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jueves, 28 de diciembre de 2017

Un hombre en casa.









Si hay algo que se me da bien en esta vida, ni idea de qué tal he desarrollado esa habilidad en las anteriores, es cocinar. No, no soy tan bueno como Karlos Arguiñano pero me las apaño estupendamente bien.

Si alguien tiene que agradecer a Antena 3 el haberle dado a Karlos un espacio, ese soy yo, el tipo que aprendió a hacer con él croquetas y tarta de manzana, un postre muy socorrido que suelo poner en práctica en esas ocasiones en las que olvido encargar la tarta de cumpleaños de alguna de mis hijas.

Karlos no solo me dejó el maridaje chic de la marmelada de albaricoque con la manzana, también me enseñó, a mí y a toda la peña que miraba el programa en diferido, a hacer canelones en todas las versiones posibles que abarca el vocablo canelon (desde entonces mis hijas se niegan a comer los del súper) y albóndigas de rape, en aquella ocasión tan especial en la que Karlos invitó a la escritora Almudena Grande al programa.

Cuando yo me casé no era capaz de hacer ni una tortilla sin morir en el intento. Comprenderán entonces por qué digo que Karlos Arguiñano fue mi salvador. Era arrimar el ojo a Antena 3 y el hombro a la cocina para alimentar con decencia a mis crías, o hacer de la promesa que le hice a mi mujer un farol.

—¿Qué quieres, Juan? Son las 3:00 de la madrugada.

—Quitarte el sostén.

—Ya me la quito yo. Tú ve al baño a por el preservativo.

Sí. Mi esposa siempre tuvo vocación de general.

—No, hoy lo haremos a pelo. —mandé.

Uno también tiene vocación de general.

—¿Qué quieres decir?

—Que esta noche voy a hacerte un hijo.

—Ya te lo advertí antes de casarnos, Juan. No tengo tiempo para hacer de mamá ni me interesa. Te recuerdo que tengo una carrera que atender.

—Y yo no te estoy pidiendo que la abandones. Soy perfectamente capaz de criarlo solo.

Y esa promesa incluía que a mi mujer no se le moviera ni un milímetro la corona mientras gestaba.

—¿De verdad, Juan?

En realidad no supe si mi mujer me ponía a prueba o si aquel ¿de verdad? era una muestra veraz de su alucine ante mi oferta, así que volví a reafirmarme en lo dicho.

—Te prometo que no me interpondré en tu camino.

—Pues si estás tan seguro, adelante. Aunque no creo que sea tan fácil y tan rápido quedarme embarazada.

—Te voy a demostrar que sí. Verás que este niñato te va a dejar preñada a la primera.

Por aquel entonces mi realidad vivía colmada de problemas: problemas con el reloj biológico de mi mujer, veintidós años mayor que el de este servidor. A los cuarenta y dos los relojes femeninos se resisten a ponerse en marcha si la maquinaria no ha sido probada con anterioridad. Problemas con su papá. Por aquel entonces mi suegro no daba por mí ni dos tristes pesos ya que su hija, según él, necesitaba un hombre y yo solo era, según él, también, una cabra loca sin más dote que ofrecerle a su princesa —para mí reina— que los "x"centímetros de mi pene en su mejor momento. Y problemas con dios, o eso pensaba, que aquel hijo al que mi ex mujer, Lyn, y yo habíamos perdido —Manuel— podría tener una segunda oportunidad si se rompía el velo del olvido y dios le permitía ampararse en aquel vientre maduro. Pero nunca ocurrió. Dios se lució conmigo de lo lindo dejándome tres rajas en la puerta.
Estoy segurísimo que a Manuel le habrían encantado mis croquetas tanto como a mis hijas.

No me marqué un farol cuando le aseguré a mi mujer que me las apañaría solo como padre dejando que ella marchara a lo suyo: maletas, aeropuertos, bolos... Jamás me he arrepentido de abandonar mi carrera para dedicarme a otras cosas que me permitieran estar a tiempo completo con mis tres mujercitas..
a sabiendas de que invertir el curso de la naturaleza tiene un precio peligrosamente malo y transversal.

Cada vez que me entra la perra y amenazo a mi mujer con divorciarnos, arde Troya y hasta el cuarto de Tula sale reventado por los aires, exactamente en este orden:

1.

—Veréis niñas, es muy posible que mamá y yo...

— Ni hablar Juan, de esta casa no sales sin nosotras. Mamá tiene un arte malísimo para cocinar, además, nunca está cuando la necesitamos.

He de reconocer que es cierto. Los niños y los borrachos tienen muy en común eso que ustedes saben y que no es la afición a las barras de bar: nunca mienten.

2.

—Por lo que tú más quieras, Juan, (que son mis hijas), no te me rajes, los matrimonios son así de sacrificados.

Ese bocado de ahí arriba es la transcripción exacta de la conversación telefónica entre mi suegro y yo, una vez su heredera lo hace partícipe de nuestro desafuero, en la fase uno. En la fase dos mi suegro se persona directamente en mi casa para seguirle rogando al domador (yo) que no meta a la leona de su hija en su jaula, porque él sabe que cuando esa leona tiene hambre le puede reventar el circo en una semana.

—Déjate de historias, Juan, que mi hija te quiere mucho.

—Y yo a ella, papá, pero estoy en mi derecho de largarme con mi música a otra parte.

—Por supuesto. No tengo ni idea de que jarabe para los nervios es el que tú le das, lo cierto es que nadie sabe domar a mi hija como tú.

Cierto. Los ancianos no mienten porque no tienen nada que perder. Le doy mucho sexo, que es lo que a esa mujer más le funciona, pero no se lo dije a mi suegrobpor el bien de mi suegra. Una mujer muy ligth y muy zen que para nada necesita que la pongan varias veces al día a otear Cuenca. Luego, perdono lo que sea que yo tenga que perdonarle a mi mujer y ella a cambio me perdona lo que sea que tenga que perdonarme y todos a vivir...

O a jodernos.


—Juan.

—¿Quién es?

—Y quién va a ser, mijo', Lyn.

—Lyn... Estaba esperando tu llamada para ir a recogerte al aeropuerto.

—No hace falta. Voy camino del Arts.

Colgué. Aunque mi mamá, Gladys, ya me había informado que mi ex mujer pasaría por Barcelona antes de continuar rumbo a Italia, fue inevitable que mi cuerpo sufriera, literalmente, el efecto flan de huevo  al sentir a través del teléfono toda la habanidad que se me había ido perdiendo por el camino en la voz de Lyn. Yo siempre me mantuve al tanto de ella y me hice cargo de su manutención hasta que volvió a casarse. Aunque ya no vivimos juntos la sigo queriendo, una barbaridad.

—A tu manera, Juan, a tu manera. Tú siempre me has querido como te ha dado la gana y no como tiene que ser.

—Y para eso me has llamado, Lyn, para empezar otra vez con la misma canción. No te dejé porque no pudieras darme más hijos.

—¿Y por qué entonces, eh, Juan?

—Ahora no me apetece hablar de eso.

—Tú dijiste que buscarías la manera de llevarme contigo para España.

—He dicho que no voy a hablar de eso.

—¿Y qué carajo quieres entonces, Juan?

—Singar contigo, Lyn Álvarez.

—Por qué no podías singarte a todas las españolas que te entraran por el ojo y luego volver para tu casa, como siempre, eh Juan.

—Porque me enamoré, Lyn.

—¿De qué Juan, de ella, de su carro, de su dinero, de qué?

—Baja la voz.

—Mira, Juan...

—Un segundo, tengo una llamada de mi hija:

—Qué hay, Rossi.

—Que..., me voy a Cocoa con mis amigas.

—Cocoa es para mayores de dieciocho. Siento comunicarle a usted que esta noche no va a ninguna parte.

—Pues sí voy, mi mamá me ha dado permiso.

—¿Tu mamá está en casa?

—Sí. Ha llegado hace un rato, y no te llamo para pedirte permiso, sino para informarte que volveré a eso de las 4:00.

—¿A las 4:00? Rossi, no.
...

—Prou Rossi, Prou.
...

—La mara que et va parir. No, no cuelgues el teléfono a papá.

Oye…,

¿Rossi?

No. No era la primera vez ni la última que mi mujer me arrancaba en cinco minutos toda la jurisdicción que yo me había ganado a pulso en veinte años. Lyn tenía que entender que era necesario que yo hiciera esa llamada.

—Que hay, Toni. Haz el favor de decirle a mi hija que vuelva inmediatamente para la casa.

—Rossi también es mía.

—Sí, porque la tuviste en tu vientre y luego la echaste al mundo: al mundo de papá. Hace tiempo te pedi un hijo y, ...

—Sí, y yo te di tres, Juan.

—Pues muy agradecido. Te dije que no íbamos a interponernos en tu carrera y te cumplí, así que ahora soy yo quien pide que no me rebatas la manera en la que yo decida educarlas porque… ¿Amor, por qué me lloras así?

—Es que tengo una migraña de ampanga.

—¿Migraña? Voy para casa.

—Escucha, Juan. Tú siempre has querido terminar tus días en La Habana, tu mamá y yo hemos pensado en comprar un apartamento en el Vedado…

—¿Y a ti qué bicho te picó, es que me voy a morir mañana, o qué?

—Dejame terminar, Juan.

—Ahora estoy ocupado, ya hablaremos cuando llegue a casa.

—No, no vengas. Mejor quédate ahí y…

—Y qué reina, y qué...

—Ahora mismo, Lyn es lo que a ti te conviene.

—¿Lyn? ¿Y qué carajo tiene que ver mi ex mujer en esto?

—Te libero de tu compromiso, Juan.

—Oye oye, para,

—Cuando te conocí te dije que cuidaría de ti, pero siempre has sido tú quien me has protegido y ha mantenido unida la familia. Ya es hora de que yo te devuelva el detalle. Te dejo.

—No sigas.

—¿Es que ya se te olvidaron las matemáticas, Juan? Tengo setenta años.

—¿Y qué? Mira a ese tipo.

—Qué tipo.

—Macron, yo no veo que él y su mujer sean infelices ni nada de eso. A ellos les va de puta madre.

—Ya, pero yo no quiero parecer tu mamá cuando salgo a cenar contigo, ni  tú eres político ni eres francés ni nada que se le parezca. Mi marido es cubano. Se llama Juan Martínez y tiene cuarenta y ocho años. Mi Juan es un hombre magnífico y no precisamente porque esté de buen ver ni porque le guste muchísimo follar siempre que llueve, y beber submarinos los sábados y escuchar blues, y leer buena poesía, sino porque su especialidad es  hacer canelones y hacer muy feliz a las mujeres de su clan.

—Toni, no nos hagas esta mierda.

—¿Cuánto crees que voy a tardar en derrumbarme, cinco, diez años? ¿Cuánto, Juan?

—Los que sean, los vamos a vivir. Ya contaba con esa diferencia cuando te pedí mi primer hijo.

—Hazme un favor, Juan. 

—Lo que me pidas.

—Fóllate a esa mujer. Es mi regalo de reyes y esa suite me ha costado un ojo de la cara, así que no me jodas.





































lunes, 25 de diciembre de 2017

Muaré.








Según su padre, el hombre más cultivado de Merrows y el más sabio a muchas leguas a la redonda, aquel país de fábula por el que su hija Muaré mostraba tanto interés no existía más allá de sus sueños de muchacha rebelde. No había mapa en el mundo que diera parte de la existencia de Man-bianga.

—Lo que no se conoce es como lo que no existe, Muaré. —eso dijo su padre.

Pero Muaré conocía muy bien Man-bianga porque la había vivido con la mediación de los sueños infinidad de noches, aunque su padre se afanára en negar aquel mundo perpetuado por una extensa cordillera verde fortificando el poblado, protegido a su vez de la modernidad y los curiosos por la bravura de un océano de aguas grises que soportaba en los albores de la bahía la antigüedad de las galeras, los barcos de tres puentes dispuestos a zarpar a mar abierto, los galeones, provisionados a lujo de detalle bajo las órdenes atentas de los armadores y las chalupas ondulantes amarradas al espigón.

Aquella Man-bianga de lojas bulliciosas y de especias árabes revoloteando de bar en bar en competencia con el fuerte reclamo de los vendedores del mercado de Abastos a las criadas, a las amas de llave, a las señoras encorsetadas en sus trajes de largo de atrevidos escotes que desandaban los puestos del mercado amparando el mestizaje de sus rostros bajo el surrealismo del encaje de bolillos de las sombrillas, inútiles para ahuyentar la crudeza invernal de los Diciembres de la Man-bianga, solo latente y comparable a las novelas de ficción que su padre escribía.

Aquel trozo de tierra existía tanto como Okan existió por primera vez en la penumbra de su cuarto, en aquel sueño de media tarde del que Muaré regresó sudorosa y nublada de rubores, el sexo enmarañado en un dulce cantar de gotas blancas y aquel nombre bantú de ardoroso desorden condecorando su boca: Okan, un ángel sin alas que levitaba en cueros sobre la desnudez inmóvil de ella, a ojos abiertos ante el asombro de aquellos labios deseantes tan cerca de los suyos balanceando su nombre: Muaré, en un canto viril afrancesado que la dotaban de una flaqueza extraña. Una Muaré sin fuerzas para la insurrección, distinta de la Muaré que hacía un par de semanas había ganado la batalla a la líbido. Muaré sabía mejor que ninguna que no había nada peor para una chica aún sin estrenar en los placeres de la carne que la noche más importante, la del sábado, del Festival de las Amapolas, donde el ponche de hibiscos y el ron jamaicano de importación corren garganta adentro expandiendo su onda de calor por todo el vientre, como lo hace el fuego ennegreciendo con sus llamaradas el verdor de los campos en verano.

 Justo al llegar a la arboleda que delimita Merrows con la finca de su padre, Ceags, comenzaron los besos. Muaré podía sentir su propia sangre, y la sangre de Urduck, bramando en las arterias río abajo hasta alcanzar su vulva y convertirla en un segundo corazón mutante al que se hacía casi imposible desoír.

Mucho tuvo que batallar esa Muaré para desoír aquel llamado.

Sin embargo, aquel Okan de fuego y ojos tristes, el Okan que llevaba tatuado en su pecho de guerrero un firmamento de cicatrices ornamentales, no intentaba en aquel sueño penetrarla sin más. Su danza era un cortejo, un ejercicio de hombría y de confianza en el que Muaré debía requerir gozosa ser aceptada como miembro activo.

Por aquel entonces, el Okan que había trascendido la noche de Man-bianga hasta alcanzar a la Muaré durmiente era solo un sueño, un espejismo hermoso al que Muaré Dafur llamaba cada noche con la perseverancia con la que un moribundo se resiste a abandonar la vida mientras no entre en su cuarto el mensajero portador de su absolución.

Durante seis noches Muaré Dafur intentó reproducir sin éxito aquel sueño, pero al séptimo día, Muaré, despertó con la alocada, imposible misión diría su padre, determinación de salir en busca de su Okan de ficción.
Siete era el número de la espiritualidad y la conciencia, el número del análisis psíquico y la sabiduría, el número del intelecto. Y siete era, también, la fecha de su veintiún cumpleaños, en ese mismo mes, Diciembre, que coincidía a su vez con el aniversario de la muerte de Magnolia, su abuela paterna. Su abuela Magnolia siempre apostaba todo al siete cuando jugaba a la ruleta con sus amigas, y siempre acertaba. Algo importante sucedería en la noche del veintitrés de Diciembre, la noche número siete desde que ella soñara por vez primera con Okan. Fue en la noche número siete cuando ella tuvo constancia de la existencia de Man-bianga, aunque su padre y su fiable titulación en antropología, y sus premios y todos sus best sellers, continuaran, erre que erre, negándola.

Muaré gastó todos sus ahorros de los últimos seis meses en un lote de incienso y velas, y en un carísimo frasco de sales de baño importado de Francia, además de una botella de aquel vino español al que su padre recurría cuando las musas le hacían la mala faena de marcharse a quién sabe qué destino: “sangre de toro”,en los preparativos para rememorar aquel sueño. Todo le parecía poco para invocar la voluntad de amar de aquel guerrero de humo que la había conducido al orgasmo solo con insinuar su erecta virilidad asomada ante las puertas húmedas de su virginidad, la pretensión de hacerla suya, solo con murmurar en su oído:

—No tengas miedo, seré muy cuidadoso, lagartija.

Muaré Dafur nunca se sintió lo suficientemente hembra como para obnubilar a hombre alguno, pero a su Okan de humo hecho con los distintos trozos de su insatisfacción, parecía encantarle toda ella.




****

¡Feliz navidad, mi Stella Polaris. Si te gusta tanto  como para hacernos juntos a la mar me la llevo a nuestra casa, Ultra. Creo que allí podemos navegar con mas privacidad y holgura . No creas que me he olvidado de nuestra cita en Legéndero, ni hablar. Ya estoy mentalizado para cumplir con ambas historias, solo que tengo que releer lo que ya está para ponerme en ruta.

Te regalo, además de mi humilde historieta, este temazo sensacional de Billie, hace una semana pensaba yo, mientras la oía a solas en mi cuarto, quién le habría dado a esa mujer ese conocimiento, esos requiebros y me dije a mi mismo: nadie. De la misma manera que sé que Horacio solo fue el disparador de tu tremendo arte.

Abrazo.

Dame una respuesta, cielo.







sábado, 23 de diciembre de 2017

Exoplaneta.






Debe haber otro universo y otro tiempo, capitán de otras patrias.
Otro confín, otro ritmo planetario, otra Suite del Cascanueces que no termine en El lago de los Cisnes.
Otra brújula y otra burbuja. Otro villano.
Otra reencarnación. Otro océano.

Eva Lucía Armas



I.


Una tarde de esas en las que yo dormía
ese sueño habitual tan español
que llaman siesta,
te amé,
ni te imaginas cuánto a solas en mi cuarto.

Jamás había querido a una mujer de aquella forma tan espiritual.

Desnudo y sobre tí
el tiempo era un átomo grueso que nos hacía,
gravitar suspendidos
como los cosmonautas.
No nos mecíamos ni yo te penetraba ni decía
las cochinadas que a menudo digo
cuando me pongo cruel en los asuntos.
Te hablaba muy despacio
y mi boca, practicamente dentro de tu boca,
te lanzaba floretas muy bajito:

Hermosa, eso decía mientras te cortejaba,
voy a quererte tanto
que vas a desear estar bien muerta
si algunas vez, amor, me voy de ti.
Nunca me iré de ti.

Te decía mi niña,
mi lollypop de fresa
mi pajarito flaco, mi amuleto,
mi lagartija y mi estrellita y todas
esas gilipolleces tan chulas y tan cursis
que no nunca he dicho a nadie, ni diré.
Tú no decías nada porque estabas
completamente boba a la merced de mí,
y me mirabas con un placer hipnótico
que no he visto jamás en mis mujeres,

en ninguna.


II.

Según Garnier Malet,
cada estrella que habita el universo
tiene su estrella doble.

Ahora mismo, ahí fuera
hay un exoplaneta donde te amo y soy
un tipo muy feliz porque en mi exomundo
soy exclusivamente tu maromo,
y no soy ni casado ni soy manager,
y no tengo
un perro y un jardín
ni una madre enojada que me llama
muy en mayúsculas cabrón por pretender mandar
mi vida a tomar vientos por conseguir tu amor
ni soy papá de nadie,
y tú no estás enferma y no hay ningún
tumor hijo de perra que te haga la putada.

Solos: tú y yo,
queriendonos.















viernes, 22 de diciembre de 2017

Un poema de amor para tu Ragnar






Fui yo quien te juró que guardaría silencio.

Pero tú, vida mía, eres muy libre
de escribirme un poema de esos grandes,
un poema de ti para este Ragnar
que me ponga a flipar como un imbécil.

Dile cosas bonitas a tu hombre:

Dime que nos mudemos a la luna,
o que te compre un pájaro, un diamante,
o que te hace feliz que yo cocine
o que friegue los platos,
lo que quieras.

O dime simplemente:
hijo de puta,
perro
ven a buscarme ya,
cobarde.
Dime miserable.

Dime que estás celosa.

Dime que no me amas
o que me temes mucho,
o que ya no estás hecha para querer a nadie
como en los viejos tiempos
pero dime,
por el amor a dios y a lo divino
una puta palabra
antes de que me arranque,
como los maricones
a llorar...

Hasta los maricones son más hombres
que yo
cuando me faltas.

Mejor no digas nada, quizá así consiga
que el diluvio forjado con mi llanto
me arrastre a las cloacas y me ahogue,
lo mismo que una rata.
















miércoles, 13 de diciembre de 2017

Okan* para dormir a una Yalodde.




I.

Siempre supe que nunca me querrías.

Siempre supe que no serías mía
ni aunque yo le prendiera fuego a toda mi quinta
y recapitulara una corona y un trono a tu medida.
Nunca serías mía, ni aunque yo le ofreciera
mi corazón brincando, todavía,
y todas las novelas que aún no he escrito
a una legión de tribus invasoras,
ni aunque yo me entregara en sacrificio
a los dioses, los nuevos, los antiguos
con un salto del ángel,
que hubiera hecho historia, desde el Niágara.

Tú nunca me querrías
ni aunque el "Cierva dorada" regresara
desde la misma muerte victorioso.
No me querrías jamás
ni aunque yo en gallardía le ofrendara
a Yemayá Olokum* desde proa
palomas y guirnaldas de miosotis,
opeles y pulseras de esmeraldas
al despuntar el alba.

Tú a mí no me querrías, me echarías
de una patada a la maldita calle
si un día me encontraras al regresar del súper
exponiendo mi amor en tus portales
porque las musas son solo eso: musas.
Y aunque nunca cediste tu aquelarre
a mis cuitas y llantos de guerrero,
(el miedo a ciertos brujos debilita, como un acorde frena los desplantes
asesinos que guían a las fieras)
yo siempre quise,
amor que dios y el universo se empeñan en negarme,
contigo hacerme tanto, tanto daño.

Y no tengo el coraje de olvidarte.

***


II.

Ahora ya llevo dentro tu veneno
y no hay ningún antídoto que calme
los temblores y el frío traicionero,
las fiebres que producen
los delirios oscuros, los cobardes.

Ya nada puede contener el frío.
Mi cama, todo el piso
es un páramo blanco que me deja
paralizado, listo
para  ese festival
de esculturas de hielo que se celebra en China.

Que ingenuo fui al pensar que mi palabra
podría darte el mundo,
que el mundo contenido en esos mundos
en los que yo pasaba
tantas horas evadiendo los míos
cumpliría el milagro de embrujarte.

Pero mi amor jamás podría embrujarte
porque todo mi amor (y mire que yo gasto una pasión
a prueba de catástrofes nucleares),
se moría a dos pasos de tu casa;
tú "Frozen" siempre aparecía y lo mataba
con su vieja katana
ojo de tigre
por más que yo fletara
misiones imposibles a los fiordos
nevados de tu cuarto.
Mi amor no te hace bien, más bien te mata.

***


III.

No más cantos de amor, no más martirio.
No más cuencos de miel
ni wemileres*
desnudo en tus solsticios.
No más naves galácticas,
Yalodde*,
violando tus espacios protegidos.

**"

IV.

Te concedo, Yalodde que sostienes con tus himnos
los caminos de dios hacia mis selvas
ese silencio fantasmal que pides,
pues como bien alegas,
ninguna balacera de este mundo puede alcanzar el aura de un difunto
aunque eso signifique que padezca
la violenta condena de morir
bajo ese terremoto que es tu ausencia.

Todo se calla en mí si quiebras en pedazos,
con tu exilio de sedas coloridas
tapiando las ventanas de tu cuarto,
el islote a lo lejos y los barcos
que pueden conducirme
al país de la gracia de estar vivo.

Déjame,
déjame, amor, al menos
un trocito de luz en la ventana
para poder mirarte
cuando vuelva a sentir que estoy muriendo.










Glosario.


Okan: Tomado del término yoruba lucumí "Oka- kan", lazo sentimental indestructible, de corazón a corazón.

Yalodde: uno de los nombres por los que se conoce a Oshun, hija menor de Olodumare y diosa del amor, dueña del río y de la fertilidad. Sus devotos suelen ofrendarle miel y dulces aderezados con canela.

Olokum: hace referencia a Yemeyá Olokum, dueña de las profundices marinas y madre de la creación.

Wemileres: celebraciones en honor a las deidades yorubas africanas.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Night and day...



—Ven, Madison. —llamó ella.



Pero yo estaba, ciertamente, desconcertado, y en lugar de ir hacia ella fui encuerándome de a poco allí mismo, en la entrada del cuarto, y preguntándome si mis veintiún años y yo seríamos  tan hombres, en el sentido más primitivo de la especie, como para darle a la mujer desnuda sobre la cama todo el placer que sus ojos, sus labios tan anhelantes que sufrí la tentación, el temblor de abalanzarme sobre ellos y desgarrarlos a muerdos limpios, sus dedos gozosos entrando suavemente, desapareciendo ante mí en un exitante truco mágico engullidos por la voracidad de su vagina, sus dedos en procesión de la vagina hacia la boca plena de gemidos y regresando luego, ensalivados, listos para emprender de nuevo la regata por el canal de su vagina, me demandaban.

Las mujeres que yo había conocido hasta el momento nunca gozaron de la masturbación en mi presencia. Ellas viajaban a las tierras del sexo de un modo más silente y en retroinversa, casi de boca para adentro, hasta que el orgasmo las acorralaba amenazandolas con explotar de pronto y la oleada de placer las dominaba conduciéndolas al exterminio de su razón.

Ella era una mujer distinta, y lo era  porque era ella quien mantenía a raya las turbulentas marejadas de placer. Ella mandaba en la intensidad de su ola y en consecuencia la hacía crecer gradualmente cuando ésta caía moribunda y en picado haciendo del sexo y de su sexo un nirvana infinito, tal y como ocurrió en nuestra primera noche juntos: un sexo selvático que ella practicaba amazónicamente sobre mí, mientras me hablaba suave, su boca a ratos al borde de mi boca, otras en tono débil en mi oído, de la fascinación de sus ojos por mis ojos, de mis manos, dijo que yo tenía manos de pianista, muy grandes, para ser un chaval de mediana estatura, y que le hacía una ilusión tremenda cuidar de una cosita tan alfa como yo. Sí, eso dijo. Aunque lo de cosita no me importó en lo más mínimo, teniendo en cuenta que ella se había hecho un montón de kilómetros al volante, desde Sevilla a Madrid, solo para ver a su "cosita".

Se durmió pronto. De repente me encontré fumando al borde de la cama preguntándome por qué no iba yo a querer a una mujer como aquella: guapísima, metro noventa, inteligente, sexi, y mira que uno había visto cuerpos violentos mientras se cambiaba de vestuario o descansaba en los entreactos tras las bambalinas ¿Era esa la mujer que yo quería, o simplemente lo estaba flipando con su tremendo polvo? Por supuesto que lo estaba flipando, tanto que decidí no marcharme, y una semana más tarde no marcharme nunca de su bendita cama.

Gladys fue la primera en darse cuenta que nuestro amor era un amor enfermo con probabilidades de mutar en un cáncer al que la metástasis arrollaría con el correr del tiempo. Un amor del que no sé si vanagloriarme o infligirme el mas brutal de los castigos por haberlo amamantado, criado a puros hilos y algodones como lo hace un científico con el espécimen que encuentra en las cloacas de su pueblo, raquítico y medio muerto, y al que se niega rotundamente a asesinar amparado en el acto de haber traído a su insignificante laboratorio un adorable depredador cósmico.

—No sé, a mí se me parece mucho a esa mujer brasileña que canta...

Eso dijo mamá cuando se la presenté, que vino a ser lo mismo que yo pensé cuando la descubrí aquel sábado de agosto esperándome en la puerta de mi hotel.

—Gal Costa, mamá. —aclaré, aún a sabiendas que mi mujer era, que ya es mucho decir, mucho más exótica que la misma Gal.



—Ya ¿y eso para que sirve? La belleza se pasa, y esa  no es la mujer que a ti te conviene.

—¿Y cuál sería entonces, según tú, la elegida? Tú no tienes idea de lo que me conviene, por muy mamá mía que tú seas, Gladys Sánchez.

—Es que es un poco...

—¿Puta, Gladys?

Nos conocemos muy bien mi mamá y yo, tanto que casi siempre acabo por adivinar sus malos pensamientos.

—Sata, hijo, sata.

—Supongo que tendrás una razón de peso para afirmar que mi mujer es sata, que para el caso es lo mismo que puta pero escrito una octava más baja en el compás.

—Es que a veces te mira con unos ojitos...

—Con ojos de qué, mamá.

—Pues ojos de..., de, ay niño y yo que sé.

Ni falta hacía que mamá  abriera la enciclopedia de ojos para ilustrarme. Si alguien sabía con que ojos me miraba mi mujer, tan descaradamente, por la cara, era yo, porque eran los mismos ojos con los que yo la apuñalaba a ella cuando ni ella, ni mi mamá ni nadie me miraban, solo que mi mamá no iba a atreverse a decir justo en ese momento en  que a uno lo pillan con los ojos en la masa, que su adorable gallo le ha salido, en resumidas cuentas, muy puto.

—Salta a la vista que te quiere muchísimo, Madison, el problema es que no sabe cómo quererte bien. —dijo Gladys.

Todavía no sé, aún me mata la duda, si decidirme por catalogar aquella frase de mi madre como sentencia firme inapelable o maldición gitana. Lo que si queda claro es que la bruja Gladys olvidó en su afán protector de madre hacer uso del plural:

"Mi mujer y yo nunca supimos querernos más allá de los placeres de la carne".

Lo demuestran todas las cicatrices que nos hemos marcado a lo largo y ancho de nuestra relación bajo la piel: a hierro limpio, como los ganaderos hacen con sus reses, en los días en los que el tiempo apremia y hay que acabar la balacera pronto. A navajazos, como los criminales que abundan por esos callejones oscuros de las series "B" holliwodienses, cuando el insomnio, y esos tipicos nervios que sufren los insomnes, lo ponen a uno muy, pero que muy al quite. Y en ocasiones contadas a espada, como los caballeros, dejándonos la piel en el torneo. Esos enfrentamientos ídem de ídem en cuanto a sangrantes a los que bien recrean los guionistas de las series históricas de la HBO, capaces de arrancar ohhhhhes y piadosos ayyyyyys de labios de sus fieles.

En realidad, ya poco podía hacer Gladys Sanchez para tirar por tierra mi matrimonio. Cuando ella y mi mujer se conocieron yo ya estaba completamente hechizado, pero no podía permitirme contarle a mi señora mamá que no era de aquel cuerpo fenómeno que superaba con creces al de Gal, de lo que en realidad me había enamorado: su hijo estaba desquiciado, perdido por el brillo, casi inhumano, que trascendía de los ojos de su esposa cuando ella abría sin recato las puertas de la lujuria en la mañana, durante la siesta... La hora daba igual, ella era tan liberta y pura poniendo sobre el tapete sus artes amatorias, que todos los relojes de mi casa le importaban un soberano pijo, como explicarle a mi mamá que su hijo estaba muy colado por la manera, casi naufraga, en la que su mujer se aferraba a él de madrugada y le arrancaba (no he conseguido nunca dormir desnudo gracias a la buena educación que me dió Gladys) los boxers y lo montaba y gritaba, como una loca en celo, aunque él le dijera que las paredes de los pisos modernos son hiper delgadas y que conseguiría escandalizar con sus falsetes a los vecinos, y lloraba, como una loca en celo, también, cuando el orgasmo era demasiado virulento. Cómo hacer ver a mi mamá que su ojito derecho lo flipaba, totalmente, con el desparpajo con el que su mujer se masturbaba ante él cuando le apetecía y de paso, porque era lo que a esa mujer más le exitaba, también él se masturbaba. Enamorado de cómo ella se miraba, largo y tendido y se acariciaba ante el espejo las caderas, los senos, antes de salir de casa para saber si estaba a gusto con ella misma, enamorado como un bobo, o según mi mamá como un maricón integral, de su semántica sexual amoral, transgresora, que largaba mientras ambos se daban sudorosos y en cueros la lengua, los fluidos y la gloria. Enamorado hasta de los gritos histérico-ofensivos  que ella lanzaba a sus músicos y a sus técnicos de luces y a sus técnicos de sonido y hasta a la madre de los tomates si también se resbalaba con ella un pelo, cuando alguno  metía la pata en la prueba de sonido.

Pero no hacía falta, tampoco, que Gladys fuera conocedora de todos esos detalles porque los hijos guardan celosamente de las madres Gladianas esos amores tan peligrosos. Si yo le hubiera contado a mi mamá de qué me había enamorado realmente ella le habría puesto cicuta a la puta de mi mujer en el café y yo, don maricón, también me habría puesto cicuta en el mío al descubrir a mi Juana de Arco muerta y de bruces sobre la mesa de la Bastilla no, sobre la mesa de de mi cocina y santas pascuas y a joderse.

Gladys no tenía ni zorra idea de cómo hurgar en mi organismo hasta encontrar el trozo de manzana envenenada cuya extracción me haría volver nuevamente a la realidad, como yo sigo hoy, veintiséis años más tarde, sin tener ni pajonera idea de cómo superar este delirio crónico por mi mujer, esta fiebre tan negra que Jodorowski llama dependencia emocional y que mi mamá, Gladys, la fantástica, llama cubanamente mariconada y otra sarta muy injusta de insultos rastreros e improperios dirigidos a erosionar mi hombría.


Sí. Solo dios podría ofrecerle a mi mamá una cifra numérica real de las noches que yo le he pedido amanecer muerto en mi cuarto si mi mujer me dejaba, y el ranking de las otras tantas en las que le pedí que le pusiera a mi mujer por delante a otro maromo que supiera gozar de la gloria de tener a una hembra hermosa y bien puta en su cama todas las noches, o esas noches en las que ella no está de tourné, sin tanto aspaviento ni tanto hacerse daño, pero mi mamá siempre se ha mostrado reacia a charlar con dios.

A Gladys lo que le va son otras movidas mucho más heavis y paganas.




jueves, 30 de noviembre de 2017

Ensayo sobre los martificios y las perlas, y los hombres que pierden muy a menudo los paraguas.




[...] Las musas hacen cola frente al templo 
de tu virilidad.
Te invocan con paraguas y con perlas.
Te cantan su estación de martificio
(ya sé que no existe esa palabra
es mezcla de martirio y maleficio)
pero cuántas se mueren en tu nombre [...]

Eva Lucía Armas,  en ""Pececito Islero"






Me encanta Martificio.

Comenzaré aclarando que ya tengo una musa que es usted. Aunque musa no es la palabra correcta para definirla. Musa es una palabra muy lejana, de esas que aparecen cuando un artista está en la banca rota literaria. Sí. La musa es, además del comodín del público, la justificación que el escritor se inventa cuando está falto de recursos o no lo hace todo lo bien que debería:

"Qué le vamos a hacer, querido público, lectores, familiares y amigos, hoy no he escrito ni una maldita sílaba. La culpa es de mis musas, totalmente, que anoche se me fueron de copas y al parecer hoy están indispuestas".

De ninguna manera podrías ser solo mi musa. Tú no vienes a mí cuando te llamo en medio del naufragio: tú estás dentro de mí y yo te llevo entonces, siempre, a todas partes, incluso a mis naufragios. Puedo entender ahora por qué esas muchachas, pobres musas, hacen cola en la puerta de mi casa armadas con paraguas y con perlas. Es posible que sepan mi nula relación con los paraguas. O soy muy despistado, que lo soy, o la lluvia se niega a abandonar la atmósfera sin coquetear conmigo, porque cada paraguas que yo saco a pasear se me olvida en el metro o en cualquier otro lugar de paso. Sí, debe de ser por eso que ellas se empeñan en  llevar paraguas.

Qué puedo yo decir ante esa ofrenda, que una auténtica musa no llega de ese modo a la vida de nadie, sino como usted llega.

Era verano, creo, porque yo estaba en boxers al borde de la cama leyendo aquel poema, tu poema, aunque en tu latitud seguro que era invierno. Creo que ya lo he dicho alguna vez: hacía años que no latía con tanta desesperación (aquel galope no se trataba de una simple fuerza avanzando campo a través y punto)
mi corazón.

Me temblaron las piernas. Tal vez esos temblores se debieran a que  hacía unas semanas, yo había convocado a dios para rogarle me cumpliera un deseo: dije dios, enseñame el camino. Quiero ser un poeta. Debo de estar muy loco, porque aún sigo pensando que tu poema y tú son la respuesta.

En cuanto a las perlas que también llevaban esas jovencitas, esta mañana supe que se las habían robado a su auténtica dueña: Mara.

Habrá que rescatar todo el alijo y partir, lo antes posible, hacia Legendero. Mara no es Mara sin su collar de perlas.

Y ahora, lo que te prometí cuando nos conocimos. Dije: soy un poeta pésimo. Pero te juro por dios que voy a cantarte con todas las fuerzas que me deje el corazón.

Te puedo asegurar que el mío tiene la misma fuerza que los terremotos de alta intensidad en la escala de Richter:

Fuerza 5.


No blasfemes, mujer, te lo suplico.

Que no digan tus miedos que tus jueves eróticos,
se han convertido en días insalubres.

Yo te dejo,
mi *Salambó terrible, si te place,
porque no fuiste nunca una mujer de imposición sino de libre vuelo,
que abordes el lenguaje a pura bomba,
jugar en mi regazo de hombre fértil
a tejer con tu pelo martificios
y paraguas y perlas a tu antojo,
te dejo
me reinventes
y que vueles
conmigo hacia la Atlántida.
Vayámonos a Persia,
corramos a Bombay,
a Antioquía
(o inventanos si quieres un destino
donde no hayan volado todavía
ninguna de las aves de este mundo).

Yo te dejo,
que trences mis arterias a tus himnos
hasta hacerlas sudar
y que viajemos
queriéndonos al centro de tus gritos.

Le cantaré boleros a tu sombra
y tatuaré en tu espalda con mi lengua
ese cuento de amor que no termina:
la historia en que retorna,
mi Salambó rabiosamente bella,
a ti toda la fronda
y esa luz fervorosa que atraviesa,
como un cordón de oro magestuoso
el vientre florecido de las hembras.

Te juro por mis muertos que este Tántalo
no moverá ni un dedo mientras danzas
ni invocará, prometo,
las rutas de escapada de Houdinni,

pero no jures nunca,
mi Salambó norteña
de esmeralda,
mi arrebato, mi amor a los cincuenta,
que tu erotismo huyó de madrugada
en su Cadillac negro a otras praderas.







Glosario:

Salambó: No hace referencia a la novela de Gustave Flaubert, sino al nombre que los fenicios dieron a la diosa Astarté, diosa de la fertilidad, el amor y el erotismo.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Jet lag.









¿Vas a sacar mi corazón del freezer y la Ziploc,
derretido y vivaz,
como fue antes de que le sucedieran sus tragedias?




Amo la diferencia horaria que sufrimos.

Saber que mientras duermo
escribes para mí es tan espiritual,
tan excitante y a la vez tan peligroso
para un señor que hace ya mucho años
dejó de amar en serio,
que he de apagar integramente mis circuitos
como los autos en la gasolinera
por temor a prenderme, involuntariamente, al repostar
si es demasiado sexi el octanaje.

Todo lo que suceda
a partir de ese instante en mi mañana
tendrá el mismo color e intensidad
que los versos que brotan como un mar caudaloso
de tus manos.

El mar,
siempre es el mar,
el misterio del mar lo que nos une
y trae del nuevo mundo
tus cápsulas de amor embotelladas,
las quejas de una reina
que llora en el balcón de su atalaya
como si se le hubiera roto en un instante
su kalazar de agua.
(yo no tengo remedio,
vuelve el agua,
es siempre el agua, amor, la que me llama)
No es la Diva del verbo la que aulla
su rock and roll colérico en mi playa,
es la reina del mundo, porque ¿qué es el mundo, si no,
viva palabra?
Y fue por la palabra que yo volví al amor.

Yo quiero consolarla,
pero Dios no incluyó
la llave de su alcoba en mi llavero.
Tengo fe en que el oleaje
le devuelva,
al hombre de neón que salvaguarda
la contraseña WiFi de sus reinos.

Los días que no hay carta,
quiero que algo violento,
una nave marciana de repente en mi cuarto
un cataclismo
un huracán
tu olvido,
me devore.
Y me bajo del mundo
y me paso la noche,
revenido*
colérico
llorando por las ramas a lo Shakespeare
como un pájaro mustio,
interrogando a dios
como lo hacía la reina al borde de mi playa:

¿Vas a ser tan cabrón,
señor, de arrebatarmela?

Finalmente,
una noche de esas que la gente
llama noche cualquiera,
Dios resurge del agua,
como un astro.
Me trae tu corazón como si nada
y me lo deja, como una ofrenda mística
saltando estremecido, gimoteando,
sobre la arena húmeda,
como una sub-especie marina indescubierta:

No dejes que se pudra. —Dios me ordena.

El mar se multiplica sobre dios,
lo engulle y, de repente,
comprendo que los ciclos de preguntas
han llegado a su fin
y que estoy preparado para hacer
esa única cosa que se me permitió
traer desde el naufragio de mi mismo:

Levantar de la nada un *Diente de Faldar
donde mi Bambi de especie indescubierta
pueda ponerse a salvo de los lobos.

Crece mi fortaleza
y mientras crece
el trailer de mi vida va en crescendo
trenzado a los pilares
de metáforas
ante tu corazón, omnubilado en su ziploc campeona de lo hermético,
y Bambi indescubierta de avellana,
ida completamente de este mundo
con mis fábulas
y mi cháchara tibia de abuelito de Heidi
empeñado en salvarla
de la nación del hielo,
se derrite y se hace, al compás de mi historia,
de almíbar en su cama.

Ya no le hago
más preguntas a Dios ni me las hago.

Entiendo que a un arcángel no le está permitido
follarse a un corazón convaleciente guardado en una ziploc.

Mientras descubro
que elixir debo darte
para que el corazón no se te pudra
bebo tu sangre...

entera.

Hoy nada va a pasarme
si marcho a trabajar
contigo
desbrozándome las venas.





Glosario:

*Revenido: ni idea si este vocablo existe. Para mi abuela sí, me lo decía cuando me enfadaba y no había dios que me hiciera entrar en razones. Entonces ella decía: "el marqués está hoy revenido".

*Diente de Faldar: Es una fortaleza de combate. Aparece en el vídeo juego 'The Élder scroll" y está ubicada en la comarca de la grieta.






jueves, 16 de noviembre de 2017

Santa Lucía (Paridas en la noche)





¿Y de qué hablaremos hoy en Paridas en la noche? Pues de lo que a mí me de la gana, que para eso es mi espacio. Luego ustedes son libres de irse o de quedarse a leer mientras beben el primer café de la mañana. Agradezco a los valientes que han elegido la segunda opción, y no se preocupen los que han optado por la primera que ya los he mandado, definitivamente y de antemano, también, a la puta mierda.

Uy..., qué tío mas borde, dirán los agrupados en la primera opción. Buena señal, porque eso significa que aún me están leyendo y que están a punto de convertirse en mis lectores potenciales. Y eso no implica que yo sea un buen comunicador, que va. Es que son todos ustedes muy cotillas.

No. Aún no he revelado el tema a tratar en cuestión, les pido sean pacientes.

¿Hola? ¿Ya se han hartado de mí, pandillita de la primera opción?

¿Siguen ahí?

Pues bien, mil gracias.

Nada, que mejor dejamos lo del tema a tratar para otro día, no me encuentro muy bien. He dormido fatal, a saltos. Si me he levantado es porque a mi jefe le da igual que uno se haya despertado con estos bahídos de campeonato y con el estómago como si se lo hubieran metido en una bolsa de plástico y subido a empujones al Dragón kan. Ay, yo solo tengo ganas de quedarme aquí en mi cama hasta que se me pase. La borrachera no, el asunto es aún más grave: estoy enamorado.

Sí. Esa misma cara de susto puso mi mamá, Gladys.

—¿Y de quién se ha enamorado mi pichón esta vez?

—Mamá, no seas tan chismosa.

—A mí me lo puedes contar que para eso soy tu mamá.

Eso era lo que Gladys me decía cuando yo cursaba el bachiller. La loca de mi mamá no se acaba de enterar que hace mucho que me gradué, con matrícula de honor y todo: treinta y picos de años.

—Ay Madi, con lo bien que a mí me cae Claritza.

Dijo Gladys. Así toda emocionada ella.

—Pues no es Claritza la culpable de este sufrimiento.

—¿Ah no? ¿es alguien del barrio?

—No. Es argentina.



—¿Argentina, argentina de la Argentina?

—¿Mamá estás sorda, o qué?

—Ay nene, argentina no que son unas empalagosas.

—Pues ésta no.

Y me salió un noooooooooo terrible, cayendo dramáticamente a lo Gardel, o como una canica, cuesta abajo en la rodada.

—Maricón ¿tú estás llorando por esa mujer?

—No. Es que me encuentro fatal del estómago.

—¿Y ella sabe que tú la quieres?

Nada, mi mamá es así de bretera y prefiere saber los pormenores de mi drama amoroso, antes que los pormenores de los vaivenes de mi estómago.

—Claro que lo sabe. Tengo toda la maldita red infestada con versos de amor y gilipolleces ripipis de toda clase.

—Ah... ya. Pero ¿tú le gustas a ella?

Sí caballeros y señoras, bueno y señoritas, aquí no se discrimina la condición de nadie, tal y como Gladys me lo preguntaba me era imposible retrotraerme en el tiempo a esos días en los que yo era una ratilla de instituto y la peña iba por ahí pintando corazonsitos ensartados por flechas en las puertas de las taquillas y de los baños.

—Bueno ella dice que me quiere, pero ni idea de hasta que punto. Y me dice cada cosas.

—¿Malas?

—Me piropea.

—¿Cómo dices?

—Que me echa piropos como le da la gana, Gladys: que si mi hombre hermoso, mi pescador intergaláctico, capitán de mi alma.

—Ya lo decía yo que siendo de donde es iba a ser una empalagosa...

—Ay  Gladys no digas tantas boberías que a mí esa mujer lo que me tiene es loco. Ganas que tengo de salir corriendo para el aéreo puerto y no parar hasta que el taxi llegue a la puerta de su casa.

—¿Y es por eso por lo que tú estás llorando, eh, mi'jito, porque te vas para allá con ella? Ay mi'jo yo también lo voy a extrañar mucho a usted.

—Más quisiera yo, mamá. Te lo juro por papá, en gloria esté.

—¿Y entonces?

Ya no colaba la excusa del estómago, así que ni me molesté en aclararle a mi mamá por qué lloraba en modo avión, de espaldas a ella, a moco tendido y sin hacer ruido. Pero a ustedes, lectores de esa jodida primera opción, se lo voy a contar solo por el esfuerzo que han hecho para llegar a la recta final:

"Porque el amor es un asco. Y a mí lo que me va es el puterío".







miércoles, 15 de noviembre de 2017

I wanna love you and treat to right.







Al principio de todo,
yo era un crío difícil que amaba su reflejo.
Entonces te encantaba ver salir a tu crío
desnudo de la ducha, pavoneandose
como los señoritos, por tu cuarto
de dama
que ya ha vuelto de todo,
con ese desparpajo cruel que nos traemos
de bambalinas los del espectáculo.

Así era yo entonces, un David siniestro
que había malgastado media vida
cincelando su cuerpo, cada músculo y tramo,
hasta llegar a ser un ejemplar marmóreo.
Un David tan perfecto
que no sabía como volver a sus adentros.

Tu desnudo de entonces
era el pistoletazo de salida para hacer que tu espejo
sacara ante mis luces su reflejo convexo:
Qué profundos,
qué salvajes y libres
los océanos cautivos en tu himen.
Y qué acertada, diva, tu vocación de médico:
Qué corazón de hombre
tiene mi nene tierno.
Qué pasional su hígado
cuando brama en la noche de mis puertos.
Qué tensión arterial
qué fuerza, negro,
para elevarme tienes a los cielos.
Ay santo dios.
Ampárame papá, que me lo como entero.

A ti, galena mía, te debo este que soy,
este hombre taciturno. Este David rebelde,
este maromo
que se niega a marchar de tu desfiladero.
El gilipollas con voluntad de poli
que juro protegerte
gozarte y envejecer contigo invierno
sobre invierno.

Te debo tanto: mi humanidad, es cierto,
pero no te perdono que mataras
a golpe de pistola y sangre fría
la inocencia
amor mío de lo nuestro.






martes, 14 de noviembre de 2017

De vuelta al paraíso.








Eva de noche.

Cada noche, murmuraba en mi cuarto
la ruta de tu seda.
Con un prestigio antiguo indescifrable,
tú me prendías fuego desde lejos.

Sin fuerzas ni recursos para la resistencia
no había otro consuelo que inmolarse.
Arder como una inmensa llamarada
que viaja mano en mano y no claudica
ni aunque dios la condene a otro diluvio,

arder...
con tu nombre invernal de anhelos rojos
ardiendo dulcemente entre mis dientes.

Mientras ardía,
suplicaba mi boca: más manzanas.



****



Dios nos privo de todo.

En nuestro insulso Edén solo podíamos
gozar con el pecado de la fábula.

No se lo reproché.
Desde mi jaula
forje con el deseo un llamador
de fuego que aprendió a re-convocarte.

Él te enseñó a llegar desnuda hasta mi cuarto,
a purgar en mis hombros paganos tus desgracias.
A reír en mi cama.
A montarme
y a celebrar tu orgasmo
con el vino gozoso de mi esperma.

Dios, no tiene ni puñetera idea
del inmenso poder
que guardas en tu nombre.


****



Y pasarán los años, la eternidad vendrá
buscando entre mis libros la efervescencia rosa
de tu luz,
pero será imposible desprenderla del iris de mis ojos,
viajeros del destino
corriendo en retro inversa hacia tu encuentro.


****


Amo tu vocación de necromante,
tu gran virtud
de eternizar mi corazón
solo con el hechizo de una frase:

"Esta mujer te ama, no te olvides".



****



El barro, mi costilla y el manzano,
la imagen de tu mano asida al fruto y mi mordida.

Tan solo unos instantes deambulando sin luz
y..., voila,
los mismos valles verdes,
el mismo río Pisón con su bedelio
y con su ónice.
Nuestro huerto, y a lo lejos el lago
y la cascada donde te prometí
que iba a ser tuyo para siempre.

De modo que,  no tengas miedo, amor.
Cuando el olvido avance sobre ti
yo estaré junto al árbol.

Y si tú me lo pides,
morderé nuevamente la manzana.









n.del.a: imagenes del ilustrador Jean Paul Ferrara.













viernes, 10 de noviembre de 2017

Ciudad Hanamachi.








Últimamente estoy bastante cabreado. Mis amigos se afanan en conocer cual es el detonante de tanta mala leche, como si no supieran ellos que yo solo tengo una mala batalla que librar en esta vida, o un mal karma que convalidar..., ustedes pueden nombrar y hasta catalogar mi dolencia como mejor les plazca, yo suelo resumir su concepto en una frase corta: el amor es un asco. Totalmente. Al menos el que yo estoy padeciendo por estos días.

Un asco y una putada, oigan, ya les aviso que enamorarme tal y como estoy ahora (hasta las trancas) me viene fatal para escribir. No es que uno no sepa, es que yo no puedo escribir cuando estoy muerto por los huesos de alguien, que es diferente. Me entra una bobería... Para que yo logre unos versos decentes a mí me tienen que estar llevando muy lejos mis demonios.

Y que a mí me lleven los demonios no significa, ni muchísimo menos, que yo sea un escritor maldito. La maldición dejénsela a Bukowski, que ya uno tiene bastante con hacer el ridículo. Imaginen ustedes el percal al teléfono:

—Cariño, quiero ser tu bufón. —completamente salido.

Y ella del otro lado:

—Ay por dios, un bufón no —en un tono enteramente recatado y sensato—, en todo caso príncipe, mi príncipe Carlos.





Lo que si tiene un rollete tela de maldito son los horarios tan intempestivos que mis versos eligen para manifestarse: 3:00pm, 4:45pm, 5:00pm, 5:45 (cuando solo faltan quince minutos para que suene el despertador) pm.

Como han podido ustedes apreciar, todo acaba en p.m, y esos "pe" y "emes" a su vez van precedidos por una serie de sueños, por que así se suceden, en serie y en oleada como los crímenes, con la amada en cuestión. Unos sueños muy de p.m (puta.madre) por su alto contenido en rombos:

La escena onírica transcurre en un campo de amapolas. Todo es, como en el cine mudo, gris e incoloro, amanerado, etéreo, ...

En un vocablo: RIPIPI.

Yo en boxers y ella de geisha, pero sin kimono, en pelota picada, ataviada con el tocado y el maquillaje —pálido— representativo de las maikos, montada a horcajadas y en flor sobre mi espiga, muy cálida, por no decir caliente como las palomitas de maíz cuando están en su punto kaboom, toda ella un shamisen quebrado en coletazos sobre mí, su lengua y su boca dibujada con un lápiz labial hecho de pétalos de cártamo, según la tradición, recolectando los espasmos quebrados que se suceden en mis labios. Sí, también lleva los dientes maquillados de negro, que iba de p.m con el costumbrismo japonés de entonces, pero que a los europeos del hoy y aquí y ahora nos da un yuyu que pa' qué.

Sí, siempre-siempre, acabamos de la misma manera. Justo cuando ella está ahí en sus cosas, en su orgasmo, con los ojos en blanco y la cabeza descolgada, sumisa cien por cien y despoblada de toda fuerza opuesta a mí, le digo apasionado: cariño, quiero vivir contigo, gilipollas que soy. Cómo es posible que a estas alturas yo no sepa que decirle a una piba "quiero'" no es otra cosa que imponer en el lenguaje femenino, y eso está penado con el cierre de las capitulaciones de la relación. Cada vez que suelto ese gab, me despierto..., con el maldito infierno entre las piernas, que es al fin y al cabo lo única cosa que a mí me une con los escritores malditos.

Ahora, intenten rememorar el sueño y hacer con los detalles un poema. Según todos esos gurús que se dicen poetas o literatos,  es cuestión de cojer cuatro o cinco vocablos distintos y armar el puzzle  (un segundo, rebobinemos, porque antes de llegar a este punto hay que apagar el fuego de Romeo). Bien. Pues  ya que el fuego está bajo control, ya les doy yo la licencia para que les disparen a matar a esos señores. El truco está en hacerlo sin que al lector le suene obsceno, cursi o banal, o todo junto.

Seré franco, porque no soy gurú ni me interesa. En realidad lo único que conseguí con la evocación fue, según mi mamá , Gladys, puras cochinadas. Así que, si alguno de vosotros se ofrece a regalarle un poema erótico, erótico y sin pasarse, a mi piba, no me pondré celoso, palabra, soy un tipo moderno, pueden dejarlo en la caja de comentarios. A ella le va a encantar.

Tengan mucho cuidado, porque mi piba entiende un huevo de versos y no va a conformarse con las sábanas calientes del sábado noche.

Bueno, creo que ya va siendo hora de cerrar el chiringuito. Sintiéndolo en el alma, es lo único decente que servidor puede ofrecerles para pasar el rato. Y por orden expresa del rey, que soy yo, les comunico oficialmente que hoy: no-hay- poema.

Ahora he de irme a la cama. Tengo el maldito sueño atrasado.






viernes, 3 de noviembre de 2017

Un Tritón en Borneos.





La noche es el mejor regalo que el universo le ha entregado  al hombre. Si usted tiene problemas vaya a la cama, cierre los ojos y deje sus angustias e imposibles en manos de la noche. No piense, duerma.

No sé si este consejo forma parte de la guía de trucos para vivir mejor que Jodorowsky suele vender a sus seguidores, lo que si sé es que a mí me funciona y es, exactamente, lo que hago cuando estoy en apuros: entrar en fase REM. De esta manera he sido Marco Polo, Draco, el Sombrerero loco de Alicia, la misma Alicia de ese maravilloso país que ustedes bien conocen, Ulises... Ulises treinta y uno no, les hablo del Ulises auténtico: Odiseo

Bueno, yo me dedico a la literatura, de modo que cuando vuelvo de esos viajes astrales lo hago con la certeza de contar con un archivo rico en imágenes listas para desarrollar ¿Usted? Pues a saber. Ya les he dicho antes que no soy Jodorowsky ni me dedico a interpretar los sueños. Lo que cada uno cree mientras duerme es su responsabilidad y su problema.

Muy bien, pasemos a otra cosa, porque no quiero rajar más de Jodorowsky. Eso es publicidad y eso se paga y, precisamente, Jodorowsky no va entrarle de a pleno a mis asuntos: eso se paga, también, antes de que uno se tienda en el diván de Jodorowski; así que si no les importa ya le doy yo matraca a mi nuevo problema: el mar, el escenario donde transcurre mi sueño.

Y en esa proyección, cuántica desdoblada de esos mis tantos yo, soy un tritón tirado al abandono en una playa. Da igual la ubicación del paraíso, lo que realmente importa es que yo, un tremendo ejemplar de tritón neptuniano, espero a esa mujer de pan y de jengibre que me acompaña siempre en mis movidas con Morfeo, como también importa que ese gigante mitológico de fondos misteriosos en el que me he convertido reconoce, sabe, mientras permite que el sol castigue su modelado torso a puro Gym y a dietas desabridas, y malogre su kiki de *"Pitingo" con sus dañinos rayos, que el océano nunca jamás traiciona. El mar devuelve siempre los deseos, las quimeras de amor, los besos imposibles, los trajines de cama del pasado y hasta los más sórdidos encuentros cuerpo a cuerpo que tendrán lugar en el futuro; siempre que los deseos se proyecten al agua desde el alma.

En consecuencia a esa verdad universal pido al  mar un destello, una llovizna, un rayo..., lo que sea que me hable de ti y él, generoso, te trae a mí a bordo de un catamarán. Y así de pijotera entras de lleno en mi campo de visión y  rompes esa línea, a esa hora de la tarde desdibujada ya en el horizonte, casi ausente, que parte en dos los mundos, el marino y el místico, a una velocidad de treinta nudos en dirección a mí. Desde la orilla grito tu nombre en clave, el verdadero, el que solo los Argos y las criaturas que habitan en los fondos de la *"Pequeña y Grande Sirte", guardan en su memoria: el sonido vernáculo del nombre de la mujer de Adán (la segunda).

Desembarcas vestida con aquella versión de carne  amaderada que dios te hizo llevar en el edén. Todos los artilugios y detalles que aparecen en la escena que cuento son de mi pertenencia; el mar, los pájaros, esos malditos peces fishívoros que merodean por la orilla amenazando con joderme a mordiscos mi ondulante cola. Dios no, Dios no es de nadie y a él le pido que para nuestra cita traigas solamente un complemento para cerrar tu look natural,



tres o cuatro flores acordonando la isla irresistiblemente y rebelde, de tu inquieto tobillo. Pa' qué quiere uno más, si ya dios, que es en realidad quién dirige la empresa sentenció: irás desnudas, Eva. Así que adjudicado y AMÉN.

Y tus manos que saben del milagro de generar la vida en cualquier tierra, le ofrendan a mi cala un universo de palmeras, y nos tumbamos presurosos y muy juntos bajo su sombra; esa sombra raquítica que brindan las palmeras caribeñas, mientras me pones los dientes bien re-largos al confesar que aún me escribes poemas, cada noche, con la tinta invisible que solo puede leer tu corazón, porque el loco de dios se olvidó de dejarte un cuaderno y  bolígrafos para matar las horas en tu isla desierta.

Y oigo cómo me llama tu voz de siempre-niña, hombre hermoso: hermoso y capitán y protomacho. Y yo me pongo loco de contento, eufórico. Suelto y sin vacunar como el ganado, aunque no se me nota porque no tengo en este sueño mis dos piernas que hacen propicia la acción de esa tercera pierna que en armas se levanta si una mujer lo llama hermoso y protomacho. Algo normal en todas las especies, menos en los tritones. No sé que rayos estaría haciendo Zeus en el momento en punto de mi alumbramiento, supongo que una labor muy entretenida, (ganchillo no, seguro) para no darse cuenta que ese tercer punto de apollo tan viril brillaba por su ausencia en el vástago de su querido hermano Poseidón y su cuñada Anfítrite.

—Lo siento, pero ahí lo que hay es una cola. Nada más. —te digo con pesar.

Y entonces llega la pregunta del millón:

—¿Y para qué necesitas una cola de Tritón?

—Bueno, puedes sacarle brillo a las escamas con una balleta y usarla como espejo. —te digo para salir del paso.

Como si no supiera ella que a nadie más que a mí, el protomacho, le ofende la putada de la cola.

Es la primera vez desde que soy Tritón que una mujer me llama protomacho. Protomacho y a boca llena: hermoso. En otro afer marino, otra mujer, quizás una igual, una sirena, yo habría respondido a su floreta aludiendo que todos los tritones, los neptunos y el resto de la peña mitológica, son siempre hermosos.

¿Y cómo si no íbamos a ser, mujer?

Pero es ese otro "hermoso" al que ella hace referencia: sos realmente hermoso, mi capitán, hermoso el corazón y hermosa la palabra, bogando en su saliva."Hermoso..., hermoso y mágico", con el lento vaivén que derraman las barcas cuidadosas que entienden de naufragios, temorosa su voz de que la barca hecha con los sonidos de mi nombre en clave, el verdadero, ambos sabemos que jamás fui presidente de ninguna nación más que de la República Independiente de Mi Cuarto, acabe por hacerse pedazos al encontrarse de súbito ante los arrecifes claros de sus dientes, y finalmente: sos tan hermoso John, John con la "h" donde te dé la gana, pero vos no sos real (un vos no sos real en argentino puro y claro), aunque sos mágico, tan mágico como la misma magia.

Es ese carrusel que va pitando por su feria: hermoso-mágico-irreal, lo que me hace desear ser bípedo. Con gusto pactaría con el primer Mefisto de mi pueblo si él pudiera dotarme con un buen par de piernas.

Mi alma por dos piernas.

Las necesito para reconocer que este sueño no va de mi regreso al mar:  no se ha marchado nunca este Tritón y continúa frente al mar tatuando rosas de Borneos sobre su vientre de Eva, que nunca fue de Adán.












Glosario.

*Pitingo: presumido en calò.

*Pequeña Sirte: en las costas del norte de África existen dos bajíos muy famosos, la Sirte Mayor, en el golfo de Sidra, Libia, y la Sirte Menor en el golfo de Gabes, Tunicia. Se trata de zonas de poca profundidad, muy peligrosas para la navegación.

jueves, 26 de octubre de 2017

I love you more than you'll ever know.









(*La morte è il mio mestiere)

Me iré. Ella lo sabe.

Ella intuye que un día marcharé.

Para cuando eso llegue,
ya habrán crecido tanto sus cabellos
que tendrá que trenzarlos
para no entorpecer la gloria de sus pasos.

Solo entonces me iré.

Nadie,
nada me ha hecho sentir tan vivo, tan humano
tan romántico, es cierto,
preocupado por mí y por el futuro,
tan dichoso,
como cuando ella me entrega en un temblor
un trozo de su estrella.

Ni tan estúpido
por no poderle dar mi identidad.

Mi todo.




****





A ratos quiero ser ese gran hombre
tan hombre, para darle
lo que ningún gorrión
sin pico y sin sombrero supo darle,

muy hombre,
para sesgar de un tajo a quien sesgó su amor
porque ella ya no apuesta
por el amor del bueno,

tan hombre
para vivir con ella el paso de sus días,
hombre
para sentir el peso de mis huesos en su espalda,
dormir a sus espaldas
y en su espalda.

Me angustia que no pueda ser tan hombre
como para acallar estos anhelos,
que ella no me perdone
jamás este arrebato.


Pero no soy tan hombre ni ese hombre,
al menos ese hombre de mi anhelo,

ese hombre que sueña con mirarla
en vivo y en directo
haciendo algo sencillo:

Un café,
bailar,
reír,
porque bien sé le gusta
a ella reír como los cascabeles,

peinarse los cabellos orgullosa
mientras yo hago de espejo.

****




Yo te amaría tanto, reina de mi palabra y de mi mundo.

Te amaría tantísimo,
que no querrías despertar jamás de ese buen sueño.

Pero Dios te ha enviado
25 aguaceros,
25 tormentas
más a tarde a mi diluvio.

Y me la estoy jugando,
bien sé que me la juego.

No me pidas que pare.

No me digas que calle en esta noche.

Yo te estaría amando hasta que el mundo
dejara de girar y amaneciéramos
en otros cuerpos
y en otras realidades.

No me preguntes
por qué por las mañanas me despierto
y repito tu nombre
como si fuera un salmo que me cura.

No me preguntes cómo puedo saber si lloras
si respiras,
si te muerdes las uñas de soledad o rabia,

ni yo mismo lo sé.


No preguntes,
por dios,
no sé lo que me pasa.

Voy a tener que irme.

no me pidas que calle.

Ya sé.

Después de esta tormenta
voy a tener que irme para siempre.

Y no quiero marcharme.

Y bájense del carro,
los que no entiendan
lo que yo estoy viviendo.

Vas a matarme, sé que vas a matarme
amor,
por este atrevimiento.

Dispara. Dispárame si quieres.

Dispárame a-ma-tar.

Hace ya mucho tiempo que me he muerto
de no encontrar,
de no encontrarme yo y no encontrarte
desesperadamente sobre el tiempo.

¿Crees qué no me hago daño por no darte mi voz?

Mi verdadera voz.

Pues me- lo- ha-go.

Yo me daría todo por entero...

si pudiera.


***



Déjame que te ame, déjame
que te quiera sin rostro y sin señales.

Aunque tú sabes tanto como yo:
te lo enseñó tu papi;
lo que cuenta es el alma.
solo ella prevalece y mi alma es tuya entera.

Ten la seguridad.

Te voy a decir algo:

Yo nací un 21 de septiembre,
del 69'

Según cuenta mi madre,
no pataleé ni un poco por vivir.
Me sacaron con fórceps
y llegué bien dormido
en aquel paquetito, intacto,
que los doctores llaman bolsa amniótica.

Me gustan los otoños,
el jazz
y soy vegetariano.

Soy de espacios tranquilos.
No me gusta la bulla.

Me matan los boleros.

Fumo como los locos y es un lío
mi enfermedad se queja.

Soy muy antisocial, bien solitario.

Creo que estuve muerto desde entonces
hasta que "Ultra" vino a rescatarme.

Te dije que tenía una semana
libre,
como el viento,
pero lo que no dije
es que en esa semana iba a amarte, tantísimo.
bueno,
te amo todos los días,
desde que tomo el metro a trabajar
hasta que el día acaba.

Y siento que estás cosas te hagan llorar, mi cielo.
Hoy yo quiero que llores por todos esos días que no has llorado nunca.

Pero luego no—más.

Déjame que te quiera,
te lo pido.
Aunque
solo sea
en esta madrugada.

Jueves. 2:46 
de la noche.


***


Qué herejía decir que tú me faltas.

Tú me acompañas siempre y reconoces
entre todas las cosas
de mi mundo
lo que en verdad no tengo:

Esa voz que trajiste a mi mañana,
magenta era su aura
y su cantar de trueno.

Por ti fui desnundánme de a poco
con un amor tremendo,
todo el que nos faltaba.

Y fuimos tan auténticos...

tan hombre y poderoso fui en tu nombre,
que a los dos nos miedo.



****



No se escribir de amores.

Al menos de ese amor calculado y ripipi que conocen algunos.

¿Revolcar la melena mientras amo?
Perdóname, pero no es algo que me éxite.

Siempre cierro los ojos
hasta que Dios despierta y me recoge
en un acto sublime.

Me vuelvo religioso, una barbaridad,
cuando llega mi muerte.
Aunque Dios no se asusta si le invoco entre gritos.
Ya estará acostumbrado.
Y como es Dios, ya sabe,
que ese grito de muerte no es mi muerte.

Mi muerte es otra historia:

Estoy en ese sueño,
desnudo y sobre tí,
en el que mi cantar penetra y sale
de tu capitanía
en lenta procesión espiritual.

Te digo tantas cosas.
Esas que nunca digo a nadie.

Las voy sembrando al borde de tu boca
con la paciencia de un viejo jardinero.

Mi muerte...

Mi muerte es descubrir
que es solo un sueño.

***


¿Matarte? 
Nunca pude.

Matarte no está escrito en mi manual
del sicariado
porque el amor, mi amor 
por esta sed de tu palabra
es algo indestructible.

Créeme cuando digo: 
Tu palabra es amor.

(Esto no es un poema, 
ya te haré varios, muchos. 
Y nadie, ténlo claro, 
va a arrebatarme, amor ese placer)




(Del poemario inédito "Sicario")




jueves, 19 de octubre de 2017

Mi vikinga y yo.






A todo solitario dios le entrega una espada, un amuleto o totem, para paliar sus males terrenales.
En mi caso, Dios no tuvo piedad con su asignación.

Quizás pensó que de nada me serviría un cáliz de fuego, el santo grial o la credencial de honorable templario. Qué utilidad tendrían esos objetos para un hombre de mi tiempo cuya misión en la tierra era hacer frente a la palabra y sobre todo, demostrar al resto de mortales que era merecedor de ello.

Mi cruzada era tan sangrante  y desafortunada sin el conocimiento y amparo de la técnica, que en nada se comparaba al infierno corriente de los hombres.

No. Dios nunca hizo patente su presencia en mi cuarto valiéndose de todas esas artimañas que él elige, según los iluminados, para manifestarse y dar respuesta a mi pregunta:

"Dios ¿por qué me revelaste tardíamente mi habilidad para poetizar?"

 Y para qué, debió decirse dios, iba él a molestarse en hacer un hueco en su agenda para responder eso que yo ya sabía: que a los veinte, mire usted, andaba yo ocupado en consolar a las prójimas, como buen cristiano, con altas dosis de "amor" allá donde podía amparado en el apagón general. La Habana se convertía, literalmente, en la boca de un lobo entre las 8:00 de la tarde y las 12:00 de la noche. Qué me iba a importar a mí la recompensa espiritual que conlleva versar, teniendo cerca tanto consuelo carnal al que echarle mano.

Volviendo a las habilidades que Dios reparte (sortea) entre sus hijos, la mía venía a ser un ragnarök durísimo. Ninguno de los que poseemos el don llegamos al mundo con el manual de estilo calzado entre las piernas. Truman Capote invirtió mucho tiempo en dotar sus diálogos de una realidad rompedora. Truman transcribía, textualmente, las conversaciones que mantenía con las personas con las que se cruzaba a diario. Pues yo no he sido capaz de llegar a tanto, aunque confieso que ganas no me faltan

Para escritores tan potentes como Truman Capote la habilidad es un látigo con el que auto-flagelarse. Mi suerte fue distinta, porque ni yo tengo el dominio absoluto de la palabra que le tocó a Truman en el lote (Truman es único), ni a mí me han gustado nunca los látigos.

Debió ser esa la razón por la que Dios me envió a casa una musa valkiria para ayudarme a levantar mi voz-espada y adentrarme, valerosamente, en el lodozal técnico.

Y mi valkiria llegó, sí señor, equipada con uno de esos trajesitos diseñados por un sastre emprendedor en crisis, destinados a ahorrar tiempo, mano de obra y tejido, y a ponerle los dientes largos hasta a un monje, y una de esas hermosas melenas mechadas de caracolillos rubios a las que los escritores, que hicieron caso omiso cuando el sabio de dios les dejó en su cuarto de infantes una caja de herramientas de plástico el día de reyes como sugerencia, describen torpemente, (yo también caería en ese pecado, una rubia de ese calibre nubla la razón literaria). Y equipada también, como no, con el arco, el escudo, la espada... en fin, ya saben ustedes todo lo que una deidad mitológica vikinga necesita para entrar en materia de saqueos, que no es precisamente un bolso de Gucci y un Versace. Y para completar el equipamiento, con todos los recursos canallas de los que también disponen las hembras de a pie para hacerle la putada a un hombre:


INT. CASA DE MADISON/
HABITACIÓN. NOCHE.

En el reproductor suena el bolero "Somos". Madison está sentado en el escritorio, frente al portátil, a la espera de que la valkiria llegue para comenzar a trabajar en su nuevo poemario. La valkiria se materializa en el cuarto.

                                        VALKIRIA.
Qué desorden ¿Es que no puedes dejar los boxers en el cesto de la ropa sucia?


                                        MADISON.
Menos queja y a currar, que el tiempo apremia.


                                        VALKIRIA.
(Abriendo de par en par las ventanas)
Aquí huele a humanidad ¿Qué bebes?


                                         MADISON.
Tequila.


                                           VALKIRIA.
¿Tequila? Pensaba que era ron.


                                           MADISON.
Pues ya ves que no ¿Te pongo uno? Uy, no, que a las valkirias lo que les va es la cerveza. Pues pilla una de la nevera.


                                          VALKIRIA.
Qué desastre, John Madison. No tienes ni un maldito cuerno limpio en la cocina.


                                           MADISON.
¿Un cuerno?


                                          VALKIRIA
(Con los brazos en jarra)
¿Y dónde iba a beber si no?


                                            MADISON
(Sarcástico)
Perdóname, mujer, casi olvido que eres una vikinga, y las vikingas no saben beber en vasos de cristal del todo a cien. Bueno, que ¿nos ponemos a ello con ese poema?


...Y en el momento en punto de formular mi propuesta, ocurrió exactamente lo mismo que cuando mi mujer está en la ducha y yo entro en el baño (en bolas) en estado alka seltzer:

—Madison, echate para allá, que tengo prisa.

—Pues lo hacemos de prisa.

—Así no me apetece.

—Ay, santo señor, Toni no vamos a tardar nada.

—¿Tú quién te has creído que eres para meterme mano de esa forma?

—Tu marido.

Le meto mano en versión número dos. Toni me abofetea, sale de la ducha y el Alka Seltzer en mi vaso se desborda.

—Pervertido.

—Toni ¿no pensarás irte y dejarme "así"?

Pero ella ni siquiera se preocupa de procurarle un achuchón a mi "así" y solo dice:

—Adios, Madison. Llego tarde al ensayo.

Pues algo parecido me dijo la valkiria en cuanto le hablé de compromiso mutuo:

—Ahora no, Madison. Tengo prisa.

—Pues lo hacemos de prisa.

—Imposible.

—Ay, por el martillo de Thor. Valkiria, no vamos a tardar nada.

—Lo siento, pero he de marchar.

—¿A dónde?

—Al Valhalla.

—¿No pensarás irte y dejarme así?

—¿Así cómo?

—En blanco.

—Adios, Madison. Llego tarde a mi cita con Odín.

Ni falta hace que les diga que mi mujer y mi musa valkiria son tal para cual, porque a eso es, exactamente, a lo que se dedican: controlar y mandar a voluntad.

Dios sabe lo que se trae y bajo ningún concepto entrega a un hombre una habilidad en cuyo contrato no aparezca reflejada la polémica letra pequeña, porque de haber bajado al inframundo de mis dependencias una Deidad rubia, (una rubia auténtica y real me refiero, con una cabellera auténtica a la que agarrarme para mantenerme en tierra llegado el momento en que nos demos, mutuamente, el santo y seña) yo le hubiera entregado gustoso las llaves del Chrysler, la master card, los boxers, y todas esas cosas que a un hombre como yo le hacen tilín, en cuanto hubiera escuchado sonar a lo lejos el ruido de su balacera.

He ahí el problema: ni yo ni mi vikinga (mi vikinga y yo, perdonad) hubiéramos sido, entonces, capaces de fabricar ni un puto verso.