a mí me lleven los demonios no significa, ni muchísimo menos, que yo sea un escritor maldito. La maldición dejénsela a Bukowski, que ya uno tiene bastante con hacer el ridículo. Imaginen ustedes el percal al teléfono:

—Cariño, quiero ser tu bufón. —completamente salido.

Y ella del otro lado:

—Ay por dios, un bufón no —en un tono enteramente recatado y sensato—, en todo caso príncipe, mi príncipe Carlos.





Lo que si tiene un rollete tela de maldito son los horarios tan intempestivos que mis versos eligen para manifestarse: 3:00pm, 4:45pm, 5:00pm, 5:45 (cuando solo faltan quince minutos para que suene el despertador) pm.

Como han podido ustedes apreciar, todo acaba en p.m, y esos "pe" y "emes" a su vez van precedidos por una serie de sueños, por que así se suceden, en serie y en oleada como los crímenes, con la amada en cuestión. Unos sueños muy de p.m (puta.madre) por su alto contenido en rombos:

La escena onírica transcurre en un campo de amapolas. Todo es, como en el cine mudo, gris e incoloro, amanerado, etéreo, ...

En un vocablo: RIPIPI.

Yo en boxers y ella de geisha, pero sin kimono, en pelota picada, ataviada con el tocado y el maquillaje —pálido— representativo de las maikos, montada a horcajadas y en flor sobre mi espiga, muy cálida, por no decir caliente como las palomitas de maíz cuando están en su punto kaboom, toda ella un shamisen quebrado en coletazos sobre mí, su lengua y su boca dibujada con un lápiz labial hecho de pétalos de cártamo, según la tradición, recolectando los espasmos quebrados que se suceden en mis labios. Sí, también lleva los dientes maquillados de negro, que iba de p.m con el costumbrismo japonés de entonces, pero que a los europeos del hoy y aquí y ahora nos da un yuyu que pa' qué.

Sí, siempre-siempre, acabamos de la misma manera. Justo cuando ella está ahí en sus cosas, en su orgasmo, con los ojos en blanco y la cabeza descolgada, sumisa cien por cien y despoblada de toda fuerza opuesta a mí, le digo apasionado: cariño, quiero vivir contigo, gilipollas que soy. Cómo es posible que a estas alturas yo no sepa que decirle a una piba "quiero'" no es otra cosa que imponer en el lenguaje femenino, y eso está penado con el cierre de las capitulaciones de la relación. Cada vez que suelto ese gab, me despierto..., con el maldito infierno entre las piernas, que es al fin y al cabo lo única cosa que a mí me une con los escritores malditos.

Ahora, intenten rememorar el sueño y hacer con los detalles un poema. Según todos esos gurús que se dicen poetas o literatos,  es cuestión de cojer cuatro o cinco vocablos distintos y armar el puzzle  (un segundo, rebobinemos, porque antes de llegar a este punto hay que apagar el fuego de Romeo). Bien. Pues  ya que el fuego está bajo control, ya les doy yo la licencia para que les disparen a matar a esos señores. El truco está en hacerlo sin que al lector le suene obsceno, cursi o banal, o todo junto.

Seré franco, porque no soy gurú ni me interesa. En realidad lo único que conseguí con la evocación fue, según mi mamá , Gladys, puras cochinadas. Así que, si alguno de vosotros se ofrece a regalarle un poema erótico, erótico y sin pasarse, a mi piba, no me pondré celoso, palabra, soy un tipo moderno, pueden dejarlo en la caja de comentarios. A ella le va a encantar.

Tengan mucho cuidado, porque mi piba entiende un huevo de versos y no va a conformarse con las sábanas calientes del sábado noche.

Bueno, creo que ya va siendo hora de cerrar el chiringuito. Sintiéndolo en el alma, es lo único decente que servidor puede ofrecerles para pasar el rato. Y por orden expresa del rey, que soy yo, les comunico oficialmente que hoy: no-hay- poema.

Ahora he de irme a la cama. Tengo el maldito sueño atrasado.






viernes, 3 de noviembre de 2017

Un Tritón en Borneos.





La noche es el mejor regalo que el universo le ha entregado  al hombre. Si usted tiene problemas, vaya a la cama, cierre los ojos y deje sus angustias e imposibles en manos de la noche. No piense, duerma, y deje que la noche se encargue del resto.

No sé si este consejo forma parte de la guía de trucos para vivir mejor que Jodorowsky suele vender a sus seguidores, lo que si sé es que a mí me funciona, y es, exactamente, lo que hago cuando estoy en apuros: entrar en fase REM. De esta manera he sido Marco Polo, Draco, el Sombrerero loco de Alica (la Alicia de ese maravilloso país que ustedes bien conocen), Ulises... Ulises treinta y uno no, les hablo de Odiseo, el Ulises auténtico.

Bueno, yo me dedico a la literatura, de modo que cuando vuelvo de esos viajes astrales lo hago con la certeza de contar con un archivo rico en imágenes listas para desarrollar ¿Usted? Pues a saber. Ya les he dicho antes que no soy Jodorowsky, ni me dedico a interpretar los sueños. Lo que cada uno cree mientras duerme es su responsabilidad, y su problema.

Muy bien, pasemos a otra cosa. Porque no quiero rajar más de Jodorowsky. Eso es publicidad y eso se paga y, precisamente, Jodorowsky no va entrarle de a pleno a mis asuntos: eso se paga antes de que uno se tienda en el diván de Jodorowski; así que si no les importa ya le doy yo matraca a mi nuevo problema: el mar, el escenario donde transcurre mi sueño.

Y en esta proyección, cuántica desdoblada de esos mis tantos yo, soy un tritón tirado al abandono en una playa. Da igual la ubicación del paraíso, lo cierto es que yo, un tremendo ejemplar de tritón neptuniano, espero a esa mujer de pan y de jengibre que me acompaña siempre en mis movidas con Morfeo, como también es cierto que ese gigante mitológico de fondos misteriosos en el que yo me he convertido reconoce, sabe, mientras deja que el sol castigue su modelado torso a puro Gym y a dietas, y malogre su kiki de *"Pitingo" con sus rayos molestos, que el océano nunca jamás traiciona.

El mar devuelve siempre los deseos: las quimeras de amor, los besos imposibles; los trajines de cama del pasado y hasta los más violentos y sórdidos encuentros cuerpo a cuerpo que tendrán su lugar en el futuro. Siempre que los deseos se proyecten al agua desde el alma.

En consecuencia a esa verdad universal, pido al  mar un destello, una llovizna, un rayo..., lo que sea que me hable de ti y él, generoso, te trae a mí a bordo de un catamarán. Y entras de lleno en mi campo de visión y  rompes esa línea, a esta hora de la tarde desdibujada ya en el horizonte, casi ausente, que parte en dos los mundos, el marino y el místico, a una velocidad de treinta nudos en dirección a mí.

Desde la arena grito tu nombre en clave, el verdadero, el que solo los Argos y las criaturas que habitan en los fondos de la *"Pequeña y Grande Sirte"guardan en su memoria: el sonido vernáculo del nombre de la mujer de Adán (la segunda).

Desembarcas vestida con aquella versión de carne  amaderada que dios te hizo llevar en el edén. Todos los artilugios y detalles que aparecen en la escena que cuento son de mi pertenencia, como también lo son el mar, los pájaros, los peces que se acercan tímidos a la orilla, Dios no. Dios no es de nadie, y a él le pido que traigas solamente un complemento para acompañar tu lookc,



tres o cuatro flores acordonando la isla irresistiblemente deliciosa, rebelde, de tu inquieto tobillo.

Pa' qué quiere uno más, ya dios, que es en realidad quién dirige la empresa sentenció: irás desnudas.

Así que, AMÉN.

Y tus manos que saben del milagro de generar la vida en cualquier tierra, le ofrendan a mi cala un grupo de palmeras, y los dos nos tumbamos presurosos, muy juntos, bajo su sombra, esa sombra delgada, debilucha, que brindan las palmeras caribeñas, mientras me pones los dientes bien re-largos al confesar que aún me escribes poemas, cada noche, con la tinta invisible que solo puede leer tu corazón, porque el loco de dios se olvidó de dejarte un cuaderno y  bolígrafos para matar las horas en tu isla desierta.

Y oigo cómo me llama, tu voz de siempre-niña, hombre hermoso: hermoso y capitán y protomacho. Y yo me pongo loco de contento, eufórico, suelto y sin vacunar como el ganado, aunque no se me nota porque no tengo en este sueño mis dos piernas que hacen propicia la acción de esa tercera pierna que en armas se levanta si una mujer lo llama hermoso y protomacho. Algo normal en todas las especies, menos en los tritones.

No sé que rayos estaría haciendo Zeus en el momento en punto de mi alumbramiento, supongo que una labor muy entretenida, (ganchillo no, seguro) para no darse cuenta que ese tercer punto de apollo tan viril brillaba por su ausencia en el vástago de su querido hermano Poseidón y su cuñada Anfítrite.

—Lo siento, pero ahí lo que hay es una cola. Nada más. —te digo con pesar.

Y entonces llega la pregunta del millón:

—¿Para qué necesitas una cola de Tritón? Es más útil un trípode.

—Bueno, puedes sacarle brillo a las escamas con una balleta y usarla como espejo —digo, para salir del paso.

Como si no supiera ella que a nadie más que a mí, el protomacho, le ofende la putada de la cola.

Es la primera vez desde que soy Tritón que una mujer me llama protomacho. Protomacho y a boca llena: hermoso. En otro afer marino, otra mujer, quizás con una igual, una sirena, yo habría respondido a su floreta aludiendo que todos los tritones, los neptunos y el resto de la peña mitológica, son siempre hermosos.

¿Cómo si no íbamos a ser?

Pero es ese otro "hermoso" al que ella hace referencia: sos realmente hermoso, capitán, hermoso el corazón y hermosa la palabra, bogando en su saliva,"hermoso..., hermoso y mágico", con el lento vaivén que derraman las barcas cuidadosas que entienden de naufragios, temorosa su voz de que la barca hecha con los sonidos de mi nombre en clave, el verdadero, ambos sabemos que jamás fui presidente de ninguna nación, más que de la República Independiente de Mi Cuarto, acabe por hacerse pedazos al encontrarse de súbito ante los arrecifes claros de sus dientes, y finalmente: sos tan hermoso John, John con la "h" donde te dé la gana, pero voz no sos real (en argentino claro), aunque sos mágico, tan mágico como la misma magia.

Es ese carrusel que va pitando por su feria: hermoso-mágico-irreal, lo que me hace desear ser bípedo. Con gusto pactaría con el primer Mefisto de mi pueblo, si él pudiera dotarme con un buen par de piernas.

Mi alma por dos piernas.

Las necesito para reconocer que este sueño no va de mi regreso al mar:  no se ha marchado este Tritón y continúa, frente al mar, tatuando rosas de Borneos sobre su vientre de Eva, que nunca fue de Adán.












Glosario.

*Pitingo: presumido en calò.

*Pequeña Sirte: en las costas del norte de África existen dos bajíos muy famosos, la Sirte Mayor, en el golfo de Sidra, Libia, y la Sirte Menor en el golfo de Gabes, Tunicia. Se trata de zonas de poca profundidad, muy peligrosas para la navegación.

jueves, 26 de octubre de 2017

I love you more than you'll ever know.









(*La morte è il mio mestiere)

Me iré. Ella lo sabe.

Ella intuye que un día marcharé.

Para cuando eso llegue,
ya habrán crecido tanto sus cabellos
que tendrá que trenzarlos
para no entorpecer la gloria de sus pasos.

Solo entonces me iré.

Nadie,
nada me ha hecho sentir tan vivo, tan humano
tan romántico, es cierto,
preocupado por mí y por el futuro,
tan dichoso,
como cuando ella me entrega en un temblor
un trozo de su estrella.

Ni tan estúpido
por no poderle dar mi identidad.

Mi todo.




****





A ratos quiero ser ese gran hombre
tan hombre, para darle
lo que ningún gorrión
sin pico y sin sombrero supo darle,

muy hombre,
para sesgar de un tajo a quien sesgó su amor
porque ella ya no apuesta
por el amor del bueno,

tan hombre
para vivir con ella el paso de sus días,
hombre
para sentir el peso de mis huesos en su espalda,
dormir a sus espaldas
y en su espalda.

Me angustia que no pueda ser tan hombre
como para acallar estos anhelos,
que ella no me perdone
jamás este arrebato.


Pero no soy tan hombre ni ese hombre,
al menos ese hombre de mi anhelo,

ese hombre que sueña con mirarla
en vivo y en directo
haciendo algo sencillo:

Un café,
bailar,
reír,
porque bien sé le gusta
a ella reír como los cascabeles,

peinarse los cabellos orgullosa
mientras yo hago de espejo.

****




Yo te amaría tanto, reina de mi palabra y de mi mundo.

Te amaría tantísimo,
que no querrías despertar jamás de ese buen sueño.

Pero Dios te ha enviado
25 aguaceros,
25 tormentas
más a tarde a mi diluvio.

Y me la estoy jugando,
bien sé que me la juego.

No me pidas que pare.

No me digas que calle en esta noche.

Yo te estaría amando hasta que el mundo
dejara de girar y amaneciéramos
en otros cuerpos
y en otras realidades.

No me preguntes
por qué por las mañanas me despierto
y repito tu nombre
como si fuera un salmo que me cura.

No me preguntes cómo puedo saber si lloras
si respiras,
si te muerdes las uñas de soledad o rabia,

ni yo mismo lo sé.


No preguntes,
por dios,
no sé lo que me pasa.

Voy a tener que irme.

no me pidas que calle.

Ya sé.

Después de esta tormenta
voy a tener que irme para siempre.

Y no quiero marcharme.

Y bájense del carro,
los que no entiendan
lo que yo estoy viviendo.

Vas a matarme, sé que vas a matarme
amor,
por este atrevimiento.

Dispara. Dispárame si quieres.

Dispárame a-ma-tar.

Hace ya mucho tiempo que me he muerto
de no encontrar,
de no encontrarme yo y no encontrarte
desesperadamente sobre el tiempo.

¿Crees qué no me hago daño por no darte mi voz?

Mi verdadera voz.

Pues me- lo- ha-go.

Yo me daría todo por entero...

si pudiera.


***



Déjame que te ame, déjame
que te quiera sin rostro y sin señales.

Aunque tú sabes tanto como yo:
te lo enseñó tu papi;
lo que cuenta es el alma.
solo ella prevalece y mi alma es tuya entera.

Ten la seguridad.

Te voy a decir algo:

Yo nací un 21 de septiembre,
del 69'

Según cuenta mi madre,
no pataleé ni un poco por vivir.
Me sacaron con fórceps
y llegué bien dormido
en aquel paquetito, intacto,
que los doctores llaman bolsa amniótica.

Me gustan los otoños,
el jazz
y soy vegetariano.

Soy de espacios tranquilos.
No me gusta la bulla.

Me matan los boleros.

Fumo como los locos y es un lío
mi enfermedad se queja.

Soy muy antisocial, bien solitario.

Creo que estuve muerto desde entonces
hasta que "Ultra" vino a rescatarme.

Te dije que tenía una semana
libre,
como el viento,
pero lo que no dije
es que en esa semana iba a amarte, tantísimo.
bueno,
te amo todos los días,
desde que tomo el metro a trabajar
hasta que el día acaba.

Y siento que estás cosas te hagan llorar, mi cielo.
Hoy yo quiero que llores por todos esos días que no has llorado nunca.

Pero luego no—más.

Déjame que te quiera,
te lo pido.
Aunque
solo sea
en esta madrugada.

Jueves. 2:46 
de la noche.


***


Qué herejía decir que tú me faltas.

Tú me acompañas siempre y reconoces
entre todas las cosas
de mi mundo
lo que en verdad no tengo:

Esa voz que trajiste a mi mañana,
magenta era su aura
y su cantar de trueno.

Por ti fui desnundánme de a poco
con un amor tremendo,
todo el que nos faltaba.

Y fuimos tan auténticos...

tan hombre y poderoso fui en tu nombre,
que a los dos nos miedo.



****



No se escribir de amores.

Al menos de ese amor calculado y ripipi que conocen algunos.

¿Revolcar la melena mientras amo?
Perdóname, pero no es algo que me éxite.

Siempre cierro los ojos
hasta que Dios despierta y me recoge
en un acto sublime.

Me vuelvo religioso, una barbaridad,
cuando llega mi muerte.
Aunque Dios no se asusta si le invoco entre gritos.
Ya estará acostumbrado.
Y como es Dios, ya sabe,
que ese grito de muerte no es mi muerte.

Mi muerte es otra historia:

Estoy en ese sueño,
desnudo y sobre tí,
en el que mi cantar penetra y sale
de tu capitanía
en lenta procesión espiritual.

Te digo tantas cosas.
Esas que nunca digo a nadie.

Las voy sembrando al borde de tu boca
con la paciencia de un viejo jardinero.

Mi muerte...

Mi muerte es descubrir
que es solo un sueño.

***


¿Matarte? 
Nunca pude.

Matarte no está escrito en mi manual
del sicariado
porque el amor, mi amor 
por esta sed de tu palabra
es algo indestructible.

Créeme cuando digo: 
Tu palabra es amor.

(Esto no es un poema, 
ya te haré varios, muchos. 
Y nadie, ténlo claro, 
va a arrebatarme, amor ese placer)




(Del poemario inédito "Sicario")




jueves, 19 de octubre de 2017

Mi vikinga y yo.






A todo solitario dios le entrega una espada, un amuleto o totem, para paliar sus males terrenales.
En mi caso, Dios no tubo piedad con su asignación.

Quizás pensó que de nada me serviría un cáliz de fuego, el santo grial o la credencial de honorable templario. Qué utilidad tendrían esos objetos para un hombre de mi tiempo cuya misión en la tierra era hacer frente a la palabra y sobre todo, demostrar al resto de mortales que era merecedor de ello.

Mi cruzada era tan sangrante  y desafortunada sin el conocimiento y amparo de la técnica, que en nada se comparaba al infierno corriente de los hombres.

No. Dios nunca hizo patente su presencia en mi cuarto valiéndose de todas esas artimañas que él elige, según los iluminados, para manifestarse y dar respuesta a mi pregunta:

"Dios ¿por qué me revelaste tardíamente mi habilidad para poetizar?"

 Y para qué, debió decirse dios, iba él a molestarse en hacer un hueco en su agenda para responder eso que yo ya sabía: que a los veinte, mire usted, andaba yo ocupado en consolar a las prójimas, como buen cristiano, con altas dosis de "amor" allá donde podía amparado en el apagón general. La Habana se convertía, literalmente, en la boca de un lobo entre las 8:00 de la tarde y las 12:00 de la noche. Qué me iba a importar a mí la recompensa espiritual que conlleva versar, teniendo cerca tanto consuelo carnal al que echarle mano.

Volviendo a las habilidades que Dios reparte (sortea) entre sus hijos, la mía venía a ser un ragnarök durísimo. Ninguno de los que poseemos el don llegamos al mundo con el manual de estilo calzado entre las piernas. Truman Capote invirtió mucho tiempo en dotar sus diálogos de una realidad rompedora. Truman transcribía, textualmente, las conversaciones que mantenía con las personas con las que se cruzaba a diario. Pues yo no he sido capaz de llegar a tanto, aunque confieso que ganas no me faltan

Para escritores tan potentes como Truman Capote la habilidad es un látigo con el que auto-flagelarse. Mi suerte fue distinta, porque ni yo tengo el dominio absoluto de la palabra que le tocó a Truman en el lote (Truman es único), ni a mí me han gustado nunca los látigos.

Debió ser esa la razón por la que Dios me envió a casa una musa valkiria para ayudarme a levantar mi voz-espada y adentrarme, valerosamente, en el lodozal técnico.

Y mi valkiria llegó, sí señor, equipada con uno de esos trajesitos diseñados por un sastre emprendedor en crisis, destinados a ahorrar tiempo, mano de obra y tejido, y a ponerle los dientes largos hasta a un monje, y una de esas hermosas melenas mechadas de caracolillos rubios a las que los escritores, que hicieron caso omiso cuando el sabio de dios les dejó en su cuarto de infantes una caja de herramientas de plástico el día de reyes como sugerencia, describen torpemente, (yo también caería en ese pecado, una rubia de ese calibre nubla la razón literaria). Y equipada también, como no, con el arco, el escudo, la espada... en fin, ya saben ustedes todo lo que una deidad mitológica vikinga necesita para entrar en materia de saqueos, que no es precisamente un bolso de Gucci y un Versace. Y para completar el equipamiento, con todos los recursos canallas de los que también disponen las hembras de a pie para hacerle la putada a un hombre:


INT. CASA DE MADISON/
HABITACIÓN. NOCHE.

En el reproductor suena el bolero "Somos". Madison está sentado en el escritorio, frente al portátil, a la espera de que la valkiria llegue para comenzar a trabajar en su nuevo poemario. La valkiria se materializa en el cuarto.

                                        VALKIRIA.
Qué desorden ¿Es que no puedes dejar los boxers en el cesto de la ropa sucia?


                                        MADISON.
Menos queja y a currar, que el tiempo apremia.


                                        VALKIRIA.
(Abriendo de par en par las ventanas)
Aquí huele a humanidad ¿Qué bebes?


                                         MADISON.
Tequila.


                                           VALKIRIA.
¿Tequila? Pensaba que era ron.


                                           MADISON.
Pues ya ves que no ¿Te pongo uno? Uy, no, que a las valkirias lo que les va es la cerveza. Pues pilla una de la nevera.


                                          VALKIRIA.
Qué desastre, John Madison. No tienes ni un maldito cuerno limpio en la cocina.


                                           MADISON.
¿Un cuerno?


                                          VALKIRIA
(Con los brazos en jarra)
¿Y dónde iba a beber si no?


                                            MADISON
(Sarcástico)
Perdóname, mujer, casi olvido que eres una vikinga, y las vikingas no saben beber en vasos de cristal del todo a cien. Bueno, que ¿nos ponemos a ello con ese poema?


...Y en el momento en punto de formular mi propuesta, ocurrió exactamente lo mismo que cuando mi mujer está en la ducha y yo entro en el baño (en bolas) en estado alka seltzer:

—Madison, echate para allá, que tengo prisa.

—Pues lo hacemos de prisa.

—Así no me apetece.

—Ay, santo señor, Toni no vamos a tardar nada.

—¿Tú quién te has creído que eres para meterme mano de esa forma?

—Tu marido.

Le meto mano en versión número dos. Toni me abofetea, sale de la ducha y el Alka Seltzer en mi vaso se desborda.

—Pervertido.

—Toni ¿no pensarás irte y dejarme "así"?

Pero ella ni siquiera se preocupa de procurarle un achuchón a mi "así" y solo dice:

—Adios, Madison. Llego tarde al ensayo.

Pues algo parecido me dijo la valkiria en cuanto le hablé de compromiso mutuo:

—Ahora no, Madison. Tengo prisa.

—Pues lo hacemos de prisa.

—Imposible.

—Ay, por el martillo de Thor. Valkiria, no vamos a tardar nada.

—Lo siento, pero he de marchar.

—¿A dónde?

—Al Valhalla.

—¿No pensarás irte y dejarme así?

—¿Así cómo?

—En blanco.

—Adios, Madison. Llego tarde a mi cita con Odín.

Ni falta hace que les diga que mi mujer y mi musa valkiria son tal para cual, porque a eso es, exactamente, a lo que se dedican: controlar y mandar a voluntad.

Dios sabe lo que se trae y bajo ningún concepto entrega a un hombre una habilidad en cuyo contrato no aparezca reflejada la polémica letra pequeña, porque de haber bajado al inframundo de mis dependencias una Deidad rubia, (una rubia auténtica y real me refiero, con una cabellera auténtica a la que agarrarme para mantenerme en tierra llegado el momento en que nos demos, mutuamente, el santo y seña) yo le hubiera entregado gustoso las llaves del Chrysler, la master card, los boxers, y todas esas cosas que a un hombre como yo le hacen tilín, en cuanto hubiera escuchado sonar a lo lejos el ruido de su balacera.

He ahí el problema: ni yo ni mi vikinga (mi vikinga y yo, perdonad) hubiéramos sido, entonces, capaces de fabricar ni un puto verso.












jueves, 5 de octubre de 2017

Música para Claritza.







 "Cuando Dios te da un regalo también te entrega un látigo, y la sola función de ese látigo es la autoflagelación".

                            
                     Truman Capote.






—¿Por casualidad te has llevado prestado alguno de mis libros, Madison? —Quiere saber mi jefe.

Sus ojos azules se clavan en mí a la espera de una respuesta, mientras el señor "mí", (es decir yo) repasa la estantería  cercana al escritorio a la caza de un nuevo tesoro novelistico al que echarle mano. Algunos beben para olvidar, yo leo libros robados.

—Llevo días buscando "El amor en los tiempos del cólera" y en donde ha estado siempre "A la memoria de mis putas tristes", ahora hay un espacio vacío.

Me interpela nuevamente.

¿Un espacio vacío? —pienso—. En todo caso, un tremendo abismo, señor jefe. Me respondo a mi mismo antes de confesarle, con la boquita pequeña, que en verdad he cogido deliberadamente y sin su permiso algunos de sus tesoros, pero no esos que él acaba de citar.

—Tú no tienes abuela, Madison. Resulta que te dejo las llaves para que cuides de mi chucho el fin de semana y me saqueas la biblioteca.

Y yo le aseguro que en cuanto me los he terminado los he devuelto a su lugar de origen, y él me dice: sísísí, sin espacios y tal y como suena, pero con mucho rin-tin-tín irónico.

A estas alturas de la película mi jefe ya es consciente de que en realidad no se trata de ningún alguno, sino de una lista tan larga, incluyendo esas dos novelas de Gabo, que se podría catalogar como la lista interminable.

—¿En serio que me los has devuelto, cabronsete?

Mi jefe hunde aún más esos dos cuchillitos trans-oceánicos que tiene por ojos en mi figura a su costado, de espaldas a él; que yo puedo sentir apenas sin volverme gracias al poder de la imantación que se produce entre dos cuerpos cuando alguien se afana en dicho acto.

—Palabra que sí, hijoputa.

Eso le digo. Confianza hay de sobra pa' llamarnos hijoputa, cabroncete y todas esas mamonadas sin que ninguno de los dos se dé por ofendido, a Dios gracias. Pienso en ello mientras decido si mangarle algún tesorito de Balzac o "Viaje a Portugal", de Saramago, en tanto que él  (Saramago no, mi señor jefe) me agasaja con los acordes bramantes de su risa larga  de ballena.

Mi jefe siempre dice que yo sueno a purito Pablo Escobar cuando lo llamo hijoputa tan colombianamente. Hay que joderse. Yo, que no conozco de Colombia absolutamente nada.

—¿Te he dicho alguna vez lo que te quiero, loco?

Me confiesa, enfrascado en encontrar no sé que carajo en los cajones del escritorio.

—¿Y qué tiene eso que ver con la supuesta desaparición de sus novelas, jefe?

—Pues que si no te quisiera de ese modo tan especial hace mucho que te hubiera echado a patadas de esta casa.

Lo de largarme a patadas me lo dice por el asunto de los libros desaparecidos temporalmente, un hecho de alta gravedad para un señor que ama los libros atesorados en una biblioteca que vale su peso en oro por su contenido. Y que conste en acta, alguacil: yo jamás, (never) he codiciado ni envidiado lo ajeno, pero algo muy distinto me ocurre con esa biblioteca: la deseo más que el gollum de "El señor de los anillos", a su tesoro.

Y lo de quererme... pues miren ustedes, eso me lo he ganado a pulso, porque nunca (o casi nunca) me niego a resolver los marrones de corte personal que él me carga. Como subir un fin de semana hasta su mansión en el Tibidabo mientras él disfruta de sus vacaciones estivales en su Francia natal para darle de comer a su perro, un carlino francés mas feo que el demonio.

O subir hasta el Tibidabo un sábado en la noche porque el sistema perimetral de alarma en su jardín se ha disparado por culpa de los gatos callejeros que entran buscando un refugio nocturno donde guareserce de la lluvia.

Y porque soy, podría decirse, la única persona en esta empresa, una empresa de contratación de espectáculos en la que el espectáculo importa en sí una puta mierda porque todo el mundo adopta esa postura fatal de funcionario de hacienda sin tener en cuenta el arte en sí. La única persona con la que él puede discutir a sus anchas de literatura, y no en plan técnico, sino en plan lector recomienda a otro lector que es como mola discutir esos temas o en plan lector tira por tierra o eleva a Marte la novela de tal autor, la peli o el disco de...

Y el único tipo que ofreció de corazón su hombro para que él llorara a sus anchas, y pañuelos a punta de pala, esos mismos pañuelos de algodón con mi inicial grabada en la esquinita que mi mamá, Gladys, lava y plancha con esmero el finde, para limpiarse sus mocos verdes de viejo de igual color, y proporcionado pitillos (de dudosa procedencia) para curar la tristeza y las noches perras, cuando su mujer, Leona, murió.

—Todavía me acuerdo de aquella barbaridad que le hiciste a mi antología de Borges el día del Barza vs Madrid, el verano pasado.

Me lo dice así, con aires de rencor. Y pueden dar ustedes por sentado que  yo también lo recuerdo, porque fue con aquella antología con la que yo comencé a lidiar en serio con el metro, es decir, a comprobar sobre el terreno la normativa poética que los Ultra-versales me iban dando.

 Aquella fue la primera vez que yo vi al bueno de mi jefe tan cabreado conmigo. A su mujer, Leona, le hubiera hecho una gracia del copón lo de la antología.

Recuerdo que mientras los colegas, presentes también en la biblioteca para ver el partido, y él, gritaban goooool cuando el barça marcaba y bebían cerveza helada, yo hacia el recuento de sílabas  marcando palitos con un boli y bebía cerveza helada. Estaba tan atento a mi labor que no fui consciente de que mi jefe hacia unos minutos que le había dado de lado a Messi y abandonado el sofá, y me espiaba por detrás del hombro hasta que dijo:

—¡Madison, joder, qué eso es un Borges!

Sí, el franchute de mi jefe dijo: ay, que eso es un BORGES, Borges con la "r" bien arrastradita y bien francesa, tal y como si él estuviera contemplando un Velázquez o un Goya al que un crío insolente le hubiera pintado un señor garabato rojo en su centro. Y yo comencé de inmediato a decir lo siento, se me ha ido la olla, como un disco rallado resonando por entre los gritos de euforia o de decepción de mis colegas azul grana.

Le prometí a mi jefe que le traería una antología nueva ídem a la suya para aligerar el cabreo. Por supuesto que esa antología nunca llegó y desde entonces mi jefe me la tiene jurada.

—¿Te apetece un vinito, Madison?

Me propone, cuando él sabe de más que yo nunca he sido vinatero, así que le digo que me ponga una birra.

Mi jefe puede, perfectísimamente, pedirle a su asistenta de hogar, Claritza, que suba  en un pis pás las bebidas a la biblioteca, pero decide bajar él a los suburbios de su cocina. Y yo sé, perfectísimamente, que él no llama a Claritza a cumplir  con su deber asistencial solo para negarme el placer de contemplarla con ese uniforme rosa bebé que se me pone, tan cortiquito, como castigo por mi afición al latrocinio literario, tan cortiquito que podría levantarle la moral a un octogenario en un visto y no visto no solo por lo que enseña sino más bien por lo que oculta. Ay, santo señor, casi puedo verle las braguitas a Claritza sin el más mínimo esfuerzo cuando ella inclina, ligeramente y a consciencia, el torso hacia delante en un despliegue lento que ella lleva a cabo con las piernas estiradas y muy junticas para limpiar las baldas mas cercanas al suelo de esta misma biblioteca en la que ahora estamos hablando mi señor jefe y yo.

Cuando Claritza aparece en escena y empieza a revolotear sin abandonar (never) el marco de mi campo de visión enfebresido y necesitado  de cariño femenino, moviendo el plumero para arriba  y para abajo y por los aires (el plumero que lleva en la mano, el otro, el que el bueno de Dios le otorgó en el reparto, ese lo mueve ella siempre con un mendó y una constancia tremenda) dándole guerra al polvo atrasado, yo me pongo nervioso. Solo de pensar en lo atrasado que yo tengo el polvo y en lo que me gustaría que Claritza entrara en mi cuarto para ponerlo al día, empiezo  a sudar como un cerdo y a medicarme con el spray de ventolín una vez y otra vez, los asmáticos entramos   en crisis a la voz de ya en cuanto nos ponemos nerviosos, o locos perdidos  en este caso, y a secarme el sudor de la frente y el pecho, y a abanicamarme con mi pañuelo blanco, ese mismo pañuelo del que Gladys tanto se queja cuando toca lavarlo porque es una prenda a la que yo le doy diversos usos, incluidas las urgencias de fuerza mayor, el mismo pañuelo que yo le he  cedido tan elegantemente a mi jefe en esas ocasiones tristes en las que los hombres demuestran su debilidad a su colega para la  historia de los mocos verdes, y es justo después de toda está secuencia Tarantina que mi jefe pone esa cara de francés imbécil y envidioso.

Y cuando más felices estamos yo y mis ojos, Claritza, y hasta mi pañuelo sudado, mi jefe saca a relucir esa frasesita tan inoportuna a voz en cuello:

 —¡Claritza, anda a limpiar la piscina!

Cómo si no supiera uno que a él le importa un bledo su piscina porque nunca la pisa, y cómo si no supiera uno de dónde salió la fantástica idea del cortiquito del uniforme rosa bebé de  Claritza.

Les puedo asegurar de buena tinta que  si Leona aún viviera ese uniforme iba a llevar más tela sí o sí. Y yo le hubiera dicho ante su desición de alargar el trajesito de Clatitza: Leona guapa, desmaya esa bronca que Tarzan también llevaba uno parecido y a nadie en la selva le molestó.

Sí. Sé que mi jefe me niega ése placer y decide bajar a su cocina no solo para que yo no me lo goce y bien con la buenorra de Claritza, sino también para darme el margen que yo necesito para delinquir, porque él sabe, tanto como yo sé, que hay cierto placer, muy grande, en robar buenos libros.

Mi jefe baja a la cocina.

Al rato sube con las bebidas.

Bebemos en silencio...

Y luego yo le cuento una trola que no se la cree ni siquiera mi hija  de quince años. Le digo que Don Pablito Escobar ha de marcharse muy prontito a casa porque tiene mucha, mucha prisa. Una prisa kilométrica por adentrarse en: "Música para camaleones" de Truman Capote, mi tremendo nuevo rapto.

Claritza me acompaña a la entrada principal. Me despido de ella, pero antes le pregunto si el sábado está libre.

—¿Para limpiar su casa?

Me pregunta muy seria.

—Para cenar ¿A ti te gusta el sushi, Claritza?

—A mí lo que me gusta es usted.

Y solo hay una cosa que impide que Claritza y yo nos matemos a besos allí mismito en el recibidor: que Claritza, al igual que los polis, ha de mantener  el tipo y la cordura mientras está de servicio.

A mí siempre me han atraído las mujeres arrojadas, sin ese prejuicio tonto que asegura que una mujer no puede entrarle a un hombre porque está mal visto socialmente, así que me doy prisa en cerrar mi cita.

—Por favor, Claritza, no me trates de usted, que me haces sentir más maduro que un plátano pocho. Te recojo a las 8:00.

Ella asiente y me lanza un beso silencioso mientras se aleja.




Si ninguno de ustedes tiene la suerte de tener un   jefe con el buen  gusto literario que el mío gasta, pueden comprar el libro o pedirlo en la biblioteca pública. Merece la pena leer  está colección de relatos que atesora el mismo poder que Claritza ejerce con los octogenarios y conmigo, con la salvedad de que nadie acallará la contundente voz de Truman con la frase de:

¡Truman, anda a limpiar la piscina!