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sábado, 23 de diciembre de 2017

Exoplaneta.






Debe haber otro universo y otro tiempo, capitán de otras patrias.Otro confín, otro ritmo planetario, otra Suite del Cascanueces que no termine en El lago de los Cisnes.Otra brújula y otra burbuja. Otro villano.Otra reencarnación. Otro océano.

Eva Lucía Armas





I.


Una tarde de esas en las que yo dormía
ese sueño habitual tan español
que llaman siesta,
te amé,
ni te imaginas cuánto a solas en mi cuarto.

Jamás había querido a una mujer de aquella forma tan espiritual.

Desnudo y sobre tí
el tiempo era un átomo grueso que nos hacía,
gravitar suspendidos
como los cosmonautas.

No nos mecíamos ni yo te penetraba ni decía
las cochinadas que a menudo digo
cuando me pongo cruel en los asuntos.
Te hablaba muy despacio
y mi boca, prácticamente dentro de tu boca,
te lanzaba floretas muy bajito:

Hermosa, eso decía mientras te cortejaba,
voy a quererte tanto
que vas a desear estar bien muerta
si algunas vez, amor, me voy de ti.

Nunca me iré de ti.

Te decía mi niña,
mi lollypop de fresa
mi pajarito flaco, mi amuleto,
mi lagartija y mi estrellita y todas
esas gilipolleces tan chulas y tan cursis
que nunca he dicho a nadie, ni diré.
Tú no decías nada porque estabas
completamente boba a la merced de mí,
y me mirabas con un placer hipnótico
que no he visto jamás en mis mujeres,

en ninguna.


II.

Según Garnier Malet,
cada estrella que habita el universo
tiene su estrella doble.

Ahora mismo, ahí fuera
hay un exoplaneta donde te amo y soy
un tipo muy feliz porque en mi exomundo
soy exclusivamente tu maromo,
y no soy ni casado ni soy manager,
y no tengo
un perro y un jardín
ni una madre enojada que me llama
muy en mayúsculas cabrón por pretender mandar
mi vida a tomar vientos por conseguir tu amor
ni soy papá de nadie,
y tú no estás enferma y no hay ningún
tumor hijo de perra que te haga la putada.

Solos: tú y yo,
queriéndonos.















miércoles, 13 de diciembre de 2017

Okan* para dormir a una Yalodde.






I.



Siempre supe que nunca me querrías.

Siempre supe que no serías mía
ni aunque yo le prendiera fuego a toda mi quinta
y recapitulara una corona y un trono a tu medida.
Nunca serías mía, ni aunque yo le ofreciera
mi corazón brincando, todavía,
y todas las novelas que aún no he escrito
a una legión de tribus invasoras,
ni aunque yo me entregara en sacrificio
a los dioses, los nuevos, los antiguos
con un salto del ángel,
que hubiera hecho historia, desde el Niágara.

Tú nunca me querrías
ni aunque el "Cierva dorada" regresara
desde la misma muerte victorioso.
No me querrías jamás
ni aunque yo en gallardía le ofrendara
a Yemayá Olokum* desde proa
palomas y guirnaldas de miosotis,
opeles y pulseras de esmeraldas
al despuntar el alba.

Tú a mí no me querrías, me echarías
de una patada a la maldita calle
si un día me encontraras al regresar del super
exponiendo mi amor en tus portales
porque las musas son solo eso: musas.
Y aunque nunca cediste tu aquelarre
a mis cuitas y llantos de guerrero,
(el miedo a ciertos brujos debilita, como un acorde frena los desplantes
asesinos que guían a las fieras)
yo siempre quise,
amor que dios y el universo se empeñan en negarme,
contigo hacerme tanto, tanto daño.

Y no tengo el coraje de olvidarte.



II.



Ahora ya llevo dentro tu veneno
y no hay ningún antídoto que calme
los temblores y el frío traicionero,
las fiebres que producen
los delirios oscuros, los cobardes.

Ya nada puede contener el frío.
Mi cama, todo el piso
es un páramo blanco que me deja
paralizado, listo
para  ese festival
de esculturas de hielo que se celebra en China.

Que ingenuo fui al pensar que mi palabra
podría darte el mundo,
que el mundo contenido en esos mundos
en los que yo pasaba
tantas horas evadiendo los míos
cumpliría el milagro de embrujarte.

Pero mi amor jamás podría embrujarte
porque todo mi amor (y mire que yo gasto una pasión
a prueba de catástrofes nucleares),
se moría a dos pasos de tu casa;
tú "Frozen" siempre aparecía y lo mataba
con su vieja katana
ojo de tigre
por más que yo fletara
misiones imposibles a los fiordos
nevados de tu cuarto.
Mi amor no te hace bien, más bien te mata.



III.



No más cantos de amor, no más martirio.
No más cuencos de miel
ni wemileres*
desnudo en tus solsticios.
No más naves galácticas,
Yalodde*,
violando tus espacios protegidos.



IV.


Te concedo, Yalodde que sostienes con tus himnos
los caminos de dios hacia mis selvas
ese silencio fantasmal que pides,
pues como bien alegas,
ninguna balacera de este mundo puede alcanzar el aura de un difunto
aunque eso signifique que padezca
la violenta condena de morir
bajo ese terremoto que es tu ausencia.

Todo se calla en mí si quiebras en pedazos,
con tu exilio de sedas coloridas
tapiando las ventanas de tu cuarto,
el islote a lo lejos y los barcos
que pueden conducirme
al país de la gracia de estar vivo.

Déjame,
déjame, amor, al menos
un trocito de luz en la ventana
para poder mirarte
cuando vuelva a sentir que estoy muriendo.










Glosario.


Okan: Tomado del término yoruba lucumí "Oka- kan", lazo sentimental indestructible, de corazón a corazón.

Yalodde: uno de los nombres por los que se conoce a Oshun, hija menor de Olodumare y diosa del amor, dueña del río y de la fertilidad. Sus devotos suelen ofrendarle miel y dulces aderezados con canela.

Olokum: hace referencia a Yemeyá Olokum, dueña de las profundices marinas y madre de la creación.

Wemileres: celebraciones en honor a las deidades yorubas africanas.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Ensayo sobre los martificios y las perlas, y los hombres que pierden muy a menudo los paraguas.




[...] Las musas hacen cola frente al templo de tu virilidad.Te invocan con paraguas y con perlas.Te cantan su estación de martificio(ya sé que no existe esa palabraes mezcla de martirio y maleficio)pero cuántas se mueren en tu nombre [...]
Eva Lucía Armas,  en ""Pececito Islero"






Me encanta Martificio.

Comenzaré aclarando que ya tengo una musa que es usted. Aunque musa no es la palabra correcta para definirla. Musa es una palabra muy lejana, de esas que aparecen cuando un artista está en la banca rota literaria. Sí. La musa es, además del comodín del público, la justificación que el escritor se inventa cuando está falto de recursos o no lo hace todo lo bien que debería:

"Qué le vamos a hacer, querido público, lectores, familiares y amigos, hoy no he escrito ni una maldita sílaba. La culpa es de mis musas, totalmente, que anoche se me fueron de copas y al parecer hoy están indispuestas".

De ninguna manera podrías ser solo mi musa. Tú no vienes a mí cuando te llamo en medio del naufragio: tú estás dentro de mí y yo te llevo entonces, siempre, a todas partes, incluso a mis naufragios. Puedo entender ahora por qué esas muchachas, pobres musas, hacen cola en la puerta de mi casa armadas con paraguas y con perlas. Es posible que sepan mi nula relación con los paraguas. O soy muy despistado, que lo soy, o la lluvia se niega a abandonar la atmósfera sin coquetear conmigo, porque cada paraguas que yo saco a pasear se me olvida en el metro o en cualquier otro lugar de paso. Sí, debe de ser por eso que ellas se empeñan en  llevar paraguas.

Qué puedo yo decir ante esa ofrenda, que una auténtica musa no llega de ese modo a la vida de nadie, sino como usted llega.

Era verano, creo, porque yo estaba en boxers al borde de la cama leyendo aquel poema, tu poema, aunque en tu latitud seguro que era invierno. Creo que ya lo he dicho alguna vez: hacía años que no latía con tanta desesperación (aquel galope no se trataba de una simple fuerza avanzando campo a través y punto)
mi corazón.

Me temblaron las piernas. Tal vez esos temblores se debieran a que  hacía unas semanas, yo había convocado a dios para rogarle me cumpliera un deseo: dije dios, enseñame el camino. Quiero ser un poeta. Debo de estar muy loco, porque aún sigo pensando que tu poema y tú son la respuesta.

En cuanto a las perlas que también llevaban esas jovencitas, esta mañana supe que se las habían robado a su auténtica dueña: Mara.

Habrá que rescatar todo el alijo y partir, lo antes posible, hacia Legendero. Mara no es Mara sin su collar de perlas.

Y ahora, lo que te prometí cuando nos conocimos. Dije: soy un poeta pésimo. Pero te juro por dios que voy a cantarte con todas las fuerzas que me deje el corazón.

Te puedo asegurar que el mío tiene la misma fuerza que los terremotos de alta intensidad en la escala de Richter:

Fuerza 5.


No blasfemes, mujer, te lo suplico.

Que no digan tus miedos que tus jueves eróticos,
se han convertido en días insalubres.

Yo te dejo,
mi *Salambó terrible, si te place,
porque no fuiste nunca una mujer de imposición sino de libre vuelo,
que abordes el lenguaje a pura bomba,
jugar en mi regazo de hombre fértil
a tejer con tu pelo martificios
y paraguas y perlas a tu antojo,
te dejo
me reinventes
y que vueles
conmigo hacia la Atlántida.
Vayámonos a Persia,
corramos a Bombay,
a Antioquía
(o inventanos si quieres un destino
donde no hayan volado todavía
ninguna de las aves de este mundo).

Yo te dejo,
que trences mis arterias a tus himnos
hasta hacerlas sudar
y que viajemos
queriéndonos al centro de tus gritos.

Le cantaré boleros a tu sombra
y tatuaré en tu espalda con mi lengua
ese cuento de amor que no termina:
la historia en que retorna,
mi Salambó rabiosamente bella,
a ti toda la fronda
y esa luz fervorosa que atraviesa,
como un cordón de oro magestuoso
el vientre florecido de las hembras.

Te juro por mis muertos que este Tántalo
no moverá ni un dedo mientras danzas
ni invocará, prometo,
las rutas de escapada de Houdinni,

pero no jures nunca,
mi Salambó norteña
de esmeralda,
mi arrebato, mi amor a los cincuenta,
que tu erotismo huyó de madrugada
en su Cadillac negro a otras praderas.









Glosario:

Salambó: No hace referencia a la novela de Gustave Flaubert, sino al nombre que los fenicios dieron a la diosa Astarté, diosa de la fertilidad, el amor y el erotismo.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Jet lag.










¿Vas a sacar mi corazón del freezer y la Ziploc,derretido y vivaz, como fue antes de que le sucedieran sus tragedias?


Eva Lucía Armas.







Amo la diferencia horaria que sufrimos.


Saber que mientras duermo
escribes para mí es tan espiritual,
tan excitante y a la vez tan peligroso
para un señor que hace ya mucho años
dejó de amar en serio,
que he de apagar integramente mis circuitos
como los autos en la gasolinera
por temor a prenderme, involuntariamente, al repostar
si es demasiado sexi el octanaje.

Todo lo que suceda
a partir de ese instante en mi mañana
tendrá el mismo color e intensidad
que los versos que brotan como un mar caudaloso
de tus manos.

El mar,
siempre es el mar,
el misterio del mar lo que nos une
y trae del nuevo mundo
tus cápsulas de amor embotelladas,
las quejas de una reina
que llora en el balcón de su atalaya
como si se le hubiera roto en un instante
su kalazar de agua.
(yo no tengo remedio,
vuelve el agua,
es siempre el agua, amor, la que me llama)
No es la Diva del verbo la que aulla
su rock and roll colérico en mi playa,
es la reina del mundo, porque ¿qué es el mundo, si no,
viva palabra?
Y fue por la palabra que yo volví al amor.

Yo quiero consolarla,
pero Dios no incluyó
la llave de su alcoba en mi llavero.
Tengo fe en que el oleaje
le devuelva,
al hombre de neón que salvaguarda
la contraseña WiFi de sus reinos.

Los días que no hay carta,
quiero que algo violento,
una nave marciana de repente en mi cuarto
un cataclismo
un huracán
tu olvido,
me devore.
Y me bajo del mundo
y me paso la noche,
revenido*
colérico
llorando por las ramas a lo Shakespeare
como un pájaro mustio,
interrogando a dios
como lo hacía la reina al borde de mi playa:

¿Vas a ser tan cabrón,
señor, de arrebatármela?

Finalmente,
una noche de esas que la gente
llama noche cualquiera,
Dios resurge del agua,
como un astro.
Me trae tu corazón como si nada
y me lo deja, como una ofrenda mística
saltando estremecido, gimoteando,
sobre la arena húmeda,
como una sub-especie marina indescubierta:

No dejes que se pudra. —Dios me ordena.

El mar se multiplica sobre dios,
lo engulle y, de repente,
comprendo que los ciclos de preguntas
han llegado a su fin
y que estoy preparado para hacer
esa única cosa que se me permitió
traer desde el naufragio de mi mismo:

Levantar de la nada un *Diente de Faldar
donde mi Bambi de especie indescubierta
pueda ponerse a salvo de los lobos.

Crece mi fortaleza
y mientras crece
el trailer de mi vida va en crescendo
trenzado a los pilares
de metáforas
ante tu corazón, omnubilado en su ziploc campeona de lo hermético,
y Bambi indescubierta de avellana,
ida completamente de este mundo
con mis fábulas
y mi cháchara tibia de abuelito de Heidi
empeñado en salvarla
de la nación del hielo,
se derrite y se hace, al compás de mi historia,
de almíbar en su cama.

Ya no le hago
más preguntas a Dios ni me las hago.

Entiendo que a un arcángel no le está permitido
follarse a un corazón convaleciente guardado en una ziploc.

Mientras descubro
que elixir debo darte
para que el corazón no se te pudra
bebo tu sangre...

entera.

Hoy nada va a pasarme
si marcho a trabajar
contigo
desbrozándome las venas.







Glosario.

*Revenido: ni idea si este vocablo existe. Para mi abuela sí, me lo decía cuando me enfadaba y no había dios que me hiciera entrar en razones. Entonces ella decía: "el marqués está hoy revenido".

*Diente de Faldar: Fortaleza de combate que aparece en el vídeo juego 'The Élder scroll" y está ubicada en la comarca de la grieta.






jueves, 16 de noviembre de 2017

Santa Lucía (Paridas en la noche)





¿Y de qué hablaremos hoy en Paridas en la noche? Pues de lo que a mí me de la gana, que para eso es mi espacio. Luego ustedes son libres de irse o de quedarse a leer mientras beben el primer café de la mañana. Agradezco a los valientes que han elegido la segunda opción, y no se preocupen los que han optado por la primera que ya los he mandado, definitivamente y de antemano, también, a la puta mierda.

Uy..., qué tío mas borde, dirán los agrupados en la primera opción. Buena señal, porque eso significa que aún me están leyendo y que están a punto de convertirse en mis lectores potenciales. Y eso no implica que yo sea un buen comunicador, que va. Es que son todos ustedes muy cotillas.

No. Aún no he revelado el tema a tratar en cuestión, les pido sean pacientes.

¿Hola? ¿Ya se han hartado de mí, pandillita de la primera opción?

¿Siguen ahí?

Pues bien, mil gracias.

Nada, que mejor dejamos lo del tema a tratar para otro día, no me encuentro muy bien. He dormido fatal, a saltos. Si me he levantado es porque a mi jefe le da igual que uno se haya despertado con estos bahídos de campeonato y con el estómago como si se lo hubieran metido en una bolsa de plástico y subido a empujones al Dragón kan. Ay, yo solo tengo ganas de quedarme aquí en mi cama hasta que se me pase la borrachera no, el asunto es aún más grave: estoy enamorado.

Sí. Esa misma cara de susto puso mi mamá, Gladys, tras oír mi confesión.

—¿Y de quién se ha enamorado mi pichón esta vez?

—Mamá, no seas tan chismosa.

—A mí me lo puedes contar que para eso soy tu mamá.

Eso era lo que Gladys me decía cuando yo cursaba el bachiller. La loca de mi mamá no se acaba de enterar que hace mucho que me gradué, con matrícula de honor y todo: treinta y picos de años.

—Ay Juan, con lo bien que a mí me cae Claritza. —soltó Gladys. Así, toda emocionada ella.

—Pues no es Claritza la culpable de este sufrimiento.

—¿Ah no? ¿es alguien del barrio?

—No. Es argentina.



—¿Argentina, argentina de la Argentina?

—¿Mamá estás sorda,o qué?

—Ay nene, argentina no que son muy empalagosas.

—Pues ésta no.

Y me salió un noooooooooo terrible, cayendo dramáticamente a lo Gardel, o como una canica, cuesta abajo en la rodada.

—Maricón ¿tú estás llorando por esa mujer?

—No. Es que me encuentro fatal del estómago.

—¿Y ella sabe que tú la quieres?

Nada, mi mamá es así de bretera y prefiere saber los pormenores de mi drama amoroso, antes que los pormenores de los vaivenes de mi estómago.

—Pues claro que lo sabe, Gladys. Tengo toda la maldita red infestada con versos de amor y gilipolleces ripipis de toda clase.

—Ah... ya. Pero ¿tú le gustas a ella?

Sí caballeros y señoras, bueno y señoritas, aquí no se discrimina la condición de nadie. Tal y como Gladys me lo preguntó me fue imposible no retrotraerme a esos días en los que yo era una rata de instituto y la peña, la mía, iba por ahí pintando corazonsitos ensartados por flechas en las puertas de las taquillas y de los baños.

—Bueno, ella dice que me quiere, pero ni idea de hasta que punto. Y me dice cada cosas.

—¿Malas?

—Me piropea.

—¿Cómo dices?

—Que me piropea como le da la gana, Gladys: que si mi hombre hermoso, mi pescador intergaláctico, capitán de mi alma.

—Ya lo decía yo que siendo de donde es iba a ser una empalagosa...

—Ay  Gladys, no digas boberías que a mí esa mujer lo que me tiene es loco. Ganas que tengo de salir corriendo para el aéropuerto y no parar hasta que el taxi llegue a la puerta de su casa.

—¿Y es por eso por lo que tú estás llorando, eh, mi'jito, porque te vas para allá con ella? Ay mi'jo yo también lo voy a extrañar mucho a usted.

—Más quisiera yo, mamá. Te lo juro por papá, en gloria esté.

—¿Y entonces?

Ya no colaba la excusa del estómago, así que ni me molesté en aclararle a mi mamá por qué lloraba en modo avión, de espaldas a ella, a moco tendido y sin hacer ruido. Pero a ustedes, lectores de esa primera opción, se lo voy a contar solo por el esfuerzo que han hecho para llegar a la recta final de este sarao:

"Porque el amor es un asco. Y a mí lo que me va es el puterío".







viernes, 10 de noviembre de 2017

Ciudad Hanamachi.








Últimamente estoy bastante cabreado. Mis amigos se afanan en conocer cual es el detonante de tanta mala leche, como si no supieran ellos que yo solo tengo una mala batalla que librar en esta vida, o un mal karma que convalidar..., ustedes pueden nombrar y hasta catalogar mi dolencia como mejor les plazca, yo suelo resumir su concepto en una frase corta: el amor es un asco. Totalmente. Al menos el que yo estoy padeciendo por estos días.

Un asco y una putada, oigan, ya les aviso que enamorarme tal y como estoy ahora (hasta las trancas) me viene fatal para escribir. No es que uno no sepa, es que yo no puedo escribir cuando estoy muerto por los huesos de alguien, que es diferente. Me entra una bobería... Para que yo logre unos versos decentes a mí me tienen que estar llevando muy lejos mis demonios.

Y que a mí me lleven los demonios no significa, ni muchísimo menos, que yo sea un escritor maldito. La maldición dejénsela a Bukowski, que ya uno tiene bastante con hacer el ridículo. Imaginen ustedes el percal al teléfono:

—Cariño, quiero ser tu bufón. —completamente salido.

Y ella del otro lado:

—Ay por dios, un bufón no —en un tono enteramente recatado y sensato—, en todo caso príncipe, mi príncipe Carlos.





Lo que si tiene un rollete tela de maldito son los horarios tan intempestivos que mis versos eligen para manifestarse: 3:00pm, 4:45pm, 5:00pm, 5:45 (cuando solo faltan quince minutos para que suene el despertador) pm.

Como han podido ustedes apreciar, todo acaba en p.m, y esos "pe" y "emes" a su vez van precedidos por una serie de sueños, por que así se suceden, en serie y en oleada como los crímenes, con la amada en cuestión. Unos sueños muy de p.m (puta.madre) por su alto contenido en rombos:

La escena onírica transcurre en un campo de amapolas. Todo es, como en el cine mudo, gris e incoloro, amanerado, etéreo, ...

En un vocablo: RIPIPI.

Yo en boxers y ella de geisha, pero sin kimono, en pelota picada, ataviada con el tocado y el maquillaje —pálido— representativo de las maikos, montada a horcajadas y en flor sobre mi espiga, muy cálida, por no decir caliente como las palomitas de maíz cuando están en su punto kaboom, toda ella un shamisen quebrado en coletazos sobre mí, su lengua y su boca dibujada con un lápiz labial hecho de pétalos de cártamo, según la tradición, recolectando los espasmos quebrados que se suceden en mis labios. Sí, también lleva los dientes maquillados de negro, que iba de p.m con el costumbrismo japonés de entonces, pero que a los europeos del hoy y aquí y ahora nos da un yuyu que pa' qué.

Sí, siempre-siempre, acabamos de la misma manera. Justo cuando ella está ahí en sus cosas, en su orgasmo, con los ojos en blanco y la cabeza descolgada, sumisa cien por cien y despoblada de toda fuerza opuesta a mí, le digo apasionado: cariño, quiero vivir contigo, gilipollas que soy. Cómo es posible que a estas alturas yo no sepa que decirle a una piba "quiero'" no es otra cosa que imponer en el lenguaje femenino, y eso está penado con el cierre de las capitulaciones de la relación. Cada vez que suelto ese gab, me despierto..., con el maldito infierno entre las piernas, que es al fin y al cabo lo única cosa que a mí me une con los escritores malditos.

Ahora, intenten rememorar el sueño y hacer con los detalles un poema. Según todos esos gurús que se dicen poetas o literatos,  es cuestión de cojer cuatro o cinco vocablos distintos y armar el puzzle  (un segundo, rebobinemos, porque antes de llegar a este punto hay que apagar el fuego de Romeo). Bien. Pues  ya que el fuego está bajo control, ya les doy yo la licencia para que les disparen a matar a esos señores. El truco está en hacerlo sin que al lector le suene obsceno, cursi o banal, o todo junto.

Seré franco, porque no soy gurú ni me interesa. En realidad lo único que conseguí con la evocación fue, según mi mamá , Gladys, puras cochinadas. Así que, si alguno de vosotros se ofrece a regalarle un poema erótico, erótico y sin pasarse, a mi piba, no me pondré celoso, palabra, soy un tipo moderno, pueden dejarlo en la caja de comentarios. A ella le va a encantar.

Tengan mucho cuidado, porque mi piba entiende un huevo de versos y no va a conformarse con las sábanas calientes del sábado noche.

Bueno, creo que ya va siendo hora de cerrar el chiringuito. Sintiéndolo en el alma, es lo único decente que servidor puede ofrecerles para pasar el rato. Y por orden expresa del rey, que soy yo, les comunico oficialmente que hoy: no-hay- poema.

Ahora he de irme a la cama. Tengo el maldito sueño atrasado.






viernes, 3 de noviembre de 2017

Un Tritón en Borneos.





La noche es el mejor regalo que el universo le ha entregado al hombre. Si usted tiene problemas vaya a la cama, cierre los ojos y deje sus angustias e imposibles en manos de la noche. No piense, duerma.

No sé si este consejo forma parte de la guía de trucos para vivir mejor que el escritor y director de cine, Alejandro Jodorowsky vende a sus seguidores. Lo que si sé es que a mí me funciona y es, exactamente, lo que hago. Cuando estoy en apuros entro en fase REM. En sueños he sido Marco Polo, Sir Francis Drake, el Sombrerero loco de Alicia —la Alicia de ese maravilloso país que ustedes bien conocen—, Ulises... (Ulises treinta y uno no, les hablo del auténtico Ulises: Odiseo).

Creo dejar bien claro en mi alusión a tanto personaje histórico y de novela que me dedico a la literatura, también de ficción. De modo que cuando regreso de mis viajes astrales lo hago con la certeza de contar con un archivo rico en imágenes listas para desarrollar. ¿Usted? Pues a saber. Ya les he dicho antes que no soy Jodorowsky. No tengo idea de como va el lenguaje del tarot ni me dedico a interpretar los sueños. Lo que cada uno cree mientras duerme es su responsabilidad y su problema.

Muy bien, pasemos a otro tema. En lo absoluto me apetece continuar rajando de Jodorowsky. Eso es publicidad y eso se paga y, precisamente, Jodorowsky no va entrarle de a pleno a mis asuntos personales: eso se paga, también, antes de que uno se tienda en el diván de Jodorowski; así que si no les importa ya le doy yo matraca a mi nuevo problema: el mar, el escenario donde transcurre mi sueño.

En esa secuencia desdoblada de mis tantos "yo" que tiene lugar mientras navego en fase REM, soy un tritón tirado al abandono en una playa. En realidad da igual la ubicación del paraíso. Lo importante es que yo, un tremendo ejemplar de tritón, un neptuniano, espero a la mujer de pan y de jengibre que siempre me acompaña en mis movidas con Morfeo; como también importa que ese gigante mitológico de fondos misteriosos en el que me he convertido reconoce, sabe, (mientras permite que el sol castigue su torso modelado a puro Gym y a dietas desabridas, y que malogre su kiki de "Pitingo" con sus peligrosos rayos), que el océano nunca traiciona. El mar devuelve siempre los deseos, las quimeras de amor, los besos imposibles, los trajines de cama del pasado y hasta los más sórdidos encuentros cuerpo a cuerpo que tendrán lugar en el futuro; siempre que los deseos se proyecten al agua desde nuestro lado más espiritual.

En consecuencia a esa conexión universal que atañe al alma de los hombres pido al  mar un destello, una llovizna, un rayo..., lo que sea que me hable de la mujer que espero y el mar, generoso, la trae a mí a bordo de un catamaran. Y así de pijotera, la mujer de mi historia entra de lleno en mi campo de visión. A una velocidad de treinta nudos el catamaran que la transporta  rompe la línea que parte en dos los mundos, el marino y el místico, a esa hora de la tarde desdibujada en el horizonte, casi ausente. Desde la orilla, grito su nombre en clave. El que solo los Argos y las criaturas que habitan en los fondos de la *"Pequeña y Grande Sirte", guardan en su memoria: el sonido vernáculo del nombre de la mujer de Adán (la segunda) y Eva desembarca vestida con aquella versión de desnudez  amaderada que dios le hizo llevar en el edén. Todos los artilugios y detalles que aparecen en la escena que cuento son de mi pertenencia: el mar, los pájaros, esos malditos peces fishívoros que merodean por la orilla amenazando con cargarse a mordiscos mi cola. Dios no. Dios no pertenece a nadie. A Dios le ruego que para nuestra cita Eva traiga solo un complemento para cerrar su look natural,
tres o cuatro flores acordonando la isla irresistiblemente y rebelde, de su inquieto tobillo. Pa' qué quiere uno más, si ya dios, que es en realidad quién dirige la empresa sentenció: irás desnudas, Eva. Así que adjudicado: AMÉN.Y sus manos que saben del milagro de generar la vida en cualquier tierra, le ofrendan a mi cala un universo de palmeras donde tumbamos presurosos, muy juntos, bajo la sombra raquítica que brindan las palmeras caribeñas, mientras ella me pone los dientes bien re-largos al confesar que aún me escribe poemas, cada noche, con la tinta invisible que solo puede leer mi corazón, porque el loco de dios se olvidó de dejarle un cuaderno y  bolígrafos para matar las horas en su isla desierta.

A lo lejos, oigo cómo me llama su voz de siempre-niña: "hombre hermoso, hermoso y capitán. Mi protomacho". Y yo me pongo loco de contento, eufórico. Suelto y sin vacunar como el ganado, aunque no se me nota porque no tengo en este sueño mis dos piernas que propician el levantamiento en armas de mi tercera pierna cuando una mujer como Eva me llama dulcemente hermoso y protomacho. Que un macho sufra un cataclismo sexual al saberse elogiado, piropeado, por una mujer es normal en todas las especies, menos en los tritones. No sé que conchas andaría haciendo Zeus en el momento en punto de mi alumbramiento. Supongo que una labor entretenida, (ganchillo no) para no darse cuenta que ese tercer punto de apoyo tan viril brillaba por su ausencia en el vástago de su querido hermano Poseidón y su cuñada Anfítrite. Zeus no supo verlo y si lo vio queda claro que decidió pasar olímpicamente de colocarme en alguna parte de mi exuberante cola mi arma de combate. Sin embargo, Eva sospechó aquella ausencia de una sola pasada y de inmediato quiso saber que ocultaba el moderno pareo que me cubría de cintura para abajo en mi intento de esconder mi amorfa condición de hombre incompleto.

—Lo siento, pero ahí lo que hay es una cola. Nada más —digo a Eva con pesar.

—¿Y para qué necesitas una cola de Tritón? pregunta ella, también con una alta dosis de pesar.

—Bueno, puedes sacarle brillo a las escamas con una bayeta y usarla como espejo. —le respondo para salir del paso. Mi madre siempre anda limpiando con la bayeta arriba y abajo y mientras lo hace escucha boleros y a su vez los canta por lo que deduje que si mi madre era feliz con su bayeta , Eva también podría serlo lustrando mis escamas en lugar de dedicar su tiempo libre a saciar su deseo evolutivo de apareamiento.

Como si no supiera ella que a nadie más que a mí, el protomacho, le ofende hasta lo más hondo la putada de la cola.

Es la primera vez desde que soy Tritón que una mujer me llama protomacho; protomacho y a boca llena: hermoso. En otro afer marino, otra mujer, quizás una igual, una sirena, yo habría respondido a su floreta aludiendo que todos los tritones, los neptunos y el resto de la peña mitológica, son siempre hermosos.

¿Y cómo si no íbamos a ser, mujer?

Pero es ese otro "hermoso" al que ella hace referencia: "sos realmente hermoso, mi capitán, hermoso el corazón y hermosa la palabra","hermoso..., hermoso y mágico", bogando en su saliva con el lento vaivén que derraman las barcas cuidadosas que entienden de naufragios, temerosa su voz de que la barca hecha con los sonidos de mi nombre en clave, el verdadero, ambos sabemos que jamás fui presidente de ninguna nación más que de la República Independiente de Mi Cuarto, acabe por hacerse pedazos al encontrarse de súbito ante los arrecifes claros de sus dientes, y finalmente: "sos tan hermoso John, John con la "h" donde te dé la gana, pero yo necesito un hombre y vos no sos real" (un vos no sos real en argentino puro y claro), aunque es verdad que "sos mágico, un ser de otro planeta tan mágico como la misma magia".

Es ese carrusel que va pitando por su feria: hermoso-mágico-irreal, lo que me hace desear ser bípedo. Con gusto pactaría con el primer Mefisto de mi pueblo si él pudiera dotarme con un buen par de piernas.

Mi alma por dos piernas.

Las necesito para reconocer que este sueño no va de mi regreso al mar:  no se ha marchado nunca este Tritón y continúa frente al mar tatuando rosas de Borneos sobre su vientre de Eva, que nunca fue de Adán.












Glosario.

*Pitingo: presumido en calò.

*Pequeña Sirte: en las costas del norte de África existen dos bajíos muy famosos, la Sirte Mayor, en el golfo de Sidra, Libia, y la Sirte Menor en el golfo de Gabes, Tunicia. Se trata de zonas de poca profundidad, muy peligrosas para la navegación.

jueves, 26 de octubre de 2017

I love you more than you'll ever know.









(*La morte è il mio mestiere)

Me iré. Ella lo sabe.

Ella intuye que un día marcharé.

Para cuando eso llegue,
ya habrán crecido tanto sus cabellos
que tendrá que trenzarlos
para no entorpecer la gloria de sus pasos.

Solo entonces me iré.

Nadie,
nada me ha hecho sentir tan vivo, tan humano
tan romántico, es cierto,
preocupado por mí y por el futuro,
tan dichoso,
como cuando ella me entrega en un temblor
un trozo de su estrella.

Ni tan estúpido
por no poderle dar mi identidad.

Mi todo.




****





A ratos quiero ser ese gran hombre
tan hombre, para darle
lo que ningún gorrión
sin pico y sin sombrero supo darle,

muy hombre,
para sesgar de un tajo a quien sesgó su amor
porque ella ya no apuesta
por el amor del bueno,

tan hombre
para vivir con ella el paso de sus días,
hombre
para sentir el peso de mis huesos en su espalda,
dormir a sus espaldas
y en su espalda.

Me angustia que no pueda ser tan hombre
como para acallar estos anhelos,
que ella no me perdone
jamás este arrebato.


Pero no soy tan hombre ni ese hombre,
al menos ese hombre de mi anhelo,

ese hombre que sueña con mirarla
en vivo y en directo
haciendo algo sencillo:

Un café,
bailar,
reír,
porque bien sé le gusta
a ella reír como los cascabeles,

peinarse los cabellos orgullosa
mientras yo hago de espejo.

****




Yo te amaría tanto, reina de mi palabra y de mi mundo.

Te amaría tantísimo,
que no querrías despertar jamás de ese buen sueño.

Pero Dios te ha enviado
25 aguaceros,
25 tormentas
más a tarde a mi diluvio.

Y me la estoy jugando,
bien sé que me la juego.

No me pidas que pare.

No me digas que calle en esta noche.

Yo te estaría amando hasta que el mundo
dejara de girar y amaneciéramos
en otros cuerpos
y en otras realidades.

No me preguntes
por qué por las mañanas me despierto
y repito tu nombre
como si fuera un salmo que me cura.

No me preguntes cómo puedo saber si lloras
si respiras,
si te muerdes las uñas de soledad o rabia,

ni yo mismo lo sé.


No preguntes,
por dios,
no sé lo que me pasa.

Voy a tener que irme.

no me pidas que calle.

Ya sé.

Después de esta tormenta
voy a tener que irme para siempre.

Y no quiero marcharme.

Y bájense del carro,
los que no entiendan
lo que yo estoy viviendo.

Vas a matarme, sé que vas a matarme
amor,
por este atrevimiento.

Dispara. Dispárame si quieres.

Dispárame a-ma-tar.

Hace ya mucho tiempo que me he muerto
de no encontrar,
de no encontrarme yo y no encontrarte
desesperadamente sobre el tiempo.

¿Crees qué no me hago daño por no darte mi voz?

Mi verdadera voz.

Pues me- lo- ha-go.

Yo me daría todo por entero...

si pudiera.


***



Déjame que te ame, déjame
que te quiera sin rostro y sin señales.

Aunque tú sabes tanto como yo:
te lo enseñó tu papi;
lo que cuenta es el alma.
solo ella prevalece y mi alma es tuya entera.

Ten la seguridad.

Te voy a decir algo:

Yo nací un 21 de septiembre,
del 69'

Según cuenta mi madre,
no pataleé ni un poco por vivir.
Me sacaron con fórceps
y llegué bien dormido
en aquel paquetito, intacto,
que los doctores llaman bolsa amniótica.

Me gustan los otoños,
el jazz
y soy vegetariano.

Soy de espacios tranquilos.
No me gusta la bulla.

Me matan los boleros.

Fumo como los locos y es un lío
mi enfermedad se queja.

Soy muy antisocial, bien solitario.

Creo que estuve muerto desde entonces
hasta que "Ultra" vino a rescatarme.

Te dije que tenía una semana
libre,
como el viento,
pero lo que no dije
es que en esa semana iba a amarte, tantísimo.
bueno,
te amo todos los días,
desde que tomo el metro a trabajar
hasta que el día acaba.

Y siento que estás cosas te hagan llorar, mi cielo.
Hoy yo quiero que llores por todos esos días que no has llorado nunca.

Pero luego no—más.

Déjame que te quiera,
te lo pido.
Aunque
solo sea
en esta madrugada.

Jueves. 2:46 
de la noche.


***


Qué herejía decir que tú me faltas.

Tú me acompañas siempre y reconoces
entre todas las cosas
de mi mundo
lo que en verdad no tengo:

Esa voz que trajiste a mi mañana,
magenta era su aura
y su cantar de trueno.

Por ti fui desnundánme de a poco
con un amor tremendo,
todo el que nos faltaba.

Y fuimos tan auténticos...

tan hombre y poderoso fui en tu nombre,
que a los dos nos miedo.



****



No se escribir de amores.

Al menos de ese amor calculado y ripipi que conocen algunos.

¿Revolcar la melena mientras amo?
Perdóname, pero no es algo que me éxite.

Siempre cierro los ojos
hasta que Dios despierta y me recoge
en un acto sublime.

Me vuelvo religioso, una barbaridad,
cuando llega mi muerte.
Aunque Dios no se asusta si le invoco entre gritos.
Ya estará acostumbrado.
Y como es Dios, ya sabe,
que ese grito de muerte no es mi muerte.

Mi muerte es otra historia:

Estoy en ese sueño,
desnudo y sobre tí,
en el que mi cantar penetra y sale
de tu capitanía
en lenta procesión espiritual.

Te digo tantas cosas.
Esas que nunca digo a nadie.

Las voy sembrando al borde de tu boca
con la paciencia de un viejo jardinero.

Mi muerte...

Mi muerte es descubrir
que es solo un sueño.

***


¿Matarte? 
Nunca pude.

Matarte no está escrito en mi manual
del sicariado
porque el amor, mi amor 
por esta sed de tu palabra
es algo indestructible.

Créeme cuando digo: 
Tu palabra es amor.

(Esto no es un poema, 
ya te haré varios, muchos. 
Y nadie, ténlo claro, 
va a arrebatarme, amor ese placer)




(Del poemario inédito "Sicario")




jueves, 19 de octubre de 2017

Mi vikinga y yo.






A todo solitario Dios le entrega una espada, un amuleto o totem destinado a paliar sus males terrenales. En mi caso, Dios no tuvo piedad con su asignación.

Quizás consideró que de nada me serviría un cáliz de fuego, el santo grial o la credencial de honorable templario en relación con la cualidad gratuita que él me entregaba. ¿Qué utilidad tendrían esos objetos para un hombre de mi tiempo cuya misión en la tierra era hacer frente a la palabra y, sobre todo, demostrar al resto de mortales que era merecedor de ella? Mi cruzada literaria era tan sangrante  y desafortunada sin el conocimiento y amparo de la técnica, que en nada se comparaba al infierno corriente de los hombres.

Pero antes de que me lance a despotricar como un loco enojado sobre la mala gestión empresarial sobre el destino de este hijo suyo que soy, debo aclarar que él nunca se digno a hacer patente su presencia en mi cuarto en ninguna de las tantas ocasiones en las que lo invoqué, valiéndose en su aparición de todas esas artimañas que él elige, según los iluminados, para manifestarse y dar respuesta a mi pregunta:

"Dios ¿por qué me revelaste tardíamente mi habilidad para poetizar?"

 Y por qué, debió preguntarse dios, iba él a molestarse en hacer un hueco en su universal agenda para responder a aquello que yo hacía rato ya sabía. Que a los veinte, mire usted, andaba yo muy ocupado en consolar a las prójimas, como buen cristiano, con altas dosis de "amor" allá donde podía amparado en el apagón general que se producía en la Habana. La ciudad se convertía, literalmente, en la boca de un lobo entre las 8:00 de la tarde y las 12:00 de la noche. Qué me iba a importar a mí la recompensa espiritual que conllevaba versar, teniendo cerca tanto consuelo carnal al que echarle mano.

Volviendo a las habilidades que Dios reparte (sortea) entre sus hijos, la mía —escritor en potencia— venía a ser un ragnarök durísimo. Ninguno de los que poseemos el don de revelar historias llega al mundo con el manual de estilo calzado entre las piernas. Truman Capote invirtió una buena cantidad de tiempo en dotar a sus diálogos de una realidad creíble. Y para lograr su fin, Truman, transcribía textualmente las conversaciones que mantenía con aquellas personas con las que se cruzaba a diario. Pues dejenme que les diga que yo no he sido capaz de llegar a tanto, aunque confieso que ganas no me han faltado. Cuánto me alegro de no haber sido uno de esos vecinos a los que Truman mataba a pregunticas limpias, enmarcadas en no sé qué sórdidas y comprometedoras temáticas.

Para escritores tan potentes como lo era Truman Capote, la habilidad se convierte en un látigo inmisericorde con el que auto-flagelarse. Mi suerte fue distinta ya que ni yo tengo el dominio absoluto de la palabra que le tocó a Truman en el lote que Dios le regaló (Truman es único), ni a mí me han gustado nunca los látigos.

Mi denostada fobia hacia dicho artilugio que tan bien representa en su simbología a los domadores de circo y a ciertas fieras domadoras del circo del amor, debió ser la razón por la que Dios me envió, en piadoso gesto, una musa valkiria con el objeto de ayudarme a empuñar con dignidad mi voz-espada y adentrarme, armado del valor que dicho acto conlleva tratándose de la impericia de un novato, en el lodozal técnico.

Y mi valkiria llegó, sí señor, dispuesta y equipada con uno de esos trajesitos diseñados por un sastre emprendedor en crisis destinados a ahorrar tiempo, mano de obra y tejido, y a ponerle los dientes largos hasta a un monje tibetano, y una de esas melenas mechadas de caracolillos platinados a las que los escritores que hicieron caso omiso cuando el sabio de dios les dejó en su cuarto de infantes una caja de herramientas de plástico el día de reyes como sugerencia orientativa en cuanto a un oficio futuro se refiere, describen con brillante torpeza, (yo también caería en tal pecado si una rubia de ese calibre nublara mi razón literaria). Y equipada, también, como no, con el arco, el escudo, la espada... y todo el atrezo variopinto que una deidad mitológica vikinga necesita para entrar en materia de saqueos, que no es precisamente el bolso de Gucci, las sandalias y el vestido corto de Versace. Y para completar el equipamiento añado además esos recursos de los que disponen las hembras de a pie para hacerle la putada a un hombre tan hombre como yo:


INT. CASA DE MADISON/
HABITACIÓN. NOCHE.

En el reproductor suena el bolero "Somos". Madison está sentado en el escritorio, frente al portátil, a la espera de que la valkiria haga su entrada para comenzar a trabajar juntos en su nuevo poemario.

La valkiria se materializa en el cuarto.

                                        VALKIRIA.
Por la sangre de Hela, Madison, qué desorden ¿Es que no puedes dejar los boxers en el cesto de la ropa sucia?


                                        MADISON.
Menos queja y a currar, guapa, que el tiempo apremia.


                                        VALKIRIA.
(Abriendo de par en par las ventanas)
Aquí huele a humanidad ¿Qué bebes?


                                         MADISON.
Tequila.


                                          VALKIRIA.
¿Tequila? Pensé que era ron.


                                          MADISON.
Que uno haya nacido en el Caribe no significa que tenga que beber siempre ron ¿Te pongo uno? Uy, no, que a las valkirias lo que les va es la cerveza. Pues pilla una de la nevera.

(La Valkiria abandona la habitación y se dirige a la cocina en busca del helado licor rubio regresando en breve con las manos vacías)

                                          VALKIRIA.
¡Qué desastre, Madison! Me parece una desfachatez inmensa que no dispongas de cuernos limpios en la cocina.


                                          MADISON.
(Extrañado)
¿Cuernos?



                                          VALKIRIA
(Con los brazos en jarra)
¿Y dónde iba a beber si no, hombre de dios?


                                          MADISON.
(Sarcástico)
Perdóna el despiste, hermosa mía. Había olvidado que eres una vikinga y las vikingas no saben —por mas que la utilería moderna y yo lo pretendamos— beber en vasos de cristal del "Todo a cien". Bueno, qué ¿nos ponemos a ello con ese poema?


...Y en el momento en punto en el que lancé mi propuesta, ocurrió lo mismo que cuando mi mujer está en la ducha y yo accedo — despojado entonces de la indumentaria habitual que me sociabiliza con al resto del mundo en bolas me refiero)—, en estado alka seltzer:

—Ęchate para allá, que llevo prisa. —me ordena mi mujer.

—Pues lo hacemos de prisa.

—Ni hablar. Así no me apetece.

—Ay, santo señor, Toni, pero si no vamos a tardar nada.

(Prometo tardar nada al estilo panadero: con las manos directamente en la masa)

—¿Y tú quién te has creído que eres para meterme mano de esa manera?

—Pues tu marido.

(A continuación se desencadena en la ducha una serie de sucesos desafortunados)

—Entro a matar, de nuevo, el exuberante cuerpo de mi mujer, que no a ella.

—Toni, mi mujer, que no su gentil cuerpo Rubensiano, me abofetea.

—Tony abandona la ducha.

—El Alka Seltzer contenido en mi vaso, se desborda dando lugar al siguiente dialogo:


—Pervertido. —me acusa ella.

— ¿No pensarás irte y dejarme "así"?

Pero ella ni siquiera se preocupa de procurarle un achuchón a mi "así" y solo dice:

—Adios, Madison. Llego tarde al ensayo.

Pues algo parecido alegó la valkiria en cuanto le hablé de nuestro compromiso mutuo con la poesía:

—Ahora no, Madison. Tengo prisa.

—Pues lo hacemos de prisa.

—Imposible.

—Ay, por el martillito de Thor. Valkiria, si no vamos a tardar nada.

—Lo siento, pero he de marchar.

—¿A dónde?

—Al Valhalla.

—¿No pensarás irte y dejarme así?

—¿Así cómo?

—Con el archivo en blanco.

—Adios, Madison. Llego tarde a mi cita con Odín.

Ni falta hace que les diga que mi mujer y mi musa valkiria son tal para cual, porque es a lo que ambas se dedican: controlar y mandar a voluntad.

Dios sabe lo que se trae y bajo ningún concepto entrega a un hombre una habilidad en cuyo contrato no aparezca la polémica letra pequeña. De haber bajado al inframundo de mis dependencias una Deidad rubia, (una rubia auténtica me refiero, con una cabellera auténtica a la que agarrarme para mantenerme en tierra llegado el momento en que nos demos, mutuamente, el santo y seña) yo le hubiera entregado gustoso las llaves del Chrysler, la master card, los boxers, y todas esas cosas que a un hombre como yo le hacen tilín, en cuanto hubiera escuchado sonar a lo lejos el ruido de su balacera.

He ahí el problema: ni yo ni mi vikinga (mi vikinga y yo, perdonad) hubiéramos sido, entonces, capaces de fabricar ni un puto verso.