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domingo, 8 de abril de 2018

Pa' ti y pa' mi.


“Creo que nunca se singó más en Cuba que en los años sesenta; en esa década promulgaron todas aquellas leyes en contra de los homosexuales, se desató la persecución contra ellos y se crearon los campos de concentración; precisamente cuando el acto sexual se convirtió en un tabú, se pregonaba al hombre nuevo y se exaltaba el machismo. Casi todos aquellos jóvenes que desfilaban ante la Plaza de la Revolución aplaudiendo a Fidel Castro, casi todos aquellos soldados que, rifle en mano, marchaban con aquellas caras marciales, después de los desfiles, iban a acurrucarse en nuestros cuartos y, allí, desnudos, mostraban su autenticidad y a veces una ternura y una manera de gozar que me ha sido difícil encontrar en cualquier otro lugar del mundo”.



Reinaldo Arenas.






Es evidente que el divorcio de mis padres nos afectó a mi hermano Yeyo y a mí de manera distinta. Tras la muerte de papá, la adolescencia de Yeyo desembocó en una hombría cimentada sobre los pilares de la versión aumentada del hombre infiel que fue nuestro padre.

Yeyo es, en tres palabras, un mujeriego crónico que dedica sus días  a dinamitar toda aquella relación que sobrepase, como mucho, el año y medio. Se niega a echar raíces por terror a ser abandonado y, sobre todo, por no apechugar con la pila de años de frustración y de infelicidad con los que mamá tuvo que  cargar tras el divorcio.

Yo no pertenezco a la misma categoría de infiel compulsivo de la que hizo gala mi señor padre, sino a la de infiel a mi mismo. Nunca quise para mí esa promiscuidad que Yeyo potenció gustoso como herencia. En esa categoría de infiel da igual lo que le pase a uno dentro del matrimonio con tal de no desbaratar lo que dios unió y todo lo devenido de tal aleación: la familia. Y no precisamente porque a mí me importe demasiado la ira de Dios. Si me soy infiel a mi mismo es porque bajo ningún concepto estoy dispuesto a permitir que mis tres hijas crezcan todo lo aparte que Yeyo y yo crecimos de papá. Tampoco tengo planeado morirme de SIDA —un monstruo al que nadie le ha encontrado las cuatro patas para atarlo en corto—  en un cuarto de de hospital como le ocurrió a papá, devorado por ese alien camuflado que no tuvo bastante con tomar a Papá como huésped  que regresó diez años más tarde para instalarse en el cuerpo mi hermano mayor, Rafa, y por sucesión en el de su mujer, Nelly.

Cuando Lulú me dijo al teléfono que no sabía cómo decirme una cosa que ella tenía que contarme a la fuerza (sé que esa frase no suena ni mucho menos bien en el sentido literario, pero eso fue exactamente lo que mi hermana Lulú dijo): «sé perfectamente que lo que te voy a decir te va a doler mucho, Tete, pero te lo tengo que decir sí o sí, llorando me lo dijo. Y luego dijo, tambien, “ siéntate un momentico”, (como augurio tremendo al escopetazo que pretendía pegarme en las piernas), y yo le hice caso y me senté y le dije, “pero qué cosa fue, sueltalo ya, Lulú” y entonces Lulú me dijo así de sopetón: “que se ha muerto Rafa”» y yo me puse blando y el auricular del teléfono se me escapo de entre las manos y dio contra el suelo, y entonces me fui al baño, al de invitados, ahí mismito en la primera planta, y me tranqué con pestillo a llorar bajito porque es así como nos enseñaron a llorar a los hombres de mi familia. De lo contrario mis tres niñas que jugaban a Barbie y Ken allí mismo en el salón y mi asistenta de hogar, Romelia, podrían asustarse del bárbaro de los alaridos.

El día que mi padre vino a vivir con Pepe y Alejandra, mis abuelos maternos, luego del casamiento con Gladys, se trajo además de la flauta, la guitarra y el saxo tenor, a su primogénito Rafael. La verdad es que yo nunca conocí a la mamá de Rafa. Al parecer ella no tuvo interés en saber cómo de bien le iba a su hijo con nosotros. Recuerdo perfectamente aquel domingo que papá se marchó tras el divorcio y se llevó para la casa de su prima Yolanda todos sus instrumentos y la ropa. No voy a decir que en la partida se olvidó de aquel muchacho diez años mayor que yo que miraba como si tal cosa desde el ventanal de la cocina como papá cargaba en su Chevrolet negro del ‘57 el resto de sus cachivaches porque hacía ya rato que Rafa había elegido dormir bajo la sombra de Alejandra y Pepe. Creo que Rafael se hubiera tirado al piso a dar gritos si fueran mis abuelos los que anduvieran acarreando cosas para el maletero del carro que jamás tuvieron con la intención de largarse y dejarlo a él por detrás tal y como hizo papa. 

Tampoco a mí, el segundo testigo ocular en la ventana, me dio ni frío ni calor aquel desfile de cajas y maletas. Cómo me iba yo a imaginar que en lo adelante iba a ver poco a papá, siempre girando como un satélite de la NASA gracias a su profesión, la de músico, y que justo a los seis meses de cumplir yo los dieciséis iba a dejar de verlo para siempre. 
Lo cierto es que a los siete años uno imagina de todo menos eso.

No tengo ni miserable idea de qué pensamientos surcaban la mente de mi Yeyo, el tercer testigo en la ventana. Lo que si sé es que Yeyo lloró bárbaramente la marcha de papá y que el buenazo de Rafa le consolaba diciéndole que no se preocupara y que Papá vendría el Lunes para llevarnos a los tres a la escuela.

Todavía Yeyo culpa a Gladys de la muerte de papá, como si ella fuera la portadora del virus que se lo llevó. Aún le recrimina a puro grito  que Papá estaría a día de hoy con nosotros si ella no se hubiese empeñado en botarlo aquella noche para la calle, y no lo hubiera abofeteado como a un pelele por su no se cuánta infidelidad (papá tenía un aren repartido por toda la Habana) y tirado toda la ropa por esa misma ventana por la que nosotros lo vimos arrancar el Chevrolet y largarse.

Sería un mal hijo si no contara que papá vino la infinitud de veces a pedirle no, a rogarle mas bien, a Gladys que volviese con él, pero ella ni caso. Por supuesto que papá vino a recogernos a Yeyo, a Rafa y a mí para llevarnos aquel lunes a la escuela porque si algo hacía bien era cumplir lo que nos prometía. 

Papá sabía bien que podía dejar a Rafa en manos de mi abuelo con toda confianza y que con Pepe educación y cariño no le faltarían. De manera que Rafa le vino bien a Pepe tanto como Pepe le vino bien a Rafa. 

Yo no valía un puto peso para entrar en el gallinero a las 6:00 de la mañana a recoger los huevos para el desayuno ni para limpiar las jaulas, llenar los abrevaderos de los conejos, las palomas o las chivas —si toda la familia bebía leche en el desayuno era gracias a las benditas ubres de aquellas chivas —  ya que el trapicheo nocturno que mi hermano Yeyo y yo nos traíamos por la Habana vieja y el Vedado nos descentraba un huevo, pero Rafa sí.  A Rafa le iba mogollón la movida de atender a los animales de Pepe tanto como le iba todo ese circo esotérico de los abakuás. Algo que Yeyo y yo no seríamos ni volviendo a nacer por el grado de corrupción que cargabamos a hombros y espaldas aún siendo jóvenes: alcohol, sexo (por dinero y sin mediación de la moneda), consumo y venta de María, chocolate, cocaína; artesanía local, además de traficar con tabaco, ron, calzado y un hondo etcétera que bien pondría de rodillitas hasta al diablo. 

Mi abuelo era sabedor de que su legado no iría a parar a sus dos.nietos mellizos. Ninguna cofradía de la Habana aceptaría en sus filas a individuos tan alejados del credo de respeto sobre el que se sustenta la cultura Abakuá. Pepe siempre decía que sus dos mellis habían salido del mismo percal, torcidos, en referencia a Yeyo a mí, y que no nos iba a cambiar ni la tercera guerra mundial si alhun día llegara”.

Por orden expresa de mi abuela Alejandra, la matriarca del clan, nadie me informó que Rafa había contraído SIDA. De esa manera, según ella —y según mi mamá, Gladys, en el ajo también hasta las mismas cejas—, yo podría continuar con mi vida en España sin que aquella enfermedad para la que yo no tenía cura me hiciera la putada de violentarme o de hacerme la vida un auténtico yogur, de esos que por entonces se vendían en cualquier punto de leche de los tantos que habían desperdigados por la Habana y que solían ser más amargos que un parto mal llevado en medio de un monte  o que un calculo renal sufrido por un hombre quejica, con unos tropezones vomitivos e intragables en su composición. 

Tampoco supe que cuando los médicos detectaron la enfermedad ya el virus cabalgaba con virulencia apocalíptica sobre Rafa, aunque prudentemente por las arterias de Nelly, su mujer. Tras la muerte de Nelly me hice cargo de la manutención de los dos hijos frutos de aquella unión y Gladys, abuela al fin, de la guarda y custodia de los nenes.

«¡Te juro que tengo tantas ganas de entrarle a galletas a Rafa por lo que nos ha hecho! Pero el hijo de la gran puta ya es difunto, sentenció Lulú horas más tarde al teléfono, pensar que nuestro hermano se ha ido por algo tan estúpido como pegarle los tarros a Nelly con esa guaricandilla que lo contagió y que no tuvo ni siquiera el aquel de informarle de su maldición. Y allá fue “Don comemierda Rafa” a singar por todo lo alto sin preservativo».

A efectos consanguíneos, Lulu y Rafa no son hermanos. Lulú y Lluvia son fruto del segundo y malaventurado matrimonio de mamá, pero la familia no la compone compartir a.d.n, sino el amor.

 Reconozco que Lulú me habría matado a mí también a galletazos limpios, pues, justo acababa de hacer lo que ella tanto le recriminó a Rafa en el pasado: singar por todo lo alto, por lo bajo y hasta por el terreno irregular del colchón sin preservativo. Y no solo Lulú, si mi esposa, Tony, se hubiera enterado del verdadero propósito de mi inminente viaje a Catania (Italia), por la gratitud de esas lenguas ajenas que se manifiestan cuando la cosa va de cuernos, me habría arrancado de cuajo las pelotas y se las hubiera zampado con mahonesa allí mismo frente a mí, sangrante yo y maniatado (pie atado también) a nuestra cama.

En eso era en lo que yo andaba pensando tumbado en aquel cuarto que no era en lo absoluto  nuevo para mí. La pecera, nombre con el que fue bautizada aquella pieza en el momento puntual de su adquisición, me había acogido tantas noches en calidad de invitado que no puedo precisarles a ustedes la frecuencia de mis idas y venidas a lo largo del tiempo. El mar tras las cristaleras que discurrian desde el piso hasta el techo, había adoptado esa postura mansa que las agua toman cuando alguien, o sea yo, lo contempla pensativo exigiendo de una respuesta rápida.

Sí. Yo había ido a la pecera a templar con un tipo. Yemplar no, singar con frenesí como jamás lo había hecho con ninguna de mis tres mujeres: Lyn, Yanelis o Tony; la verdad. Y no andaba pensando en el por qué de mi comportamiento ni me encontraba preso de las dudas o resquemores que padecen ante tales casos los hombres que solo son hombres de cara a la galería, a pesar de que yo era y me sentía todo lo hombre que había que ser y que sentirse para gustarle y para dejar bien satisfecho a aquel hombre. Yo solo andaba pensando en lo feliz y lo tranquilo que yo estaba de habermelo montado con aquel excelente hombre y en que podría justificarlo, en el supuesto caso  de que alguien lo develara a la luz pública con la mala intención de destruir mi matrimonio, alegando ante mi esposa que iba puestísimo de cristal, de coca o de tequila; o hasta la real polla de los tres elementos. 

Pero yo no iba, en verdad,  de nada de eso. Ni siquiera aquel hombre silencioso tendido de costado detrás mía iba puesto de nada. Todo el que conoce al propietario de la casa-pecera, Ernesto Lomba, sabe de buena tinta que él no bebe ni siquiera en las celebraciones importantes. Si ambos ibamos puestos era en verdad de ganas de templarnos. Unas ganas que yo venía eludiendo desde hacía veinte años.



Pero no puede ser, no,
ir hacía ti sería
dejar en el camino de mi vida
los restos de mi hombría,
arráncame dios mio
esta idea tan morbosa,
de desearte siempre
sobre todas las cosas.


Así nos desfogamos Ernesto y yo, a ritmo de la joya que sonaba en el reproductor y que nunca pudo describir con mas acierto lo que a mí me pasaba. Precisamente, yo no había encontrado a aquel hombre al azar en una discoteca o en la barra de uno de esos garitos que suelen frecuentar los gays y en los que jamas he puesto un pie. Perdón, miento como un bellaco y miren que bellaco me gusta poco en la literatura porque lo han dicho muchos, pero sí: como un completo bellaco. Estuve en uno: El “Coppelia”, en la localidad Italiana de Catania, pero sólo estuve porque formaba parte de un experimento:

—Me parece bien que todos ustedes anden mariconeando libremente para un lado y para el otro, Giuby, la cosa es que aquí el único de todos nosotros que tiene un problema sexual que resolver soy yo. —le dije a mi colega. 

—Pues claro que  te entiendo, Juan. Tranquilo,  que aquí hay un monton de maricones dispuestos a sacarte de dudas. Se van a ripear por singarte.

Me contestó.

—Será para que yo me las singue. Yo no tengo ninguna duda de que soy muy hombre.

Le solté y él
me quitó mi gorra y me arregló el flequillo con los dedos y me desabrochó, acto seguido,  el tercer botón de la camisa y hasta me la abrió y todo y me dijo, "así estas mejor, Pipo, pa’ que estas locas vean que rico estás» allí mismito en la barra. 

Pedimos un par de cubatas y nos fuimos al fondo del local, desde donde se apreciaba mejor el trasiego de gente.

—Sabes Juanito, aunque me acueste con Boby yo también soy muy hombre. No sé por qué te enojas conmigo si fuiste tú el de la idea de venir para el “Coppelia” a cazar, según tú, “maripozones”. Así qué, tú sabrás.

—Comprobar si me gustan los hombres.

Miré los grupos, diversos en su especie, arremolinados a la barra, en la pista de baile y otros tantos  en las mesitas altas orilladas a las paredes del local. Habían pocas pájaras en el Coppelia y yo se lo achaqué a que era miércoles, un día poco agraciado para salir a bailar o a practicar, en este caso, la caza de faunos. 

Giuby rió al verme otear el panorama dejándose caer de espaldas en el sofá que nos acogía y levantando las piernas, así  encogidas, mientras lo zarandeaban los espasmos afeminados de su risa.

—¡Qué cosas tienes, Juan! —dijo entre sacudidas—. Si te gustaran los tipos hace mucho que hubieras caído.

Pues sí. Ambos pertenecemos a la misma tribu de bisexuales, gays lesbianas y trans, a excepción de Oscarito, hermano de Ernesto y yo. Sí. Podría haberme estrenado con cualquiera de ellos. Pero mientras más me imaginaba en cueros haciéndolos gozar, más se me torcía el estómago.

También yo entendía lo suficiente de matemáticas para sacar la misma cuenta que Giuby, aunque el resultado tenía una pega: desde hacía veinte años yo andaba loco por atropellar a Ernesto. Así que, la afirmación de Giuby  tambaleaba. 

Es cierto que al comienzo de mi amistad con  Ernesto solo me atraían su grandilocuencia y todo lo culto que él es y que yo, un caimán que fumaba maría y se mataba a ron “Paticruzao” con los colegas y que complementaba su sueldo como bailarín con la venta de todo lo vendible en las puertas de los hoteles de Miramar y del propio cabaret donde Ernesto y yo trabajabamos, no llegaré a ser ni aunque me encierre de por vida en la Biblioteca Nacional. 

Desear a alguien de mi género era admitir, además de la ilegalidad moral que conllevaba en la Habana de los ochenta, que yo tenía un defecto de fabricación, es decir: un mal congénito. Y así se lo hice saber a mi colega.

—¿Congénito? —repitió Giuby cruzando de un tijeretazo las piernas—. Un enfermo mental lo serás tú. Estoy enferma, pero de otra cosa (la misma  que a mí me mantiene vivo, pues, yo soy al igual que Giuby un enfermo de la noche y del sexo). Aquí todo el mundo (el mundo refiriendose a nuestra tribu) sabe que a usted le gusta Ernesto. Tû solo ponte a tiro y deja que Ernestico haga el resto. Y quita esa cara de tranca. Existe un abismo entre que a una le guste un hombre y que le gusten todos los hombres de la tierra. Dale, tómate el trago que se va derretir el hielo. Tú no le des más vu

Sí, nos conocíamos todos desde hacía rato. Lomba y yo éramos más que amigos y no porque él acabara de practicarme una felación y yo de darle por donde se le da a un bi con un empeño animal,. Lo nuestro no fue amor, fue un desahogo.

Eyaculamos ambos a un tiempo y caímos, como decimos los habaneros al referirnos a un extremo agotamiento, descuarejingados sobre la cama, bueno, Ernesto Lomba sobre la cama y yo sobre Ernesto empalado aún, y sin manzana. Y así permanecimos largo y tendido: tendidos, mudos y lacios. Sudorosos ni hablar ya que es lo que dicen todos esos aficionados que escriben sobre los que acaban de singar con nuestras ganas y Ernesto había prendido, además, el aire acondicionado justo al entrar al cuarto. 

Perdón, lacios les decía, tal y como si se me hubiera escapado la vida misma, vaya, por el conducto del pene y el generoso cuerpo de Ernesto la hubiera recibido integramente toda, mientras los boleros en el reproductor: “Alma mía”, “La gloria eres tú”, “Mucho corazón”... desfilaban uno tras otro.

A excepción de estar en parecencia de Ernesto y de Beralio, mi padrino, no me era posible que yo exponer, sin ser crucificado, mi teoría al respecto de la manera en que la sociedad actual vive la sexualidad, influenciada por siglos de construcciones culturales que encierran las prácticas sexuales en el corset de los juegos de rol.

 Para mí no significa un problema templar con Lomba. A tantos años de salvarnos la vida metafóricamente, quiero horrores a Ernesto. Mis problemas se refieren a la aceptación social que rodea a un hombre que se acuesta asiduamente con un bisexual sin la necesidad de declararse bisexual.

La sexualidad no es una cuestión universal. Cada cultura la vive y exterioriza de manera distinta. Lo que en algunas culturas se veta y condena como depravado, retorcido e indecoroso, es permisivo en otras. Para los romanos, por ejemplo, solo los varones que mantuvieran relaciones con los de su género asumiendo como rol la pasividad eran homosexuales. Los activos eran enteramente hombres. Tanto las felaciones como las prácticas de sexo oral eran calificadas de indignas y vergonzosas. Que un señor mantuviera relaciones sexuales con sus esclavos varones era considerado un hecho normal siempre que fuera el amo el penetrador.

Tal vez fuera esa misma razón de orden social la que tiraba por tierra mi sueño de marcharme a gozar la vida con Ernesto. Aunque toda mi nueva felicidad "Bi" podría hundirse en la miseria  si Ernesto estuviera, no por casualidad, sino por alguna de esas veces en la que él sale a cazar bisontes no, hombres puros y duros, contagiado con eso que yo tanto temía: VIH.

—Lomba.

—¿Qué, pipo?

Yo lo bese en la espalda y le pregunté:

—¿Tú estás bien y eso?

—Perfectamente, lindo. —soltó feliz.

—Quiero decir, de salud y tal...

Cualquiera le preguntaba a aquel hombre, directamente, si singaba a pelo descubierto, (yo desde luego que no, pero esa noche y con él sí), o como diría mi abuela Alejandra, bajo el amparo contumaz del sombrero y... «¿desde cuándo no te haces analizar la sangre?»






16 comentarios:

  1. Qué bueno que ya volviste a publicar y además con fuerza con una historia de tu vida.

    Gracias por volver.

    Un beso.

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    1. Ayyyyyy, ¡mi María! Gracias te doy yo a ti por volver siempre a esta casa. 

      En el tejado estoy, sí señor, mirando desde allí la vida. Es un orgullo para mi escribir este texto. Ahí están reflejados todos esos amigos míos, y yo, todos los que lo han pasado tan mal por no poderse mostrar tal cual son, mostrarse enteramente, vaya. En Cuba era un problema grande, en esa época de la que hablo, los ochenta, declararse abiertamente homosexual, bisexual, pansexual etcétera. Aunque las cosas han cambiado, los homosexuales no tienen derecho a ostentar cargos públicos ni al matrimonio ni nada de esos derechos que se tienen en Europa. Como bien dice Reinaldo Arenas en "Antes que anochezca", novela de donde extraje el texto que encabeza mi relato, (fragmento de la novela " Modo Avión ") realmente existieron esos campos de concentración electrificados donde 25 000 personas, entre homosexuales y desafectos al gobierno, fueron llevados. 

      La semilla homofóba sembrada por los Castro aún persiste, por desgracia. Aunque una sobrina, hija del General Raúl Castro, ande ahora diciendo y proclamando en todas partes a favor de la comunidad gay, ha sido muy grande el daño causado desde que estos señores se hicieron con el mando. No solo Reinaldo Arenas, han sido muchos los escritores a los que ellos han aplastado solo por ser homosexuales, entre ellos Lezama Lima y Virgilio Piñera.

      Gracias por venir, María, y muchos abrazos. 

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  2. Un placer recibirte, amigo Jonh. Quiénes somos nosotros para juzgar los exorcismos o la vida de alguien??

    Un placer leerte en estas reflexiones.

    Mil besitos para tu día... y bienvenido otra vez.

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    1. El placer es siempre mío, Aurora. Nunca me cansarse de repetirlo. Mil gracias por tu compañía durante el exorcismo.

      Un abrazo grande y un par de besos.

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  3. Exorcismo o no, este texto tiene un valor literario notable. Siempre me ha gustado, cuando leo autores que escriben en español, toparme con ese léxico que parece exótico, pero no es más que otra manera de llamar a las cosas y forma parte del acervo de nuestra lengua, constituido por agregación. Me enriquece como lector y es lo que más echo de menos en los textos traducidos, donde se pierde ese aura.
    Nuestras experiencias nos han modelado tal y como somos, la enfermedad, cualquiera, el descubrimiento y los perfiles extraños del amor, yo la verdad no sé que es más complejo si hacerse preguntas o tratar de responderlas.
    Un abrazo.

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    1. Depende de lo que se escriba se usa el lenguaje de una manera u otra, Gerardo. Sobre todo hay que tener en cuenta el respeto por la historia que estamos contando y quien la esta contando. De donde viene todo eso que yo, o sea cual sea el narrador que empleemos, esta contando. porque eso es lo que autentifica el texto, el llamar como yo hago en el caso de este relato a las cosas por su nombre. incluso escritores de una verborrea tan exquisita como Guillermo Cabrera Infante, dice pina y singar y maricon en lugar de gay o de homosexual, por ejemplo, en dependencia del personaje que este dialogando y por supuesto tambien de la situacion, que al fin y al cabo todo esto, Gerardo, forma paste del estilo de la novela, que no del autor, son dos cosas muy distintas.

      Senores, me van a perdonar, pero esta manan estoy desde la portatil mia, una de ellas, con teclado yanqui por lo que no tengo ni acento ni ene de espana.

      Millon de gracias por llegar, Don Gerardo.gracias siempre por su agradable Visita.

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  4. Bueno, bueno, señor Madison. Veo que su ausencia o su retiro de los escenarios le han dado buenos frutos para hacer introspección con su voz narrativa.

    Es totalmente reconocible tu estilo de entre una torre inmensa de textos.
    En un posteo anterior, te comenté una vez que Capote podría tener su talento y su modo de contar (esto lo digo porque lo mencionastes en esa entrada) pero el gancho que tienes para atrapar al lector es tu sello.
    Ya te lo dijeron escritores auténticos y enteros como Gavrí Akhenazi.

    Y te lo dicen otros lectores y escritores que también comparten su trabajo en las redes.

    Lo llevas en la sangre. Para bien o para mal, para ser feliz o para sufrir.

    Pero lo llevas, amigo.

    Mucha salud y mucho laburo del bueno.

    Abrazo.

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    1. Ole, mi JuanPues si, Juanito, man, las redes le hacen a uno perder un tiempo precioso en broncas estupidas, y en perder a veces esas horas que uno podria estar leyendo, por ejemplo, te coment;e que tenia dos montanas de libros nuevos para leer, una en mi mesilla y otra dentro del vestidor. pues ya he empezado con la montana de la mesilla. tengo que decirte que estoy feliz con lo que he conseguido en estos ultimos meses, feliz, no satisfecho, en narrativa. Satisfecho no porque segun Ernesto soy avaricioso literario. El dice: pipo, cuanto te puede la avaricia literaria que hasta comes con el libro o la portatil en la mesa.

      Pues si.

      Cuando no lo hago es porque estoy currando.

      Si a alguien tengo que agradecer es a ti y a mi Elenita. Por oir ambos y leer mis movidas.


      A mi filologa, Eva Loreiro, por darme aliento y apoyarme y corregir una buena parte de este lio.


      Un abrazo grande.

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  5. Hola John,he disfrutado tu excelente relato con la sinceridad y fuerza que atrapa al lector.
    Que buen relato,pudiera ser el inicio de una buenisima novela cargada de vivencias.
    Saludos y abrazos.

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    1. Hola Eugenia.

      Que lindo verte aqui en el Tatuaje. pues en ello ando, alguien me ha convencido para que haga novela, pero no se si lo conseguire, eso tiene un trabajo inmenso. En cualquier caso, me va servir como le dije a Juan Carlos como emntrenamiento, llegue o no a ser novela. para mi todo es parte de ese entrenamiento porque como texto cerrado, digamos validado del todo no concibo yo nada debido a mi tard'ia formacion y entrada en la literatura.Pero se intentara, querida Eugenia.

      Millon de gracias por estar aqu'i acompanandome.
      un abrazo grande.

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  6. Yo me quedo, sin lugar a dudas, para este pedazo de vida y para todo lo que tenga que venir :))

    Un placer leerte siempre, John, aunque en esta ocasión invertí el orden de las entradas y leí la continuación antes que ésta. Ya no me pasa más.

    ¡Un abrazo!

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    1. Jjajajaja. Ha habido un; John ha vuelto, pero a saber por que atajo del camino, ya me he dado cuenta, Julia C.

      Gracias por partida doble, y un fuerte abrazo. Te lo mereces por enfrentar mis inmensos bloques de textos, de verdad que hay que ser aguerrida para meterse en esa selva habanera.

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    2. "Bloque" suena a pesada losa que cae encima. Lo tuyo, tus letras, no tienen nada que ver con eso, te lo puedo asegurar. Son así como traviesas, provoconas, cantarinas con la vida y un poco insolentes por puro gusto de ver qué pasa con nosotros. ¿Qué puede pasar? Pues que vengamos a por más jajajaja.

      ¡Un abrazo!

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  7. Y de repente, la Red es un lugar más interesante con tu regreso, John. Juan, Ernestico, Fifi, Gladys, Rafa... me han acompañado en el metro estos días. Como solo leo por un ojo, y porque tus relatos se merecen ser leídos en papel me los imprimí... y los disfruté.
    A fuerza de repetirlo me harás caso. Tu estilo es único. Más que narrar, conversas con el lector de una manera que este se siente atrapado, disfruta de los "cubanismos" con los que das vida al personaje, con esa forma de mostrar las cosas, de llamarlas como solo tú sabes hacerlo. Conversación y personalidad son los dos pilares que más admiro de tus historias.
    En este relato aparecen dos partes diferenciadas. Ese "En eso era en lo que yo andaba pensado" pone el fin y comienzo de las dos. En la primera, con esa fatídica noticia que quién sabe si puede ser el aviso de lo que pueda estar por venir. La segunda, nos lleva al conflicto de los conflictos que para mi es la eterna lucha entre lo que somos, lo que queremos ser y lo que debemos ser.
    En este caso, referido a la sexualidad del personaje, es "muy hombre", "desea a Ernesto", "debe" no desearlo.
    La naturalidad con la que incorporas y se entienden por el contexto esos, repito, "cubanismos" me asombra. ¿Has vivido allí? Si no es así me quito el sombreo... y si es así, también.
    Un verdadero placer leerte, querido amigo.

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    1. Aqu;i estoy otra vez, estimado David. Honor que me hacen tus buenos comentarios, la verdad sea dicha, que aunque uno sea consciente de no ser el escritor del siglo, un poco de ayuda emocional no le viene mal a nadie para continuar, el camino es muy largo, pero en ningun caso tortuoso. Nunca he estado mejor que escribiendo estas historias hechas primeramente para mi en el sentido personal, ahora si uno consigue que a vosotros los lectores les guste, pues que felicidad vaya. Claro que aun se podria contar mejor, en ello ando, en intentar avanzar y no quedarme estancado en el aprendizaje.

      A ver si es posible retomer el ritmo de publicacion auqnue solo sea dos veces al mes que sera seguramente como se quedara para tener algo mas de tiempo para escribir en privado. Lo que si no he abandonado es el ritmo de lectura en blogger. No se si a ti te pasa, David, pero a fuerza de tanto estar le tengo tomado un carino enorme a esta plataforma. Marcharme lo que es marcjharme creo que no, al menos como lector y como companero. Con GOoogle+ pues mira, la verdad que no tengo mucho apego y me quita mucho tiempo para leer y para formarme del modo en que lo estoy haciendo en prosa, en solitario, tu mejor que nadie sabes que como uno no se organice bien el tiempo y tire de agenda para programar el itinerario semanal pues entonces estanco hay.


      Enseguida estoy contigo en tu blog. Llevo retraso porque no me he podido pasar a ver lo nuevo de la revista, por ejemplo.

      Abrazo y gracias mil por estar siempre, David.

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  8. Todavía a estas alturas hay que aclarar cosas, declararse tal o cual, explicarse y reivindicarse... cuando en realidad bien podríamos hacer lo que nos sale de los mismísimos en cuanto al sexo se refiere con quien nos dé la gana, sin preocuparnos siquiera por si asoma algo o no entre las piernas.
    En fin, John, que me alegro que continúes rompiendo tabúes por medio de esta historia que espero ver impresa y en formato de novela cuando te decidas a ello. Bien hallado, que bienvenido siempre eres.
    Un abrazo, enorme, corazón.

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