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domingo, 8 de abril de 2018

Pa' ti y pa' mi.







Era un hecho evidente que el divorcio de mis padres nos había afectado a mi hermano Yeyo y a mí en la misma medida, pero en parcelas distintas de la personalidad. Si yo había mutado de repente en el niño invisible, la muerte de papá hizo de Yeyo un niño engreído y rebelde que intentaba, con sus pataletas, llamar a toda costa la atención de mamá.

Fue rondando los dieciocho que a Yeyo lo asaltó el virus incurable de mujeriego. Desde entonces solo vive para sabotear toda aquella relación que sobrepase como mucho el año y medio. Contrariamente a mí, Yeyo se niega a echar raíces por temor a ser abandonado y apechugar con la pila de años de frustración y de infelicidad con los que nuestra madre, Gladys, cargó tras el divorcio con papá.

En mi caso no pertenezco a la categoría de infiel de la que hizo gala mi señor padre, sino a la de infiel a mi mismo. Nunca quise para mí esa promiscuidad que Yeyo potenció gustoso como herencia. A día de hoy no sabría precisar cuál de las dos categorías es la peor.
A mis cincuenta años concluyo, y les comparto, que ser infiel a uno mismo implica no desbaratar lo que dios unió y todo lo devenido de tal aleación, la familia, por mucho que la vida marital me machaque contra las cuerdas, y no porque me importe demasiado la ira de mis dioses. Lo hago para que mis hijas crezcan junto a mí y no todo lo aparte que Yeyo y yo crecimos de papá.

Mi pacto de hombre infiel incluye, también, no morir a manos de ese monstruo al que nadie le ha encontrado aún las cuatro patas para atarlo en corto, el SIDA, en un cuarto de hospital como le ocurrió a papá. Me afectó tanto su muerte que aún hoy deseo a veces ser un afamado cerebrito con tal de acorralar en una probeta a ese alien, esa bestia encriptada que no tuvo bastante con predar a Papá que diez años más tarde, regresó para llevarse a mi hermano mayor, Rafa y por extensiva sucesión a su mujer.

Fue mi hermana Lulú quien me comunicó su muerte. Me costó un par de años aprender a vivir con aquella desgracia. No quiero ni acordarme de aquel mal trago que el destino me obligó a beber vía telefónica ni del auricular del teléfono deslizándose entre mis manos al oír la noticia ni de la angustia echándoseme encima, como un alud inevitable al que la gravedad arrastra montaña a través, las piernas flaqueando y el corazón doliendo camino del aseo que usan los invitados, en la primera planta. Hasta pensé en esos médicos que suelen advertir que el corazón no duele sino el pecho, justo cuando uno se encuentra en la antesala del infarto. No, ni de broma podía ser cierto que Rafa no estuviera ya en el mundo. Pasé el pestillo y me desplomé en un rincón del baño a llorar como a los hombres de mi familia le habían enseñado, sin aspavientos y conteniendo los gritos. De lo contrario mis hijas, que jugaban a Barbie y Ken allí mismo en el salón bajo la atención de Romelia, mi asistenta de hogar, podrían asustarse del bárbaro de los alaridos.

Recuerdo nítidamente el día que papá trajo a Rafael a vivir con nosotros en la casa familiar regentada por mis abuelos maternos, Pepe y Alejandra. La verdad es que no conocí nunca a la mamá de Rafa ya que ella no tuvo interés en saber cómo de bien le iba a su hijo con nosotros.

Recuerdo ese día como también recuerdo, perfectamente, aquel domingo gris en el que papá se marchó tras divorciarse de Gladys y como se llevó para la casa de su prima Yolanda todos sus instrumentos y pertenencias. No voy a decir que en la partida papá se olvidó de llevarse a aquel niño diez años mayor que yo, Rafa, que le observaba como si tal cosa desde el ventanal de la cocina cargar en su Chevrolet negro del ‘57 todos sus cachivaches. Hacía rato que Rafa había elegido dormir bajo la sombra de Alejandra y Pepe. Creo que Rafael se hubiera tirado al piso a dar gritos si fueran mis abuelos los que anduvieran acarreando cosas para el maletero del carro que jamás tuvieron con la intención de largarse y dejarlo a él por detrás tal y como hizo papá.

Tampoco a mí, el segundo testigo ocular en la ventana, me dio ni frío ni calor aquel desfile de cajas y maletas. Cómo me iba yo a imaginar que en lo adelante iba a ver poco a papá, siempre girando como un satélite debido a su profesión, papá era músico, y que a los seis meses justos de cumplir los dieciséis dejaría de verlo para siempre. Lo cierto es que a los siete años uno imagina de todo menos eso.

No tengo idea de qué pensamientos surcaban la mente del tercer testigo en la ventana; Yeyo. Lo que sí les aseguro es que lloró bárbaramente la marcha de papá y que el buenazo de Rafa lo consolaba diciéndole que Papá vendría el Lunes para llevarnos a la escuela.

Yeyo siempre culpa a Gladys de la muerte de papá, como si ella fuera la portadora del virus que se lo llevó. Le recrimina que de no ser por su empeño en botarlo aquella noche para la calle, de abofetearlo como a un pelele por su infidelidad y de tirarle parte de la ropa a grito pelado por esa misma ventana por la que nosotros lo vimos arrancar el Chevrolet, estaría aún en casa.

Sería un pésimo testigo, además de un mal hijo, si no les contara que papá vino a pedirle perdón, a rogarle más bien, a Gladys que le permitiese regresar, pero ella no consintió más que en perdonarlo negándole como condena la readmisión. Por supuesto que papá vino a recogernos aquel lunes y nos llevó a la escuela, porque si algo hacía bien era cumplir lo que nos prometía.

En cuanto a Rafa, papá sabía que podía dejarlo en manos de Pepe con toda confianza, educación y cariño no le faltarían. Digamos que Rafa le vino bien a Pepe, tanto como Pepe a Rafa. Parecía como si alguna tarotista competente le hubiera revelado a papá que aquel lugar le pertenecía más a su primogénito que a Yeyo y a mí. Seguramente la tarotista le diría que yo no valía un puto peso para entrar en el gallinero a las 6:00 de la mañana a recoger los huevos para el desayuno ni para limpiar las jaulas, llenar los abrevaderos de los conejos, las palomas, las chivas —si la familia bebía leche en el desayuno era gracias a las benditas ubres de aquellas chivas — debido al trapicheo nocturno que Yeyo y yo nos traíamos por toda la Habana vieja y el Vedado, tanto como insistiría en que aquellas movidas nos descentraban un huevo.

Sí, a Rafa le iba más de la cuenta la movida de atender a los animales de Pepe y todo ese circo esotérico y esa reputación de macho australopithecus que ha girado en derredor de los abakuas desde que los primeros barcos negreros atracaron en el puerto de La Habana. Ni a Yeyo ni a mí nos interesaba formar parte de dicha cofradía. Nunca seríamos abakuas, ni volviendo a nacer, precisamente por el grado de corrupción que cargabamos a hombros y a espaldas desde nuestra juventud temprana: alcohol, sexo (por dinero y sin mediación de la moneda), consumo y venta de María, chocolate, cocaína; artesanía local, además del tráfico con tabaco, ron, calzado y un hondo etcétera que bien pondría de rodillas hasta al diablo.

Mi abuelo era sabedor de que su legado no iría a parar a sus dos nietos mellizos. Los herederos universales de su basto conocimiento de los ritos abakuas, sus ibellis*, habían corrido la suerte melliza de brotar torcidos, aun siendo la tierra donde habían sido sembrados fértil y generosa, y aquel era un hecho que no cambiaría ni la tercera guerra mundial —si algún día el mundo sufriera la desgracia de padecerla.

Por orden expresa de la matriarca del clan, mi abuela Alejandra, nadie me dijo que Rafa había contraído SIDA. Según ella —y según Gladys, en el ajo también hasta las mismas cejas—, yo podría continuar con mi vida en España sin que aquella enfermedad para la que ni ellas ni yo conocíamos cura me hiciera la putada de violentar mi ánimo haciéndome la vida un yogur de los que, por entonces, se vendían en cualquier punto de leche de los tantos que habían desperdigados por la Habana y que solían ser más amargos que un cálculo renal sufrido por un hombre, con unos tropezones vomitivos e intragables en su composición.

Cuando los médicos detectaron la enfermedad ya el virus cabalgaba con virulencia apocalíptica por Rafa, aunque prudentemente por las arterias de Nelly, su mujer. Tras la muerte de Nelly me hice cargo de la manutención de sus dos hijos y Gladys de la guarda y custodia.

«¡Por dios, Juan, tengo tantas ganas de entrarle a galletas a Rafa por lo que ha hecho!, pero el hijo de la gran puta ya es difunto, sentenció Lulú horas más tarde al telefono, pensar que se nos ha ido por algo tan estúpido como pegar los tarros a Nelly con esa guaricandilla. ¿Por qué no usó el preservativo?».

A efectos legales, Lulú y Rafa no son hermanos ya que Lulú y Lluvia son fruto del segundo malaventurado matrimonio de mamá, pero la familia no la compone sólo el a.d.n consanguíneo, también existe un ADN emocional, según los místicos, que conectó para siempre, en este caso, a Rafa con el clan al completo.

Lulú me mataría, también, a punetazos limpios si algún día la hiciera participe mediante confesión de lo que tanto le recriminó a Rafa: singar por todo lo alto, por lo bajo y hasta por el terreno irregular del colchón sin preservativo. Y no solo Lulú, si mi esposa, Tony, se hubiera enterado del verdadero propósito de mi inminente viaje a Catania por la gratitud de esas lenguas ajenas que se manifiestan cuando la intensión de alguna de las partes conyugales va de infidelidad, me habría arrancado de cuajo las pelotas y se las hubiera zampado con mahonesa frente a mí, sangrante yo y maniatado (pie atado también) a nuestra cama.

Sí, yo había ido a aquella casa en la localidad italiana de Catania bautizada por sus habitantes como "la pecera" por sus frentes acristalados cara al mar a templar con un tipo. A templar y a gozar como jamás lo había hecho con Lyn, Yanelis o Tony, y no me planteaba el por qué de mi comportamiento ni me encontraba preso de las dudas, los resquemores que padecen ante tales casos los hombres que solo son hombres de cara a la galería.

Tumbado en aquella cama inmensa, junto a aquel cuerpo con el que había fantaseado tantas noches desde los dieciséis no sentía remordimientos por aquella traición hacia mi esposa y hacia todos mis pactos familiares, sino que me sentía todo lo hombre que había que ser y que sentirse para gustarle y para recompensar las ganas de aquel tipo. Satisfecho y agradecido por la felicidad y el placer que me había deparado sentir y derramar hasta la ultima gota de mi virilidad dentro de la suya.

Podría justificar mi actuación, en el supuesto caso de que alguien lo develara a la luz pública con la mala intención de destruir mi matrimonio, alegando ante mi esposa que iba puestísimo de cristal, de coca o de tequila; o hasta la real verga de los tres elementos. Pero yo no iba, en verdad, de nada de eso. Ni siquiera aquel hombre maduro y voouptuoso tendido de costado tras de mí iba de nada. El propietario de la casa-pecera, mi amigo personal desde hacía veinte años, Ernesto Lomba, no bebe ni en las celebraciones importantes. Si ambos íbamos puestos era de las ganas de atropellarlos sexualmente.

Tal y como se dice en el argot español en referencia al acto sexual mas primitivo, un polvo, una follada a la carrera, aunque no menos memorable cuyo fin provocó un efecto dominó magnífico: Ernesto abatido sobre el colchón y yo sobre su espalda, y así permanecimos tendidos, mudos y lacios mientras Beny cantaba en el reproductor “Fiebre de ti"…, pero de ninguna manera diré que concluimos nuestro desfogue mutuo sudorosos, que es lo que siempre alegan los malos escritores cuando se aventuran a relatar el acto hecho con  desmedidas ganas. Además, Ernestico había prendió el aire acondicionado justo al entrar en la habitación.

Junto a la magistral voz de Beny, llegó hasta mí un temor irracional. Nuestra amable postura de amantes en stand by se deshizo y el temor se instaló en el colchón. Un abismo floreado de algodón separó de repente ambos cuerpos. Sí, sería una putada garrafal si por casualidad alguna de esas noches en las que la naturaleza humana de Ernesto Lomba en plena demanda de caza y apareamiento  —y no me refiero precisamente a la caza de bisontes, sino a la de veinteañeros cachas— se hubiera contagiado con aquella especie alien que yo tanto temía: el VIH.

—Lomba —mandé al cuerno el abismo mediador y eché un beso fugaz a navegar  por el comienzo del canal de su espalda antes de aventurarme a preguntar: —tú estás bien y eso?

—Entero, Pipo —me devolvió el beso, pero en los labios— yo estoy entero.

Cualquiera le preguntaba directamente si en esas noches de cruenta cacería  él singaba al descubierto o, como diría mi abuela, bajo el amparo contumaz del sombrero. Finalmente dije: «¿desde cuándo no te haces analizar la sangre?».












28 comentarios:

  1. Qué bueno que ya volviste a publicar y además con fuerza con una historia de tu vida.

    Gracias por volver.

    Un beso.

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    1. Ayyyyyy, ¡mi María! Gracias te doy yo a ti por volver siempre a esta casa. 

      En el tejado estoy, sí señor, mirando desde allí la vida. Es un orgullo para mi escribir este texto. Ahí están reflejados todos esos amigos míos, y yo, todos los que lo han pasado tan mal por no poderse mostrar tal cual son, mostrarse enteramente, vaya. En Cuba era un problema grande, en esa época de la que hablo, los ochenta, declararse abiertamente homosexual, bisexual, pansexual etcétera. Aunque las cosas han cambiado, los homosexuales no tienen derecho a ostentar cargos públicos ni al matrimonio ni nada de esos derechos que se tienen en Europa. Como bien dice Reinaldo Arenas en "Antes que anochezca", novela de donde extraje el texto que encabeza mi relato, (fragmento de la novela " Modo Avión ") realmente existieron esos campos de concentración electrificados donde 25 000 personas, entre homosexuales y desafectos al gobierno, fueron llevados. 

      La semilla homofóba sembrada por los Castro aún persiste, por desgracia. Aunque una sobrina, hija del General Raúl Castro, ande ahora diciendo y proclamando en todas partes a favor de la comunidad gay, ha sido muy grande el daño causado desde que estos señores se hicieron con el mando. No solo Reinaldo Arenas, han sido muchos los escritores a los que ellos han aplastado solo por ser homosexuales, entre ellos Lezama Lima y Virgilio Piñera.

      Gracias por venir, María, y muchos abrazos. 

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  2. Un placer recibirte, amigo Jonh. Quiénes somos nosotros para juzgar los exorcismos o la vida de alguien??

    Un placer leerte en estas reflexiones.

    Mil besitos para tu día... y bienvenido otra vez.

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    1. El placer es siempre mío, Aurora. Nunca me cansarse de repetirlo. Mil gracias por tu compañía durante el exorcismo.

      Un abrazo grande y un par de besos.

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  3. Exorcismo o no, este texto tiene un valor literario notable. Siempre me ha gustado, cuando leo autores que escriben en español, toparme con ese léxico que parece exótico, pero no es más que otra manera de llamar a las cosas y forma parte del acervo de nuestra lengua, constituido por agregación. Me enriquece como lector y es lo que más echo de menos en los textos traducidos, donde se pierde ese aura.
    Nuestras experiencias nos han modelado tal y como somos, la enfermedad, cualquiera, el descubrimiento y los perfiles extraños del amor, yo la verdad no sé que es más complejo si hacerse preguntas o tratar de responderlas.
    Un abrazo.

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    1. Depende de lo que se escriba se usa el lenguaje de una manera u otra, Gerardo. Sobre todo hay que tener en cuenta el respeto por la historia que estamos contando y quien la esta contando. De donde viene todo eso que yo, o sea cual sea el narrador que empleemos, esta contando. porque eso es lo que autentifica el texto, el llamar como yo hago en el caso de este relato a las cosas por su nombre. incluso escritores de una verborrea tan exquisita como Guillermo Cabrera Infante, dice pina y singar y maricon en lugar de gay o de homosexual, por ejemplo, en dependencia del personaje que este dialogando y por supuesto tambien de la situacion, que al fin y al cabo todo esto, Gerardo, forma paste del estilo de la novela, que no del autor, son dos cosas muy distintas.

      Senores, me van a perdonar, pero esta manan estoy desde la portatil mia, una de ellas, con teclado yanqui por lo que no tengo ni acento ni ene de espana.

      Millon de gracias por llegar, Don Gerardo.gracias siempre por su agradable Visita.

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  4. Bueno, bueno, señor Madison. Veo que su ausencia o su retiro de los escenarios le han dado buenos frutos para hacer introspección con su voz narrativa.

    Es totalmente reconocible tu estilo de entre una torre inmensa de textos.
    En un posteo anterior, te comenté una vez que Capote podría tener su talento y su modo de contar (esto lo digo porque lo mencionastes en esa entrada) pero el gancho que tienes para atrapar al lector es tu sello.
    Ya te lo dijeron escritores auténticos y enteros como Gavrí Akhenazi.

    Y te lo dicen otros lectores y escritores que también comparten su trabajo en las redes.

    Lo llevas en la sangre. Para bien o para mal, para ser feliz o para sufrir.

    Pero lo llevas, amigo.

    Mucha salud y mucho laburo del bueno.

    Abrazo.

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    1. Ole, mi JuanPues si, Juanito, man, las redes le hacen a uno perder un tiempo precioso en broncas estupidas, y en perder a veces esas horas que uno podria estar leyendo, por ejemplo, te coment;e que tenia dos montanas de libros nuevos para leer, una en mi mesilla y otra dentro del vestidor. pues ya he empezado con la montana de la mesilla. tengo que decirte que estoy feliz con lo que he conseguido en estos ultimos meses, feliz, no satisfecho, en narrativa. Satisfecho no porque segun Ernesto soy avaricioso literario. El dice: pipo, cuanto te puede la avaricia literaria que hasta comes con el libro o la portatil en la mesa.

      Pues si.

      Cuando no lo hago es porque estoy currando.

      Si a alguien tengo que agradecer es a ti y a mi Elenita. Por oir ambos y leer mis movidas.


      A mi filologa, Eva Loreiro, por darme aliento y apoyarme y corregir una buena parte de este lio.


      Un abrazo grande.

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  5. Hola John,he disfrutado tu excelente relato con la sinceridad y fuerza que atrapa al lector.
    Que buen relato,pudiera ser el inicio de una buenisima novela cargada de vivencias.
    Saludos y abrazos.

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    1. Hola Eugenia.

      Que lindo verte aqui en el Tatuaje. pues en ello ando, alguien me ha convencido para que haga novela, pero no se si lo conseguire, eso tiene un trabajo inmenso. En cualquier caso, me va servir como le dije a Juan Carlos como emntrenamiento, llegue o no a ser novela. para mi todo es parte de ese entrenamiento porque como texto cerrado, digamos validado del todo no concibo yo nada debido a mi tard'ia formacion y entrada en la literatura.Pero se intentara, querida Eugenia.

      Millon de gracias por estar aqu'i acompanandome.
      un abrazo grande.

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  6. Yo me quedo, sin lugar a dudas, para este pedazo de vida y para todo lo que tenga que venir :))

    Un placer leerte siempre, John, aunque en esta ocasión invertí el orden de las entradas y leí la continuación antes que ésta. Ya no me pasa más.

    ¡Un abrazo!

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    1. Jjajajaja. Ha habido un; John ha vuelto, pero a saber por que atajo del camino, ya me he dado cuenta, Julia C.

      Gracias por partida doble, y un fuerte abrazo. Te lo mereces por enfrentar mis inmensos bloques de textos, de verdad que hay que ser aguerrida para meterse en esa selva habanera.

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    2. "Bloque" suena a pesada losa que cae encima. Lo tuyo, tus letras, no tienen nada que ver con eso, te lo puedo asegurar. Son así como traviesas, provoconas, cantarinas con la vida y un poco insolentes por puro gusto de ver qué pasa con nosotros. ¿Qué puede pasar? Pues que vengamos a por más jajajaja.

      ¡Un abrazo!

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  7. Y de repente, la Red es un lugar más interesante con tu regreso, John. Juan, Ernestico, Fifi, Gladys, Rafa... me han acompañado en el metro estos días. Como solo leo por un ojo, y porque tus relatos se merecen ser leídos en papel me los imprimí... y los disfruté.
    A fuerza de repetirlo me harás caso. Tu estilo es único. Más que narrar, conversas con el lector de una manera que este se siente atrapado, disfruta de los "cubanismos" con los que das vida al personaje, con esa forma de mostrar las cosas, de llamarlas como solo tú sabes hacerlo. Conversación y personalidad son los dos pilares que más admiro de tus historias.
    En este relato aparecen dos partes diferenciadas. Ese "En eso era en lo que yo andaba pensado" pone el fin y comienzo de las dos. En la primera, con esa fatídica noticia que quién sabe si puede ser el aviso de lo que pueda estar por venir. La segunda, nos lleva al conflicto de los conflictos que para mi es la eterna lucha entre lo que somos, lo que queremos ser y lo que debemos ser.
    En este caso, referido a la sexualidad del personaje, es "muy hombre", "desea a Ernesto", "debe" no desearlo.
    La naturalidad con la que incorporas y se entienden por el contexto esos, repito, "cubanismos" me asombra. ¿Has vivido allí? Si no es así me quito el sombreo... y si es así, también.
    Un verdadero placer leerte, querido amigo.

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    1. Aqu;i estoy otra vez, estimado David. Honor que me hacen tus buenos comentarios, la verdad sea dicha, que aunque uno sea consciente de no ser el escritor del siglo, un poco de ayuda emocional no le viene mal a nadie para continuar, el camino es muy largo, pero en ningun caso tortuoso. Nunca he estado mejor que escribiendo estas historias hechas primeramente para mi en el sentido personal, ahora si uno consigue que a vosotros los lectores les guste, pues que felicidad vaya. Claro que aun se podria contar mejor, en ello ando, en intentar avanzar y no quedarme estancado en el aprendizaje.

      A ver si es posible retomer el ritmo de publicacion auqnue solo sea dos veces al mes que sera seguramente como se quedara para tener algo mas de tiempo para escribir en privado. Lo que si no he abandonado es el ritmo de lectura en blogger. No se si a ti te pasa, David, pero a fuerza de tanto estar le tengo tomado un carino enorme a esta plataforma. Marcharme lo que es marcjharme creo que no, al menos como lector y como companero. Con GOoogle+ pues mira, la verdad que no tengo mucho apego y me quita mucho tiempo para leer y para formarme del modo en que lo estoy haciendo en prosa, en solitario, tu mejor que nadie sabes que como uno no se organice bien el tiempo y tire de agenda para programar el itinerario semanal pues entonces estanco hay.


      Enseguida estoy contigo en tu blog. Llevo retraso porque no me he podido pasar a ver lo nuevo de la revista, por ejemplo.

      Abrazo y gracias mil por estar siempre, David.

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  8. Todavía a estas alturas hay que aclarar cosas, declararse tal o cual, explicarse y reivindicarse... cuando en realidad bien podríamos hacer lo que nos sale de los mismísimos en cuanto al sexo se refiere con quien nos dé la gana, sin preocuparnos siquiera por si asoma algo o no entre las piernas.
    En fin, John, que me alegro que continúes rompiendo tabúes por medio de esta historia que espero ver impresa y en formato de novela cuando te decidas a ello. Bien hallado, que bienvenido siempre eres.
    Un abrazo, enorme, corazón.

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    1. Loureiro, ¿dónde estás? Aun no me pasado a comprar la novela. Felicitaciones, que bestia literaria tan aplicada que nos has salido. Una novela por año. Me falta esta ultima para completar mi trilogía.

      Bueno, a ver si aparecemos ya. Aunque ya intuyo que estas en plena producción, de ahí la ausencia. Estoy en mewe, por si te da el punto.

      Besos.
      Namaste, cariño.

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  9. Un escrito que llega dentro . Me alegra pasar por aqui

    Un beso

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  10. Bienvenida, Precios. Creo que es tu primera vez en el tatuaje. Sí es así, siéntete como en tu casa. Gracias por la lectura y huella en mi espacio.

    Un abrazo grande y a mandar.

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  11. ¡Cuánto dolor en esta historia! Excelente relato. Gracias por la puerta abierta de este blog.

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    1. Bebaaaaaa! Me va a entrar miedo escénico con tanto compi compulsivo caminando por los pasillos de casa. Pues en eso estamos, exorcizando viejos demonios. La escritura también sirve, mira por donde, de terapia. Y es gratis, mira que cosa. Se bienvenida a mi laboratorio. No sé si estaré a tu altura como lectora, pero intentaré, como hago siempre, hacerlo lo mejor posible dentro de la mediada de mis conocimientos. Agradecido y encantado con tu visita y comentarios,

      Abrazo.



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  12. Una historia potente,sincera, real. Tengo que releerla john Madison, merece otra lectura. Buen trabajo.

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    1. Hola Conrad.

      Bienvenido a mi laboratorio. Encantado de tenerte como lector. Siéntete como en casa, tienes permiso para abrir todos los cuartos. Disfruta de la estancia. Sí, yo hago fición con los trozos de mi realidad, partiendo de que nadie escribe como habla ya ahí el autor está digamos haciendo una deformación entrecomillada de la realidad. Sí, hay muchos demonios a los que hacía años que no tocaba en esa historia y es digamos mi punto de partida para curar heridas viejas a las que uno se pasa media vida ocultando tras un vendaje inútil.

      Millón de gracias por la visita y comentarios.

      Abrazo y namasté, compañero.

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  13. Es el primer texto tuyo que leo, Jonh y me ha impresionado gratamente. En especial esa facilidad de llevar de la mano al lector para adentrarse en la historia. Una prosa elegante, precisa y dramática, cuando es necesario. Me gustó mucho.

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    1. Hola Nestor.

      Qué bueno verte en mi casa!!!. Valído mucho tu visita ya que te considero compañero de letras y muy buen contador de historias. Sí, la gente, en general, tiene un miedo tremendo a desnudarse cuando del uso de la palabra se trata. Fíjate, hasta hace poco, yo creía que la palabra era mi enemiga y que me hacia mucho daño rememorar todo lo que soy. Pero al final resultó ser todo lo contrario. Se trata de asumir quienes somos mediante la palabra, siempre. Escribir es un gran privilegio y pocos pueden disfrutar de ello . Somos afortunados.

      Abrazo y gracias infinitas por tu llegada.

      Se bienvenido.

      Gracias.

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  14. Aquí estoy yo también, Jhon, para aumentar un gramito ese miedo escénico que dices y que supongo que, ni de lejos, tienes.
    Me ha gustado mucho lo que has contado y cómo lo has contado. No sabía de tu blog, pero Google+ sigue seguirá siendo chivata hasta que muera ;-)
    Un abrazo

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  15. Hola Chelo.

    Pues sí, este es mi laboratorio. Tengo otro blog en la plataforma Medium, aunque normalmente estoy mas en blogger.

    Pues no sabía yo que se me iba a soltar tanto la lengua cuando comencé mi andadura como narrador, porque yo soy poeta y como prosista, Chelo, le tengo un respeto inmenso a narrar. Me queda mucho trecho todavía por andar en prosa y muchas cosas nuevas que experimentar y que aprender, por eso te agradezco el gesto de entrar en mi casa. No sé si tienes blog, ya lo investigaré e iré a hacerte una visita. Le recomiendo mucho a los que escriben que tengan un blog en cualquiera de las plataformas que existen. Es gratuito y los archivos tienen la suerte de poder ser editados, o sea, que van ganando con el paso del tiempo.

    Un abrazo grande y se bienvenida al laboratorio

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  16. Hola, Jonh, sí tengo un blog, activo durante 7 añazos ya. Te dejo el link:

    https://cheloferrerblog.blogspot.com

    Me sentiría muy honrada con tu visita. Ademá, vas a ver por allí bastante gente que conoces ;-)

    ¡Un abrazo y feliz finde!

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