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jueves, 26 de octubre de 2017

I love you more than you'll ever know.









(*La morte è il mio mestiere)

Me iré. Ella lo sabe.

Ella intuye que un día marcharé.

Para cuando eso llegue,
ya habrán crecido tanto sus cabellos
que tendrá que trenzarlos
para no entorpecer la gloria de sus pasos.

Solo entonces me iré.

Nadie,
nada me ha hecho sentir tan vivo, tan humano
tan romántico, es cierto,
preocupado por mí y por el futuro,
tan dichoso,
como cuando ella me entrega en un temblor
un trozo de su estrella.

Ni tan estúpido
por no poderle dar mi identidad.

Mi todo.




****





A ratos quiero ser ese gran hombre
tan hombre, para darle
lo que ningún gorrión
sin pico y sin sombrero supo darle,

muy hombre,
para sesgar de un tajo a quien sesgó su amor
porque ella ya no apuesta
por el amor del bueno,

tan hombre
para vivir con ella el paso de sus días,
hombre
para sentir el peso de mis huesos en su espalda,
dormir a sus espaldas
y en su espalda.

Me angustia que no pueda ser tan hombre
como para acallar estos anhelos,
que ella no me perdone
jamás este arrebato.


Pero no soy tan hombre ni ese hombre,
al menos ese hombre de mi anhelo,

ese hombre que sueña con mirarla
en vivo y en directo
haciendo algo sencillo:

Un café,
bailar,
reír,
porque bien sé le gusta
a ella reír como los cascabeles,

peinarse los cabellos orgullosa
mientras yo hago de espejo.

****




Yo te amaría tanto, reina de mi palabra y de mi mundo.

Te amaría tantísimo,
que no querrías despertar jamás de ese buen sueño.

Pero Dios te ha enviado
25 aguaceros,
25 tormentas
más a tarde a mi diluvio.

Y me la estoy jugando,
bien sé que me la juego.

No me pidas que pare.

No me digas que calle en esta noche.

Yo te estaría amando hasta que el mundo
dejara de girar y amaneciéramos
en otros cuerpos
y en otras realidades.

No me preguntes
por qué por las mañanas me despierto
y repito tu nombre
como si fuera un salmo que me cura.

No me preguntes cómo puedo saber si lloras
si respiras,
si te muerdes las uñas de soledad o rabia,

ni yo mismo lo sé.


No preguntes,
por dios,
no sé lo que me pasa.

Voy a tener que irme.

no me pidas que calle.

Ya sé.

Después de esta tormenta
voy a tener que irme para siempre.

Y no quiero marcharme.

Y bájense del carro,
los que no entiendan
lo que yo estoy viviendo.

Vas a matarme, sé que vas a matarme
amor,
por este atrevimiento.

Dispara. Dispárame si quieres.

Dispárame a-ma-tar.

Hace ya mucho tiempo que me he muerto
de no encontrar,
de no encontrarme yo y no encontrarte
desesperadamente sobre el tiempo.

¿Crees qué no me hago daño por no darte mi voz?

Mi verdadera voz.

Pues me- lo- ha-go.

Yo me daría todo por entero...

si pudiera.


***



Déjame que te ame, déjame
que te quiera sin rostro y sin señales.

Aunque tú sabes tanto como yo:
te lo enseñó tu papi;
lo que cuenta es el alma.
solo ella prevalece y mi alma es tuya entera.

Ten la seguridad.

Te voy a decir algo:

Yo nací un 21 de septiembre,
del 69'

Según cuenta mi madre,
no pataleé ni un poco por vivir.
Me sacaron con fórceps
y llegué bien dormido
en aquel paquetito, intacto,
que los doctores llaman bolsa amniótica.

Me gustan los otoños,
el jazz
y soy vegetariano.

Soy de espacios tranquilos.
No me gusta la bulla.

Me matan los boleros.

Fumo como los locos y es un lío
mi enfermedad se queja.

Soy muy antisocial, bien solitario.

Creo que estuve muerto desde entonces
hasta que "Ultra" vino a rescatarme.

Te dije que tenía una semana
libre,
como el viento,
pero lo que no dije
es que en esa semana iba a amarte, tantísimo.
bueno,
te amo todos los días,
desde que tomo el metro a trabajar
hasta que el día acaba.

Y siento que estás cosas te hagan llorar, mi cielo.
Hoy yo quiero que llores por todos esos días que no has llorado nunca.

Pero luego no—más.

Déjame que te quiera,
te lo pido.
Aunque
solo sea
en esta madrugada.

Jueves. 2:46 
de la noche.


***


Qué herejía decir que tú me faltas.

Tú me acompañas siempre y reconoces
entre todas las cosas
de mi mundo
lo que en verdad no tengo:

Esa voz que trajiste a mi mañana,
magenta era su aura
y su cantar de trueno.

Por ti fui desnundánme de a poco
con un amor tremendo,
todo el que nos faltaba.

Y fuimos tan auténticos...

tan hombre y poderoso fui en tu nombre,
que a los dos nos miedo.



****



No se escribir de amores.

Al menos de ese amor calculado y ripipi que conocen algunos.

¿Revolcar la melena mientras amo?
Perdóname, pero no es algo que me éxite.

Siempre cierro los ojos
hasta que Dios despierta y me recoge
en un acto sublime.

Me vuelvo religioso, una barbaridad,
cuando llega mi muerte.
Aunque Dios no se asusta si le invoco entre gritos.
Ya estará acostumbrado.
Y como es Dios, ya sabe,
que ese grito de muerte no es mi muerte.

Mi muerte es otra historia:

Estoy en ese sueño,
desnudo y sobre tí,
en el que mi cantar penetra y sale
de tu capitanía
en lenta procesión espiritual.

Te digo tantas cosas.
Esas que nunca digo a nadie.

Las voy sembrando al borde de tu boca
con la paciencia de un viejo jardinero.

Mi muerte...

Mi muerte es descubrir
que es solo un sueño.

***


¿Matarte? 
Nunca pude.

Matarte no está escrito en mi manual
del sicariado
porque el amor, mi amor 
por esta sed de tu palabra
es algo indestructible.

Créeme cuando digo: 
Tu palabra es amor.

(Esto no es un poema, 
ya te haré varios, muchos. 
Y nadie, ténlo claro, 
va a arrebatarme, amor ese placer)




(Del poemario inédito "Sicario")




jueves, 19 de octubre de 2017

Mi vikinga y yo.






A todo solitario Dios le entrega una espada, un amuleto o totem destinado a paliar sus males terrenales. En mi caso, Dios no tuvo piedad con su asignación.

Quizás consideró que de nada me serviría un cáliz de fuego, el santo grial o la credencial de honorable templario en relación con la cualidad gratuita que él me entregaba. ¿Qué utilidad tendrían esos objetos para un hombre de mi tiempo cuya misión en la tierra era hacer frente a la palabra y, sobre todo, demostrar al resto de mortales que era merecedor de ella? Mi cruzada literaria era tan sangrante  y desafortunada sin el conocimiento y amparo de la técnica, que en nada se comparaba al infierno corriente de los hombres.

Pero antes de que me lance a despotricar como un loco enojado sobre la mala gestión empresarial sobre el destino de este hijo suyo que soy, debo aclarar que él nunca se digno a hacer patente su presencia en mi cuarto en ninguna de las tantas ocasiones en las que lo invoqué, valiéndose en su aparición de todas esas artimañas que él elige, según los iluminados, para manifestarse y dar respuesta a mi pregunta:

"Dios ¿por qué me revelaste tardíamente mi habilidad para poetizar?"

 Y por qué, debió preguntarse dios, iba él a molestarse en hacer un hueco en su universal agenda para responder a aquello que yo hacía rato ya sabía. Que a los veinte, mire usted, andaba yo muy ocupado en consolar a las prójimas, como buen cristiano, con altas dosis de "amor" allá donde podía amparado en el apagón general que se producía en la Habana. La ciudad se convertía, literalmente, en la boca de un lobo entre las 8:00 de la tarde y las 12:00 de la noche. Qué me iba a importar a mí la recompensa espiritual que conllevaba versar, teniendo cerca tanto consuelo carnal al que echarle mano.

Volviendo a las habilidades que Dios reparte (sortea) entre sus hijos, la mía —escritor en potencia— venía a ser un ragnarök durísimo. Ninguno de los que poseemos el don de revelar historias llega al mundo con el manual de estilo calzado entre las piernas. Truman Capote invirtió una buena cantidad de tiempo en dotar a sus diálogos de una realidad creíble. Y para lograr su fin, Truman, transcribía textualmente las conversaciones que mantenía con aquellas personas con las que se cruzaba a diario. Pues dejenme que les diga que yo no he sido capaz de llegar a tanto, aunque confieso que ganas no me han faltado. Cuánto me alegro de no haber sido uno de esos vecinos a los que Truman mataba a pregunticas limpias, enmarcadas en no sé qué sórdidas y comprometedoras temáticas.

Para escritores tan potentes como lo era Truman Capote, la habilidad se convierte en un látigo inmisericorde con el que auto-flagelarse. Mi suerte fue distinta ya que ni yo tengo el dominio absoluto de la palabra que le tocó a Truman en el lote que Dios le regaló (Truman es único), ni a mí me han gustado nunca los látigos.

Mi denostada fobia hacia dicho artilugio que tan bien representa en su simbología a los domadores de circo y a ciertas fieras domadoras del circo del amor, debió ser la razón por la que Dios me envió, en piadoso gesto, una musa valkiria con el objeto de ayudarme a empuñar con dignidad mi voz-espada y adentrarme, armado del valor que dicho acto conlleva tratándose de la impericia de un novato, en el lodozal técnico.

Y mi valkiria llegó, sí señor, dispuesta y equipada con uno de esos trajesitos diseñados por un sastre emprendedor en crisis destinados a ahorrar tiempo, mano de obra y tejido, y a ponerle los dientes largos hasta a un monje tibetano, y una de esas melenas mechadas de caracolillos platinados a las que los escritores que hicieron caso omiso cuando el sabio de dios les dejó en su cuarto de infantes una caja de herramientas de plástico el día de reyes como sugerencia orientativa en cuanto a un oficio futuro se refiere, describen con brillante torpeza, (yo también caería en tal pecado si una rubia de ese calibre nublara mi razón literaria). Y equipada, también, como no, con el arco, el escudo, la espada... y todo el atrezo variopinto que una deidad mitológica vikinga necesita para entrar en materia de saqueos, que no es precisamente el bolso de Gucci, las sandalias y el vestido corto de Versace. Y para completar el equipamiento añado además esos recursos de los que disponen las hembras de a pie para hacerle la putada a un hombre tan hombre como yo:


INT. CASA DE MADISON/
HABITACIÓN. NOCHE.

En el reproductor suena el bolero "Somos". Madison está sentado en el escritorio, frente al portátil, a la espera de que la valkiria haga su entrada para comenzar a trabajar juntos en su nuevo poemario.

La valkiria se materializa en el cuarto.

                                        VALKIRIA.
Por la sangre de Hela, Madison, qué desorden ¿Es que no puedes dejar los boxers en el cesto de la ropa sucia?


                                        MADISON.
Menos queja y a currar, guapa, que el tiempo apremia.


                                        VALKIRIA.
(Abriendo de par en par las ventanas)
Aquí huele a humanidad ¿Qué bebes?


                                         MADISON.
Tequila.


                                          VALKIRIA.
¿Tequila? Pensé que era ron.


                                          MADISON.
Que uno haya nacido en el Caribe no significa que tenga que beber siempre ron ¿Te pongo uno? Uy, no, que a las valkirias lo que les va es la cerveza. Pues pilla una de la nevera.

(La Valkiria abandona la habitación y se dirige a la cocina en busca del helado licor rubio regresando en breve con las manos vacías)

                                          VALKIRIA.
¡Qué desastre, Madison! Me parece una desfachatez inmensa que no dispongas de cuernos limpios en la cocina.


                                          MADISON.
(Extrañado)
¿Cuernos?



                                          VALKIRIA
(Con los brazos en jarra)
¿Y dónde iba a beber si no, hombre de dios?


                                          MADISON.
(Sarcástico)
Perdóna el despiste, hermosa mía. Había olvidado que eres una vikinga y las vikingas no saben —por mas que la utilería moderna y yo lo pretendamos— beber en vasos de cristal del "Todo a cien". Bueno, qué ¿nos ponemos a ello con ese poema?


...Y en el momento en punto en el que lancé mi propuesta, ocurrió lo mismo que cuando mi mujer está en la ducha y yo accedo — despojado entonces de la indumentaria habitual que me sociabiliza con al resto del mundo en bolas me refiero)—, en estado alka seltzer:

—Ęchate para allá, que llevo prisa. —me ordena mi mujer.

—Pues lo hacemos de prisa.

—Ni hablar. Así no me apetece.

—Ay, santo señor, Toni, pero si no vamos a tardar nada.

(Prometo tardar nada al estilo panadero: con las manos directamente en la masa)

—¿Y tú quién te has creído que eres para meterme mano de esa manera?

—Pues tu marido.

(A continuación se desencadena en la ducha una serie de sucesos desafortunados)

—Entro a matar, de nuevo, el exuberante cuerpo de mi mujer, que no a ella.

—Toni, mi mujer, que no su gentil cuerpo Rubensiano, me abofetea.

—Tony abandona la ducha.

—El Alka Seltzer contenido en mi vaso, se desborda dando lugar al siguiente dialogo:


—Pervertido. —me acusa ella.

— ¿No pensarás irte y dejarme "así"?

Pero ella ni siquiera se preocupa de procurarle un achuchón a mi "así" y solo dice:

—Adios, Madison. Llego tarde al ensayo.

Pues algo parecido alegó la valkiria en cuanto le hablé de nuestro compromiso mutuo con la poesía:

—Ahora no, Madison. Tengo prisa.

—Pues lo hacemos de prisa.

—Imposible.

—Ay, por el martillito de Thor. Valkiria, si no vamos a tardar nada.

—Lo siento, pero he de marchar.

—¿A dónde?

—Al Valhalla.

—¿No pensarás irte y dejarme así?

—¿Así cómo?

—Con el archivo en blanco.

—Adios, Madison. Llego tarde a mi cita con Odín.

Ni falta hace que les diga que mi mujer y mi musa valkiria son tal para cual, porque es a lo que ambas se dedican: controlar y mandar a voluntad.

Dios sabe lo que se trae y bajo ningún concepto entrega a un hombre una habilidad en cuyo contrato no aparezca la polémica letra pequeña. De haber bajado al inframundo de mis dependencias una Deidad rubia, (una rubia auténtica me refiero, con una cabellera auténtica a la que agarrarme para mantenerme en tierra llegado el momento en que nos demos, mutuamente, el santo y seña) yo le hubiera entregado gustoso las llaves del Chrysler, la master card, los boxers, y todas esas cosas que a un hombre como yo le hacen tilín, en cuanto hubiera escuchado sonar a lo lejos el ruido de su balacera.

He ahí el problema: ni yo ni mi vikinga (mi vikinga y yo, perdonad) hubiéramos sido, entonces, capaces de fabricar ni un puto verso.