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miércoles, 31 de enero de 2018

I've got you under my skin.


“Un desterrado busca algo que lo aterre, o al menos alguien que lo entierre, algo terrible y a alguien de la tierra de la que fue desterrado: porque no tiene nada”.

(Guantánamo, Cuba. 1957-1997)








Pues eso soy, un desterrado por voluntad propia-sentimental y a la fuerza, que es mucho peor que desterrarse por declararse desafecto a los hermanos Castro. En los noventa daba lo mismo posicionarse de un lado de la balanza que del otro en cuestiones migracionales. Todo aquel que no abandonara, tal y como estaba decretado, el baile antes de media noche y se volviera sin rechistar con su música a otra parte: el domicilio ubicado a su vez dentro del territorio nacional, le aguardaba el mismo destino que a Cenicienta tras el fallecimiento de su papá: un destino de merde.

Claro que Charles Perrault no imaginó nunca —dejémoslo en maquinó, un vocablo mucho más divertido y acorde con la actividad vocacional desarrollada por los cuentistas— qué habría sido de Cenicienta en caso de haberse cagado en el hada y permanecido en la fiesta, disfrutando a tutti pleni del tintineo gozoso de sus Manolos de cristal y del vuelo que tomaba en el aire su vestido de noche mientras danzaba —frenética, etérea sería la auténtica, la de Charles Perraulten los brazos de su acaudalado maromo. 

Un baile como el que en este instante atraviesa el escenario de mi cabeza a modo de fogonazos eléctricos, es too much para una asistenta de hogar moderna que no ha catado aún los brillos monárquicos.

Tampoco los desterrados imaginamos —maquinamos, que aquí también nos cabe—, qué suerte nos aguarda tras el levantamiento sin armas. Esa historia futura tan increíble pero cierta, fue la que corrimos los valientes que solicitamos asilo político o, simplemente, nos aventuramos a montar el campo base allá donde la oportunidad nos lo permitió.

¿Que si odiaba a los Castro? Pues, claro que los odiaba, como toda esa panda mayoritaria de comunistas hipócritas que hipócritamente les hacían la ola en la plaza de la revolución y en los desfiles del 1 de mayo.

Los odiaba cada vez que la Habana se quedaba completamente a oscuras —por ejemplo, nunca se me dio bien la visión nocturna— inexistente casi para los satélites. Y porque, mientras nosotros estábamos a oscuras, los complejos turísticos permanecían abiertos en una suerte de never ending story.

Cuando Dios proclamaba colérico: ¡váyase la luz!, yo me cagaba en la madre de Fidel —la peor ofensa que se le puede endiñar a un Antillano— en todo su árbol genealógico y hasta en la mamá de Dios. Para un caribe puro como yo criado en el rigor de un matriarcado, es imposible concebir un Dios sin madre.

Y eso que yo no andaba tan mal después de todo siendo el hijo de un reputado artista, hermano de un trapichero, sobrino predilecto de un palero y nieto de un Abakuá, "Pepe el alcalde". Cuatro cosas que en mi barrio, Buenavista, producían lo suficiente en el ámbito económico como para que yo viviera mejor que un marqués. En realidad no comencé a sufrir los coletazos ponzoñosos del período especial hasta que papá falleció; para entonces ya trapichaeba por la Habana al compás de mi hermano Yeyo y de su tribu de jineteras*.

No, nunca tuve la mala fortuna de ser interceptado por la PNR* mientras pasaba una caja de lanceros Cohiba en la puerta de un hotel a algún turista, o traficaba con artesanía local. Por alguna extraña razón abandonaba siempre el lugar antes de que la redada policial entrara en escena dando un hierro tremendo.

—Juan.

—Yeyo me está esperando en el taxi, Lyn.

—Tengo miedo por ti, Juan.

—No seas boba, mi china. No va a pasarme nada.

Sí, mi ex mujer, cuyo magnético recuerdo no ha cesado jamás de perseguirme a lo largo de mi periplo migratorio por Europa, es en verdad una china made in Cuba. Lyn Álvarez kwan es bisnieta de chinos, nieta de chinos e hija de una china y un mestizo, o sea: mi china.






—Juan.

—Que, mi china. Yeyo se va a enojar conmigo como siga tardando.

—Le he rezado a Kuan Kung para que te proteja.

—¿A Kuan King?

—Kung, bobo. Dale.


Marchaba, con la protección del dios Kuan Kung*, la versión china de la deidad afrocubana Oshossi*, el iddé* de Shangó*, la medalla de la vírgen de Regla y la santa compaña de mi legión de muertos, : papá, mi bisabuela Catalina, la prima María Isabel, el tío Francisco…, lo de la invocación siempre funcionaba.

Creo firmemente en la existencia de un "algo" más allá de lo palpable a la vista. Una brecha existencial invisible que no deja de ser —a pesar del prestigio de los dioses por esconder el destino que los hombres pactamos antes de ser fulminados por el tiro de gracia del velo del olvido— real, quizás porque me considero parte de ese grupo reducido de idiotas que persiste en encontrar una manera de reanudar la era de la inmortalidad.

El poeta Ángel Escobar la encontró al transmutar su emocionalidad al papel. Yo no he gozado aún la oportunidad y quizás solo pueda alcanzar lo que el recuerdo de las generaciones posteriores a mi existencia me tenga reservado. Cuando me marche mis hijas hablarán de mí del mismo modo que yo les hablo ahora de esos lazos de sangre que me han concedido el honor de hacerlos inmortales: papá, Pepe, María Isabel, Catalina, mi abuela Alejandrina y el tío Francisco.

Para algunos hombres la inmortalidad se resume solo al ámbito familiar.



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¿?


Mi mujer no suele entrar en el cuarto cuando escribo a menos que lo necesite imperiosamente y ese imperiosamente acababa de violar mi espacio aéreo revoloteando como una abeja hambrienta en derredor mío.



"Una abeja reina ansiosa por despertar la colmena dormida entre las patas de su intelectual zángano. 


Tony, ponme otro tequila —ordenó el zángano, anteponiendo su sed a la ley natural de servidumbre imperante entre ambos. Siempre era él quien la colmaba de atenciones, servía y protegía.


La abeja reina abandonó la alcoba con paso atribulado, rumbo a la nevera. Don Julio tardó un rato en reencontrarse con el zángano. Finalmente, la reina apareció y, silenciosa, besó al zángano en la mejilla haciéndole entrega de la conspicua droga:


—Ten, Juan, tu tequila.


Sin dejar algún resquicio para la duda el zángano escritor pulsó apagar”.



Fin.



Charlar con los muertos me recordó que ya había consumido prácticamente medio siglo de vida. A partir de esa misma noche la arena restante en mi reloj comenzaría a jugar sus cartas en mi contra sin que hubiera referido a notario, familiar o hijo alguno, mis últimas voluntades.

—Cuando me muera… —dije de pronto.

Y así de pronto, Tony, recostada a mi lado, me apuñaló con sus ojazos negros y de inmediato mandó cerrar el aeropuerto más cercano. A la mierda mi maniobra de aterrizaje.

—No, Juan, no voy a permitir que me destroces el sábado con tus gilipolleces.

—No son gilipolleces.

—Estás bebido, Juan.

—No, estoy bebiendo. Jamás me has visto borracho.

—Cierto.

—Has parido, me has entregado a tus hijas cuando eran unos mikos y te has largado a recorrer el mundo. He tenido noches en las que me he sentido tan indefenso como lo eran ellas. Si yo fuera un borracho no las habrías puesto en mis manos.

—¿Y a santo de qué viene esa descarga? Dame ese trago de tequila.

—No me jodas —dije, retomando el papiro invisible que contenía mis últimas voluntades y el trago— cuando me muera quiero que me incineren.

—Muy bien, tigre, ¿alguna cosa más?

—Sí. Que esparzan mis cenizas en la ría de Huelva.

—Juan, tú no naciste en Huelva, eres cubano.

—Bueno, tú naciste en Camden y seguramente será allí, en Huelva, adonde te lleven tus hijas cuando estires la pata.

Lógico, porque es allí donde nuestras flores nacieron y donde, también, querrán ser enterradas. No veía ni de lejos el motivo por el que yo tenía que quedarme solo y muerto de asco en el cementerio de Colón.

—Odio esa provincia. Son tan paletos —se quejó mi mujer.

—Normal. Fue allí donde te enganchaste al crack, y con ese mismo Crack paleto —ahogué yo su queja.

—No voy a entrar al trapo Juan y la verdad, no sé qué va a pasar cuando la palmes aparte de dejarme más hundida que el Titanic, pero cuando yo me muera...

—Tú ya estás muerta —dije, y no contento aún mandé a cerrar todos los aeropuertos del país— te moriste aquella tarde en la que fuiste a buscarme al apartamento de Yanelis. Desde entonces sigues así… muerta.

—Bitch.

(Sonoro, laaaaaaaaargo, hasta alcanzar a la pobre Yanelis allá donde estuviera)

En inglés lo dijo, sí señor, que es como mejor se ofende porque queda mucho más elegante y como mejor se expresa la abeja reina, Tony, cuando está malhumorada, y no hay nadie más nacionalista y más británica en una bronca que mi mujer.

(Puta: traducido ya al castellano y flotando en mi cerebro mientras daba sorbitos al tequila, porque yo soy habanero y de pura cepa).

—No seas boba, Tony, estoy aquí en mi cuarto (abrí nuevamente todos los espacios y puentes aéreos) en mi cama y bebiendo tequila con mi mujer. Yanelis no fue nunca nada mío.

—Entonces qué era, Juan, qué.

—El comodín del público. Te puse una demanda de divorcio, ¿lo recuerdas? Yo estaba solo, Chesca nos presentó y empezamos a salir, pero yo…


“El tiempo corre. Los puntos suspensivos se alargan en el diálogo lo suficiente para que Juan vacíe el contenido del vaso en la mesilla y Tony sirva el siguiente tequila mientras dice:”


—Tú qué... qué, Juan Martínez.

A Yanelis le iba la práctica del sexo independentista: con todo su cuerpo y con mi cuerpo, pero para ella sola. Cada vez que Yanelis me hacía el amor era mi mujer quien me salía al paso. Entonces yo follaba en off, tristemente, recordando cómo mi mujer me disfrutaba (y usaba) sin piedad en un acto animal. Animalmente su cuerpo armonizado a la palabra, a los sentidos —todos— al espacio, al claroscuro del cuarto y a los sonidos vibrantes en el reproductor.

Sí, mi mujer sabe cómo gozar y cómo hacer gozar a un tipo hasta dejarlo listo para ocupar un cuarto en Mazorra*, y a esa acción la llamamos en mi barrio: singar.

—Y qué mas dá, reina —dije solo.

—No quiero acordarme de la traidora de Chesca ni de la zorra de Yanelis ni del divorcio…

Ni yo de aquel desagradable instante en el que abrí la puerta del cuarto de Yanelis y mis ojos se dieron de bruces con el sofá de cuero blanco del salón sosteniendo hospitalariamente, mazo de amable, el metro ochenta y cinco de mi hermosa y maciza hembra junto a Raquel, la compañera de piso de mi amante. Mi mujer en su versión más pitbulliana eligiendo víctima. Mi mujer, ahora en pie, mi mujer ahora hacía mí. Mi hembra pitbull y sus ojos de pitbull inyectados de sangre pitbulliana partiéndome la jeta, la hombría y la paciencia y servidor practicándole la llave turca a la que Carilda Oliver Labra hace alusión en su poema “Discurso de Eva”,



"Vuelve, vuelve.


Atraviésame a rayos.

Hazme otra vez una llave turca.

Pondremos el tocadiscos para siempre.

ven con tu nuca de infiel,


mientras el resto de mujeres en el salón hacía lo que siempre hacen las mujeres en medio de un chanwüi: gritar como posesas.

Demasiado verborrágico estaba yo para la acción que venía desempeñando desde hacía rato, además de rememorar a Ángel Escobar: beber a gañote roto. Raro en mí. Yo jamás escribo cuando bebo, beber no caza con mi verbigratia ni con mi vista.

Cuando alguien tiene, como yo, un ojo jubilado es difícil que alcance a descifrar el guirigay de letras en el que se convierte la pantalla de la portátil cuando ya se ha bebido una cantidad considerable de néctar de agave: media botella.

De repente fue como si el árbol bajo el que Siddhaltra Gautama sufrió la iluminación que lo convirtió en Buda, hubiera acogido bajo sus ramas a mi yo y apartado de mí mi borrachera a medias para dejar que la iluminación me revelara que ese algo tremendo, gozoso en demasía, rico, que transitaba diáfano por mis arterias levantando un oleaje de amor, ancho y a veinte mil pies de altura del deseo carnal, no era producto de la gracia del agave.

Miré a mi mujer tendida a mi lado, ruiseñora y feliz, contentica dirían en mi tierra, diosa Juan-Ramoniana deseada y deseante casi en cueros, y le canté bien suave, al oído:

—Qué carajo me has puesto en el tequila, reina.


"La abeja reina se sobresaltó (fingió sobresaltarse, anulando con su falsa extrañeza al fingidor más grande de la poesía).

"O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
que chega a fingir que é dor
a dor que deveras sente".

—Sé que no es cocaína ni caballo. Conozco esos caminos. Lo primero me pone muy cabrón y lo segundo me anula por completo los reflejos.

Arremetió nuevamente el zángano, convincente en el fragor de su lengua Shakesperiana.


—Cristal…, Juan, una dosis de cristal. —confesó la abeja reina
".












Glosario.


Jineteras: prostitutas.

PNR: policía nacional revolucionaria.

Kuan King: dios de la guerra en la cultura china.

Oshossi: deidad afrocubana representativa del dios de la caza.

Iddé: pulsera con los colores representativos de las diferentes dedides afrocubanas.

Shangó: deidad afrocubana representativa del dios del fuego.

Mazorra: antiguo hospital psiquiátrico de la Habana.














jueves, 25 de enero de 2018

En cueros y a lo Truman.






Nadie podía sospechar que aquella rubia que había atravesado minutos antes la salida de los vuelos internacionales y que, en ese instante, permanecía aún colgada de mi cuello toda hecha un manojo de lágrimas, de nervios y de besos, era en verdad mi madre. 
,
De lejos, teniendo en cuenta que yo también lloraba a río caudaloso y abrazaba a mi rubia con mas pasión que un experimentado actor de Hollywood, la escena parecía representar el encuentro de dos enamorados. Seguramente toda esa peña de curiosos que nos observaba debió pensar que una mujer tan joven y tan bárbaramente bien hecha, de esas de mandada a hacer por encargo al más habilidoso de los dioses celtas en un tarrito aparte, no podía ser la mamá de nadie, mucho menos la de un tipo tan hecho y derecho como yo.

Como a los buenos físicos, a mi mamá y a mí la relatividad especial nos traía en los años noventa de cabeza. Diez años noventianos representan un insignificante soplo en el calendario de cualquier mortal, pero no en el nuestro. Para Gladys Sánchez, mi mamá, y Juan Martínez, servidor e hijo predilecto, diez años sin mirarnos a los ojos y sin la mediación del contacto físico representaban diez milenios.

Salimos del aeropuerto y pillamos un taxi. Nos acomodamos en el asiento trasero. Mientras le comunico al chófer nuestro destino y el taxi inicia su nueva ruta Gladys solo me mira, como si yo fuera un tipo muy interesante al que acaba de conocer en la sala de espera del aeropuerto que en ese instante abandonamos, y por el que siente una atracción irresistible.

—Qué pasa, mi vida —le digo—  parece como si hubieras visto en mí a un fantasma.

Gladys no dice nada y permanece quieta, muda en mis ojos e inmersa en una suerte de arduo afán contemplativo. Me aproximo a ella lo bastante como para consumir todo el espacio entre los dos, la beso en la mejilla, suave, como el niño que hace tantos milenios dejé atrás y bingo…, Gladys Sánchez emerge de su trance.

—Cada vez te le pareces más al Pepe, hasta con barba, incluso agarras el puro igualitico que él. Es una pena que mi papá no esté aquí para verte. —dice Gladys.

Pienso en Pepe. La barba fue un complemento al que él jamás rindió culto, por muy de moda que estuviese, y al que yo vivo atado para ocultar la cicatriz que cruza casi lado a lado mi mandíbula. La cantinela del parecimiento entre Pepe y yo la llevo oyendo de boca de todas las mujeres de mi familia y de las allegadas, desde hace un carnaval de años, los que hoy tengo. 

Es cierto que soy clavado  Pepe. El único rasgo que nos diferencia, además del mestizaje y la cronología, son los ojos, esos ojos azules tan marítimos que a Gladys sí le tocaron en la tómbola de los genes y que ahora vuelven a empañarse de lágrimas al reencontrarse con los míos, tan negros.

—¡Ay, Juan!

—Qué le pasa a lo que yo más quiero en este mundo.

—Por qué dejé que te fueras. Qué hombre te me has hecho, por dios, tan solo aquí y yo allí, tan lejos de mi niño y  perdiéndome todo.

—Bueno, mamá, echémosle la culpa al destino que queda mejor

Rara era la vez que yo permitía que la naturaleza de mi voz manejara naturalmente la maternidad como correspondía a nuestro caso. Nunca logré ver a aquella mujercita tan linda (adjetivar a Gladys como lo que realmente es, hermosa, sería universalizar su belleza única y exclusivamente cubana, amén de la aparente similitud de sus rasgos de nieve con las mujeres nórdicas), tan niña, tan coqueta y tan sexi como mi mamá.

La mujer que en ese instante contempla el paisaje urbano sentada a mi lado con la mano apoyada delicadamente en mi regazo fue siempre para mis labios, al menos hasta donde yo puedo rememorar, solo Gladys; una Gladys inmaternal atribuible a los escasos quince años de diferencia que nos separan o, quizás, a esas ansias rebeldes que siempre tuvimos de amarnos de una manera distinta, fuera de los tratados que deben imperar en las relaciones madre-hijo.

Si existe una mujer en el planeta diseñada para lidiar exitosamente con mi alto porcentaje de emocionalidad, esa es Gladys Sánchez.

—Gladys. Tengo una cosita que te va a gustar.

La convido a sentarte en mi regazo con un gesto breve de los ojos mientras busco en el bolsillo de mi americana su regalo: una cajita negra de terciopelo. Dejo que sea ella quien la abra.

—Ay, maricón —dice, como la Gladys loca que casi siempre es, al abrirla—, pero de dónde has sacado ese pedrusco.

—De Cartier.

—Qué bobo eres, Juan, no hacía falta que me compraras nada.

Le tomo la mano e introduzco el anillo en su dedo anular.

—Gladys Sánchez —digo teatral— acepta usted por esposo a este muchacho que…

Gladys se pone seria, tanto que hago a un lado la broma y ella desciende, lacia, desde el trono de mis piernas hasta su antiguo lugar a mi lado. Durante un rato damos preferencia a lo que mi abuela calificaba en vida como mirar los celajes, las musarañas, matar el tiempo, comer mierda, vaya, cuando no sabe uno cómo amordazar el soliloquio de su conciencia, hasta que Gladys parece advertir mi llamada telepática, aquel deseo que le voy pidiendo a todos los Santos habidos y por haber en un mantra de matemática infinitud sincronizado al rodar del taxi: mamá, háblame.

—¿Sabes, hijo? eres tan…

—¿Comemierda?

No, no era tan grave el enojo provocado por mi faceta de galán, y de Tolkien, cuando permití me poseyera la gilipollez triunfal y el caché glamuroso que Cartier otorga a sus clientes, si Gladys reía con aquellas ganas cascabeleras con las que ahora lo hacía.

—Tan bueno conmigo —dice al fin—. Tu papá era un negro muy cerrado. El día que ese señor me sonreía era porque en algún lugar cercano a mi mundo dios estaba tramando algún milagro, tan grande que a los dos nos alcanzaba.

Ni hablar del peluquín, Gladys Sánchez, pensé, te estás equivocando de guión.N o iba a quedarme allí sentado como un imbécil oyendo lo infiel que papá fue durante el matrimonio ni quería escuchar por infinitésima vez lo que ella lo amó hasta el día en que papá murió, a pesar de que ya estaban divorciados desde hacía rato, ni oír lo traumatizado quedó mi hermano Yeyo con el divorcio, ni oír lo infelices que quedamos todos cuando papá se marchó con aquella cantante y la dejó, mejor dicho: me dejó a mí a mi mamá y a la cama vacía de mi mamá y las lágrimas de mi mamá y los gritos ahogados de mi mamá y los intentos de suicidio de mi mamá y el tiempo de silencio, infinito, y la cocina sin comida caliente y los besos de piquito de mi mamá y el olor por las noches de mi mamá. 

Lo cierto es que papá le dejó todo a su rey pequeñito y eso es para darle un homenaje, aunque Gladys nunca supo los daños que habían provocado en mí los pormenores de esa infelicidad, solo Pepe.

Pepe sabía la razón por la que yo había decidido no regresar a Cuba cuando lo de Dinamarca: poner tierra de por medio a aquel encoñamiento brutal y del carajo que el mismo Pepe se encargó de desenmascarar en cuanto le comuniqué que no estaba en mi agenda regresar de Dinamarca.

—¿Sabes hijo? Los abakuás somos tipos bien decentes —dijo Pepe—. Tú no estarías nunca preparado para ser abakuá porque eres distinto a mí, por eso te saqué de aquel plante en “Los pocitos”. Un hombre no es más hombre porque sepa templar tan rico que hasta su vieja se le abre de piernas para que él se la ventile, ¿me entiendes, mijito? Tu mamá no está hecha para criar tipos como ustedes. Yeyo es un borracho que no sirve nada más que para el contrabando, razón por la que ha jalado ya presidio y tú un putero, y un enfermo que esta fajao′ por comerse el marañón que la puta de su mamá tiene debajo de la saya. Cómo es que tu abuela y yo no nos dimos cuenta, carajo. Ahora sí que estás hablando como un hombre. Vete y no vuelvas, Juanito. El marido de Gladys también es Abakuá y como sigas tirando para el monte con ese bele-bele te va a meter dos tiros.

Sí, Pepe culpaba a Gladys de mi encoñamiento griego, prefiero definirlo así para no llamar a mi pasión tragedia; es menos sufridor, Gladys a papá y yo le colgaba el San Benito a dios. 
Hubiera sido fácil para un dios que inventó todo lo que existe dejarme en otro vientre y que con el correr del tiempo Gladys y yo nos conociéramos en Galeano, en Virtudes, en San Lazaro...

Ahora todo era distinto. Pepe estaba muerto y yo no había juramentado lealtad a ningún caldero Mayombe o Abakuá. A la única prenda que me interesaba jurarle era a la prenda que Gladys escondía, como dijera Pepe, debajo de su saya.

—Tony y las niñas llegan el lunes. Hasta ese día puedes hacer conmigo todo lo que te plazca. ¿Estámos? —dije—. Tony es experta en identificar movidas raras.

—Qué —dije al taxista mirándolo desde el retrovisor —, ¿está muy bueno lo que está pasando aquí detrás?

El taxista no dijo nada y regresó a lo suyo, la carretera.

Gladys y yo siempre nos hemos entendido a la primera. Ni falta hacía que especificara la importancia de moderar en presencia de mi mujer las muestras de cariño.

—Mijo.

—Dímelo.

—¿Tú te crees que yo soy boba?

—No, mi mamá lo que está es durísima. La mala suerte es que el destino me haya hecho su hijo.

—Y que a mí no me interesen sexualmente los muchachos de treinta.

Tanto ella como yo sabíamos que es cuestiones de intereses Gladys Sánchez era una mentirosa integral. 

En aquella vorágine de emociones que nos sobrevino en el aeropuerto nos miramos, lloramos y nos rozamos el uno contra el otro bajo el impulso carnal que mueve a los amantes a consumar su arrebato. En realidad lo único que nos faltó fue encuerarnos, singarnos por todo lo alto como dos fieras domésticas a las que han colocado en un descuido en medio de la jungla, (o la manigua, que al fin y al cabo es más a fin conmigo).

Gladys Sánchez y yo siempre nos hemos entendido a la primera; nuestra especialidad es la comunicación, a veces hasta telepática. No hacía falta que ella me explicara que si continuaba avanzando monte a través con aquel ímpetu voraz corría el peligro de tropezarme de bruces con la inevitable inmediatez del barranco, y ni siquiera ella, la mujer que más me ha amado en la historia de mi vida, podría salvarme. Lo único que una madre puede hacer con un hijo muerto es enterrarlo.

Yo siempre tuve mucho de Romeo, pero siempre tuve, también, cierta aversión a morir de manos del veneno. Por Gladys Sánchez no me importaría caerme por todos los barrancos que el capullo de dios me fuera presentando para recordarme cuánto de pecaminoso y de retorcido cabía en mi corazón de bárbaro incestuoso.





miércoles, 10 de enero de 2018

I 'm a fool to want you.








Algo en mí se quebró violentamente la tarde en la que descubrí que mi mujer y el crack tenían un idilio. La primera de la familia en enterarse de que mi barco hacía aguas por todas partes conmigo y con el cofre del tesoro dentro, mis tres hijas, fue mi hermana Lulú.

—Vale. Qué no cunda el pánico, Juan. Haz las maletas y vente para Madrid con las niñas.

—De acuerdo.

—Y no le digas a mamá, ¿vale? Gladys está en Cuba, que es igual que decir que está donde el diablo pegó las tres voces, en el mismo lugar donde Jesús perdió el mechero  y no va a hacer por ti mas que preocuparse.

Le dije que sí, colgué e inmediatamente llamé a mi madre y le hice, en un breve e intensísimo desahogo, el recuento de daños.

—No puedes irte con Lulú y dejar a Toni tirada en una clínica.

Eso dijo Gladys.

—Ya no es asunto mío —le dije yo— soy su marido, no su papá y yo necesito todo eso que dicen por ahí en cuestiones de amor de la tierra por medio.

—Toni es tu mujer y tienes que apechugar, Juan.

—Pues ya estoy muy cansado de apechugar.

—Si algo hice bien dentro de mi locura de pobre divorciada fue educarte, Juan, es el momento de ponerlo en práctica. Vas a quedarte ahí hasta que tu mujer se rehabilite y cuando todo acabe podrás largarte adonde se te antoje. Es lo que uno hace cuando quiere de verdad
 y no salir zumbando a la primera. Ahora toca ser hombre.

Sí. Yo hubiera preferido encontrar otro panorama al abrir la puerta de mi cuarto: a mi mujer en cueros montándoselo a lo bestia en mi cama con los reyes del mambo y los del porno, antes que presenciar aquella realidad que me aguardaba como una puñalada trapera y por la espalda: mi mujer con una pipa de cristal cargada de crack hasta las trancas montándoselo a lo bestia, en un duelo fatal con ella misma. Su tarjeta bancaria ya venía dando muestras de que algo raro pasaba con las finanzas, y yo ya llevaba tiempo tras la pista de ese algo que ahora se mostraba indecoroso, con todo su infernal descaro ante mis ojos.

—Qué cojones estás haciendo, Toni.

Me abalancé sobre ella sentada al borde de la cama y la abofeteé, con tal violencia y desatino que toda ella se desplomó de espaldas sobre el cabecero. Jamás me perdoné esa reacción.

Fue un año duro, soportable gracias a la cercanía de los amigos buenos y de mi madre vía telefónica.  Durante ese año lloré a solas, lejos de mis tres peques, en mi cuarto, por todos los desastres que estaba transitando y por los venideros.
Aunque Toni logró salir ilesa del desastre, ella y yo nunca logramos ser los mismos. Esos años fantasmas siempre regresan para hacernos la putada, como un bumerang hijo de mala madre que no tuvo bastante con todo el dolor que nos causó.

Tardé una eternidad en descubrir que lo quebrado no era mi corazón, sino mi ego, la llave de nuestro futuro, hecha añicos junto a los fragmentos de la pipa de cristal que mi mujer sostenía cuando la maltraté desparramados por el suelo.

—Te he echado muchísimo de menos. —dije, al verla entrar en nuestro cuarto, luego de nueve días sin vernos.

Y era cierto. Desde que dieran las campanadas de fin de año hasta la fecha, ella se marchó a Boston el primero de enero de 2018, había tenido tiempo suficiente para añorarla y para meditar sobre mis veinticinco años de matrimonio. 

No dijo nada. Mi mujer solo abrió la maleta, sacó de su inyerior una botella de Mezcal y dijo: «ten, amor, tu regalo de reyes». Y yo dije:

—Gracias. Pero de poco me sirve si mi mujer no va a brindar conmigo.

—¿Quién ha dicho que no? Sabes Juan.

—Qué, reina.

—Estoy harta de orgullos y de broncas.

—No pretendía abofetearte —dije.

Tony entendió al vuelo que yo había viajado sobre el tiempo a aquella vez maldita en la que no fui dueño de mí al ver que el crack pretendía arrebatarme lo que amaba.

—Olvídalo. Lo hemos superado y no merece la pena recordar tanto fracaso.

Eso lo dirá ella. Hoy estoy regresando, aunque me duela, a ese cuarto fantasma vetado en mi memoria para recuperar la llave de mi felicidad. Te juro por mis muertos, corazón, voy a encontrarla.













Nota: cualquier parecido con la realidad es pura verdad. Perdonadme, esto es un exorcismo ¿De qué sirve si no la literatura? ¿Para mordernos las putas uñas?

Gracias.