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domingo, 8 de abril de 2018

Pa' ti y pa' mi.


“Creo que nunca se singó más en Cuba que en los años sesenta; en esa década promulgaron todas aquellas leyes en contra de los homosexuales, se desató la persecución contra ellos y se crearon los campos de concentración; precisamente cuando el acto sexual se convirtió en un tabú, se pregonaba al hombre nuevo y se exaltaba el machismo. Casi todos aquellos jóvenes que desfilaban ante la Plaza de la Revolución aplaudiendo a Fidel Castro, casi todos aquellos soldados que, rifle en mano, marchaban con aquellas caras marciales, después de los desfiles, iban a acurrucarse en nuestros cuartos y, allí, desnudos, mostraban su autenticidad y a veces una ternura y una manera de gozar que me ha sido difícil encontrar en cualquier otro lugar del mundo”.



Reinaldo Arenas.






Es evidente que el divorcio de mis padres nos afectó a mi hermano, Yeyo, y a mí de manera distinta. La adolescencia de Yeyo desembocó en una hombría cimentada sobre los pilares de una versión aumentada del hombre infiel que fue papá.

Yeyo es en tres palabras un mujeriego crónico dedicado en exclusiva a dinamitar toda aquella relación que sobrepase el año, como mucho el año y medio, de vida. Su obsesión ha consistido siempre en una constante negación a echar raíces con una mujer por terror a que esa mujer lo abandonara y que él tuviera entonces que apechugar con la pila de años de frustración y de infelicidad con los que cargó nuestra madre, Gladys.

En lo que a mí respecta, no pertenezco a la misma categoría de infiel compulsivo de la que hizo gala mi señor padre. Yo nunca quise para mí esa promiscuidad que Yeyo heredó y potenció gustoso como recurso de salvación, sino a la de infiel a mi mismo. En esa categoría da igual lo que le pase a uno dentro del matrimonio con tal de no desbaratar lo que dios unió y todo lo devenido de tal aleación: la familia. Y no precisamente porque a uno le importe demasiado la ira de Dios, sino porque bajo ningún concepto iba yo a permitir que mis hijas crecieran todo lo aparte que Yeyo y yo crecimos de papá. Tampoco tengo planeado morirme de SIDA —un monstruo al que nadie le ha encontrado aún las cuatro patas para amarrarlo en corto— en un cuarto de mierda de hospital como papá, devorado vivo por aquel síndrome. Aquel alien predator camuflado que no tuvo bastante con tomar a Papá como huésped, que también tuvo que regresar diez años más tarde para instalarse en el cuerpo de Rafa, mi hermano mayor, y por sucesión en el de Nelly, su mujer.

Cuando mi hermana, Lulú, me dijo aquel martes de abril al teléfono que no sabía cómo decirme una cosa que ella tenía que comunicarme a la fuerza (se bien que esta frase no suena muy bien en el sentido literario, pero fue exactamente así como Lulú me lo dijo): «esto te va a hacer mucho daño, Tete, pero yo te lo tengo que decir sí o sí porque no me queda otro remedio —llorando ella— “ay, siéntate un momentico”, (como augurio al escopetazo que pretendía pegarme en las piernas), y yo le dije, “qué cosa fue” y entonces fue cuando Lulú soltó aquella bomba: “se ha muerto Rafa”». Y yo me puse blando y dejé caer el auricular del teléfono que fue a dar contra el suelo y me fui al baño de invitados, ahí mismito en la primera planta, y me tranqué con pestillo y todo a llorar pero bajito, porque es así como nos enseñaron a llorar a los hombres de mi mundo. De lo contrario mis tres niñas jugando en el salón comedor a Barbie y Ken y mi asistenta de hogar de entonces, Romelia, podrían asustarse del hombre de los alaridos.

El día que mi padre vino a vivir con Gladys a la casa de mis abuelos maternos, Pepe y Alejandra, trajo además de sus instrumentos: la flauta, la guitarra y el saxo tenor, a su hijo Rafael. Yo nunca conocí a la mamá de Rafa. Al parecer ella no tuvo interés en saber cómo de bien le iba con nosotros. Recuerdo con nitidez aquel domingo en el que papá se marchó tras el divorcio y se llevó para la casa de su prima Yolanda sus instrumentos y toda la ropa dejándonos allí a su primogénito. No voy a decir que en su partida se olvidó de aquel muchacho, diez años mayor que yo, que miraba como si tal cosa desde el ventanal de la cocina como papá cargaba en su Chevrolet negro del ‘57 el resto de sus cachivaches, porque hacía ya tiempo que mi hermano había elegido dormir bajo la sombra de Alejandra y Pepe. Yo creo que Rafael se hubiera tirado al piso a dar gritos si fueran mis abuelos los que anduvieran acarreando cosas al maletero del carro que jamás tuvieron con la intención de largarse y dejarlo a él por detrás. Tampoco a mí, segundo testigo ocular en la ventana, me dio ni frío ni calor aquel desfile de cajas y maletas. Qué me iba a imaginar yo que en lo adelante iba a ver tan poco a papá, siempre girando, como un satélite de la NASA gracias a su profesión, la de músico, y que a los seis meses de cumplir yo los dieciséis iba a dejar de verlo para siempre. Lo cierto es que a los siete años uno imagina de todo menos eso.

No tengo idea de qué pensamientos surcaban la mente de Yeyo, el tercero en la ventana. Lo que si sé es que lloró barbaramente la marcha de papá, mientras Rafael le decía que Papá vendría el Lunes para llevarnos a los dos a la escuela.
Yeyo aún culpa a Gladys de la muerte de papá, como si ella fuera la portadora del virus que se lo llevó. Aún le dice  que Papá estaría a día de hoy con nosotros si ella no se hubiera empeñado en echarlo aquella noche a la calle y no lo hubiera abofeteado como a un pelele por su no se cuánta infidelidad (papá tenía un aren repartido por toda la Habana), y tirado toda la ropa por esa misma ventana por la que nosotros lo vimos arrancar el Chevrolet y largarse.

Él vino muchas veces a pedirle a mi madre que volviera con él, pero Gladys ni caso. Sí. Por supuesto que vino a recogernos a Yeyo y a mí para llevarnos aquel lunes para la escuela, porque si algo hacía bien papá era cumplir todo lo que nos prometía. Papá sabía que podía dejar a su hijo mayor en manos de mi abuelo con toda confianza y que con Pepe educación y cariño no le faltarían. De manera que Rafa le vino bien a Pepe, tanto como Pepe le vino bien a Rafa. Yo no valía un peso para entrar en el gallinero a las 6:00 de la mañana a recoger los huevos destinados al desayuno ni para limpiar las jaulas, llenar los abrevaderos de los conejos, las palomas o las chivas —si toda la familia bebía leche en el desayuno era gracias a las benditas ubres de aquellas chivas— ya que el trapicheo nocturno que mi hermano Yeyo y yo nos traíamos por la Habana vieja y el Vedado nos descentraba un huevo los horarios, pero Rafa sí.  A él le iba la movida de atender a los animales, lo mismo que a Pepe, tanto como le iba todo ese circo esotérico de los abakuás. Algo que Yeyo y yo no seríamos ni volviendo a nacer por el grado de corrupción que cargabamos a hombros y espaldas aún siendo jóvenes: alcohol, sexo (por dinero y sin mediación de la moneda), consumo y venta de María, chocolate, cocaína; artesanía local, además de tabaco, ron, calzado, y un etcétera que bien pondría de rodillitas hasta al diablo. Ninguna cofradía de la Habana aceptaría en sus filas a individuos tan alejados del credo de respeto sobre el que se sustenta la cultura Abakuá. Pepe siempre decía: "esos dos mellis míos salieron del mismo percal, torcidos, y no los va a cambiar ni la tercera guerra mundial si viene”.

Por orden expresa de Alejandra, la matriarca del clan, nadie me informó que Rafa había contraído SIDA. De esa manera, según ella —y según  Gladys, en el ajo también hasta las cejas—, yo podía continuar con mi vida en España sin que aquella enfermedad para la que yo no tenía cura me hiciera la putada de violentarme o de dejarme la vida hecha un auténtico yogur, de esos que por entonces se vendían en cualquier punto de leche de los tantos que habían desperdigados por la Habana, más amargo que un dolor de muelas o un calculo renal y con unos tropezones vomitivos e intragables en su composición. Tampoco supe que cuando los médicos detectaron la enfermedad ya el virus cabalgaba con virulencia apocalíptica sobre Rafa, aunque prudentemente por las arterias de Nelly, su mujer. Tras la muerte de Nelly me hice cargo de la manutención de los dos hijos frutos de aquella unión y Gladys, abuela al fin, de la guarda y custodia de los nenes.

«¡Tengo tantas ganas de entrarle a galletas a Rafa por lo que nos ha hecho! Pero el hijo de la gran puta ya es difunto, sentenció Lulú horas más tarde al teléfono, pensar que nuestro hermano se ha ido por algo tan estúpido como pegarle los tarros a Nelly con esa guaricandilla que lo contagió y que no tuvo el aquel de informarle de su maldición. Y allá fue “Don comemierda” a singar por todo lo alto y sin preservativo».

A efectos consanguíneos Lulu y Rafa no son hermanos ya que Lulú y Lluvia son fruto del segundo, malaventurado, matrimonio de mamá, pero en casos aparte como el de Rafa la familia no la compone compartir el mismo a.d.n.  Sí. Lulú me habría matado a mí también a galletazos limpios, pues, justo acababa de hacer lo que ella tanto le recriminó a Rafa en el pasado: singar por todo lo alto, por lo bajo y hasta por el terreno irregular del colchón y sin preservativo. No solo Lulú, si mi esposa, Tony, se hubiera enterado del verdadero propósito de mi inminente viaje a Catania (Italia), por la gratitud de esas lenguas ajenas que se manifiestan cuando la cosa va de cuernos, me habría arrancado de cuajo los testículos y los hubiera devorado allí mismo frente a mí, aún sangrante yo, maniatado (pie atado también) a nuestra cama.

En eso era en lo que yo andaba pensando tumbado en aquel cuarto que no era en lo absoluto nuevo para mí. La pecera, nombre con el que fue bautizada aquella pieza en el momento puntual de su adquisición, me había acogido tantas noches en calidad de invitado que no puedo precisar la frecuencia de mis idas y venidas a lo largo del tiempo. El mar tras las cristaleras, que iban desde el piso hasta el techo, había adoptado en esa noche esa postura mansa que él toma cuando no hay viento y alguien lo contempla desde un punto alejado.

Una postura de testigo.

Sí. Yo había ido a la pecera a templar con un tipo, singar con frenesí descubrí tras el acto, como jamás lo había hecho con ninguna de mis tres mujeres: Lyn, Yanelis o Tony; esa es la verdad. Y no andaba pensando en el por qué de mi comportamiento ni me encontraba preso de los resquemores que padecen ante tales casos los hombres que solo son hombres de cara a la galería, a pesar de que yo era y me sentía todo lo hombre que había que ser y que sentirse para gustarle y para dejar bien satisfecho a aquel tipo.Yo solo andaba pensando en lo feliz y lo tranquilo que yo estaba y en que podría justificar aquel acto, si alguien lo develara a la luz pública con la mala intención de destruir mi matrimonio, alegando ante mi esposa que iba puestísimo de cristal, de coca o de tequila; o hasta la real polla de los tres elementos. Pero yo no iba de eso. Ni siquiera aquel hombre silencioso tendido de costado detrás mía iba puesto de nada. Ernesto Lomba, propietario de la casa-pecera, no bebe ni siquiera en las celebraciones importantes. Si ibamos puestos era en verdad de ganas de templarnos. Unas ganas que yo venía eludiendo desde hacía un tongonal de vidas.


Pero no puede ser, no,
ir hacía ti sería
dejar en el camino de mi vida
los restos de mi hombría,
arráncame dios mio
esta idea tan morbosa,
de desearte siempre
sobre todas las cosas.


Beny Moré, autor de la joya que sonaba en el reproductor, nunca pudo describir mejor lo que a mí me pasaba con aquel hombre al que yo no había encontrado al azar en una discoteca o en la barra de uno de esos garitos que suelen frecuentar los gays y en los que nunca he estado. Miento. Hace ya mucho estuve en uno. El “Coppelia”, en la localidad Italiana de Catania, pero sólo porque mi visita formaba parte de un experimento:

—A mí me parece muy bien que todos ustedes anden mariconeando libremente para un lado y para el otro, la cosa es que aquí el único de todos nosotros que tiene un problema sexual que arreglar soy yo, ¿tú me entiendes, Giuby? —eso dije a mi colega.

—Pues niño, claro que yo te entiendo, Juan. Tú tranquilo, que aquí hay una tonga de mariconas dispuestas a sacarte la leche y de paso de dudas. Con lo lindo que tú estás van a ripearse todas por singarte.

—Será para que yo me los singue a todos ellos. Yo no tengo ninguna duda de que soy muy hombre, Giuby. —le dije yo.

Giuby me quitó la gorra de los yankis y me arregló el flequillo con los dedos, y me desabrochó el tercer botón de la camisa y hasta me la abrió un poco «así pipo, me dijo, pa’ que las locas vean que rico estás» allí mismo en la barra. Pedimos dos cubatas y nos fuimos al fondo del todo del local porque desde allí se apreciaba mejor el trasiego de la gente.

—Yo también soy un hombre, Juanito, según mi carnet de identidad y en situaciones de extremo peligro. No sé por qué te enojas conmigo si fuiste tú el de la idea de venir para “Coppelia” a cazar, según tú, “maripozones”. Así qué tú sabrás que estás haciendo aquí.

—Nada. Comprobar si de verdad me gustan los hombres.

Miré atentamente los pequeños grupos, diversos en su especie, arremolinados junto a la barra, pululando por la pista de baile o sentados en algunas de las mesitas altas orilladas a las paredes del diáfano local. Esa noche habían pocas pájaras en el Coppelia y yo se lo achaqué a que era miércoles. Un día poco agraciado para salir a bailar, o a practicar en este caso la captura de faunos con red, y a ponerse finos de cubatas. Giuby se lanzó a reír al verme otear el panorama dejándose caer todo para detrás de espaldas en el sofá que nos acogía a ambos levantando las piernas, las dos a la vez, así, encogidas, mientras se dejaba zarandear por los espasmos afeminados de sus carcajadas.

—¡Qué cosas tienes, mijo! Si a ti te gustaran los hombres hace ya mucho que habrías caído.

Eso me dijo Giuby cuando al fin se le acabó la cuerda. Sí, ambos procedemos de la misma tribu local: Boby, actual compromiso de Giuby, Tony, Víctor, Albertico y Smith, Olguita, Williams, Estefanía y Ernesto Lomba. Todos bisexuales, gays, lesbianas y trans, a excepción de Oscarito, hermano de Ernesto y mi compadre, y yo. Sí. Yo podría haberme estrenado con cualquiera de ellos. Podría ser la pareja de ¿Tony?¿Albertico? Quizás podría ser el maromo de Víctor. Mientras más me imaginaba en aquellos lances, en cueros y bañadito en sudor haciéndolos gozar, más se me torcía el gesto y el estómago.

Yo también entendía lo suficiente de matemáticas como para sacar la misma cuenta que Giuby, aunque el resultado tenía una pega: desde hacía veinte años yo andaba loco por atropellar, y repellar sexualmente a Ernesto Lomba. Así que aquella afirmación de Giuby se tambaleaba corriendo el peligro de caer por su propio peso. Es cierto que durante los comienzos de mi amistad con Ernesto solo me atraían sus temas de conversación. Su grandilocuencia y todo lo culto que él es y que yo —un caimán, un trapichero vulgar de aguas turbias que fumaba maría y se mataba a ron “Paticruzao”, allí en la esquina mismita de su casa en un apretado mano a mano con los colegas y que complementaba su ridículo sueldo como bailarín con las ganancias de la venta de todo lo vendible a los turistas a las puertas de los hoteles de Miramar y el Vedado, y del propio cabaret donde Ernesto y yo trabajabamos, Tropicana— no llegaré a ser ni aunque me encierre de por vida en la Biblioteca Nacional de la Habana.

Todo lo que a mí me fascinaba de aquel tipo se resumía a esos detalles que componen la personalidad de alguien, no necesariamente relacionados con el sexo. Luego, la primera vez que vi a Ernesto Lomba masturbarse dentro del mismo cuarto donde yo mantenía sexo con su mujer, Estefanía, suave menage a trois, comenzó a gustarme él: no su cerebro privilegiado sino, todo él, debo recalcar. Llegué a desear aquella catedral maciza que era su cuerpo donde no faltaba ni sobraba nada, tanto como la odié. Desear a alguien de mi mismo género era admitir, además de la ilegalidad moral que aquel deseo conllevaba socialmente en la Habana de los años ochenta, que mi cerebro tenía un defecto de fabricación, es decir: un mal congénito. Y así se lo hice saber a Giuby.

—¿Congénito? —repitió Giuby casi en un grito y cruzando de un mortal tijeretazo las piernas—. Un enfermo mental lo serás tú, pipo. Yo estoy enferma, pero de otra parte —que es la misma parte enferma que a mí me mantiene vivo, pues, yo soy, habanero al fin, un enfermo de la noche y del sexo—. Además, eso que tú consideras una enfermedad tuya aquí todo el mundo (el mundo refiriéndose a la fauna diversa que es nuestra tribu y a mi gusto por Lomba) lo sabe hace una pila de años, por más que tú te has empeñado en taparlo, aunque yo no pensé nunca que fueras más allá de un simple gusto. Olvídate de todas estas mariconas, Juan. El problema que tú tienes se llama Ernestico Lomba.

—Tú lo has dicho. Es un problema porque no tengo ni miserable idea de como entrarle.

Giuby me conoce lo suficiente como para saber que todas mis mujeres se vieron en cierta manera obligadas a pescarme a pura almadraba. Nunca me vi en el trance, yo entonces era tímido de verbo, de cortejarlas. Entonces dijo:

—Tú solo tienes que ponerte a tiro y dejar que Ernestico, que es un tipo con muchos recursos para ligar, haga el resto. Y quita esa cara de tranca, pipo, que tampoco vas a dejar de ser hombre porque te acuestes una noche con él. Existe un abismo entre que a una le guste un hombre y que le gusten todos los hombres de la tierra, y sino que me lo digan a mí, y aquí ninguna de nosotras va a quejarse porque un caimán como tú abra sorpresivamente la puerta del closet. Niño, dale, tómate ya el traguito que se te va derretir el hielo. Tú no le des más vueltas a las cosas y haz lo que yo te he dicho, que yo sé como tú eres de comemierda porque nos conocemos desde hace veinte años, Juan.

Sí. Como bien dijo Giuby, nos conocíamos todos desde hacía rato y ese rato incluía también a Lomba. Lomba y yo éramos más que amigos y no precisamente porque él acabara de practicarme una felación y yo acabara dándole por donde se sobreentiende que se le da a un bisexual con un empeño inmenso. Inmenso y animal, ya que no fue precisamente un acto de amor, sino de desahogo. Nada más entrar en la pecera nos besamos. No, no nos besamos: él me besó a mí porque yo estaba más nervioso que la vez aquella en la que desvirgué a mi primera esposa, Lyn. Tanto que no sabía qué hacer conmigo ni con aquel tipo majestuoso que es Ernesto Lomba que ya se había desnudado de cintura para arriba y me había quitado a mi la camisa, y mandado a quitarme los vaqueros: "quítate ya eso" y que me decía muy suave comprobando de primera mano mi erección:

—Tranquilo.  Tú no hagas nada que ya te lo hago yo. —entendiendo quizás lo difícil que resultaba para mí manejarme en su mundo.

—¿Todo qué?. Mira papa tú no te hagas ilusiones que tú a mí no vas a hacerme ninguna de esas cosas que andas pensando, Ernesto. —dije.

Él sabía perfectamente que allí el único pasivo iba a ser él, pero yo preferí dejar las cosas claras. Entonces Ernesto cerró el trato diciendo:

—Pues, adelante, Juan.

Y yo adelanté quitándome la única prenda que me protegía en ese momento: mis boxers negros.
(Pues sí. Desde que yo vivo en Europa mis boxers son siempre negros)

Eyaculamos ambos a un tiempo y caímos, como decimos los habaneros al referirnos a un extremo agotamiento, descuarejingados sobre la cama, bueno, Ernesto Lomba sobre la cama y yo sobre Ernesto empalado aún y sin manzana en la boca ni nada. Y así permanecimos largo y tendido, tendidos, mudos y muy lacios —no diré sudorosos porque es algo que dicen todos esos aficionados que escriben sobre dos que acaban de singar con muchas ganas y Ernesto había prendido, además, el aire acondicionado justo al entrar al cuarto— perdón, lacios, eso les decía, como si a mí se me hubiera escapado toda la energía vital, la vida misma, vaya, por el conducto del pene y el generoso cuerpo de Ernesto la hubiera recibido integramente toda, mientras los boleros en el reproductor: “Alma mía”, “La gloria eres tú”, “Mucho corazón”... desfilaban uno tras otro.

A excepción de Ernesto Lomba y mi padrino, Beralio, no era posible que yo expusiera, sin ser crucificado o quemado vivo en la hoguera, mi teoría al respecto de la manera en que la sociedad actual vive la sexualidad, completamente influenciada por siglos de construcciones culturales que encierran las prácticas sexuales en el corset de los juegos de rol. Para mí no significa un problema templar con Lomba, pues, a tantos años de rozarnos y de salvarnos la vida metafóricamente, yo quiero a Ernesto tanto como lo deseo. Mis problemas se refieren a la aceptación social que rodea a un hombre que se acuesta asiduamente con un bisexual sin la necesidad de declararse bisexual.

La sexualidad no es una cuestión universal, sino que es en sí misma una mera construcción cultural. Cada cultura la vive y exterioriza de manera distinta. Lo que en algunas culturas se veta y se condena como depravado, retorcido e indecoroso, es permisivo en otras. Para los romanos, por ejemplo, solo los varones que mantuvieran relaciones con los de su género asumiendo como rol la pasividad eran considerados homosexuales. Los activos eran enteramente hombres. Tanto las felaciones como las prácticas de sexo oral eran actos calificados de indignos y vergonzosos. Que un señor mantuviera relaciones sexuales con sus esclavos varones era considerado normal siempre que fuera el amo el penetrador.

Tal vez fuera esa la razón, la social, por la que dije, estúpido quizás a los oídos de un tipo que había pasado dos décadas pensando en el quizás que acabábamos de vivir:

—Si crees que voy a dejar a mi mujer y a las niñas para dedicarme a ti estás equivocado, Ernesto Lomba.

Una mentira tan inmensa como el coloso de Rodas que sale en todas esas pelis de Romanos. Dejarlo todo por irme a gozar la vida con aquel tipo era en verdad lo que me apetecía. Era la primera vez en mi vida que hacía algo a favor de mi verdadera felicidad. Aunque toda aquella felicidad podría hundirse si Ernesto estuviera, no por casualidad, sino por alguna de esas veces en la que él sale a cazar, bisontes no: hombres, contagiado con eso que yo tanto temía: VIH.

—Lomba.

—¿Qué, pipo?

Yo lo bese en la espalda y le pregunté:

—¿Tú estás bien y eso?

—Perfectamente. —me soltó muy feliz.

—Quiero decir, de salud y tal...

Cualquiera le preguntaba a aquel hombre, directamente, si el singaba a pelo descubierto, (yo desde luego que no, pero esa noche y con él sí), o como diría mi abuela Alejandra, bajo el amparo contumaz del sombrero, y: «¿desde cuándo no te haces analizar la sangre?»

Dirá el lector que qué clase de historia es esta en la que el autor decide reventar la exclusiva con la gilipollez del in media res.

Querido lector, está usted ante un exorcismo si le cabe como mejor explicación, y dicho exorcismo viene a ser en resumidas cuentas la historia de mi vida. Es usted libre de mandarme a freír espárragos o de quedarse. Pero antes de que me dé carpetazo debe saber que mi historia seguirá su curso, con o sin usted.

Gracias de antemano.







16 comentarios:

  1. Qué bueno que ya volviste a publicar y además con fuerza con una historia de tu vida.

    Gracias por volver.

    Un beso.

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    1. Ayyyyyy, ¡mi María! Gracias te doy yo a ti por volver siempre a esta casa. 

      En el tejado estoy, sí señor, mirando desde allí la vida. Es un orgullo para mi escribir este texto. Ahí están reflejados todos esos amigos míos, y yo, todos los que lo han pasado tan mal por no poderse mostrar tal cual son, mostrarse enteramente, vaya. En Cuba era un problema grande, en esa época de la que hablo, los ochenta, declararse abiertamente homosexual, bisexual, pansexual etcétera. Aunque las cosas han cambiado, los homosexuales no tienen derecho a ostentar cargos públicos ni al matrimonio ni nada de esos derechos que se tienen en Europa. Como bien dice Reinaldo Arenas en "Antes que anochezca", novela de donde extraje el texto que encabeza mi relato, (fragmento de la novela " Modo Avión ") realmente existieron esos campos de concentración electrificados donde 25 000 personas, entre homosexuales y desafectos al gobierno, fueron llevados. 

      La semilla homofóba sembrada por los Castro aún persiste, por desgracia. Aunque una sobrina, hija del General Raúl Castro, ande ahora diciendo y proclamando en todas partes a favor de la comunidad gay, ha sido muy grande el daño causado desde que estos señores se hicieron con el mando. No solo Reinaldo Arenas, han sido muchos los escritores a los que ellos han aplastado solo por ser homosexuales, entre ellos Lezama Lima y Virgilio Piñera.

      Gracias por venir, María, y muchos abrazos. 

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  2. Un placer recibirte, amigo Jonh. Quiénes somos nosotros para juzgar los exorcismos o la vida de alguien??

    Un placer leerte en estas reflexiones.

    Mil besitos para tu día... y bienvenido otra vez.

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    1. El placer es siempre mío, Aurora. Nunca me cansarse de repetirlo. Mil gracias por tu compañía durante el exorcismo.

      Un abrazo grande y un par de besos.

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  3. Exorcismo o no, este texto tiene un valor literario notable. Siempre me ha gustado, cuando leo autores que escriben en español, toparme con ese léxico que parece exótico, pero no es más que otra manera de llamar a las cosas y forma parte del acervo de nuestra lengua, constituido por agregación. Me enriquece como lector y es lo que más echo de menos en los textos traducidos, donde se pierde ese aura.
    Nuestras experiencias nos han modelado tal y como somos, la enfermedad, cualquiera, el descubrimiento y los perfiles extraños del amor, yo la verdad no sé que es más complejo si hacerse preguntas o tratar de responderlas.
    Un abrazo.

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    1. Depende de lo que se escriba se usa el lenguaje de una manera u otra, Gerardo. Sobre todo hay que tener en cuenta el respeto por la historia que estamos contando y quien la esta contando. De donde viene todo eso que yo, o sea cual sea el narrador que empleemos, esta contando. porque eso es lo que autentifica el texto, el llamar como yo hago en el caso de este relato a las cosas por su nombre. incluso escritores de una verborrea tan exquisita como Guillermo Cabrera Infante, dice pina y singar y maricon en lugar de gay o de homosexual, por ejemplo, en dependencia del personaje que este dialogando y por supuesto tambien de la situacion, que al fin y al cabo todo esto, Gerardo, forma paste del estilo de la novela, que no del autor, son dos cosas muy distintas.

      Senores, me van a perdonar, pero esta manan estoy desde la portatil mia, una de ellas, con teclado yanqui por lo que no tengo ni acento ni ene de espana.

      Millon de gracias por llegar, Don Gerardo.gracias siempre por su agradable Visita.

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  4. Bueno, bueno, señor Madison. Veo que su ausencia o su retiro de los escenarios le han dado buenos frutos para hacer introspección con su voz narrativa.

    Es totalmente reconocible tu estilo de entre una torre inmensa de textos.
    En un posteo anterior, te comenté una vez que Capote podría tener su talento y su modo de contar (esto lo digo porque lo mencionastes en esa entrada) pero el gancho que tienes para atrapar al lector es tu sello.
    Ya te lo dijeron escritores auténticos y enteros como Gavrí Akhenazi.

    Y te lo dicen otros lectores y escritores que también comparten su trabajo en las redes.

    Lo llevas en la sangre. Para bien o para mal, para ser feliz o para sufrir.

    Pero lo llevas, amigo.

    Mucha salud y mucho laburo del bueno.

    Abrazo.

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    1. Ole, mi JuanPues si, Juanito, man, las redes le hacen a uno perder un tiempo precioso en broncas estupidas, y en perder a veces esas horas que uno podria estar leyendo, por ejemplo, te coment;e que tenia dos montanas de libros nuevos para leer, una en mi mesilla y otra dentro del vestidor. pues ya he empezado con la montana de la mesilla. tengo que decirte que estoy feliz con lo que he conseguido en estos ultimos meses, feliz, no satisfecho, en narrativa. Satisfecho no porque segun Ernesto soy avaricioso literario. El dice: pipo, cuanto te puede la avaricia literaria que hasta comes con el libro o la portatil en la mesa.

      Pues si.

      Cuando no lo hago es porque estoy currando.

      Si a alguien tengo que agradecer es a ti y a mi Elenita. Por oir ambos y leer mis movidas.


      A mi filologa, Eva Loreiro, por darme aliento y apoyarme y corregir una buena parte de este lio.


      Un abrazo grande.

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  5. Hola John,he disfrutado tu excelente relato con la sinceridad y fuerza que atrapa al lector.
    Que buen relato,pudiera ser el inicio de una buenisima novela cargada de vivencias.
    Saludos y abrazos.

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    1. Hola Eugenia.

      Que lindo verte aqui en el Tatuaje. pues en ello ando, alguien me ha convencido para que haga novela, pero no se si lo conseguire, eso tiene un trabajo inmenso. En cualquier caso, me va servir como le dije a Juan Carlos como emntrenamiento, llegue o no a ser novela. para mi todo es parte de ese entrenamiento porque como texto cerrado, digamos validado del todo no concibo yo nada debido a mi tard'ia formacion y entrada en la literatura.Pero se intentara, querida Eugenia.

      Millon de gracias por estar aqu'i acompanandome.
      un abrazo grande.

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  6. Yo me quedo, sin lugar a dudas, para este pedazo de vida y para todo lo que tenga que venir :))

    Un placer leerte siempre, John, aunque en esta ocasión invertí el orden de las entradas y leí la continuación antes que ésta. Ya no me pasa más.

    ¡Un abrazo!

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    1. Jjajajaja. Ha habido un; John ha vuelto, pero a saber por que atajo del camino, ya me he dado cuenta, Julia C.

      Gracias por partida doble, y un fuerte abrazo. Te lo mereces por enfrentar mis inmensos bloques de textos, de verdad que hay que ser aguerrida para meterse en esa selva habanera.

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    2. "Bloque" suena a pesada losa que cae encima. Lo tuyo, tus letras, no tienen nada que ver con eso, te lo puedo asegurar. Son así como traviesas, provoconas, cantarinas con la vida y un poco insolentes por puro gusto de ver qué pasa con nosotros. ¿Qué puede pasar? Pues que vengamos a por más jajajaja.

      ¡Un abrazo!

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  7. Y de repente, la Red es un lugar más interesante con tu regreso, John. Juan, Ernestico, Fifi, Gladys, Rafa... me han acompañado en el metro estos días. Como solo leo por un ojo, y porque tus relatos se merecen ser leídos en papel me los imprimí... y los disfruté.
    A fuerza de repetirlo me harás caso. Tu estilo es único. Más que narrar, conversas con el lector de una manera que este se siente atrapado, disfruta de los "cubanismos" con los que das vida al personaje, con esa forma de mostrar las cosas, de llamarlas como solo tú sabes hacerlo. Conversación y personalidad son los dos pilares que más admiro de tus historias.
    En este relato aparecen dos partes diferenciadas. Ese "En eso era en lo que yo andaba pensado" pone el fin y comienzo de las dos. En la primera, con esa fatídica noticia que quién sabe si puede ser el aviso de lo que pueda estar por venir. La segunda, nos lleva al conflicto de los conflictos que para mi es la eterna lucha entre lo que somos, lo que queremos ser y lo que debemos ser.
    En este caso, referido a la sexualidad del personaje, es "muy hombre", "desea a Ernesto", "debe" no desearlo.
    La naturalidad con la que incorporas y se entienden por el contexto esos, repito, "cubanismos" me asombra. ¿Has vivido allí? Si no es así me quito el sombreo... y si es así, también.
    Un verdadero placer leerte, querido amigo.

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    1. Aqu;i estoy otra vez, estimado David. Honor que me hacen tus buenos comentarios, la verdad sea dicha, que aunque uno sea consciente de no ser el escritor del siglo, un poco de ayuda emocional no le viene mal a nadie para continuar, el camino es muy largo, pero en ningun caso tortuoso. Nunca he estado mejor que escribiendo estas historias hechas primeramente para mi en el sentido personal, ahora si uno consigue que a vosotros los lectores les guste, pues que felicidad vaya. Claro que aun se podria contar mejor, en ello ando, en intentar avanzar y no quedarme estancado en el aprendizaje.

      A ver si es posible retomer el ritmo de publicacion auqnue solo sea dos veces al mes que sera seguramente como se quedara para tener algo mas de tiempo para escribir en privado. Lo que si no he abandonado es el ritmo de lectura en blogger. No se si a ti te pasa, David, pero a fuerza de tanto estar le tengo tomado un carino enorme a esta plataforma. Marcharme lo que es marcjharme creo que no, al menos como lector y como companero. Con GOoogle+ pues mira, la verdad que no tengo mucho apego y me quita mucho tiempo para leer y para formarme del modo en que lo estoy haciendo en prosa, en solitario, tu mejor que nadie sabes que como uno no se organice bien el tiempo y tire de agenda para programar el itinerario semanal pues entonces estanco hay.


      Enseguida estoy contigo en tu blog. Llevo retraso porque no me he podido pasar a ver lo nuevo de la revista, por ejemplo.

      Abrazo y gracias mil por estar siempre, David.

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  8. Todavía a estas alturas hay que aclarar cosas, declararse tal o cual, explicarse y reivindicarse... cuando en realidad bien podríamos hacer lo que nos sale de los mismísimos en cuanto al sexo se refiere con quien nos dé la gana, sin preocuparnos siquiera por si asoma algo o no entre las piernas.
    En fin, John, que me alegro que continúes rompiendo tabúes por medio de esta historia que espero ver impresa y en formato de novela cuando te decidas a ello. Bien hallado, que bienvenido siempre eres.
    Un abrazo, enorme, corazón.

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