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lunes, 25 de diciembre de 2017

Muaré.








Según su padre, el hombre más cultivado de Merrows y el más sabio a muchas leguas a la redonda, aquel país de fábula por el que su hija Muaré mostraba tanto interés no existía más allá de sus sueños de muchacha rebelde. No había mapa en el mundo que diera parte de la existencia de Man-bianga.

—Lo que no se conoce es como lo que no existe, Muaré. —eso dijo su padre.

Pero Muaré conocía muy bien Man-bianga porque la había vivido con la mediación de los sueños infinidad de noches, aunque su padre se afanára en negar aquel mundo perpetuado por una extensa cordillera verde fortificando el poblado, protegido a su vez de la modernidad y los curiosos por la bravura de un océano de aguas grises que soportaba en los albores de la bahía la antigüedad de las galeras, los barcos de tres puentes dispuestos a zarpar a mar abierto, los galeones, provisionados a lujo de detalle bajo las órdenes atentas de los armadores y las chalupas ondulantes amarradas al espigón.

Aquella Man-bianga de lojas bulliciosas y de especias árabes revoloteando de bar en bar en competencia con el fuerte reclamo de los vendedores del mercado de Abastos a las criadas, a las amas de llave, a las señoras encorsetadas en sus trajes de largo de atrevidos escotes que desandaban los puestos del mercado amparando el mestizaje de sus rostros bajo el surrealismo del encaje de bolillos de las sombrillas, inútiles para ahuyentar la crudeza invernal de los Diciembres de la Man-bianga, solo latente y comparable a las novelas de ficción que su padre escribía.

Aquel trozo de tierra existía tanto como Okan existió por primera vez en la penumbra de su cuarto, en aquel sueño de media tarde del que Muaré regresó sudorosa y nublada de rubores, el sexo enmarañado en un dulce cantar de gotas blancas y aquel nombre bantú de ardoroso desorden condecorando su boca: Okan, un ángel sin alas que levitaba en cueros sobre la desnudez inmóvil de ella, a ojos abiertos ante el asombro de aquellos labios deseantes tan cerca de los suyos balanceando su nombre: Muaré, en un canto viril afrancesado que la dotaban de una flaqueza extraña. Una Muaré sin fuerzas para la insurrección, distinta de la Muaré que hacía un par de semanas había ganado la batalla a la líbido. Muaré sabía mejor que ninguna que no había nada peor para una chica aún sin estrenar en los placeres de la carne que la noche más importante, la del sábado, del Festival de las Amapolas, donde el ponche de hibiscos y el ron jamaicano de importación corren garganta adentro expandiendo su onda de calor por todo el vientre, como lo hace el fuego ennegreciendo con sus llamaradas el verdor de los campos en verano.

 Justo al llegar a la arboleda que delimita Merrows con la finca de su padre, Ceags, comenzaron los besos. Muaré podía sentir su propia sangre, y la sangre de Urduck, bramando en las arterias río abajo hasta alcanzar su vulva y convertirla en un segundo corazón mutante al que se hacía casi imposible desoír.

Mucho tuvo que batallar esa Muaré para desoír aquel llamado.

Sin embargo, aquel Okan de fuego y ojos tristes, el Okan que llevaba tatuado en su pecho de guerrero un firmamento de cicatrices ornamentales, no intentaba en aquel sueño penetrarla sin más. Su danza era un cortejo, un ejercicio de hombría y de confianza en el que Muaré debía requerir gozosa ser aceptada como miembro activo.

Por aquel entonces, el Okan que había trascendido la noche de Man-bianga hasta alcanzar a la Muaré durmiente era solo un sueño, un espejismo hermoso al que Muaré Dafur llamaba cada noche con la perseverancia con la que un moribundo se resiste a abandonar la vida mientras no entre en su cuarto el mensajero portador de su absolución.

Durante seis noches Muaré Dafur intentó reproducir sin éxito aquel sueño, pero al séptimo día, Muaré, despertó con la alocada, imposible misión diría su padre, determinación de salir en busca de su Okan de ficción.
Siete era el número de la espiritualidad y la conciencia, el número del análisis psíquico y la sabiduría, el número del intelecto. Y siete era, también, la fecha de su veintiún cumpleaños, en ese mismo mes, Diciembre, que coincidía a su vez con el aniversario de la muerte de Magnolia, su abuela paterna. Su abuela Magnolia siempre apostaba todo al siete cuando jugaba a la ruleta con sus amigas, y siempre acertaba. Algo importante sucedería en la noche del veintitrés de Diciembre, la noche número siete desde que ella soñara por vez primera con Okan. Fue en la noche número siete cuando ella tuvo constancia de la existencia de Man-bianga, aunque su padre y su fiable titulación en antropología, y sus premios y todos sus best sellers, continuaran, erre que erre, negándola.

Muaré gastó todos sus ahorros de los últimos seis meses en un lote de incienso y velas, y en un carísimo frasco de sales de baño importado de Francia, además de una botella de aquel vino español al que su padre recurría cuando las musas le hacían la mala faena de marcharse a quién sabe qué destino: “sangre de toro”,en los preparativos para rememorar aquel sueño. Todo le parecía poco para invocar la voluntad de amar de aquel guerrero de humo que la había conducido al orgasmo solo con insinuar su erecta virilidad asomada ante las puertas húmedas de su virginidad, la pretensión de hacerla suya, solo con murmurar en su oído:

—No tengas miedo, seré muy cuidadoso, lagartija.

Muaré Dafur nunca se sintió lo suficientemente hembra como para obnubilar a hombre alguno, pero a su Okan de humo hecho con los distintos trozos de su insatisfacción, parecía encantarle toda ella.




****

¡Feliz navidad, mi Stella Polaris. Si te gusta tanto  como para hacernos juntos a la mar me la llevo a nuestra casa, Ultra. Creo que allí podemos navegar con mas privacidad y holgura . No creas que me he olvidado de nuestra cita en Legéndero, ni hablar. Ya estoy mentalizado para cumplir con ambas historias, solo que tengo que releer lo que ya está para ponerme en ruta.

Te regalo, además de mi humilde historieta, este temazo sensacional de Billie, hace una semana pensaba yo, mientras la oía a solas en mi cuarto, quién le habría dado a esa mujer ese conocimiento, esos requiebros y me dije a mi mismo: nadie. De la misma manera que sé que Horacio solo fue el disparador de tu tremendo arte.

Abrazo.

Dame una respuesta, cielo.







sábado, 23 de diciembre de 2017

Exoplaneta.






Debe haber otro universo y otro tiempo, capitán de otras patrias.
Otro confín, otro ritmo planetario, otra Suite del Cascanueces que no termine en El lago de los Cisnes.
Otra brújula y otra burbuja. Otro villano.
Otra reencarnación. Otro océano.






I.


Una tarde de esas en las que yo dormía
ese sueño habitual tan español
que llaman siesta,
te amé,
ni te imaginas cuánto a solas en mi cuarto.

Jamás había querido a una mujer de aquella forma tan espiritual.

Desnudo y sobre tí
el tiempo era un átomo grueso que nos hacía,
gravitar suspendidos
como los cosmonautas.

No nos mecíamos ni yo te penetraba ni decía
las cochinadas que a menudo digo
cuando me pongo cruel en los asuntos.
Te hablaba muy despacio
y mi boca, prácticamente dentro de tu boca,
te lanzaba floretas muy bajito:

Hermosa, eso decía mientras te cortejaba,
voy a quererte tanto
que vas a desear estar bien muerta
si algunas vez, amor, me voy de ti.

Nunca me iré de ti.

Te decía mi niña,
mi lollypop de fresa
mi pajarito flaco, mi amuleto,
mi lagartija y mi estrellita y todas
esas gilipolleces tan chulas y tan cursis
que nunca he dicho a nadie, ni diré.
Tú no decías nada porque estabas
completamente boba a la merced de mí,
y me mirabas con un placer hipnótico
que no he visto jamás en mis mujeres,

en ninguna.


II.

Según Garnier Malet,
cada estrella que habita el universo
tiene su estrella doble.

Ahora mismo, ahí fuera
hay un exoplaneta donde te amo y soy
un tipo muy feliz porque en mi exomundo
soy exclusivamente tu maromo,
y no soy ni casado ni soy manager,
y no tengo
un perro y un jardín
ni una madre enojada que me llama
muy en mayúsculas cabrón por pretender mandar
mi vida a tomar vientos por conseguir tu amor
ni soy papá de nadie,
y tú no estás enferma y no hay ningún
tumor hijo de perra que te haga la putada.

Solos: tú y yo,
queriéndonos.















miércoles, 13 de diciembre de 2017

Okan* para dormir a una Yalodde.






I.



Siempre supe que nunca me querrías.

Siempre supe que no serías mía
ni aunque yo le prendiera fuego a toda mi quinta
y recapitulara una corona y un trono a tu medida.
Nunca serías mía, ni aunque yo le ofreciera
mi corazón brincando, todavía,
y todas las novelas que aún no he escrito
a una legión de tribus invasoras,
ni aunque yo me entregara en sacrificio
a los dioses, los nuevos, los antiguos
con un salto del ángel,
que hubiera hecho historia, desde el Niágara.

Tú nunca me querrías
ni aunque el "Cierva dorada" regresara
desde la misma muerte victorioso.
No me querrías jamás
ni aunque yo en gallardía le ofrendara
a Yemayá Olokum* desde proa
palomas y guirnaldas de miosotis,
opeles y pulseras de esmeraldas
al despuntar el alba.

Tú a mí no me querrías, me echarías
de una patada a la maldita calle
si un día me encontraras al regresar del super
exponiendo mi amor en tus portales
porque las musas son solo eso: musas.
Y aunque nunca cediste tu aquelarre
a mis cuitas y llantos de guerrero,
(el miedo a ciertos brujos debilita, como un acorde frena los desplantes
asesinos que guían a las fieras)
yo siempre quise,
amor que dios y el universo se empeñan en negarme,
contigo hacerme tanto, tanto daño.

Y no tengo el coraje de olvidarte.



II.



Ahora ya llevo dentro tu veneno
y no hay ningún antídoto que calme
los temblores y el frío traicionero,
las fiebres que producen
los delirios oscuros, los cobardes.

Ya nada puede contener el frío.
Mi cama, todo el piso
es un páramo blanco que me deja
paralizado, listo
para  ese festival
de esculturas de hielo que se celebra en China.

Que ingenuo fui al pensar que mi palabra
podría darte el mundo,
que el mundo contenido en esos mundos
en los que yo pasaba
tantas horas evadiendo los míos
cumpliría el milagro de embrujarte.

Pero mi amor jamás podría embrujarte
porque todo mi amor (y mire que yo gasto una pasión
a prueba de catástrofes nucleares),
se moría a dos pasos de tu casa;
tú "Frozen" siempre aparecía y lo mataba
con su vieja katana
ojo de tigre
por más que yo fletara
misiones imposibles a los fiordos
nevados de tu cuarto.
Mi amor no te hace bien, más bien te mata.



III.



No más cantos de amor, no más martirio.
No más cuencos de miel
ni wemileres*
desnudo en tus solsticios.
No más naves galácticas,
Yalodde*,
violando tus espacios protegidos.



IV.


Te concedo, Yalodde que sostienes con tus himnos
los caminos de dios hacia mis selvas
ese silencio fantasmal que pides,
pues como bien alegas,
ninguna balacera de este mundo puede alcanzar el aura de un difunto
aunque eso signifique que padezca
la violenta condena de morir
bajo ese terremoto que es tu ausencia.

Todo se calla en mí si quiebras en pedazos,
con tu exilio de sedas coloridas
tapiando las ventanas de tu cuarto,
el islote a lo lejos y los barcos
que pueden conducirme
al país de la gracia de estar vivo.

Déjame,
déjame, amor, al menos
un trocito de luz en la ventana
para poder mirarte
cuando vuelva a sentir que estoy muriendo.










Glosario.


Okan: Tomado del término yoruba lucumí "Oka- kan", lazo sentimental indestructible, de corazón a corazón.

Yalodde: uno de los nombres por los que se conoce a Oshun, hija menor de Olodumare y diosa del amor, dueña del río y de la fertilidad. Sus devotos suelen ofrendarle miel y dulces aderezados con canela.

Olokum: hace referencia a Yemeyá Olokum, dueña de las profundices marinas y madre de la creación.

Wemileres: celebraciones en honor a las deidades yorubas africanas.