Follow by Email

viernes, 7 de diciembre de 2018

Pataki.







Hace tres meses que mi mujer hizo las maletas y se marchó de casa. 
Jamás pensé me dolería  tanto ser testigo directo del estado de vacío en el que quedan los muebles donde la gente guarda sus efectos personales. 

Cualquiera de esos adjetivos que los escritores usan para dar a las casas abandonadas un aire ruinoso, se quedan cortos frente a mi certeza de entrar en un estado emocional calamitoso irreversible. Para un tipo hecho a vivir en pareja desde los catorce, el divorcio es equiparable a la defunción del espíritu. 

Veintiséis años echándole en cara a mi mujer que ella me hubiera dejado un ladito absurdo y mezquino —cuatro cajones miserables y una barra— para organizar mis cosas y ahora que puedo guardar dentro del vestidor una caravana de camellos, y hasta el alijo de drogas del dueño de la caravana, añoro una barbaridad sus vestidos, sus bolsos y todas sus gangarrias femeninas. 


Claro que ella anda correteando por ahí, de aeropuerto en aeropuerto, sin imaginar que yo echo de menos que sus tacones, sus bragas y su bata, y todo ese etcétera de prendas que acompañan su peculiar vestir, y que ella deja desperdigadas por el piso, se enrede en mis pies cuando me levanto para ir a trabajar y atravieso el vestidor a las 6:00 de la mañana, camino de la ducha. 

Lo cierto es que es una tipa especial hasta para irse a la cama. A mí me pierde descubrir a la gente que usa esos conjuntos llamados pijamas, bien sean de franela, de algodón o de esparto, porque nunca los uso, la verdad. 

Mi mujer es de las que los lleva. Ella siempre duerme semi vestida, y digo “semi” porque un conjuntito como los que ella se compra en Harrods de encaje o de seda, o de satén blanco roto, es casi nada. Así que ella duerme semi y yo totalmente en cueros. 

Agradezco que sus vestuarios nocturnos sean cosa fina ya que al entrar en contacto (ella siempre contacta) su fashion fancy con mi nudismo aportan la dosis de confort necesaria que implica el descanso entre dos. 

Si ahora mismo les hablara a ustedes acerca de los pijamas que usan las mujeres con las que he dormido a lo largo de mis cincuenta años, coincidirán conmigo en que son una reverenda porquería comparados con los refajos que mi mujer se compra a juego con las bragas, la bata y los saltos de cama.

Los lunes, de la puerta para adentro, el cuarto es territorio bantú. Hay tanto género textil y calzado por doquier producto de esa inseguridad que padecen las féminas
 que la Romelia, mi asistenta de hogar, se ve forzada a entrar con una bayoneta o un fusil de asalto, no sea que el desbarajuste textil tome forma vital y la devore. 

Yo lo paso fatal, porque si de algo se ocupó mi abuela fue de hacerme un hombre organizado. Los días que me iba para la escuela de arte sin hacer la cama mi abuela Alejandra montaba un arayé* de padre y señor nuestro. En cambio a mi mujer le maravilla que el cuarto sea un ¡arayé! perpetuo.

Ella entra en la ducha y sale bien cañón, pero el vestidor te lo deja como el bosque en el que Hansel y Gretel se perdieron, hasta las trancas de migas coloridas que marcan el trayecto desde su lado de la cama hasta la ducha. 


Desde que se marchó, Romelia echa en falta cagarse en todos sus ancestros y en la hora fatal en que la echaron al mundo. Siempre que Romelia entraba a adecentar esa selva en la que ahora peno por su “desorganizadora” al adentrarme en sus confines, se le escuchaba la misma arenga: 

“Me cago hata en la hora que nació tu mujel, juan, hata el blumel deja en el piso la señora".

No tengo problema para procesar el idioma de Romi. Soy habanero de pura cepa, pero al ser mi padre natural de Santiago de Cuba sé de que pata cojea la lengua por esos lares. Es la inglesa de mi mujer la que no pilla nada.

No solo Romi se acuerda de ella, a mí todo el contenido de la estancia me la trae de regreso: mis libros, mis discos, mis sombreros … Sé que ninguno de esos objetos son de su pertenencia, pero tuvieron relación con ella  en algún punto de nuestras vidas, como dijera Melanie Griffith en referencia a su cariño por Antonio Banderas, “una jartá”. 


Paso los fines de semana encerrado en mi selva libre de residuos tóxico-textiles llorando como un pendejo y con Romelia repitiéndo mecánica y
 lisa mientras pasa la mopa: “oye, dejate de comel tanta basura que en el mundo lo que se sobran son mujere, mijo”, y que yo estoy mil veces mejor que mi mujer porque soy quince años más joven y que no me puedo quejar porque: "ponte para las cosa que hata las muchachita jovenes quieren contigo, negro".

Podría decirse con firmeza que me saqué el título de hombre en la escuela de la Romelia gracias a que llevamos juntos desde que nació mi primera hija. Romi fue la elegida entre las cinco niñeras entrevistadas. Ella me enseñó a poner dodotis, a dar biberones y a lavarle el pelo a la bebita sin que le cayera shampoo en los ojos. Según Romi, un papá tiene que saber hacer todas esas cosas.

Romelia es esa madre que no tuve y que nunca añoré, no soy de los que necesita ser el hijo de alguien. Si alguien tiene pedal suficiente para ponerme como los putos trapos es ella: “el coño e la puta e' tu madre que no tuvo ni ovario pa' crialte, Juan. Ya me has dejao' las juellas de los tenis en el palqué”.

Cada vez que a la Romi se le vuela el pichón empieza a rajar de mi mujer y a recordarme que no la llore más, que ella anda por ahí “templándose a su abogao', si señol”, mientras yo estoy  acá en esta casa que se me cae encima mordiendo el polvo en plan papá genial. Todo lo referente a mi divorcio pone a la Romi a punto de sirimba.  Como no tuvo hijos, Olofin me puso en su camino para que mi Orí* viviera la experiencia de tener el cariño de una madre y el compromiso de ser un hijo verdadero. Yo siempre fui mas hombre que hijo para mi verdadera madre, Gladys, aunque nunca dolió ser ese hombre.


A Romi le entra la Sirimba y a mí ganas de pegarme dos tiros, aunque no sé con qué, porque no soy cazador ni pistolero, sino mánager. Como no me raje las venas en el jacuzi con un cd o me ahorque con las cuerdas de la acústica que tengo en el estudio la llevo clara.

Le ruego a Olofin no me mande más mujeres que quieran ir en serio. A partir de hoy voy por libre.

—Que hay, bombón ¿qué te pongo?


¿Bombón? 


“Había transcurrido una semana desde que Juan pusiera la batea de Orummila* sobre la estera y, destapando el receptáculo, tomara del interior los dieciséis ikines* dejando tras el rezo de la moyugba* su pedido en manos de Orummila:



Moyugba Olofín, 

Moyugba Olorún, 

Moyugba Oloddumare



“¿Bombón? ¿Alguien dijo bombón?

 Juan cerró la agenda, miró a los lados y analizó a los comensales de la mesa de en frente para enterarse de quién era el bombón que anunciaba la vocecita frente a él. Entonces vio que la muchacha de la vocecita infantil se adentraba en sus ojos buscándose, pensó, a ella misma en las pupilas de él y, en efecto, allí estaba ella, una ella por cada ojo de pie junto a la mesa con la libretita de tomar nota a los clientes esperando que el “bombón" de la gorra negra le comunicara que iba a tomar y vio (sintió) como el espíritu de Don Cristóbal Colón anidaba en su voz de hombre bombón diciendo (para él mismo): 

“Moddukué,* Olofin, es la mujer más preciosa que he visto en toda mi vida". 


—Bueno, mijo, lo que Colón dijo fue: “Es la tierra más hermosa que ojos humanos han visto”.


—Por supuesto, pero lo que había junto a mi mesa no era la isla de Cuba ni era América ni nada, Romelia, era una enviada de Olofin con tremendas domingas...

—Juan, saca la mano del plato de croqueta' que son pa' la cena.

— ...y una mata de pelo caudaloso para agarrarse mientras uno se va...

—¡Juan!!!!

 —...para donde tú sabes que vamos los tipos cuando nos estamos tallando a una piba que está de pinga.


“Una mujer no igual, pero sí casi a la que Juan le había pedido Olofin. Juan pasó la semana siguiente al descubrimiento en el bar pren
diendo velas y poniendo toda clase de ofrendas exóticos por la labor de Olofin al concederle su deseo: «una mujer libre y soberana que necesite mantener sexo con un hombre libre y soberano»...”.

...y tomando café en el bar de la señorita de las perras domingas, aunque yo nunca le decía ni esta boquita de mudo es la mía. Llegaba a las 3:00, en punto, a mí marcándole tarjeta a las amantes no me gana ni Mazzantini el torero, y me plantaba en la terraza, en la mesa cinco que es desde donde se controla mejor el interior del bar. 

La paisana de Gabo, Miss Colombia, aparecía, yo le pedía con voz antillana: “mimi, ponme un café” y ahí empezaba la danza del cortejo: ella me traía el café a lo Luis Fonsi, despacito, yo le rozaba el dorso de la mano con discreción, ella me sonreía, también con discreción, se alejaba otra vez a lo Fonsi y se metía trás la barra a hacer sus cosas. Y así pasábamos la tarde, matándonos eléctrica e indiscretamente con la mirada.

Creo que el valor necesita el mismo número de días que a Dios le hizo falta para inventar el mundo, porque justo al séptimo día de visitar el bar, el domingo,  Miss Colombia mandó a tomar vientos Luis Fonsi, vino a mi mesa como un maremoto y me dejó una nota junto al café con su teléfono. Le dije: “coño mimi, que yo puedo ser tu papá”.

Esa misma tarde llamé a mi hija entrecomillada para hacer todas esas cosas que yo acostumbro a hacer cuando me interesa una piba; comer, beber, bailar, en ese orden hasta acabar (ya se veía venir) en mi cuarto besándonos mucho y sobánsonos, y oyendo a Diego “el Cigala” cantar repetitivamente: «cada parte de ti / tiene forma ideal / y si estás junto a mí / coincidencia total de concavo y convexo / así es nuestro amor: en el sexoooooooo». 


En fin, haciendo Miss Colombia y servidor que les habla el famoso “Cóncavo y convexo” de Roberto Carlos, pero sin la la repetición larga de la 'O' en la palabra sexo  odteniendo como resultado final: sexo... y preguntándole al fondo del vaso de tequila qué carajo iba a hacer con la piba “muda” que dormía ebria y en cueros en mi cama.

Todo el que conoce sabe que soy muy hablador. Con mi mujer hablaba hasta por los codos después del acto, en los entre actos y durante. No sé quién de los dos le pedía el carrete prestado a Buzz Light Year (“hasta el infinito y más allá) antes de entrar al cuarto, pero así era como discurría la acción mientras bajaba la botella de tequila y pasábamos de Trane a estar ella arriba y luego a Parker. De Parker a Miles y de Miles a estar ella abajo. Del misionero a Monk y ahí ya nos moríamos con Monk en cualquier pose del kamasutra que nos pillara: el trapecio, el 2, el 69...


Ni muchísimo menos mi mujer se queda tan ancha con un polvo. 
¡Hijoeputa abogado!, que ahora se la tiene que andar follando en su cuarto de soltera allá en casa de sus viejos, en Camden.

Mientras devolvía a mi hija entrecomillada  al domicilio paterno, me acordé del día de mi coronación de ifá* y de mi padrino mirando misteriosamente su cadena sobre la estera como una culebra oscura paralizada:

“Este signo de ifá prohíbe vivir con una omo yemayá. En este ifá a Orunmila le pegaron los tarros y él se tomó a cuchillo la justicia. Es ifá de soledad y hastío”.

No se me ocurrió otra cosa que pedirle a Olofin, a Shandi, a Alá, a Brahma, a Vishnu y a todas las deidades de los hombres y a los muertos que un día fueron hombres al servicio de dios que, por favor, me devolvieran lo que yo les había pedido se llevarán de mi casa aquella noche de sábado:

“¡Perra, te voy a rajar de arriba a abajo. Te juro por mis muertos que no te van a quedar ganas de jugarmela, puuuuuuuta!”:



“Onó Shangó mandó a Omo Yemayá desnudarse. Al ver el ventanal abierto en flor como invitación forzada a salir al exterior del cuarto, Omo Yemayá dijo: 


—Onó Shangó, hace frío”.

—Las putas nunca tienen frío porque salen a fletear por las noches medio en cueros, vamos, camina. 

Onó Shangó agarró a Omo Yemamayá del cabello y la arrastró a punta de cuchillo a la terraza lindante con el cuarto matrimonial.









GLOSARIO YORUBA CONGO LUCUMÍ:


Pataki: leyendas e historias que narran la vida de las deidades africanas (orishas) mientras fueron hombres en la tierra.


Arayé: revolución, guerra.


Oloddumare: dios creador del todo y del destino de todos los hombres.

Orí: espíritu, alma. Partícula de dios.

Olofin: deidad creador del universo y patriarca del pueblo yoruba.

Ikin: los ikines representan dentro del culto a ifá el misterio de la creación. Es una de las herramientas de adivinación más utilizadas por los sacerdotes de la orden de ifá, los Babalawos, está el ikin Ifá. El ikin es la nuez de una palma especial que crece en África.

Onó: rey absoluto.

Shangó: dios del trueno y del rayo. Dueño de los tambores batá.

Omo yemayá: hija de la deidad yoruba lucumí Yemayá, diosa de la creación y reina del mar.

Moddukué: gracias.



jueves, 6 de diciembre de 2018

Vengo del oeste, soy un Cowboy....








Todo el mundo se fija siempre en Bill Gates, en cómo lo hizo y en qué clase de patrón usó para sacar adelante sus movidas revolucionarias.

Créanme cuando digo que admiro muchísimo a Bill, pero para héroes los míos, peña. Cierto que mirarse en su espejo está de puta madre y que Bill fue un creador muy magnífico y todo lo a que ustedes y al mundo se les antoje elogiar, justificadamente, claro está, pero les mentiría si dijera que Bill tiene algo que ver con mi manera de pensar, mi trascendencia e ideología. Creo, fundamentalmente, que los libros se eligen de la misma manera en la que decidimos hacernos fan de tal o cual artista: por sintonía emocional.

Cuando encontramos a un autor que nos pone de verdad las pilas es, definitivamente, nuestro autor, y quien dice autor dice cantante, diseñador... .

A veces uno encuentra en el ídolo lo que le falta para tirar para delante en "x" momento de la vida o simplemente ve que el cantante o el escritor tiene un modo de vida o de crear que nos recuerda a..., o estructura y modela a sus personajes con todo lo malo habido y por haber  o con lo bueno y lo positivo que vive dentro de nosotros.

En tal caso les confirmo que si en alguien uno se fija es en el cantante DellaFuente, un tipo de abajo que hasta hace nada tenía que hacer veinte mil maromas para llevar dinero para su casa.

Yo también hice, literalmente, de todo o casi, para llegar hasta aquí. No trafiqué con María como DellaFuente ni nada de eso. Me tocó, bajo mi punto de vista,  algo peor  y cuando digo peor (no, no me arrepiento en lo absoluto de mi pasado) digo que hasta vendí mi cuerpo para llenar mi mesa Les aseguro de corazón que follar por dinero no es tan agradable como el personal piensa.

De la primera vez que me tocó ese asunto recordaré hasta que me muera el perfume de la tipa: Chanel n° 5. Se llamaba Victoria y era Italiana. La Viki tenía los ojos verdes aunque les juro por la salud de mis tres hijas que yo ni los miré con los ojos que siempre miro a las pibas que gastan miradas de esa guisa mientras singabamos.

Victoria, la vikinga, me llevó primero a cenar tal y como se alimenta a un púgil antes de subirlo al cuadrilátero o como a un cerdo al que se engorda con el único fin de darle muerte a cuchillo para el banquete navideño. Entramos en el cuarto y fuimos directo para la ducha y a partir de ahí fue un no parar.

Me dio buen uso la muy puta, porque según ella para eso pagó, así que me tire toda la noche sin dormir. Qué ímpetu tenía la señora. Fue, les confieso, con diferencia la noche más larga de mi vida y las mas perra. No supe lo que significaba sentirse sucio hasta que llegue a mi casa y le dejé a mi mujer en la mesilla los 150 $ que me gane con el oficio de mi buena polla.

Recuerdo que cuando salí del camarote (la movida fue en un yate amarrado en el puerto deportivo “Marina Hemingway, donde mi colega era el patrón) le dije: Celso, no se te ocurra mandarme  a llamar para estas cosas never de never. Pero hubieron muchas noches de esas, claro, para Celso y para este servidor.

Sea uno un hombre, una mujer o un perro verde, vender la carne te hace sentir peor que un majá atravesando una selva llena de barro. Mi mamá dice que tengo un problema, un tú a tú digamos conmigo mismo y que para soltar amarras y tirar mar adentro tengo que perdonarme todas las barbaridades que yo considero son barbaridades de mi pasado y ahí ando, aprendiendo a aceptarme para poder soltar amarras, así que  como dijera la salsera cubana Tania Pantoja:


¡ESE SOY YO!


Dicen las lenguas vipe-larias que es imposible que un escritor joven pueda contar algo de peso que en verdad interese y deslumbre a los lectores. Siento reflejar mi más sincero  acuerdo con dicho planteamiento haciendo antes la salvedad de algunos casos de madures literaria (Charles Baidelaire).

Mayoritariamente, la experiencia se impone contra todo pronóstico. Si uno toma como referencia la primera novela del escritor colombiano Gabriel García Marquez (Gabo) publicada en 1955,  "La hojarasca" y " El amor en los tiempos del cólera" publicada en el año 1985, se dará cuenta que hay una diferencia abismal, treinta años, en cuanto al banco de datos memorial se refiere y esto favorece, sin duda, al buen hacer del escritor y por ende a la conexión con los lectores.

Hablamos acerca de la voz de la experiencia  y en experiencias tengo la memoria tan plena de sucesos que podría contar una novela por año y dejar a la peña con la baba caída, lo que no tengo es ni tiempo ni plan de vuelo y a eso en literatura equivale a ser un:

¡ PROCASTINADOOOOOOOR!!!!!!!!!

(“Po' zi", la puta de oro que me parió, perdóname mamá).

¿Qué hubiera sido del cantante DellaFuente si hubiera hecho caso de los que afirmaban que no llegaría ni a la esquina de su calle cantando?

Como soy su acérrimo seguidor les informo que DellaFuente hace a día de hoy lo que su corazón manda y factura a través de ese impulso emocional lo que la peña no puede siquiera soñar.

Por ese motivo, el de facturar no, ese es el de DellaFuente, por el mío que es hacer en mi casa (ésta) lo que me salga de mis bendecidos cataplines, aviso a los navegantes que visiten el tatuaje que, actualmente, voy en modo avión, o sea: escribo lo que quiero y como quiero y, ciertamente, me la suda la crítica y sus criticones, aunque esto ya lo he dejado claro en más de una ocasión. Eso no significa que no me considere un aprendiz y que no muestre respeto hacia el oficio.

La palabra va, igual que el hombre y la civilización que lo envuelve, mutando. Los escritores no dejaremos nunca de ser aprendices. El mundo se transforma y somos nosotros los encargados de dejar constancia de dichas mutaciones, llámese transformaciones o como diantres quiera el lector.

¡TODO ESTÁ EN LOS LIBROS!


Pues eso. Lo que a usted le ha pasado; un divorcio, un desamor, un enamoramiento mal apañado, un viaje maravilloso en familia, la muerte repentina de un familiar… le ha pasado también a alguien en un lugar distinto o igual al suyo en el mundo. A los hombres nos ocurren las mismas cosas solo que cada uno tiene una manera distinta de procesarlo. Los escritores somos ese otro alguien que ficcionamos tomando como eje la realidad absoluta.

Cuando alguien me pregunta si escribo sobre mi o si hago ficción siempre respondo que escribo sobre mi emocionalidad y que hago ficción con trozos de verdad y viceversa, da igual si para llevar a buen puerto la empresa uno se hace llamar DellaFuente, Juan o Amansio, el tipo de marra de las camisetas. Lo que en verdad ocupa en este caso es conectar y que sirva de algo para el receptor, porque de sobra afirmo que al emisor ya le sirve (cada cual sabrá para qué le sirve escribir según su experiencia vital y nivel de consciencia).

Decididamente, y según la escritora Morgana de Palacios, fundadora del taller literario sin ánimo de lucro Ultraversal donde servidor ha recibido formación, primero espiritual y segundo literaria:

“UNO ES QUIEN ESCRIBE”.

SI usted es escritor y está perdido o quiere dedicarse a ello y no encuentra el camino, le sugiero solicitar la entrada al foro madre del taller Ultraversal. En mi opinión, es el único lugar en la tierra (digo en y no sobre) donde, realmente, va a encontrar el camino hacia si mismo, que es al fin y al cabo de lo que vamos los que de verdad somos escritores.

¿Qué beneficios tiene hincar los codos en literatura?

Sencillo:

Mientras no sepas para qué sirve y como se usa cada herramienta, recurso o tips, serás esclavo de tus letras. La carta de libertad solo se obtiene cuando, realmente, se tiene el dominio de las artes escritas. Teniendo en cuenta lo dicho el autor puede crear su estilo propio partiendo de los existentes y hacer lo que hace DellaFuente:


¡LO QUE LE SALE DE SUS SANTAS PELOTAS!!!!!!!


Sí, igualmente que me ocurrió con mi bisexualidad, he tardado lo mío en aceptar que soy y he sido siempre un escritor... o como bien dice mi ídolo, un Cowboy:

“Vengo del oeste 
como un cowboy 
encima del caballo 
como un cowboy
en la mano la soga 
como un cowboy 
cartel de se busca, cowboy 
cowboy cowboy 

Estoy con los vaqueros 
como un cowboy
botas con espuelas 
soy un cowboy 
vengo del oeste, cowboy
Cowboy, cowboy”.


Gracias, Emperatriz, por mantenerme en la brecha y por tener entre tus manos mi corazón mi hígado y mi palabra. 

MODDUKUÉ, cariño. 

Que Olofin  bendiga ese instante en el que tu ORÍ se cruzó con el mío.

Gracias por no soltar mi mano.


Un montón de besitos, mi guerrera HELENÍSIMA.





miércoles, 5 de diciembre de 2018

Caramelo a kilo.

(Fragmento de la novela inédita “Modo avión")







El horno no estaba esa mañana para galleticas y que Ernesto me dejaría colgada la respuesta, pero aún así llamé a Ernesto para saber de de su mujer. 


Para desgracia de los dos mi amigo solo tenía cuerpo para llorar, que es lo único que le queda a a quien se le está muriendo el amor de su vida. Sí, su mujer tambien era el amir de la vida mía. Tengo esa mala costumbre de emperrarme.con lo ajeno y que lo ajeno nunca se emperre conmigo.

En otra situación Ernesto mandado de vuelta para ese lugar que tanto odiamos los caribe: el coño de la mamá de uno, y me habría dicho que yo era un pendejo, a borde no le gana nadie, como respuesta a mi vaina, «y, ¿qué tal amaneció Estefania?», como si uno hubiera llegado de Marte justo en ese minuto y no supiera que aquella mujer que nos tenía pillados por los huevos desde hacia veinte años, se moría en el hospital Battista Gracci de Roma de un cáncer de hígado.

Le pregunté además si estaba despierta y si había comido, y si había preguntado por mí, pero Ernesto parecía el hombre ostra y solo decía: sí..., no, o simplemente nada. Ni siquiera cuando yo le dije que cuando carajo pensaba comunicarme lo de Estefanía dejó de ser Ernesto el Ostra y se amarró a llorar. 
Entonces lo dejé desahogarse un rato sin decirle ni preguntarle mas hasta que ya me dijo:

—Te iba a llamar pero ella no quiso.
—¿Por qué?
—No quiere que la veas así
—¡¿Así?! 

Claro que yo sabía a que  “así”  se refería, el ASÍ que devora desde dentro hacia fuera toda la materia hasta llevarse por delante al dueño de la materia: un cáncer de hígado. 


No sé qué clase de hombre creía Estefanía que yo era para no presentarme en Roma después de todo lo que vivimos su marido, ella y yo.

Mi mujer andaba de gira por Europa y yo tenía la cama y el cuarto libre para llorar lo que no iba a llorar en Roma ni en el crematorio ni nada. Algo entre la racionalidad y el machismo me dijo que solo iba a tener esa oportunidad para cagarme en la puta celestial que parió al mundo y en todo lo que los humanos nos cagamos cuando Dios ahoga y si que aprieta que da un yuyu de cojones. Una noche nunca es suficiente para despotricar horrores contra Dios y contra esas deidades paganas que le hacen la competencia a ese mismo Dios que uno bien sabe no tiene la fórmula para devolverle la salud a los aquejados de cáncer, pero eso tenía: una noche.

A mí sí que no me hacía falta ser vidente ni tener un doctorado en psicología para saber que en cuanto asomara por la clínica el hombre que había soportado el cielo sobre Fifí y yo en aquellos años tan duros que los habaneros conocemos como “período especial”, pero que de especial no tiene nada, haciéndose el duro cuando en el fondo todo Miramar sabe que él es más blandito que el flan, se iba a tirar al piso y entonces me tocaría a mí recogerlo con una pala y prestarle el hombro, que para eso son los grandes amigos.

Si bien es cierto que Ernesto Lomba y yo empezamos con mal pie, fue Estefanía quien fraguó nuestra alianza:

—Ay, mijo, no me hagas reír.

No, yo no había lanzado a la palestra ningún chiste por el que Ernesto tuviera que reírse a mandíbula batiente, lo único que hice fue responder lo que el me acababa de preguntar: «¿Te acostaste con Estefanía mientras yo estaba en Austria?» (Sí. Lomba es un finolis y un protocolario cojonudo hasta para hablar de cuernos. Yo en su lugar habría preguntado: «¿te singaste a mi mujer?», que fue lo que en verdad pasó).

Nos miramos a través del espejo del camerino. Yo me cambiaba de pantalones para el siguiente número y él mutaba de hombre común a acróbata circense del cabaret más famoso del caribe: Tropicana. En el escenario, alguien, no recuerdo si Caridad Cuervo o 
Malena Burke, cantaba “Caramelo a kilo”. 



"Yo traigo los caramelos
de azúcar y miel de abeja
de coco para las niñas,
de piña para las viejas.

(Coro)
Caramelo, caramelo, caramelo a Kilo
caramelo,
ay caramelo a kilo".



—Así que tú eres el amorsito Estefanía.

“Amorsito”, eso daba la impreaion de referirse a una mierda de tipo, bajito, comemierda, un pendejo con nada de cualidades para trajinarse a un piba, pero fue así como Ernesto lo dijo, a lo cortico, sin preámbulos raros y sin apartar los ojos de mis ojos vigilando los suyos en el espejo. 


Me costó años descubrir quién fue el hijo de mala madre —la hija, luego supe que fue Olga—, que le chivó que Estefania y yo nos lo montabamos en la ducha de ese mismo camerino, mi camerino, y algunas noches en la misma casa de ellos, en Miramar, los fines de semana en los que yo le vendía a mi mujer, Lyn, el cuento de que me iba a Varadero a trabajar de gogó.

El caso es que Ernesto ya lo sabían y que yo tenía ganas de atravesar en un truco imposible, a lo houdini, el espejo para ponerme a salvo. Entonces dije:

—¿Quién, yo? Estefanía me dijo que ya no estaba contigo, man. Así que pregúntale a ella que yo no tengo na’ que ver, ¿eh? (acojonado hasta las trancas).

El silencio se instalø entre ambas partes y hubo un mirarnos de arriba abajo y hasta un maricón de dientes para adentro que Ernesto me soltó antes de decirme a quema ropa:

—Aquí lo que menos hace falta es un pendejo en medio. Yo diaparo muy bien, Juan, y le soy a la primera a todos loa blancos —me dijo.

Que a Ernesto Lomba le gustaban las carreteras dos sentidos de lo sabía hasta el personal de la limpieza. Lo mismo le venia bien una cagüama que elnhermano mayor de la cagüama. Supongo que un hombre tan temperamental como yo se hubiera dejado los dientes en el piso cada vez que allá en las alturas solitarias del trapecio, el mambo se le apretara, pero a Ernesto Lomba no. Yo ya le hubiera dado un par de sopapos al comemierda que hubiera osado tanto tocar a mi Lyn, como decir una farfulla como la que yo le acababa de endiñar a su mujer: Estefanía nunca dijo haberlo dejado con Ernesto.

Fue justo ahí cuando el hombre que amaba las cagüamas, se quitó el pullover y le mostró a mis ojos de cagüamo cobarde aquellos brazos de remeros que podrían revolear a este lánguido roba mujeres diez mundos más allá de los que anduvo Alicia al beber la poción que la hizo tan pequeña como yo me sentí ante el coloso que forcejeaba con las perneras de los pantalones enroscadas a los tobillos.

«Dejate ya de abuso, Juan». —dijo, ya desnudo y ya fuera del boche.

Cualquiera movía una pestaña mientras aquel tipo se miraba las manos y los nudillos intentando, creo, vencer las ganas de hacerme lo que le hacía mi abuela con el martillo a los filetes de ternera que comíamos esos escasos domingos en los que no tocaba arroz y huevo.

Que Esther, mi vestuarista, entrara en el camerino como una tromba de agua era, además de costumbre en el cabaret un alivio. Con Esther de puertas para adentro a Don Diplomático no se la ocurriría tocarme ni un solo pelo. Tanto Esther como el resto de vestuaristas estaban hechas a vernos deambular de un lado a otro medio desnudos sin que aquello representara un acto escandaloso. Lo que a Esther le chocó no fue vernos en cueros. Caridad Cuervo, o quien fuera    (¿Malena Burke?) estaba a punto de acabar el caramelo: «Juan, mijo, que estás a medio vestir. Dale apurate». Esther sacó de la percha la camisa a juego con el pantalón y me la pasó.

«Que alguien de maquillaje baje a los camerinos. Voy tarde ». 


Ernesto buscó en los cajones, sin ser suyos kinnada, lo que supuse era un peine que jamás encontró. Desde siempre me han ido los cortes de pelo a lo militar. En cambio él siempre ha llevado flequillo largo y melenitas y esas ripipeses, no dejaba de acomodarse el pelo en el espejo, aunque yo creo que lo que hacía era tiempo para encontrar el espacio oportuno para ponerme un ojo morado o arrancarme un diente o las treinta dos piezas dentales con un gancho un swing un  uppercut...

En cuanto Esther, la diligente, se fue a maquillaje a cumplir con lo que Lomba le pidió y quedé de nuevo a merced de aquellos ojos ernestiles, regresó el temblor a mis piernas. Ni se imaginan lo feliz que me puse al oír aquel revuelo de aplausos y de silbidos y de bravos enardecidos (y alcoholizados) del público y, por fin, los acordes del tema musical: “Oh mayi”, la coreo que yo debía a interpretar con la mujer objeto de la ¿bronca? Estefania. Volví a reencontrarme conmigo en el espejo. Gracias a Dios todo estaba donde se supone que debía estar para salir a escena; bueno, gracias a Dios no: gracias a la piedad de Ernesto Lomba.


Era pan comido aquel escenario tan distinto del que ahora me toca, plagado de heridos y de cadáveres que flotan en la noche de mi tiempo como la espuma residual de un lago contaminado. Lo difícil no es morir, sino mantener el tipo y la cordura mientras te vas borrando poco a poco del libreto de la vida Aún así, siempre cabe la posibilidad de aguantar el calvario con la ayuda del opiáceo oportuno.

Precisamente, fue así como encontré a Fifí; sedada, sin desgarros, sin dolor, varada en lo irreal que habita en esa dimensión solo visible para los moribundos donde los ancestros que cada cual posee cumplen con el papel de eternos anfitriones. Puede que mi tío Armando, amigo y padrino en la regla de Osha de Fifí muerto en un accidente de tráfico, estuviera mostrándole el antro donde más chévere se bebe en el inframundo.

Sí. Ahora solo quedamos Ernesto Lomba, yo y un grupo reducido de colegas para llorarla.






viernes, 10 de agosto de 2018

Diplodocus Saurópodo.







Dinosauricos brujos augurando catástrofes,

regresan los poemas del túnel de las almas.

Testamentando al aire sus voluntades ciegas

cuellilargos jurásicos arrastrándose balan.


Les doy consuelo fatuo, mi alimento de nómada,

y de beber canciones astrales olvidadas.

Destierro a los turpiales resueltos de mi lengua

e instauro con la arena milagrosa del alba

inamovibles mundos de secuoyas altivas

que derraman secretos bosques en mi garganta,

pero tercos se niegan a aceptar mi refugio

porque a morir regresan a su casa de fábula.




****



Ella llegó de pronto, igual que las tormentas,

un sábado en la noche al inmolarse mayo.

Yo le ofrecí  un Martini, como cristal: mi cuerpo.

Yo le presté mi flota. Yo me volví de sándalo.


Mi jerga marinera, todas mis posesiones

a las constelaciones regalé como un bárbaro

sediento de su sangre compuesta de mil razas.

Y ella abrió ponderosa ante su extraño bárbaro

sus tratados mas viejos como pura promesa.


Catedrales de lágrimas coronadas de albatros

vi asomado al ensanche de su boca de antígona,

a Salgari en calzones corriendo tras un gamo,

montado sobre el tiempo corría el tigre de Mompracem.

El mundo sumergido en su mar de vocablos,

dando sentencia firme a mi moción urgente:


¡Vamos, bárbaro triste, adentrate en mis páramos!





martes, 10 de julio de 2018

Spicy Mami.





A pocos años de cumplir sesenta y nueve, mi mujer parece haber vendido lo mejor de si al ángel del señor a cambio de conservar su envoltura. 

Si alguna de las damas que ahora mismo anda husmeandopor entre mis movidas blogueras le apetece saber dónde ese chulo come raspa se guarda el caldero, ya se lo  cuento yo: en el gym. Es allí donde mi mujer, Tony, pasa un montón de horas. A ella no hay trasto que se le resista, por muy sofisticado de sobar que éste parezca. 

¿Tiene ese culto al sudor que las reinonas de la quinta de mi mujer ponen de manifiesto con el fin de mantener a un maromo veinte años más joven arrodillado junto al trono? Pues miren ustedes, la verdad es que hasta ahora no me lo había planteado. Creo que mi mujer anda necesitando que le diga que la quiero, sea cual sea su apariencia y edad.

¿Les he contado que mi mujer es calcada a Gal Costa?, pues sí, aunque sólo en especie. En la actitud y el desparpajo del que hace gala en ejercicio de su profesión, Tony es pianista, es idéntica a Mala Rodríguez.


Mala Rodríguez.



En cambio el trasero…, ese bombón de escándalo por el que yo monto tremenda escandalera antes y durante el perreo no es ni de lejos el de “Mala Rodríguez, con todos mis respetos hacia Mala, sino el culo magnífico de “Cardi B” sin la intervención del bisturí americano. El trasero de mi reina es obra de Dios, completamente natural y genético. En cuanto sonó el timbre y mi “Mala” sacó su trasero de la cama, se calzó sus zancos de diva y se cubrió con la bata de seda saliendo a la sala donde convergen los cuartos de la segunda planta, me molesté mucho.

La planta alberga todos los cuartos habitables menos el de Romelia, mi asistenta de hogar. Desde que mis hijas dejaron de usar pañales Romy duerme en el que queda justo en frente del recibidor, por eso fue Romy quien abrió la puerta a quien mi "Mala" gritó desde la cima de la escalera: «¡sube!». 

¿Sube?

Por descontado que ese hijo de puta es conocido nuestro. ¿Que cómo sé yo que es un nuestro y no una nuestra? Mi mujer no tiene amigas ya que Tony considera a las de su genero enemigas en potencia. Si por mí fuera habría dejado a Don Nuestro con el dedo pegado al timbre y al relente. 

Cuanto más se acercaban los pasos del magistral mamón, el “nuestro” jodedor revienta polvos, a mi mujer...


(ese de arriba es Juan. Se pone demasiado belicoso cuando alguien cruza su frontera, por el bien de la historia, me he visto obligado a intervenir. ¿Que quién diantres soy yo para tomarme esa licencia: su alter, el señor Madison).

“Las pisadas del visitante nocturno inesperado se acercan a la ama de la propiedad, mientras que el amo del cortijo, Juan, pelea junto a la cama por meterse en los vaqueros. Es desde esos saltitos de cuco que la gente da cuando le puede la prisa por vestirse en el intento de no rodar por tierra, que Juan escucha los dos besos hispánicos que el inoportuno chafador de actos sexuales le da a su esposa en las mejillas y, segundos mas tarde, el contrapunto que los tacones de su mujer mantienen con el parket de vuelta al aposento”.

Pero, comencemos pues, en honor a ustedes, lectores, la rememoración del follón monumental que tuvo lugar aquella noche por el principio. 

(tíralo despacito, Juan):




“Hacía mucho que mi mujer y yo no salíamos a bailar.

¿He dicho bailar?

Pues rectifico. En realidad soy el único de los dos que baila. Mi mujer tiene tan malas artes para la danza que cada vez que sale a relucir la propuesta soy yo quien hace de solista mientras ella observa el bamboleo indecente de mis caderas, la pelvis gozando, los hombros zarandeándose… Justo cuando la rumba se pone buena y yo me mando Tony se me tira al cuello como una vsmpira y me engrapa con sus labios y me besa, y todas las abejitas curiosas que me circundan se espantan.


Sí, mi Tony siempre ha sido celosa y miren ustedes por donde,era la ocasión perfecta para que la celosa y yo nos arrancáramos no solo a bailar, sino también a cenar, a beber y a todos los infinitivos asociados con la celebración vigente: el sesenta cumpleaños de Tony.

Finalmente, no hubo ni tan siquiera un pisquilabis. Yo nunca como cuando bebo y Tony andaba en medio de una de esas dietas donde el alimento viene deshidratado en una bolsa en plan astronauta. Mi mujer tiene una voluntad de acero para estos menesteres, ni siquiera por tocar con Sting, Tony se saltaría su mejunje cósmico en honor a la heroicidad de convertirse en la sílfide que nunca fue y así de hambrientos partimos Dña. "sílfide" y yo para la discoteca “El Mojito”. Primero pasamos a recoger al soltero de oro de la peña: Sergio Balaguer, y luego por el barrio de Gracia a por mi colega Giubi. Siempre que el marido de Giubi, Bobby, se ausenta —Bobby es contrabajista y viaja mucho, Tony y yo nos encargamos de hacerle compañía a Giubi.

Con la peña a buen recaudo perfumados y elegantes todos, o como diría la difunta Carmen Ordoñez: «divinos de la muerte», partimos (entonces sí), hacia el “Mojito”.

No hicimos más que entrar a la discoteca cuando a Balaguer se le metió por los ojos una morena, de esas que yo llamo "agente especial del tráfico" por su alto potencial de peligrosidad en las curvas, embaladas a duras penas en uno de esos vestidos de lentejuelas que los cubanos llamamos cortico y sin espalda.

Sin espalda era el vestido. La diosa del cacao sí que gozaba de una espalda sexi apta para montar sobre ella un banquete con todos esos manjaress que crecen en las campiñas americanas y que los europeos llaman exóticas, para ser devorado sin cubiertos sin manos ni nada; a lengüetazos.

Era la espalda de la criollita de Wilson* lo que mi colega Balaguer miraba (devoraba) como un comemierda. En cuanto lo vi (vi solo, yo no lo devoré ni nada de eso, Balaguer no es ni será nunca mi tipo) con esos ojos que él pone de carnero degollao', y lo oí —con los ojos lo oí, la música en la sala me impedía percibir el sonido que Balaguer emitía tartajeando (eso intuí por sus gestos faciales descontrolados) como un verraco, mandé a Giubi a averiguar el teléfono de la piba como favor, pero antes nos arrimamos a la barra. Todos pedimos mojito menos Balaguer. Es esquizofrénico y debido a su medicación nunca bebe más que un Red Bull.

Balaguer siempre viene de perlas para estas movidas porque al final de la noche es él quien lleva el carro de vuelta. A esas horas la Ronda de Dalt está infectada de maderos ansiosos por clavar multas por alcoholemia y ya que yo no iba a conducir de regreso me pertreché para afrontar la noche con un chupito de tequila para entonarme y el primer Mojito de la noche.

«Métale candela a esos Mojitos que saben a refresco y aquí todos somos cubanos», mandé al barman y el tipo, obediente, le agregó ”candela" (ron Habana cinco) a los tres mojitos en fila.

Había un montón de peña gozando con el mendó de Tego Calderón. La verdad es que no sé si fue culpa del folklore que Tego siempre larga…,






o del ambiente que siempre hay en el Mojito la razón por la que, de pronto, me entraron unas ganas tremendas de pillar cristal. Siempre le he ido más al cristal que a la Coca.

Claro que una mujer como la mía que había superado en el una adicción al crack no podía enterarse de mis oscuros deseos, así que le dije a mi colega del alma: «Giubi, voy a acercarme al Raval a pillar algo. Llévate a Tony para la pista y entretenla. Dale, y llévate a Balaguer también.»

Cuando a Tony le entra la perra de que Giubi la eclipsa como mujer aun siendo Tony una morena linda, y me dice lo suficientemente cerca de Giuby para asegurarse de ser escuchada por él: «ay que joderse con esta maricona que siempre me deja a la altura de una cucaracha», que digo yo que esa altura lo que hay ya es el suelo y de ahí para abajo no han pasado mas que los difuntos, así que las dos están igualiticas en condiciones, no hay dios que la aguante.

Es la razón por la que yo siempre ubico a Balaguer en medio de Giubi y Toni y santas Pascuas. Además, era inviable llevarme a Giubi. Desafinaba un montón en medio de las putas del Rabal un transexual tan glamuroso. Me gustaría ser un maricón bien parecido para que un tipo como Bobby, que es un buenazo, me tire en trapos y en chucherías de 24 quilates toda su pasta.

Lo cierto es que, aun teniendo Giubi entre las piernas un animal diferente al que lleva la diosa del cacao, moviendo ahora la cintura en la pista mientras el Tego larga: "yo soy el negro Yíbiri,el Eminem de los guasibiri,el que nunca tira a tribilí...", y a la que Balaguer pretende entrarle sin tener ni pajoneros arrestos, nada que envidiar.

Si Giubi era de poca utilidad, Balaguer era toó much inservible para mis fines con ese modelito de Armani. Sería un engorro adentrarme en las tierras salvajes del Raval con un tipo tan reluciente y doble y cuádruplemente pijo.

Giubi y Balaguer ya cumplían un objetivo más provechoso: contener a mi mujer. Tony sabe donde me gusta pillar las chuches y esos lugares (antros) le traen a la memoria cuando la dejé por aquella amante que me del Raval.

Beber lo que es beber es algo que Balaguer no se permite, pero yo sabía tanto como él que no le iban a sentar mal un par de rayas para entrarle con el coraje que a él le falta a Mis Brasilia y que enseguida se prestar8a a bailar lo que hiciera falta con Tony, aunque a ella no le vaya lo de Tego. En cambio Balaguer es perfecto bailando incluso una mazurca. Es un cachondo mental y se acomoda a mi rápido si en el acto desfila Mis Cristal: «que yo por un polvo con Mis Brasilia, lo que sea,nano».

Me marché.

Cuando saqué el Crysler del aparcamiento no imaginé lo cara que me iba a costar la gracia, y que conste que no lo digo por la pasta sino por el time. Por avatares del destino, o por vaya usted a saber qué, había una redada en la calle en la que andaba pillando: «tate ahí Juanito, la policía anda trasteando por allá abajo», eso dijo Yanelis.

Por supuesto que se trata de esa Yanelis de la que yo les he hablado anteriormente en blogger, la mulatica a la que la inglesa de mi mujer llama puta en inglés puro y cerrado cada vez que la recuerda.

Tony no firmó nunca el divorcio y jamás me llegó la libertè y yo tire lantialla y volví con Tony. Y eso que Yanelis me gustaba (y me gusta) como.diría Melani Grifit: “una jartá". Yanelis sabe que bien que yo lo mismo me como una sardina que un pulpo y que yo ando con Ernesto, pero en cuanto le dije que quería que Ernesto se uniera a la movida me dijo que «¿tres en mi cuarto?, pipo como que no». Al final el no fue pantalla china, porque bien que cambió de parecer cuando le presenté a Ernesto y vio que él era un tigre con una de esas pollas que suelen tener los tigres y por las que matan las mujeres.

No crean que tengo por norma ponerme todos los días del año ni la costumbre de pillar en cualquier sitio. Siempre le cojo mis chucherias a Alexander, el hermano de Yanelis, Alex gasta el cristal más puro del Raval y si me apuran de Barcelona.

«¿Te importa si me meto un tirito, cuñado?».

En cuanto mi excuñado me dio vía libre enfilé para el cuarto y Yanelis enfiló también detrás mía. «¿Cuánto tiempo juanito?», dijo la gata, dispuesta a subirse ya mismo a mi tejado.

Han pasado dos años desde que lo dejamos y todavía me pone. Entonces la besé y le ofrecí de lo mío «¿un tirito, mimi?», sin el menor asomo de maldad se lo ofrecí, vaya, pero ella dijo: «no, dale tú», y «qué lindo estás así, Juan», y yo le dije, «¿así cómo?, «así vestido de *Tommy, papi», y sentó en mis piernas y me acarició el kiki y otra vez dijo, «ay, Juan, 'tás pa’ chupalte to' entero», y me dio un besito en la nuca y otro en el pecho, y yo le dije «ya, coño, que uno no es de piedra» y ella se apeó de mis piernas y yo me preparé el tirito de cristal con la visa oro en la mesita de noche, y ahí entonces ella, Yanelis, me agarró los huevos, pero así, suave, en un puño, vamos, y yo le aparté la manita esa de enana que ella tiene de la entrepierna y ataqué la raya de cristal con ansias.

Me habría quedado en aquel cuarto con mi gramo de cristal y con mi gata, pero estaba seguro que mi mujer ya estaba hasta los ovarios del repertorio de Tego Calderón preguntándose a que zorra se andaba uno singando por ahí o en qué antro se estaba uno "poniendo". Así que, solo hubo tiempo para una mamada, porque si algo hace bien Yanelis es hacer desaparecer mi verga en su boquita deslizando, rodando sus labios desde el glande hasta la base tragando luego (y lamiendo) los cartuchos cargados deesperma que mi Doña Asesina le dispara.

Salimos del cuarto y en cuanto Alexander me dijo, «ya está eso despejao’, rey», me marché.

Regresé al carro. Me iba a montar mi segundo mini festival, pero Balaguer me llamó al móvil. Tony me andaba buscando. Balaguer le dijo que yo había ido al cajero cuando hasta su santidad el papa sabe que yo nunca pago en metálico, «así que, hazme el favor de aparecer, Juanito», dijo Balaguer y yo arranqué el Chrysler.

El ambiente en "El Mojito" seguía bien pese a que Tego ya no cantaba y la peña bailaba reguetton enlatado. Vi a Giubi en la barra charlando con Miss Brasilia. Seguramente arrancándole a como diera lugar el teléfono para el gilipuertas de Balaguer o preguntándole dónde había adquirido sus sandalias plateadas. La que no andaba cerca, o al menos eso dijeron estos ojos en su pesquisa por la barra, la pista... era mi mujer. «Tony ha ido al baño», dijo Balaguer conducíao en un segundo, Red Bull (quizás tercero), que yo evité en cuánto propuse: «vámos para el baño», a lo que se supone que un tipo que acaba de pillar cristal va al baño.

Justo entramos en la zona común que delimita el baño de caballeros con el de señoras cuando vi a Tony y ahí mismo ataje y le dije: «ya llegué, mimi», como si ella no me hubiera visto llegar, que me vio, y hubiera asumido que yo era el hombre invisible.

Nos besamos largo y como a mi me gusta que es sinnlengua recostados a la pared de la entrada del aseo de caballeros. «¿Qué va a querer mi reina por su cumple?, le dije, pero mi reina solo dijo: “luego lo hablamos” y marchó en dirección a la barra.

Estaba ansioso porque llegara el “luego” ese. Tony factura en un concierto lo que yo en siete como manager freelance y no le afecta regalarme lo que a mi me entre por el ojito. Sé que la tengo tan mal acostumbrada como Bobby al buenazo de Giubi, solo que a Giubi le da igual si Bobby aparece con un osito de chocolate en lugar de un anillo caro. En cambio , poco podía hacer a mi favor el dichoso osito de Tous: ni un osito ni un poni ni una manada entera de elefantes cabríos. Mi mujer es una puta bien cara.

Nos marchamos una hora más tarde de la que el hada madrina le impuso a "Cenicienta" para regresar a casa. Y eso que ninguno de los dos llevaba zapatos de cristal, lo que si llevábamos era mas de un trago, por eso conducía el carro Balaguer. Dejó a Giubi en Gracia y luego a mi mujer y a mí antes de retirarse con Mis Brasilia. Quedamos en que yo iría a recoger el Chrysler al día siguiente. Tony y yo nos despedimos, entramos en casa.

Yo estaba tan ebrio que me sentí tentado de ofrecerle a ella cristal con tal de espabilarla, pero sería un acto canalla ofrecer drogas a un toxicómano luego de haber superado su adicción y no le dije nada, solo puse una dosis mínima en su Gin Tonic. De esa manera mi esposa podría disfrutar ajena a su conciencia.

«Y, ¿qué va a querer mi putita por su cumple, eh?». A ella le encanta que yo le llame putita. Mi ex, Lyn, me habría partido la cara si se me hubiera ocurrido tal desfachatez aún siendo Lyn pacífista. «¿Te hace una pulsera de esas de Pandora, mimi?» dije desperdigado por la cama.

Aun era temprano. Seguro que en algún momento de ese temprano diría, «Juan, no seas tan capullo que tú sabes bien que lo que a mi me tira es Cartier», «¿Cartier? Pues yo me cago en la leche que mamó Cartier».

Me quité la camisa, los zapatos, los pitillos, los boxers y hasta el cordón de oro con la Virgen del Cobre de mi abuelo. Era la única manera de convencer a mi mujer que yo ostentaba entre las piernas una joya que la iba a satisfacer veinte veces mas que cualquier de Carrier.

Las macizas nunca fueron lo mío. Me vuelven loco los pechos de adolescentes en las mujeres por que me caben íntegramente en una mano y es una imagen que en mi cerebro de hombre enfermo significa poder. Tony y sus exuberantes delanteras son la puta exención que jode toda regla.

No saben ustedes lo bonito que se ama bajo el amparo del cristal. Ella abajo, yo arriba, ella arriba, profundos, con cadencia... yo diciéndole las asquerosidades y mamonadas que a mi reina le gusta oír para ponerse tan a cien como los bomberos de Broklyn cuando van de camino a sofocar una sabana en llamas: «te voy a llenar todo el coñito de leche, mimi» y ella bajito «yes/yes yes», de corrido (y corriéndose) mientras Gregory Porter canta en el reproductor “I fall in love too easily” y yo llamo a Dios sin que realmente tenga la intención de verlo y me siento. Ay que ver lo poderoso que se siente un gilipollas que alberga. cierta dosis de cristal en el cuerpo cuyo colocón le hace cambiar mágicamente mientras folla el status de las hostias, “¡Dios,dios no pares,nena, hostiaaaaaaa puuuuuta..., y mi mujer se retuerce y abre aún más el sexo y los gemidos y las piernas y entonces ya ni se acuerda de Cartier"…

Y entonces sonó el timbre nos dejó el fucking coitus interruptus . ¿Lo recuerdan?

Sí. Fue justo ahí cuando Tony me dejó en eso y dijo: «quitate, Juan, que tengo que abrir», y yo dije, «¿abrir, Mimi?. Y luego pasó todo lo que les comenté al principio del texto: mi mujer saliendo de la cama, mi mujer metiendo su culito fantástico en su fantástica bata de seda. Mi mujer calzándose sus fantásticos zancos de diva y mi mujer ya fuera del maldito cuarto y junto a la barandilla ordenando a no sé quién carajo: «sube».


















































martes, 10 de abril de 2018

Sandunga a la borincana.


"Según la física cuántica se puede abolir el pasado o, peor todavía, cambiarlo. No me interesa eliminar y mucho menos cambiar mi pasado. Lo que necesito es una máquina del tiempo para vivirlo de nuevo".

Guillermo Cabrera Infante.








—No tienes idea del problemón que me puedes buscar metiéndo aquí en la casa a ese muchacho, Estefania.

—¡Qué problema de qué, Ernesto!

—Juan es menor de edad. Ni te imaginas la de años de cárcel que me pueden caer si a las Mirticas les da por regar por ahí que yo ando sodomizando a ese chiquito.

En realidad solo una de las dos solteronas que viven frente a la casa de Ernesto se llama Mirtha, pero él las apodó así porque Anabel y Mirtha son igualiticas de enanas y de feas que “Las Meninas” de Velázquez. El caso es que Las Mirticas se pasabanel día espiándonos por las persianas de la sala de su casa. 

En cuanto a la palabrita esa: “SODOMIZANDO”, yo no tenía ni idea de lo que significaba, ni creo que nadie la tuviera en el barrio la tuviera. Allí la palabra mas compleja, y la mas popular, era “frigidaire” (en lugar de frigorífico). En los 80' la gente en La Habana pasaba los treintaiun dias del mes trapicheando para llenarlo. No como el Ernesto que era hijo del ministro de.cultura y deportesny sipre tenía el.frigorífico a tope de coca cola y de refresco de materva y de todas esas chucherías que también tenían en su nevera los hijos de lks embajadores y el resto.de ministros que pasaban el.día.en la calle jugando a la pelota con Ernestico. 

A él no le faltónla vomida ninla ropa de marca ni los libros, así que ko me extraña que en lugar de aprender a llenar el frigidayre, aprendiera en sustitución palabritas extrañas para dejar con la boca abierta los de mi barrio. 

Recuerdo que una vez le dije a mi abuela Alejandra que la cocina estaba hecha un bayú, refiriéndome al desorden y mi abuela me lanzó una bofetada. Eramos pobres, pero bien hablados y serviciales, incluidos los hombres, y mi abuelo Pepe que era Abakua y por tanto más  hombre que nadie, además de su hombre, le dijo que me había abofeteado injustamente. «mija, pero qué va a saber Juanito que es un bayú» y  queprostíbulo, burdel, casa o local donde se ejerce la prostitución.

Era evidente que a los ocho años yo aún no era aficionado a las gatas. 

A mi no se me olvidó el bofetón. Nunca uso palabras de dudosa etimología, a menos que yo ande emparentado con  ellas y en este caso, según Ernesto y según  Las Mirticas, lo estaba, por eso en cuanto oí que Ernesto arrancaba la moto en la acera saqué de la estantería el diccionario. 

Fue en el cuarto del supuesto sodomita de mí y no en la catequesis que jamás me impartieron que me enteré que Sodoma (Ernesto dijo sodomizando, pero primero yo encontré a Sodoma), la ciudad que formó parte de la Pentápolis bíblica, fue destruida junto a Gomorra por la ira de dios. Ahora, qué significaba: “pentápolis” y que tenían que ver Sodoma y sus ciudadanos con Ernesto y conmigo, me enteré durante el transcurso de los hechos que tuvieron lugar en la madrugada de esa noche.

Ediciones había en aquel apartamento como para organizar la mayor Feria del Libro de La Habana lo que no encontré fue un mapa donde ubicar la ciudad de la que partía, según las requetefeas de Las Mirticas, la afición del Ernesto que en ese instante recorría en su moto las avenidas preocupado, seguro, por los daños colaterales que sufriría su culito de Apolo en el penal si Las Mirticas desataban sus lenguas.

—Pues, no te creas, Ernesto, que Juan no es tan bobito como parece. No sé donde se lo habrán enseñado, pero sabe singar como los hombres.

—Que te la sepa meter no significa nada —dijo Ernesto a su mujer— para ser un hombre de verdad se necesitan otras cualidades. Templar es un acto animal que la gente desarrolla con la práctica —en eso estábamos de acuerdo Don Sodomita y yo. Práctica tenía servidor que les habla con las italianas, las francesas, las rusas..., cualquiera de esas turistas solitarias que estuviera dispuesta a pagar por pasarse toda la noche singando— si lo que tú estás buscando es un candidato para que yo no salga para la calle a desahogarme, te aviso que yo eso no lo quiero. Vótalo

Si Ernesto media la hombría por la inteligencia, Estefanía la calculaba en base a la capacidad de poblar de billetes la cartera:

—Es que tiene fiebre, y habla flojo va a despertar.

Bueno, despierto estaba yo desde hacía rato. Si no se habían dado cuenta era porque la bronca a medias se desarrollaba en el corredor y no en el cuarto donde yo fingía dormir.

—Pues que se vaya para la casa de su mamá que tú no eres la mamá de nadie o para la ENA, que es donde tendría que estar haciendo ballet.

En qué clase podría andar yo en el horario de la mañana bien lo sabía él por su segundo empleo como profesor de acrobacia en la Escuela Nacional de Circo en el horario, también, de la mañana.

—Entonces, ¿no te gusta? Pero si es de lo más bonito, mira tú que ni siquiera parece el hijo de un negro.

Supongo que los dos se asomaron a la puerta del cuarto y comprobaron que, efectivamente, sobre la cama matrimonial había un adolescente de dieciséis años, mulato tirando más para el patio de sus ancestros canarios maternos, que de los haitianos por parte de su papá, fingiendo dormir a pierna suelta.

No me fui para la ENA ni para mi casa como quería Ernesto. Llamé por teléfono a Lyn, mi mujer, y le dije que tenía un ensayo y que me era más cómodo dormir en casa de Bobby.

Para cuando entró la noche la fiebre se me montó en cuarenta. Fifí, que resultó ser, parte de una fantástica bailarina de cabaret, una enfermera maravillosa, me hizo un té con hojas de naranja y miel, me dio una aspirina y luego me bañó en la con agua tibia y todo. 

Ni en sueños iba yo a malograr mi  cuerpo con aquella agua fría con la que el esbirro de Ernesto pretendía me bañara. Ni sé ni me interesa cómo se las arregló "el esbirro" para conseguir el pollo que me dieron por cena. Solo sé que dijo, «Estefanía, que Juan no se tape con la colcha para que no le suba la fiebre. Ahora vengo», y que al rato vino con un pollo y una bolsa de naranjas.

Por fortuna, había dejada de ser para Ernesto “esa basura” y creánme que  me alegró ya que “esa basura” representaba en el imaginario de Ernesto un homúnculo que corría el peligro de romperse si él lo rozaba siquiera con esos ojos bellos de mamao’, para convertirme en  Juan Martínez, el hijoputa que veinte años más tarde le iba dar por el culo y bien, hecho que no imaginamos ninguno de los que compartimos cuarto aquella noche en todo el careto verde olivo de Las Mirticas de Velázquez.


No sé qué hora sería cuando desperté, pero si que era noche cerrada. El radio estaba sintonizada en la emisora radial "Nocturno”. Sonaba “Regrésamelo todo”, por Raúl Torres. Gracias a que el tendido eléctrico habanero es insuficiente, no era posible distinguir a un elefante a un palmo de distancia. Desde lo oscuro se oían los suspiros que emite Fifi cuando goza con propiedad. Fifi estaba en medio de los dos y Ernesto, el esbirro, no la andaba torturando ni nada, sino que le daba sandunga a la borincana pegado a su espalda, sincronizados ambos. Los miré y Fifí dijo con toda la normalidad del mundo: «ven, pipo, ven. Que no es nada malo» y me arrimé y ella me besó.

Confieso que fuí objeto de un flipe tremendo al presenciar cómo aquel hombre que tiene en realidad un aparato genital desigual con respecto al mío, no soy musulmán, pero estoy circuncidado y mi aparato genital no es nada deslumbrante respecto del suyo, gozaba y hacía gozar a Estefanía. 

No sé si el sodomita me miró cuando me dio por masturbarme  a calzón quitado. Yo andaba tan puesto  para lo mío que cerré los ojos mientras me masturbaba con Raúl Torres de fondo en el radio y la flecha de cuarzo que él le había robado a un ángel y, posteriormente, clavado a no sé quién o a qué, o eso me pareció oír en medio de mi ceguera. 

Estaba ciego, pero no sordo porque bien claritico que oí cuando ese hombre dijo, Raúl Torres no, Ernesto, a Estefania: «mami, te la voy dar toda».  (la leche), y ahí sí que deseé que  mi flecha de cuarzo, o de la materia que a Raúl Torres le diera la gana, estuviera clavado en lo mas profundo de Fifí, pero Guillermo (esbirro) Tell y supuesto sodomita de mí, según las Míticas, me había tomado la delantera y no me quedó otro remedio que continuar single sumbándomela mientras Raúl Torres seguía comiendo mierda con aquella canción tan variopinta desgranando crucifijos azules, muñecos de lana, enanos y  bosques y un lobo solitario y de repente unos  orgasmos como el que en ese instante sufría el esbirro y supuesto sodomita, denso, o así lo adjetivó Raúl Torres en la canción, que en lo absoluto cazaba con el sustantivo manzanas. 

Pudiera ser que Raúl estuviera en hambriento cuando escribió aquel temazo y de ahí las manzanas. Las mismas que los padrinos de los Castro, los soviéticos que luego han vuelto a ser rusos, intercambiaban con nosotros por azúcar refinada. Incluso el idiota de de Peter Pan que no quiso crecer, quizás por miedo a Wendy, aparecía en la composición musical de Raúl Torres mientras yo seguía a lo mío con los ojos apretados. Yo solo los abrí cuando le oí decir al esbirro:

«Psssss, niño..., oye, mijo. Échese para allá que me va a salpicar con esa vaina».

Refiriéndose a la discreta pirotecnia de mi discreto pene.

En ese tramo andaban mis recuerdos mientras incineraban el cuerpo de Fifí.



Cuando vuelvas, 

amorcito del recuerdo

amorcito de mi vida,

dueña de mi corazón....




Todo el rato que duró el trayecto de regreso del crematorio a la casa deErneato fuimos oyendo en  “Cuando Vuelvas” por la Burke, la bolerista que mas le da el rollo fatal. Quizá en otro momento aquel bolero me hubiera dejado indiferente, pero no en la despedida de mi amorcito Estefania noniba a volver, estaba convertida en polvo y guardada, para mi horror, dentro de una urna. Giubi la llevaba sobre sus piernas en el asiento de detrás muy callado, junto Bobby.


Llegamos a casa de Ernesto. Giubi y Bobby se metieron en la cocina a hacer café y Olguita y yo, más yo que ella, buscamos por un trago imposible que jamás apareció. En la casa no se ha bebido nunca ni se bebe. Es a mí a quien le gusta beber y fumar. Ernesto y Estefania no han consumido en la vida sustancias para alterar la conciencia.

Ahora el piso es dimensionalmente oceánico sin Estefanía. Siempre que iba a visitarla me la.encontraba con aquellos batines floridos, no sé si chinos o japoneses, que  usaba para taparse lo poco que aquellas baticas tapaban, porque a la que se agachaba o semi inclinaba mostraba a los leones, Ernesto y yo, la merienda.

Estefanía es, sin duda, la mujer que más he querido. Nunca tuvo problemas para diferenciar mi amor de padre y de marido, de la parte que a ella le correspondía: la de hombre amante. Fifí vino al mundo desposeída del egoísmo ciego que acompaña a todos los enamorados.

La quería tanto que pensé en suicidarme. Pero yo vine para ver como se me iba desmontando el ajedrez. 

De la cocina me trasladé al cuarto de Lomba y de Fifí, en la primera planta, y me tendí en la cama que aún guardaba el olor de ella, y también el de Ernesto. No, no es literatura banal. Es cierto que las camas huelen siempre a sus dueños. Me quedé allí mirando como Vicenza y mi compadre, Oscarito, embalaban en cajas lo que había de Fifí en el baño. Del baño regresaron al cuarto. Giubi entró y me dejó el café en la mesilla y le preguntó a Oscarito si iban a necesitar más cajas vacías porque en el garaje quedaban más y Oscarito le dijo: «subelas todas». Si una cama es capaz de guardar el olor de sus dueños , imaginen ustedes un armario. Cuando Vincenza lo abrió para desalojarlo, todo el olor de Fifí se me vino para encima, que no era el de Fifí sino el olor de Flower, by Kenzo, el perfume que ella siempre llevaba y que había acabado por desterrar de su piel su olor natural. Entonces me senté de golpe en la cama y le dije a Vicenza:

—Deja eso ahí.

—Contra más rápido saquemos las cosas de Estefania de la casa, Ernesto se hará más rápido a la idea que ella no va a volver.

Sacar a Estefania de la vida de Ernesto Lomba es tan difícil como encontrar en los próximos meses un planeta que pueda acogernos cuando la tierra se vaya a la mierda.

—Me da igual lo que pienses. Nadie va a borrar a Fifí de este cuarto, volví a tenderme y a estirarme boca arriba, “yo he sido su hombre aquí, —dije al techo— en esta misma cama. Algunas noches lo hacíamos hasta desfallecer. Entonces yo era tan joven que podía singar así sin más, hasta que ya no me quedaran fuerzas ni para metérsela. Lo cierto es que fue con esa mujer con quien me hice de verdad un hombre. En esta cama supe que ella tenía cáncer de pulmón. Lloré toda la noche por ella, por Ernesto y por mí. Lloré hasta que me quedé dormido con aquella mujer que era la mujer mía, aunque no exista en mi poder papel o anillo que demuestre esa verdad —dije sentado otra vez y mirando a mi compadre Oscarito, congelado frente a mí y recostado al ropero— Oscarito, haz el favor y dile a tu mujerque se vaya, dale. Con el resto de la casa pueden decidir lo que diga Ernesto.

—Tú no eres quién para decidir qué hacer con las cosas de Estefania, Juan. —dijo Oscarito, al fin y al cabo es el hermano de Ernesto y el cuñado de la difunta e igual que su mujer, Vincensa, consideraban que el amante de la difunta ocupa siempre el último lugar en el escalafón de mando.

—Si tu hermano no se me hubiera metido en medio yo tuviera hoy algo de Fifí. Fue él quien decidió aquel aborto.

—¿Pero que está diciendo, Oscar? —preguntó Vicenza a su marido tal y como si yo estuviera senil o me hubiera tomado todos esos tragos que el cuerpo me pedía incesante y que no encontré en la cocina.

—Qué Lomba convenció a Fifí para que abortara, eso digo. Íbamos a tener ese bebé. Fifí estaba muy ilusionada, pero a tu cuñado no le dio la real gana.

—Yo no decidí nada. Fue ella. —me aclaró Lomba entrando en el cuarto con las cajas que Oscarito le había mandado subir a Giubi, y que seguramente Giubi no subió por no ser testigo del discurso que yo lanzaba al techo a puro llanto. Porque si alguno hay en esa tribu que lleva cabalgando junto conmigo desde los doce años, es Giubi.

—A mí nadie me dijo que Fifí iba a abortar —le solté. Nunca habíamos tratado aquel tema. Fifí quiso que lo dejara correr.

—Ya tenías un hijo. No sé para que te hacía falta otro.

Me soltó Ernesto.

—No te atrevas a mencionar a mi hijo, Ernesto Lomba.


Abandoné la cama y de paso el cuarto.

—Hice lo mejor para los tres. Tú eras un niño  y no pintabas nada ¿Me oíste? Gritó Ernesto hecho una furia a mis espaldas, escaleras abajo.

Pensé en partirle la cara, pero no pude. Ya por entonces estaba metidisimo, como un camión en un bache, con aquel hombre al que oía llora sentado al pie de las escaleras.













domingo, 8 de abril de 2018

Pa' ti y pa' mi.


“Creo que nunca se singó más en Cuba que en los años sesenta; en esa década promulgaron todas aquellas leyes en contra de los homosexuales, se desató la persecución contra ellos y se crearon los campos de concentración; precisamente cuando el acto sexual se convirtió en un tabú, se pregonaba al hombre nuevo y se exaltaba el machismo. Casi todos aquellos jóvenes que desfilaban ante la Plaza de la Revolución aplaudiendo a Fidel Castro, casi todos aquellos soldados que, rifle en mano, marchaban con aquellas caras marciales, después de los desfiles, iban a acurrucarse en nuestros cuartos y, allí, desnudos, mostraban su autenticidad y a veces una ternura y una manera de gozar que me ha sido difícil encontrar en cualquier otro lugar del mundo”.



Reinaldo Arenas.






Es evidente que el divorcio de mis padres nos afectó a mi hermano Yeyo y a mí de manera distinta. Tras la muerte de papá, la adolescencia de Yeyo desembocó en una hombría cimentada sobre los pilares de la versión aumentada del hombre infiel que fue nuestro padre.

Yeyo es, en tres palabras, un mujeriego crónico que dedica sus días  a dinamitar toda aquella relación que sobrepase, como mucho, el año y medio. Se niega a echar raíces por terror a ser abandonado y, sobre todo, por no apechugar con la pila de años de frustración y de infelicidad con los que mamá tuvo que  cargar tras el divorcio.

Yo no pertenezco a la misma categoría de infiel compulsivo de la que hizo gala mi señor padre, sino a la de infiel a mi mismo. Nunca quise para mí esa promiscuidad que Yeyo potenció gustoso como herencia. En esa categoría de infiel da igual lo que le pase a uno dentro del matrimonio con tal de no desbaratar lo que dios unió y todo lo devenido de tal aleación: la familia. Y no precisamente porque a mí me importe demasiado la ira de Dios. Si me soy infiel a mi mismo es porque bajo ningún concepto estoy dispuesto a permitir que mis tres hijas crezcan todo lo aparte que Yeyo y yo crecimos de papá. Tampoco tengo planeado morirme de SIDA —un monstruo al que nadie le ha encontrado las cuatro patas para atarlo en corto—  en un cuarto de de hospital como le ocurrió a papá, devorado por ese alien camuflado que no tuvo bastante con tomar a Papá como huésped  que regresó diez años más tarde para instalarse en el cuerpo mi hermano mayor, Rafa, y por sucesión en el de su mujer, Nelly.

Cuando Lulú me dijo al teléfono que no sabía cómo decirme una cosa que ella tenía que contarme a la fuerza (sé que esa frase no suena ni mucho menos bien en el sentido literario, pero eso fue exactamente lo que mi hermana Lulú dijo): «sé perfectamente que lo que te voy a decir te va a doler mucho, Tete, pero te lo tengo que decir sí o sí, llorando me lo dijo. Y luego dijo, tambien, “ siéntate un momentico”, (como augurio tremendo al escopetazo que pretendía pegarme en las piernas), y yo le hice caso y me senté y le dije, “pero qué cosa fue, sueltalo ya, Lulú” y entonces Lulú me dijo así de sopetón: “que se ha muerto Rafa”» y yo me puse blando y el auricular del teléfono se me escapo de entre las manos y dio contra el suelo, y entonces me fui al baño, al de invitados, ahí mismito en la primera planta, y me tranqué con pestillo a llorar bajito porque es así como nos enseñaron a llorar a los hombres de mi familia. De lo contrario mis tres niñas que jugaban a Barbie y Ken allí mismo en el salón y mi asistenta de hogar, Romelia, podrían asustarse del bárbaro de los alaridos.

El día que mi padre vino a vivir con Pepe y Alejandra, mis abuelos maternos, luego del casamiento con Gladys, se trajo además de la flauta, la guitarra y el saxo tenor, a su primogénito Rafael. La verdad es que yo nunca conocí a la mamá de Rafa. Al parecer ella no tuvo interés en saber cómo de bien le iba a su hijo con nosotros. Recuerdo perfectamente aquel domingo que papá se marchó tras el divorcio y se llevó para la casa de su prima Yolanda todos sus instrumentos y la ropa. No voy a decir que en la partida se olvidó de aquel muchacho diez años mayor que yo que miraba como si tal cosa desde el ventanal de la cocina como papá cargaba en su Chevrolet negro del ‘57 el resto de sus cachivaches porque hacía ya rato que Rafa había elegido dormir bajo la sombra de Alejandra y Pepe. Creo que Rafael se hubiera tirado al piso a dar gritos si fueran mis abuelos los que anduvieran acarreando cosas para el maletero del carro que jamás tuvieron con la intención de largarse y dejarlo a él por detrás tal y como hizo papa. 

Tampoco a mí, el segundo testigo ocular en la ventana, me dio ni frío ni calor aquel desfile de cajas y maletas. Cómo me iba yo a imaginar que en lo adelante iba a ver poco a papá, siempre girando como un satélite de la NASA gracias a su profesión, la de músico, y que justo a los seis meses de cumplir yo los dieciséis iba a dejar de verlo para siempre. 
Lo cierto es que a los siete años uno imagina de todo menos eso.

No tengo ni miserable idea de qué pensamientos surcaban la mente de mi Yeyo, el tercer testigo en la ventana. Lo que si sé es que Yeyo lloró bárbaramente la marcha de papá y que el buenazo de Rafa le consolaba diciéndole que no se preocupara y que Papá vendría el Lunes para llevarnos a los tres a la escuela.

Todavía Yeyo culpa a Gladys de la muerte de papá, como si ella fuera la portadora del virus que se lo llevó. Aún le recrimina a puro grito  que Papá estaría a día de hoy con nosotros si ella no se hubiese empeñado en botarlo aquella noche para la calle, y no lo hubiera abofeteado como a un pelele por su no se cuánta infidelidad (papá tenía un aren repartido por toda la Habana) y tirado toda la ropa por esa misma ventana por la que nosotros lo vimos arrancar el Chevrolet y largarse.

Sería un mal hijo si no contara que papá vino la infinitud de veces a pedirle no, a rogarle mas bien, a Gladys que volviese con él, pero ella ni caso. Por supuesto que papá vino a recogernos a Yeyo, a Rafa y a mí para llevarnos aquel lunes a la escuela porque si algo hacía bien era cumplir lo que nos prometía. 

Papá sabía bien que podía dejar a Rafa en manos de mi abuelo con toda confianza y que con Pepe educación y cariño no le faltarían. De manera que Rafa le vino bien a Pepe tanto como Pepe le vino bien a Rafa. 

Yo no valía un puto peso para entrar en el gallinero a las 6:00 de la mañana a recoger los huevos para el desayuno ni para limpiar las jaulas, llenar los abrevaderos de los conejos, las palomas o las chivas —si toda la familia bebía leche en el desayuno era gracias a las benditas ubres de aquellas chivas —  ya que el trapicheo nocturno que mi hermano Yeyo y yo nos traíamos por la Habana vieja y el Vedado nos descentraba un huevo, pero Rafa sí.  A Rafa le iba mogollón la movida de atender a los animales de Pepe tanto como le iba todo ese circo esotérico de los abakuás. Algo que Yeyo y yo no seríamos ni volviendo a nacer por el grado de corrupción que cargabamos a hombros y espaldas aún siendo jóvenes: alcohol, sexo (por dinero y sin mediación de la moneda), consumo y venta de María, chocolate, cocaína; artesanía local, además de traficar con tabaco, ron, calzado y un hondo etcétera que bien pondría de rodillitas hasta al diablo. 

Mi abuelo era sabedor de que su legado no iría a parar a sus dos.nietos mellizos. Ninguna cofradía de la Habana aceptaría en sus filas a individuos tan alejados del credo de respeto sobre el que se sustenta la cultura Abakuá. Pepe siempre decía que sus dos mellis habían salido del mismo percal, torcidos, en referencia a Yeyo a mí, y que no nos iba a cambiar ni la tercera guerra mundial si alhun día llegara”.

Por orden expresa de mi abuela Alejandra, la matriarca del clan, nadie me informó que Rafa había contraído SIDA. De esa manera, según ella —y según mi mamá, Gladys, en el ajo también hasta las mismas cejas—, yo podría continuar con mi vida en España sin que aquella enfermedad para la que yo no tenía cura me hiciera la putada de violentarme o de hacerme la vida un auténtico yogur, de esos que por entonces se vendían en cualquier punto de leche de los tantos que habían desperdigados por la Habana y que solían ser más amargos que un parto mal llevado en medio de un monte  o que un calculo renal sufrido por un hombre quejica, con unos tropezones vomitivos e intragables en su composición. 

Tampoco supe que cuando los médicos detectaron la enfermedad ya el virus cabalgaba con virulencia apocalíptica sobre Rafa, aunque prudentemente por las arterias de Nelly, su mujer. Tras la muerte de Nelly me hice cargo de la manutención de los dos hijos frutos de aquella unión y Gladys, abuela al fin, de la guarda y custodia de los nenes.

«¡Te juro que tengo tantas ganas de entrarle a galletas a Rafa por lo que nos ha hecho! Pero el hijo de la gran puta ya es difunto, sentenció Lulú horas más tarde al teléfono, pensar que nuestro hermano se ha ido por algo tan estúpido como pegarle los tarros a Nelly con esa guaricandilla que lo contagió y que no tuvo ni siquiera el aquel de informarle de su maldición. Y allá fue “Don comemierda Rafa” a singar por todo lo alto sin preservativo».

A efectos consanguíneos, Lulu y Rafa no son hermanos. Lulú y Lluvia son fruto del segundo y malaventurado matrimonio de mamá, pero la familia no la compone compartir a.d.n, sino el amor.

 Reconozco que Lulú me habría matado a mí también a galletazos limpios, pues, justo acababa de hacer lo que ella tanto le recriminó a Rafa en el pasado: singar por todo lo alto, por lo bajo y hasta por el terreno irregular del colchón sin preservativo. Y no solo Lulú, si mi esposa, Tony, se hubiera enterado del verdadero propósito de mi inminente viaje a Catania (Italia), por la gratitud de esas lenguas ajenas que se manifiestan cuando la cosa va de cuernos, me habría arrancado de cuajo las pelotas y se las hubiera zampado con mahonesa allí mismo frente a mí, sangrante yo y maniatado (pie atado también) a nuestra cama.

En eso era en lo que yo andaba pensando tumbado en aquel cuarto que no era en lo absoluto  nuevo para mí. La pecera, nombre con el que fue bautizada aquella pieza en el momento puntual de su adquisición, me había acogido tantas noches en calidad de invitado que no puedo precisarles a ustedes la frecuencia de mis idas y venidas a lo largo del tiempo. El mar tras las cristaleras que discurrian desde el piso hasta el techo, había adoptado esa postura mansa que las agua toman cuando alguien, o sea yo, lo contempla pensativo exigiendo de una respuesta rápida.

Sí. Yo había ido a la pecera a templar con un tipo. Yemplar no, singar con frenesí como jamás lo había hecho con ninguna de mis tres mujeres: Lyn, Yanelis o Tony; la verdad. Y no andaba pensando en el por qué de mi comportamiento ni me encontraba preso de las dudas o resquemores que padecen ante tales casos los hombres que solo son hombres de cara a la galería, a pesar de que yo era y me sentía todo lo hombre que había que ser y que sentirse para gustarle y para dejar bien satisfecho a aquel hombre. Yo solo andaba pensando en lo feliz y lo tranquilo que yo estaba de habermelo montado con aquel excelente hombre y en que podría justificarlo, en el supuesto caso  de que alguien lo develara a la luz pública con la mala intención de destruir mi matrimonio, alegando ante mi esposa que iba puestísimo de cristal, de coca o de tequila; o hasta la real polla de los tres elementos. 

Pero yo no iba, en verdad,  de nada de eso. Ni siquiera aquel hombre silencioso tendido de costado detrás mía iba puesto de nada. Todo el que conoce al propietario de la casa-pecera, Ernesto Lomba, sabe de buena tinta que él no bebe ni siquiera en las celebraciones importantes. Si ambos ibamos puestos era en verdad de ganas de templarnos. Unas ganas que yo venía eludiendo desde hacía veinte años.



Pero no puede ser, no,
ir hacía ti sería
dejar en el camino de mi vida
los restos de mi hombría,
arráncame dios mio
esta idea tan morbosa,
de desearte siempre
sobre todas las cosas.


Así nos desfogamos Ernesto y yo, a ritmo de la joya que sonaba en el reproductor y que nunca pudo describir con mas acierto lo que a mí me pasaba. Precisamente, yo no había encontrado a aquel hombre al azar en una discoteca o en la barra de uno de esos garitos que suelen frecuentar los gays y en los que jamas he puesto un pie. Perdón, miento como un bellaco y miren que bellaco me gusta poco en la literatura porque lo han dicho muchos, pero sí: como un completo bellaco. Estuve en uno: El “Coppelia”, en la localidad Italiana de Catania, pero sólo estuve porque formaba parte de un experimento:

—Me parece bien que todos ustedes anden mariconeando libremente para un lado y para el otro, Giuby, la cosa es que aquí el único de todos nosotros que tiene un problema sexual que resolver soy yo. —le dije a mi colega. 

—Pues claro que  te entiendo, Juan. Tranquilo,  que aquí hay un monton de maricones dispuestos a sacarte de dudas. Se van a ripear por singarte.

Me contestó.

—Será para que yo me las singue. Yo no tengo ninguna duda de que soy muy hombre.

Le solté y él
me quitó mi gorra y me arregló el flequillo con los dedos y me desabrochó, acto seguido,  el tercer botón de la camisa y hasta me la abrió y todo y me dijo, "así estas mejor, Pipo, pa’ que estas locas vean que rico estás» allí mismito en la barra. 

Pedimos un par de cubatas y nos fuimos al fondo del local, desde donde se apreciaba mejor el trasiego de gente.

—Sabes Juanito, aunque me acueste con Boby yo también soy muy hombre. No sé por qué te enojas conmigo si fuiste tú el de la idea de venir para el “Coppelia” a cazar, según tú, “maripozones”. Así qué, tú sabrás.

—Comprobar si me gustan los hombres.

Miré los grupos, diversos en su especie, arremolinados a la barra, en la pista de baile y otros tantos  en las mesitas altas orilladas a las paredes del local. Habían pocas pájaras en el Coppelia y yo se lo achaqué a que era miércoles, un día poco agraciado para salir a bailar o a practicar, en este caso, la caza de faunos. 

Giuby rió al verme otear el panorama dejándose caer de espaldas en el sofá que nos acogía y levantando las piernas, así  encogidas, mientras lo zarandeaban los espasmos afeminados de su risa.

—¡Qué cosas tienes, Juan! —dijo entre sacudidas—. Si te gustaran los tipos hace mucho que hubieras caído.

Pues sí. Ambos pertenecemos a la misma tribu de bisexuales, gays lesbianas y trans, a excepción de Oscarito, hermano de Ernesto y yo. Sí. Podría haberme estrenado con cualquiera de ellos. Pero mientras más me imaginaba en cueros haciéndolos gozar, más se me torcía el estómago.

También yo entendía lo suficiente de matemáticas para sacar la misma cuenta que Giuby, aunque el resultado tenía una pega: desde hacía veinte años yo andaba loco por atropellar a Ernesto. Así que, la afirmación de Giuby  tambaleaba. 

Es cierto que al comienzo de mi amistad con  Ernesto solo me atraían su grandilocuencia y todo lo culto que él es y que yo, un caimán que fumaba maría y se mataba a ron “Paticruzao” con los colegas y que complementaba su sueldo como bailarín con la venta de todo lo vendible en las puertas de los hoteles de Miramar y del propio cabaret donde Ernesto y yo trabajabamos, no llegaré a ser ni aunque me encierre de por vida en la Biblioteca Nacional. 

Desear a alguien de mi género era admitir, además de la ilegalidad moral que conllevaba en la Habana de los ochenta, que yo tenía un defecto de fabricación, es decir: un mal congénito. Y así se lo hice saber a mi colega.

—¿Congénito? —repitió Giuby cruzando de un tijeretazo las piernas—. Un enfermo mental lo serás tú. Estoy enferma, pero de otra cosa (la misma  que a mí me mantiene vivo, pues, yo soy al igual que Giuby un enfermo de la noche y del sexo). Aquí todo el mundo (el mundo refiriendose a nuestra tribu) sabe que a usted le gusta Ernesto. Tû solo ponte a tiro y deja que Ernestico haga el resto. Y quita esa cara de tranca. Existe un abismo entre que a una le guste un hombre y que le gusten todos los hombres de la tierra. Dale, tómate el trago que se va derretir el hielo. Tú no le des más vu

Sí, nos conocíamos todos desde hacía rato. Lomba y yo éramos más que amigos y no porque él acabara de practicarme una felación y yo de darle por donde se le da a un bi con un empeño animal,. Lo nuestro no fue amor, fue un desahogo.

Eyaculamos ambos a un tiempo y caímos, como decimos los habaneros al referirnos a un extremo agotamiento, descuarejingados sobre la cama, bueno, Ernesto Lomba sobre la cama y yo sobre Ernesto empalado aún, y sin manzana. Y así permanecimos largo y tendido: tendidos, mudos y lacios. Sudorosos ni hablar ya que es lo que dicen todos esos aficionados que escriben sobre los que acaban de singar con nuestras ganas y Ernesto había prendido, además, el aire acondicionado justo al entrar al cuarto. 

Perdón, lacios les decía, tal y como si se me hubiera escapado la vida misma, vaya, por el conducto del pene y el generoso cuerpo de Ernesto la hubiera recibido integramente toda, mientras los boleros en el reproductor: “Alma mía”, “La gloria eres tú”, “Mucho corazón”... desfilaban uno tras otro.

A excepción de estar en parecencia de Ernesto y de Beralio, mi padrino, no me era posible que yo exponer, sin ser crucificado, mi teoría al respecto de la manera en que la sociedad actual vive la sexualidad, influenciada por siglos de construcciones culturales que encierran las prácticas sexuales en el corset de los juegos de rol.

 Para mí no significa un problema templar con Lomba. A tantos años de salvarnos la vida metafóricamente, quiero horrores a Ernesto. Mis problemas se refieren a la aceptación social que rodea a un hombre que se acuesta asiduamente con un bisexual sin la necesidad de declararse bisexual.

La sexualidad no es una cuestión universal. Cada cultura la vive y exterioriza de manera distinta. Lo que en algunas culturas se veta y condena como depravado, retorcido e indecoroso, es permisivo en otras. Para los romanos, por ejemplo, solo los varones que mantuvieran relaciones con los de su género asumiendo como rol la pasividad eran homosexuales. Los activos eran enteramente hombres. Tanto las felaciones como las prácticas de sexo oral eran calificadas de indignas y vergonzosas. Que un señor mantuviera relaciones sexuales con sus esclavos varones era considerado un hecho normal siempre que fuera el amo el penetrador.

Tal vez fuera esa misma razón de orden social la que tiraba por tierra mi sueño de marcharme a gozar la vida con Ernesto. Aunque toda mi nueva felicidad "Bi" podría hundirse en la miseria  si Ernesto estuviera, no por casualidad, sino por alguna de esas veces en la que él sale a cazar bisontes no, hombres puros y duros, contagiado con eso que yo tanto temía: VIH.

—Lomba.

—¿Qué, pipo?

Yo lo bese en la espalda y le pregunté:

—¿Tú estás bien y eso?

—Perfectamente, lindo. —soltó feliz.

—Quiero decir, de salud y tal...

Cualquiera le preguntaba a aquel hombre, directamente, si singaba a pelo descubierto, (yo desde luego que no, pero esa noche y con él sí), o como diría mi abuela Alejandra, bajo el amparo contumaz del sombrero y... «¿desde cuándo no te haces analizar la sangre?»