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jueves, 30 de noviembre de 2017

Ensayo sobre los martificios y las perlas, y los hombres que pierden muy a menudo los paraguas.




[...] Las musas hacen cola frente al templo 
de tu virilidad.
Te invocan con paraguas y con perlas.
Te cantan su estación de martificio
(ya sé que no existe esa palabra
es mezcla de martirio y maleficio)
pero cuántas se mueren en tu nombre [...]

Eva Lucía Armas,  en ""Pececito Islero"






Me encanta Martificio.

Comenzaré aclarando que ya tengo una musa que es usted. Aunque musa no es la palabra correcta para definirla. Musa es una palabra muy lejana, de esas que aparecen cuando un artista está en la banca rota literaria. Sí. La musa es, además del comodín del público, la justificación que el escritor se inventa cuando está falto de recursos o no lo hace todo lo bien que debería:

"Qué le vamos a hacer, querido público, lectores, familiares y amigos, hoy no he escrito ni una maldita sílaba. La culpa es de mis musas, totalmente, que anoche se me fueron de copas y al parecer hoy están indispuestas".

De ninguna manera podrías ser solo mi musa. Tú no vienes a mí cuando te llamo en medio del naufragio: tú estás dentro de mí y yo te llevo entonces, siempre, a todas partes, incluso a mis naufragios. Puedo entender ahora por qué esas muchachas, pobres musas, hacen cola en la puerta de mi casa armadas con paraguas y con perlas. Es posible que sepan mi nula relación con los paraguas. O soy muy despistado, que lo soy, o la lluvia se niega a abandonar la atmósfera sin coquetear conmigo, porque cada paraguas que yo saco a pasear se me olvida en el metro o en cualquier otro lugar de paso. Sí, debe de ser por eso que ellas se empeñan en  llevar paraguas.

Qué puedo yo decir ante esa ofrenda, que una auténtica musa no llega de ese modo a la vida de nadie, sino como usted llega.

Era verano, creo, porque yo estaba en boxers al borde de la cama leyendo aquel poema, tu poema, aunque en tu latitud seguro que era invierno. Creo que ya lo he dicho alguna vez: hacía años que no latía con tanta desesperación (aquel galope no se trataba de una simple fuerza avanzando campo a través y punto)
mi corazón.

Me temblaron las piernas. Tal vez esos temblores se debieran a que  hacía unas semanas, yo había convocado a dios para rogarle me cumpliera un deseo: dije dios, enseñame el camino. Quiero ser un poeta. Debo de estar muy loco, porque aún sigo pensando que tu poema y tú son la respuesta.

En cuanto a las perlas que también llevaban esas jovencitas, esta mañana supe que se las habían robado a su auténtica dueña: Mara.

Habrá que rescatar todo el alijo y partir, lo antes posible, hacia Legendero. Mara no es Mara sin su collar de perlas.

Y ahora, lo que te prometí cuando nos conocimos. Dije: soy un poeta pésimo. Pero te juro por dios que voy a cantarte con todas las fuerzas que me deje el corazón.

Te puedo asegurar que el mío tiene la misma fuerza que los terremotos de alta intensidad en la escala de Richter:

Fuerza 5.


No blasfemes, mujer, te lo suplico.

Que no digan tus miedos que tus jueves eróticos,
se han convertido en días insalubres.

Yo te dejo,
mi *Salambó terrible, si te place,
porque no fuiste nunca una mujer de imposición sino de libre vuelo,
que abordes el lenguaje a pura bomba,
jugar en mi regazo de hombre fértil
a tejer con tu pelo martificios
y paraguas y perlas a tu antojo,
te dejo
me reinventes
y que vueles
conmigo hacia la Atlántida.
Vayámonos a Persia,
corramos a Bombay,
a Antioquía
(o inventanos si quieres un destino
donde no hayan volado todavía
ninguna de las aves de este mundo).

Yo te dejo,
que trences mis arterias a tus himnos
hasta hacerlas sudar
y que viajemos
queriéndonos al centro de tus gritos.

Le cantaré boleros a tu sombra
y tatuaré en tu espalda con mi lengua
ese cuento de amor que no termina:
la historia en que retorna,
mi Salambó rabiosamente bella,
a ti toda la fronda
y esa luz fervorosa que atraviesa,
como un cordón de oro magestuoso
el vientre florecido de las hembras.

Te juro por mis muertos que este Tántalo
no moverá ni un dedo mientras danzas
ni invocará, prometo,
las rutas de escapada de Houdinni,

pero no jures nunca,
mi Salambó norteña
de esmeralda,
mi arrebato, mi amor a los cincuenta,
que tu erotismo huyó de madrugada
en su Cadillac negro a otras praderas.







Glosario:

Salambó: No hace referencia a la novela de Gustave Flaubert, sino al nombre que los fenicios dieron a la diosa Astarté, diosa de la fertilidad, el amor y el erotismo.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Jet lag.










¿Vas a sacar mi corazón del freezer y la Ziploc,
derretido y vivaz, 
como fue antes de que le sucedieran sus tragedias?





Amo la diferencia horaria que sufrimos.


Saber que mientras duermo
escribes para mí es tan espiritual,
tan excitante y a la vez tan peligroso
para un señor que hace ya mucho años
dejó de amar en serio,
que he de apagar integramente mis circuitos
como los autos en la gasolinera
por temor a prenderme, involuntariamente, al repostar
si es demasiado sexi el octanaje.

Todo lo que suceda
a partir de ese instante en mi mañana
tendrá el mismo color e intensidad
que los versos que brotan como un mar caudaloso
de tus manos.

El mar,
siempre es el mar,
el misterio del mar lo que nos une
y trae del nuevo mundo
tus cápsulas de amor embotelladas,
las quejas de una reina
que llora en el balcón de su atalaya
como si se le hubiera roto en un instante
su kalazar de agua.
(yo no tengo remedio,
vuelve el agua,
es siempre el agua, amor, la que me llama)
No es la Diva del verbo la que aulla
su rock and roll colérico en mi playa,
es la reina del mundo, porque ¿qué es el mundo, si no,
viva palabra?
Y fue por la palabra que yo volví al amor.

Yo quiero consolarla,
pero Dios no incluyó
la llave de su alcoba en mi llavero.
Tengo fe en que el oleaje
le devuelva,
al hombre de neón que salvaguarda
la contraseña WiFi de sus reinos.

Los días que no hay carta,
quiero que algo violento,
una nave marciana de repente en mi cuarto
un cataclismo
un huracán
tu olvido,
me devore.
Y me bajo del mundo
y me paso la noche,
revenido*
colérico
llorando por las ramas a lo Shakespeare
como un pájaro mustio,
interrogando a dios
como lo hacía la reina al borde de mi playa:

¿Vas a ser tan cabrón,
señor, de arrebatármela?

Finalmente,
una noche de esas que la gente
llama noche cualquiera,
Dios resurge del agua,
como un astro.
Me trae tu corazón como si nada
y me lo deja, como una ofrenda mística
saltando estremecido, gimoteando,
sobre la arena húmeda,
como una sub-especie marina indescubierta:

No dejes que se pudra. —Dios me ordena.

El mar se multiplica sobre dios,
lo engulle y, de repente,
comprendo que los ciclos de preguntas
han llegado a su fin
y que estoy preparado para hacer
esa única cosa que se me permitió
traer desde el naufragio de mi mismo:

Levantar de la nada un *Diente de Faldar
donde mi Bambi de especie indescubierta
pueda ponerse a salvo de los lobos.

Crece mi fortaleza
y mientras crece
el trailer de mi vida va en crescendo
trenzado a los pilares
de metáforas
ante tu corazón, omnubilado en su ziploc campeona de lo hermético,
y Bambi indescubierta de avellana,
ida completamente de este mundo
con mis fábulas
y mi cháchara tibia de abuelito de Heidi
empeñado en salvarla
de la nación del hielo,
se derrite y se hace, al compás de mi historia,
de almíbar en su cama.

Ya no le hago
más preguntas a Dios ni me las hago.

Entiendo que a un arcángel no le está permitido
follarse a un corazón convaleciente guardado en una ziploc.

Mientras descubro
que elixir debo darte
para que el corazón no se te pudra
bebo tu sangre...

entera.

Hoy nada va a pasarme
si marcho a trabajar
contigo
desbrozándome las venas.





Glosario:

*Revenido: ni idea si este vocablo existe. Para mi abuela sí, me lo decía cuando me enfadaba y no había dios que me hiciera entrar en razones. Entonces ella decía: "el marqués está hoy revenido".

*Diente de Faldar: Es una fortaleza de combate. Aparece en el vídeo juego 'The Élder scroll" y está ubicada en la comarca de la grieta.






jueves, 16 de noviembre de 2017

Santa Lucía (Paridas en la noche)





¿Y de qué hablaremos hoy en Paridas en la noche? Pues de lo que a mí me de la gana, que para eso es mi espacio. Luego ustedes son libres de irse o de quedarse a leer mientras beben el primer café de la mañana. Agradezco a los valientes que han elegido la segunda opción, y no se preocupen los que han optado por la primera que ya los he mandado, definitivamente y de antemano, también, a la puta mierda.

Uy..., qué tío mas borde, dirán los agrupados en la primera opción. Buena señal, porque eso significa que aún me están leyendo y que están a punto de convertirse en mis lectores potenciales. Y eso no implica que yo sea un buen comunicador, que va. Es que son todos ustedes muy cotillas.

No. Aún no he revelado el tema a tratar en cuestión, les pido sean pacientes.

¿Hola? ¿Ya se han hartado de mí, pandillita de la primera opción?

¿Siguen ahí?

Pues bien, mil gracias.

Nada, que mejor dejamos lo del tema a tratar para otro día, no me encuentro muy bien. He dormido fatal, a saltos. Si me he levantado es porque a mi jefe le da igual que uno se haya despertado con estos bahídos de campeonato y con el estómago como si se lo hubieran metido en una bolsa de plástico y subido a empujones al Dragón kan. Ay, yo solo tengo ganas de quedarme aquí en mi cama hasta que se me pase la borrachera no, el asunto es aún más grave: estoy enamorado.

Sí. Esa misma cara de susto puso mi mamá, Gladys, tras oír mi confesión.

—¿Y de quién se ha enamorado mi pichón esta vez?

—Mamá, no seas tan chismosa.

—A mí me lo puedes contar que para eso soy tu mamá.

Eso era lo que Gladys me decía cuando yo cursaba el bachiller. La loca de mi mamá no se acaba de enterar que hace mucho que me gradué, con matrícula de honor y todo: treinta y picos de años.

—Ay Juan, con lo bien que a mí me cae Claritza. —soltó Gladys. Así, toda emocionada ella.

—Pues no es Claritza la culpable de este sufrimiento.

—¿Ah no? ¿es alguien del barrio?

—No. Es argentina.



—¿Argentina, argentina de la Argentina?

—¿Mamá estás sorda,o qué?

—Ay nene, argentina no que son muy empalagosas.

—Pues ésta no.

Y me salió un noooooooooo terrible, cayendo dramáticamente a lo Gardel, o como una canica, cuesta abajo en la rodada.

—Maricón ¿tú estás llorando por esa mujer?

—No. Es que me encuentro fatal del estómago.

—¿Y ella sabe que tú la quieres?

Nada, mi mamá es así de bretera y prefiere saber los pormenores de mi drama amoroso, antes que los pormenores de los vaivenes de mi estómago.

—Pues claro que lo sabe, Gladys. Tengo toda la maldita red infestada con versos de amor y gilipolleces ripipis de toda clase.

—Ah... ya. Pero ¿tú le gustas a ella?

Sí caballeros y señoras, bueno y señoritas, aquí no se discrimina la condición de nadie. Tal y como Gladys me lo preguntó me fue imposible no retrotraerme a esos días en los que yo era una rata de instituto y la peña, la mía, iba por ahí pintando corazonsitos ensartados por flechas en las puertas de las taquillas y de los baños.

—Bueno, ella dice que me quiere, pero ni idea de hasta que punto. Y me dice cada cosas.

—¿Malas?

—Me piropea.

—¿Cómo dices?

—Que me piropea como le da la gana, Gladys: que si mi hombre hermoso, mi pescador intergaláctico, capitán de mi alma.

—Ya lo decía yo que siendo de donde es iba a ser una empalagosa...

—Ay  Gladys, no digas boberías que a mí esa mujer lo que me tiene es loco. Ganas que tengo de salir corriendo para el aéropuerto y no parar hasta que el taxi llegue a la puerta de su casa.

—¿Y es por eso por lo que tú estás llorando, eh, mi'jito, porque te vas para allá con ella? Ay mi'jo yo también lo voy a extrañar mucho a usted.

—Más quisiera yo, mamá. Te lo juro por papá, en gloria esté.

—¿Y entonces?

Ya no colaba la excusa del estómago, así que ni me molesté en aclararle a mi mamá por qué lloraba en modo avión, de espaldas a ella, a moco tendido y sin hacer ruido. Pero a ustedes, lectores de esa primera opción, se lo voy a contar solo por el esfuerzo que han hecho para llegar a la recta final de este sarao:

"Porque el amor es un asco. Y a mí lo que me va es el puterío".







miércoles, 15 de noviembre de 2017

I wanna love you and treat to right.







Al principio de todo,
yo era un crío difícil que amaba su reflejo.
Entonces te encantaba ver salir a tu crío
desnudo de la ducha, pavoneandose
como los señoritos, por tu cuarto
de dama
que ya ha vuelto de todo,
con ese desparpajo cruel que nos traemos
de bambalinas los del espectáculo.

Así era yo entonces, un David siniestro
que había malgastado media vida
cincelando su cuerpo, cada músculo y tramo,
hasta llegar a ser un ejemplar marmóreo.
Un David tan perfecto
que no sabía como volver a sus adentros.

Tu desnudo de entonces
era el pistoletazo de salida para hacer que tu espejo
sacara ante mis luces su reflejo convexo:
Qué profundos,
qué salvajes y libres
los océanos cautivos en tu himen.
Y qué acertada, diva, tu vocación de médico:
Qué corazón de hombre
tiene mi nene tierno.
Qué pasional su hígado
cuando brama en la noche de mis puertos.
Qué tensión arterial
qué fuerza, negro,
para elevarme tienes a los cielos.
Ay santo dios.
Ampárame papá, que me lo como entero.

A ti, galena mía, te debo este que soy,
este hombre taciturno. Este David rebelde,
este maromo
que se niega a marchar de tu desfiladero.
El gilipollas con voluntad de poli
que juro protegerte
gozarte y envejecer contigo invierno
sobre invierno.

Te debo tanto: mi humanidad, es cierto,
pero no te perdono que mataras
a golpe de pistola y sangre fría
la inocencia
amor mío de lo nuestro.






viernes, 10 de noviembre de 2017

Ciudad Hanamachi.








Últimamente estoy bastante cabreado. Mis amigos se afanan en conocer cual es el detonante de tanta mala leche, como si no supieran ellos que yo solo tengo una mala batalla que librar en esta vida, o un mal karma que convalidar..., ustedes pueden nombrar y hasta catalogar mi dolencia como mejor les plazca, yo suelo resumir su concepto en una frase corta: el amor es un asco. Totalmente. Al menos el que yo estoy padeciendo por estos días.

Un asco y una putada, oigan, ya les aviso que enamorarme tal y como estoy ahora (hasta las trancas) me viene fatal para escribir. No es que uno no sepa, es que yo no puedo escribir cuando estoy muerto por los huesos de alguien, que es diferente. Me entra una bobería... Para que yo logre unos versos decentes a mí me tienen que estar llevando muy lejos mis demonios.

Y que a mí me lleven los demonios no significa, ni muchísimo menos, que yo sea un escritor maldito. La maldición dejénsela a Bukowski, que ya uno tiene bastante con hacer el ridículo. Imaginen ustedes el percal al teléfono:

—Cariño, quiero ser tu bufón. —completamente salido.

Y ella del otro lado:

—Ay por dios, un bufón no —en un tono enteramente recatado y sensato—, en todo caso príncipe, mi príncipe Carlos.





Lo que si tiene un rollete tela de maldito son los horarios tan intempestivos que mis versos eligen para manifestarse: 3:00pm, 4:45pm, 5:00pm, 5:45 (cuando solo faltan quince minutos para que suene el despertador) pm.

Como han podido ustedes apreciar, todo acaba en p.m, y esos "pe" y "emes" a su vez van precedidos por una serie de sueños, por que así se suceden, en serie y en oleada como los crímenes, con la amada en cuestión. Unos sueños muy de p.m (puta.madre) por su alto contenido en rombos:

La escena onírica transcurre en un campo de amapolas. Todo es, como en el cine mudo, gris e incoloro, amanerado, etéreo, ...

En un vocablo: RIPIPI.

Yo en boxers y ella de geisha, pero sin kimono, en pelota picada, ataviada con el tocado y el maquillaje —pálido— representativo de las maikos, montada a horcajadas y en flor sobre mi espiga, muy cálida, por no decir caliente como las palomitas de maíz cuando están en su punto kaboom, toda ella un shamisen quebrado en coletazos sobre mí, su lengua y su boca dibujada con un lápiz labial hecho de pétalos de cártamo, según la tradición, recolectando los espasmos quebrados que se suceden en mis labios. Sí, también lleva los dientes maquillados de negro, que iba de p.m con el costumbrismo japonés de entonces, pero que a los europeos del hoy y aquí y ahora nos da un yuyu que pa' qué.

Sí, siempre-siempre, acabamos de la misma manera. Justo cuando ella está ahí en sus cosas, en su orgasmo, con los ojos en blanco y la cabeza descolgada, sumisa cien por cien y despoblada de toda fuerza opuesta a mí, le digo apasionado: cariño, quiero vivir contigo, gilipollas que soy. Cómo es posible que a estas alturas yo no sepa que decirle a una piba "quiero'" no es otra cosa que imponer en el lenguaje femenino, y eso está penado con el cierre de las capitulaciones de la relación. Cada vez que suelto ese gab, me despierto..., con el maldito infierno entre las piernas, que es al fin y al cabo lo única cosa que a mí me une con los escritores malditos.

Ahora, intenten rememorar el sueño y hacer con los detalles un poema. Según todos esos gurús que se dicen poetas o literatos,  es cuestión de cojer cuatro o cinco vocablos distintos y armar el puzzle  (un segundo, rebobinemos, porque antes de llegar a este punto hay que apagar el fuego de Romeo). Bien. Pues  ya que el fuego está bajo control, ya les doy yo la licencia para que les disparen a matar a esos señores. El truco está en hacerlo sin que al lector le suene obsceno, cursi o banal, o todo junto.

Seré franco, porque no soy gurú ni me interesa. En realidad lo único que conseguí con la evocación fue, según mi mamá , Gladys, puras cochinadas. Así que, si alguno de vosotros se ofrece a regalarle un poema erótico, erótico y sin pasarse, a mi piba, no me pondré celoso, palabra, soy un tipo moderno, pueden dejarlo en la caja de comentarios. A ella le va a encantar.

Tengan mucho cuidado, porque mi piba entiende un huevo de versos y no va a conformarse con las sábanas calientes del sábado noche.

Bueno, creo que ya va siendo hora de cerrar el chiringuito. Sintiéndolo en el alma, es lo único decente que servidor puede ofrecerles para pasar el rato. Y por orden expresa del rey, que soy yo, les comunico oficialmente que hoy: no-hay- poema.

Ahora he de irme a la cama. Tengo el maldito sueño atrasado.