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miércoles, 31 de enero de 2018

I've got you under my skin.


“Un desterrado busca algo que lo aterre, o al menos alguien que lo entierre, algo terrible y a alguien de la tierra de la que fue desterrado: porque no tiene nada”.


Ángel Escobar
(Guantánamo, Cuba. 1957-1997)









Pues eso soy, un desterrado por voluntad propia-sentimental y a la fuerza, que es mucho peor que desterrarse por declararse desafecto a los hermanos Castro. En los noventa daba lo mismo posicionarse de un lado de la balanza que del otro en cuestiones migracionales. Todo aquel que no abandonara, tal y como estaba decretado, el baile antes de media noche y se volviera sin rechistar con su música a otra parte: el domicilio ubicado a su vez dentro del territorio nacional, le aguardaba el mismo destino que a Cenicienta tras el fallecimiento de su papá: un destino de merde.

Claro que Charles Perrault no imaginó nunca —dejémoslo en maquinó, un vocablo mucho más divertido y acorde con la actividad vocacional desarrollada por los cuentistas— qué habría sido de Cenicienta en caso de haberse cagado en el hada y permanecido en la fiesta, disfrutando a tutti pleni del tintineo gozoso de sus Manolos de cristal y del vuelo que tomaba en el aire su vestido de noche mientras danzaba —frenética, etérea sería la auténtica, la de Charles Perraulten los brazos de su acaudalado maromo. Un baile como el que en este instante atraviesa el escenario de mi cabeza a modo de fogonazos eléctricos, es too much para una asistenta de hogar moderna que no ha catado aún los brillos monárquicos.

Tampoco los desterrados imaginamos —maquinamos, que aquí también nos cabe—, qué suerte nos aguarda tras el levantamiento sin armas. Esa historia futura tan increíble pero cierta, fue la que corrimos los valientes que solicitamos asilo político o, simplemente, nos aventuramos a montar el campo base allá donde la oportunidad nos lo permitió.

¿Que si yo odiaba a los Castro? Pues claro que los odiaba, como toda esa panda mayoritaria de comunistas hipócritas que hipócritamente les hacía la ola en la plaza de la revolución y en los desfiles del primero de Mayo.

Los odiaba cada vez que la Habana se quedaba completamente a oscuras, —por ejemplo, ya que nunca se me dio bien la visión nocturna— inexistente casi para los satélites. Y porque, mientras nososttos estábamos a oscuras, los complejos turísticos permanecían abiertos en una suerte de never ending story.

Cuando Dios proclamaba colérico: ¡váyase la luz!, yo me cagaba en la madre de Fidel —la peor ofensa que se le puede endiñar a un Antillano— en todo su árbol genealógico y hasta en la mamá de Dios. Para un caribe puro como yo criado en el rigor de un matriarcado, es imposible concebir un Dios sin madre.

Y eso que yo no andaba tan mal después de todo siendo el hijo de un reputado artista, hermano de un trapichero, sobrino predilecto de un palero y nieto de un Abakuá, "Pepe el alcalde". Cuatro cosas que en mi barrio, Buenavista, producían lo suficiente en el ámbito económico como para que yo viviera mejor que un marqués. En realidad no comencé a sufrir los coletazos ponzoñosos del período especial hasta que papá falleció; para entonces yo ya trapichaeba por la Habana al compás de mi hermano Yeyo y de su tribu de jineteras*.

No, nunca tuve la mala fortuna de ser interceptado por la PNR* mientras pasaba una caja de lanceros Cohiba en la puerta de un hotel a algún turista, o traficaba con artesanía local. Por alguna extraña razón yo siempre abandonaba el lugar antes de que la redada policial entrara en escena dando un hierro tremendo.

—Juan.

—Yeyo me está esperando en el taxi, Lyn.

—Tengo miedo por ti, Juan.

—No seas boba, mi china. No va a pasarme nada.

Sí, mi ex mujer, cuyo magnético recuerdo no ha cesado jamás de perseguirme a lo largo de mi periplo migratorio por Europa, es en verdad una china made in Cuba. Lyn Álvarez kwan es bisnieta de chinos, nieta de chinos e hija de una china y un mestizo, o sea: mi china.




—Juan.

—Qué, mi china. Yeyo se va a enojar conmigo como siga tardando.

—Le he rezado a Kuan Kung para que te proteja.

—¿A Kuan King?

—Kung, bobo. Dale.

Marchaba, con la protección del dios Kuan Kung*, la versión china de la deidad afrocubana Oshossi*, el iddé* de Shangó*, la medalla de la vírgen de Regla y la santa compaña de mi legión de muertos, : papá, mi bisabuela Catalina, la prima María Isabel, el tío Francisco…, lo de la invocación siempre funcionaba.

Creo firmemente en la existencia de un "algo" más allá de lo palpable a la vista. Una brecha existencial invisible que no deja de ser —a pesar del prestigio de los dioses por esconder el destino que los hombres pactamos antes de ser fulminados por el tiro de gracia del velo del olvido—, real, quizás porque me considero parte de ese grupo reducido de idiotas que persiste en encontrar una manera de reanudar la era de la inmortalidad.

El poeta Ángel Escobar la encontró al transmutar su emocionalidad al papel. Yo no he gozado aún la oportunidad y quizás solo pueda alcanzar lo que el recuerdo de las generaciones posteriores a mi existencia me tenga reservado. Cuando me marche mis hijas hablarán de mí del mismo modo que yo les hablo ahora de esos lazos de sangre que me han concedido el honor de hacerlos inmortales: papá, Pepe, María Isabel, Catalina, mi abuela Alejandrina y el tío Francisco.

Para algunos hombres la inmortalidad se resume solo al ámbito familiar.



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¿?


Mi mujer no suele entrar en el cuarto cuando escribo a menos que lo necesite imperiosamente, y ese imperiosamente acababa de violar mi espacio aéreo revoloteando como una abeja hambrienta en derredor mío.



"Una abeja reina ansiosa por despertar la colmena dormida entre las patas de su intelectual zángano. 


Tony, ponme otro tequila. —ordenó el zángano, anteponiendo su sed a la ley natural de servidumbre imperante entre ambos. Siempre era él quien la colmaba de atenciones, servía y protegía.


La abeja reina abandonó la alcoba con paso atribulado, rumbo a la nevera. Don Julio tardó un rato en reencontrarse con el zángano. Finalmente, la reina apareció y, silenciosa, besó al zángano en la mejilla haciéndole entrega de la conspicua droga:


—Ten, Juan, tu tequila.


Sin dejar algún resquicio  para la duda el zángano escritor pulsó apagar".



Fin.



Charlar con los muertos me recordó que ya había consumido practicamente medio siglo de vida. A partir de esa misma noche la arena restante en mi reloj comenzaría a jugar sus cartas en mi contra sin que yo hubiera referido a notario, familiar o hijo alguno, mis últimas voluntades.

—Cuando me muera… —solté de pronto...

Y así de pronto, Tony, recostada a mi lado, me apuñaló con sus ojazos negros y de inmediato mandó cerrar el aeropuerto más cercano. A la mierda mi maniobra de aterrizaje.

—No, Juan, no voy a permitir que me destroces el sábado con tus gilipolleces.

—No son gilipolleces.

—Estás bebido, Juan.

—No, estoy bebiendo. Jamás me has visto borracho.

—Cierto.

—Has parido, me has entregado a tus hijas cuando eran unos mikos y te has largado a recorrer el mundo. He tenido noches en las que me he sentido tan indefenso como lo eran ellas. Si yo fuera un borracho no las habrías puesto en mis manos.

—¿Y a santo de qué viene esa descarga? Dame ese trago de tequila.

—No me jodas —dije, retomando el papiro invisible que contenía mis últimas voluntades y el trago — cuando yo me muera quiero que me incineren.

—Muy bien, tigre, ¿alguna cosa más?

—Sí. Que esparzan mis cenizas en la ría de Huelva.

—Juan, tú no naciste en Huelva, eres cubano.

—Bueno, tú naciste en Camden y seguramente será allí, en Huelva, adonde te lleven tus hijas cuando estires la pata.

Lógico, porque es allí donde nuestras flores nacieron y donde, también, querrán ser enterradas. No veía ni de lejos el motivo por el que yo tenía que quedarme solo y muerto de asco en el cementerio de Colón.

—Odio esa provincia. Son tan paletos. —se quejó mi mujer.

—Normal. Fue allí donde te enganchaste al crack, y con ese mismo Crack paleto. —ahogué yo su queja.

—No voy a entrar al trapo Juan, y la verdad, no sé qué va a pasar cuando la palmes aparte de dejarme más hundida que el Titanic, pero cuando yo me muera...

—Tú ya estás muerta —solté, y no contento aún mandé a cerrar todos los aeropuertos del país—, te moriste aquella tarde en la que fuiste a buscarme al apartamento de Yanelis. Desde entonces sigues así… muerta.

—Bitch.

(Sonoro, laaaaaaaaargo, hasta alcanzar a la pobre Yanelis allá donde estuviera)

En inglés lo dijo, sí señor, que es como mejor se ofende porque queda mucho más elegante, y como mejor se expresa la abeja reina, Tony, cuando está malhumorada. Y no hay nadie más nacionalista y más británica en una bronca que mi mujer.

(Puta: traducido ya al castellano y flotando en mi cerebro mientras daba sorbitos al tequila, porque yo soy habanero y de pura cepa).

—No seas boba, Tony, estoy aquí en mi cuarto (abrí nuevamente todos los espacios y puentes aéreos) en mi cama y bebiendo tequila con mi mujer. Yanelis no fue nunca nada mío.

—Entonces qué era, Juan, qué.

—El comodín del público. Te puse una demanda de divorcio, ¿lo recuerdas? Yo estaba solo, Chesca nos presentó y empezamos a salir, pero yo…

—Tú qué... qué, Martínez.

A Yanelis le iba la práctica del sexo independentista: con todo su cuerpo y con mi cuerpo, pero para ella sola. Cada vez que Yanelis me hacía el amor era mi mujer quien me salía al paso. Entonces yo follaba en off, tristemente, recordando cómo mi mujer me disfrutaba (y usaba) sin piedad en un acto animal. Animalmente su cuerpo armonizado a la palabra, a los sentidos —todos— al espacio, al claroscuro del cuarto y a los sonidos vibrantes en el reproductor.

Sí, mi mujer sabe cómo gozar y hacer gozar a un tipo hasta dejarlo listo para ocupar un cuarto en Mazorra*, y a esa acción la llamamos en mi barrio: singar.

—Y qué mas dá, reina. —dije solo.

—No quiero ni acordarme de la traidora de Chesca ni de la zorra de Yanelis ni del divorcio…

Ni yo de aquel desagradable instante en el que abrí la puerta del cuarto de Yanelis y mis ojos se dieron de bruces con el sofá de cuero blanco del salón sosteniendo hospitalariamente, mazo de amable, el metro ochenta y cinco de mi hermosa y maciza hembra junto a Raquel, la compañera de piso de mi amante. Mi mujer en su versión más pitbulliana eligiendo víctima. Mi mujer, ahora en pie, ahora hacía mí. Mi hembra pitbull y sus ojos de pitbull inyectados de sangre partiéndome la jeta, la hombría y la paciencia, y servidor practicándole la llave turca a la que Carilda Oliver Labra hace alusión en su poema “Discurso de Eva”,


"Vuelve, vuelve.

Atraviésame a rayos.

Hazme otra vez una llave turca.

Pondremos el tocadiscos para siempre.

ven con tu nuca de infiel,


mientras el resto de mujeres en el salón hacía lo que siempre hacen las mujeres en medio de un chanwüi: gritar como posesas.

Demasiado verborrágico estaba yo para la acción que venía desempeñando desde hacía rato, además de rememorar a Ángel Escobar: beber a gañote roto. Raro en mí. Yo jamás escribo cuando bebo. Beber no caza con mi verbigratia ni con mi vista.

Cuando alguien tiene, como yo, un ojo jubilado es difícil que alcance a descifrar el guirigay de letras en el que se convierte la pantalla de la portátil cuando ya se ha bebido una cantidad considerable de néctar de agave: media botella.

De repente fue como si el árbol bajo el que Siddhalta Gautama sufrió la iluminación que lo convirtió en Buda, hubiera acogido bajo sus ramas a mi yo y apartado de mí mi borrachera a medias para dejar que la iluminación me revelara que ese algo tremendo, gozoso en demasía, rico, que transitaba diáfano por mis arterias levantando un oleaje de amor, ancho y a veinte mil pies de altura del deseo carnal, no era producto de la gracia del agave.

Miré a mi mujer tendida a mi lado, ruiseñora y feliz, contentica dirían en mi tierra, diosa Juan-Ramoniana deseada y deseante casi en cueros, y le canté bien suave, al oído:

—Qué carajo me has puesto en el tequila, reina.


"La abeja reina se sobresaltó (fingió sobresaltarse, anulando con su falsa extrañeza al fingidor más grande de la poesía).

"O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
que chega a fingir que é dor
a dor que deveras sente".

—Sé que no es cocaína ni caballo. Conozco esos caminos. Lo primero me pone muy cabrón y lo segundo me anula por completo los reflejos.

Arremetió nuevamente el zángano, convincente en el fragor de su lengua Shakesperiana.

—Cristal…, Juan, una dosis de cristal. —confesó la abeja reina
".










Glosario.

Jineteras: prostitutas.

P.N.R: policía nacional revolucionaria.

Kuan King: dios de la guerra en la cultura china.

Oshossi: deidad afrocubana representativa del dios de la caza.

Iddé: pulsera con los colores representativos de las diferentes dedides afrocubanas.

Shangó: deidad afrocubana representativa del dios del fuego.

Mazorra: antiguo hospital psiquiátrico de la Habana.














4 comentarios:

  1. Me maravillas
    Soy incapaz de escribir de esta manera
    Mi mente no da más que para 10 lineas
    Me asombras muchacho

    me asombras

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    1. Seguro que sí, Recomenzar. Todo es proponerselo.

      De igual modo, el verbo se hace corto o largo en dependencia de la necesidad de la historia.

      Un abrazo y gracias por venir.

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  2. Bueno, John, te diré que he disfrutado de lo lindo esta nueva entrega de la saga. Que sepas que cuando hablamos de Brasil decimos "miscigenação", que viene siendo algo así como que allí se mezcló de todo y salió en batiburrillo de razas, culturas y religiones que conocemos hoy en día. Pues eso es lo que nos regalas con tu dicharachera plática esta vez, una mezcla de todas tus raíces, tus barnices y tus demás conocimientos adyacentes, que no hacen sino enriquecer tu texto, se mire por dónde se mire. No sé si fue bajo el influjo de las drogas o no (es broma, ya lo sabes), pero te ha quedado desenfocado, es decir, estupendo, porque citando a Ángel Escobar y a Fernando Pessoa no podía ser de otra manera.
    Abrazos, corazón.

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