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martes, 10 de julio de 2018

Spicy Mami.



Cardi B.



Setenta kilos, metro ochenta y cinco y pura fibra. De más está decir que una puta como la que estoy detallando, la mía, vino al mundo para hacer sudar bonito a todos esos hijos de buenas mamás que le rinden su homenaje en cueros. Sobre todo si la contienda es puesta en práctica en la mañana, la hora en la que a mi mujer, Tony, la puta de oro de los setenta kilos, le gusta que me la folle: entrando el día a remolinos por los ventanales de la terraza y recién salida de la ducha.

A pocos años de cumplir ese número tan mítico que a mí tanto me hace tilín en la cama: el sesenta y nueve, Tony parece haber vendido lo mejor de si a Mefistófeles con tal de mantener dicha envoltura. Aunque de sobra sé yo donde guarda el caldero el cabrón de su diablo: en el gym. Es allí donde Tony pasa varias horas al día esculpiendo su figura y no hay aparato que se le resista, por muy sofisticado o complicado de manipular que éste parezca. Todo ese culto al sudor y a la voluntad que las reinas de sesenta abriles ponen en marcha con la finalidad de amarrar en corto a un maromo veinte años más joven, o sea, yo, quieto y parao’ junto al trono, es complementado con varios largos en la piscina, en la mía, y una hora de footing sea cual sea el paisaje o escenario: los alrededores de mi casa de Pedralbes. Central Park, en esos meses invernales en los que ella anda de gira por New York. Camden, su ciudad natal, en los meses primaverales en los que su agenda se colma para la dicha de nuestra cuenta bancaria de bolos. O por el simple placer de visitar a sus familiares.

Creo haber dicho con anterioridad en blogger que mi mujer es calcada a la cantante brasileña Gal Costa. Aunque sólo en especie. En la actitud y el desparpajo del que hace gala tanto en su profesión, Tony es músico de jazz, como en la vida real, es iden de iden a la rapera española “Mala Rodríguez” (Mala Montañez en el caso de Tony dado su apellido).


Mala Rodríguez.



En cambio el trasero…, ese culo de escándalo por el que yo monto tremenda escandalera antes y durante el perreo, no es ni de lejos el de “Mala Rodríguez, sino el culo magnífico de “Cardi B” sin la intervención del bisturí americano. El trasero de mi puta es obra de Dios, completamente natural y genético. Así que cuando el timbre sonó y “Mi Mala” sacó su trasero perfecto de la cama y se calzó sus zancos de diva transgresora y cubrió su desnudez con su bata de seda negra saliendo a la sala donde convergen todos los cuartos de la segunda planta me molesté.

La planta alberga todos los cuartos habitables de la casa menos el de Romelia, mi asistenta de hogar. Desde que mis hijas dejaron de usar pañales Romy duerme en el cuarto que queda justo en frente del recibidor. Fue la propia Romy quien abrió la puerta al visitante inesperado  a quien mi "Reina Mala" gritó desde la cima de la escalera —junto a la barandilla supuse yo desde la cama por la dirección de su voz—: “«sube», porque si por mí fuera lo habría dejado con el dedo bien pegadito al timbre y al sereno. Fue justo ahí cuando comencé a preocuparme. Nadie que llamara al timbre de mi casa a las tres de la madrugada traía buen fondo ni agradables noticias.

Las pisadas del visitante nocturno (sí, he citado él y no “la”), pues, solo un macho bien plantao’ podía pisar con tal aplomo, se acercaron a Anthony, la ama de la propiedad, y yo escuché dando saltos como un cuco junto a la cama en el intento raudo de meterme en los vaqueros los dos besos, sonoros, sí, que el cerdo que me andaba jodiendo la gozadera le clavaba a mi “Cardi B” particular en la mejilla, y acto seguido el maltrato que los zancos de mi mujer ejercían sobre el parket en su apretada trayectoria hacia el aposento matrimonial, entrelazados a los pasos embotados, «encima lleva botas el hijo de la gran puta», pensé,  a punto de ganar él la mismita puerta.

Pero, comencemos, pues, en honor a ustedes, lectores míos, la rememoración del follón monumental que tuvo lugar aquella noche de celebración por el principio:


“Hacía mucho que Tony y yo no salíamos a bailar. En realidad soy el único de los dos que baila. Mi mujer tiene tan malas artes para la danza que cada vez que sale a relucir la propuesta soy yo quien interpreta el papel de solista mientras ella observa detenida el bamboleo indecente de mis caderas, mi pelvis gozando, mis hombros zarandeándose… Y justo cuando la rumba se pone buena y yo me mando a dar cintura en modo caribe Tony se me abalanza y me engrapa con sus labios y me besa y todas las abejitas curiosas que me circundan arrancan a volar. Tony ha sido siempre una mujer celosa y ésa era una ocasión especial para que la celosa y yo nos arrancáramos no solo a bailar; también a cenar, a beber y a poner sobre el tapete todos esos infinitivos asociados con la celebración vigente: el sesenta cumpleaños de Tony.


Finalmente no cenamos. Yo no acostumbro a hacerlo cuando bebo y Tony andaba en medio de una de esas dietas extrañas donde todo el alimento viene deshidratado en una bolsa a lo astronauta. Según la misma Tony, ella no estaba por la labor de saltarse aquel mejunje cósmico en honor a su voluntad de llevar adelante la heroicidad de convertirse en la sílfide que nunca jamás fue. Y exactamente así, con los estómagos pegados al espinazo, partimos como almas en ventolera la ¿futura? sílfide al volante y su copiloto, yo, hacia “El Mojito”. Miento, directamente no. Primero pasamos por Esplugues y recogimos al soltero de oro de la peña: Sergio Balaguer, y luego por el barrio de Gracia a por mi colega Giubi. Cada vez que el marido de Giubi, Bobby, se ausenta por motivos laborales —Bobby es contrabajista y siempre anda con la maleta a cuestas de un aeropuerto a otro—, Tony y yo nos encargamos de hacerle compañía. 


Con la peña a buen recaudo en el Chrysler perfumaditos y elegantes todos, o como diría la difunta Carmen Ordoñez: «divinos de la muerte», pusimos rumbo, entonces sí, hacia el “Mojito”.


No hicimos más que aterrizar en la discoteca cuando a Balaguer se le metió por los ojos una morena de esas que yo llamo de cañón y fuego; alta, explosiva y brasileña. Un ejemplar contundente en altura y en lo profuso de sus curvas cuánticas embaladas a duras penas (supongo) en un vestido de lentejuelas doradas, de esos que los cubanos llamamos cortiquito y sin espalda. Sin espalda lo era el vestido. La morena, la diosa del cacao, sí que gozaba de una espalda regia que invitaba a montar sobre ella un banquete con todas esas frutas que solo crecen en las húmedas campiñas del nuevo mundo, América, y que los moradores del viejo mundo, los europeos, califican majestuosamente de “exóticas” para ser devorado sin cubiertos ni manos ni otra cosa que no sea a lengüetazos limpios. Era de esa espalda sexiperfecta de donde partía el equilibrio de aquella hermosura brasileña sobre tales sandalias que ella mostraba oronda y sin ningún tipo de aquel gracias a la generosidad de su escote muerto al fin al borde de su cintura de criollita Wilson*.


En cuanto Balaguer miró (devoró a la criatura de Wilson) y yo miré a Balaguer (miré solo, yo no lo devoré. Balaguer no es ni será nunca mi tipo) con esos ojos de carnero degollao’ no, de carnero vivo y con cola y yo lo oí —con los ojos lo oí, la música a todo tren en la sala me impedía realmente percibir el sonido que emitía su garganta—, tartajear como un verraco imbécil mandé a Giubi a averiguar el teléfono de la piba como favor a Balaguer. Pero antes nos arrimamos a la barra. Todos menos el propio Balaguer que es esquizofrénico y debido a su medicación nunca bebe más que un Red Bull, pedimos mojito. 


Precisamente, Balaguer nos viene de perlas para estas movidas porque al final de la noche siempre es él quien lleva el carro de vuelta a casa. A esas horas de la madrugada la Ronda de Dalt está infectada de maderos ansiosos por clavar multas por alcoholemia y lo cierto es que la reina Tony y yo le damos a la matraca y bien. Ya que yo no iba a conducir de regreso me pertreché duro para afrontar la noche —joven aún—, y me lancé con un chupito de tequila para entonarme y luego con el primer Mojito de la noche que la reina Tony, a mi lado, imitó sin inmutarse ante el trancazo. 


«Oye, papá, métele candela a esos Mojitos que saben mucho a refresco y aquí somos todos muy cubanos», mandé yo al barman y el tipo fue de lo más obediente y me complació agregando más ”candela" (ron Habana cinco) a los tres mojitos, en fila ante los tres sedientos sibaritas: Giubi, Tony and me


Había un montón de peña en la pista de baile gozando bien con el mendó de Tego Calderón. De repente no sé si fue por culpa del folklore marginal de Tego…,






o por el ambientazo que se respiraba en el Mojito, me asaltaron unas ganas tremendas de pillar un gramo de cristal. Sí, definitivamente le voy más al cristal que a la Cocaína. Claro que una mujer como la mía que había superado en el pasado una adicción al crack no podía ser partícipe de mis oscuros deseos así que dije a mi colega: «Giubi, necesito que me eches una mano. Voy a acercarme al Raval a pillar cristal. Llévate a Tony a bailar para la pista. Entretenla un poco que en un ratico vuelvo. Dale, llévate a Balaguer también.»


Les digo que fue un acto arriesgado lo del baile. Cuando a mi mujer le entra la cantaleta de que Giubi la eclipsa completamente como mujer cuando se pone a bailar a su lado, aun siendo mi Tony una morena linda, y que: «la maricona esta —así la llama cuando se pone brava—, me deja siempre a la altura de una cucaracha», que digo yo que dicha altura es siempre el suelo, no hay dios que la soporte. Es la razón por la que yo siempre ubico al pijo de Balaguer en medio de los dos y santas Pascuas. Además, era inviable llevarme a Giubi. Desafinaba montonazo en medio de las putas del Rabal un transexual tan glamuroso maquillado a lo Hollywood luciendo sendas uñas de esas de porcelana. Un maricón bien bueno quisiera ser yo para que un tipo como Bobby me tire en trapos y chucherías de 24 quilates toda la pasta que gana. Y luego aquellas carísimas sandalias de Gucci que Giubi me llevaba que nada tenían que envidiar al calzado que gastaba la diosa del Cacao, gozándolo también en la pista de baile con el “Tego”:



Esto es para ustedes

pa’ que se lo gozen,

pa’ que se lo gozen

pa’ que se lo gozen.


Soy el negro Yíbiri,

el Eminem de los guasibiri,

el que nunca tira a tribilí.


Si Giubi me era de poca utilidad, Balaguer era too much e insultantemente llamativo para mis fines armanizado y todo como andaba. Un engorro para adentrarse conmigo en las tierras salvajes del Raval tan blanco y reluciente él, tan doblemente, cuádruple pijo. Ambos, Giubi y Balaguer, cumplían un objetivo mucho más provechoso: contener a la reina. Mi mujer sabe de sobra donde me gusta pillar cristal. A ella esas compañías le traen malos recuerdos. Que yo pille en el Raval le trae a la memoria aquella vez en la que me tiré un año entero sin tocarla ni nada durmiendo donde me lo pedía el cuerpo: en la casa de mi amante, en el Raval.


Beber lo que es beber es algo que Don Balaguer nunca se permite, pero yo sabía tanto como él sabía que no le iban a sentar nada mal un par de rayas de cristal para entrarle sin tartamudeos y con todo el coraje, ese que a él le falta para tallar a verbo grácil a una mujer, a Mis Brasilia. A Tony nunca le han ido esas movidas rítmicas. En cambio mi “bro” de los años, Sergio Balaguer, porque hermanos somos debido a esas conecciones especiales que el destino convoca, sí que se presta para reguetonear. Es perfecto bailando incluso una mazurca, más aún cuando yo le pido que sea mi cómplice. Balaguer es un cachondo mental y en seguida se apuntó al desfile: «yo por un polvo con Mis Brasilia lo que sea, bro. Anda, ve ligerito y no me tardes que a tu Tony la pongo yo a bailar hasta una sardana si es preciso». Con su palabra de cubrirme las espaldas me marché. Jamás imaginé cuando sacaba el Crysler del aparcamiento lo cara que me iba a costar la gracia de salir a pillar un chute de cristal. Y que conste que no lo digo por la pasta sino en lo referente al time. Por avatares del destino o por vaya usted a saber qué otra razón había una redada policial en la misma calle en la que yo andaba que me retuvo más de lo planeado. «Aguántate ahí un momento, Juanito. Ahora no se puede salir del piso. La policía anda trasteando por allá abajo», eso fue lo que me dijo Yanelis. 


Sí, les hablo de esa misma Yanelis con la que mantuve una relación extra matrimonial que duró más de un año y con la que planeaba marcharme una vez divorciado de Tony. Mi amante Yanelis, la mulatica, la flaquita Yanelis. La misma a la que mi mujer llama siempre puta en inglés y también en español puro y cerrado cada vez que se acuerda de aquello. Tony no firmó nunca esa demanda de divorcio y a mí jamás me llegó la libertè. Y eso que Yanelis me gustaba (y me gusta) una enormidad. Yanelis sabe que yo lo mismo ando con mujeres que con tipos, bueno, con tipos no, con Ernesto, y eso lejos de molestarle la excita. Pero en cuanto le dije que quería que Ernesto ejerciera de voyeur me dejó clarito que: «¿tres en mi cuarto? Ay, pipo no, como que no».  Todo pantalla porque luego bien que cambió de parece. En cuanto le presenté a Ernesto: «Coño, tigre, no me dijiste que el muchacho —“el muchacho”, que no era en la vida real un muchachito de veinte, sino un Ernesto bien cabrón y con los huevos, la polla y el intelecto bien maduros—, era un mango».


No crean ustedes que uno tiene por norma ponerse los días de cada día, ni la costumbre de pillar en sitios sin denominación de origen. Lo que pasa es que Alexander Manuel, el hermano de Yanelis, gasta el cristal más fiable del Raval y si me apuran de toda Barcelona. Por eso andaba yo por esos lares en lugar de pillarle a los camellos que suelen traficar por los alrededores de la sala “Bagdad”, el local de streptes donde Yanelis y yo nos conocimos en su época de striper, mucho más cercano a la sala "El Mojito”. 


«¿Te importa que me meta un tirito ahí en tu cuarto, cuñado?». 


Y donde si no iba yo a catar la mercancía como muestra de fiabilidad sin levantar una incómoda polvareda que en el piso de mi excuñado.  Bien sabe él, consumidor también de la droga de la verdad, la droga del amor o como a ustedes mejor les convenga llamar al cristal para restarle hierro a la diablura, que con la policía cortándome el paso no me quedaba otra que saciar mi sed allí mismo. Hacía rato que Yanelis y yo habíamos mandado lo nuestro a freír tusas de maíz, dos años, pero yo había dejado el listón tan alto que sus cinco hermanos y su madre me hacían la ola allá donde la vida nos juntara. En cuanto mi excuñado me dio vía libre enfilé para dentro del cuarto con Yanelis. 


«¿Cuánto tiempo sin verte, tigre?». Sí Yanelis se estaba deleitandoando lis ojitos de verdad y de la buena conmigo allí, en la guarida de su hermano. Había pasado una barbaridad de tiempo desde la última vez que nos vimos por decisión mía. Y eso que esa piba me ponía de verad a la primera. Nada más verla caminar hacia mí, con sus teticas de niña y sus caderas de hembra ponedora ya se me paraba. «¿Un tirito, mimi?». De verdad que se lo ofrecí sin asomo de maldad, pero Yanelis dijo que: «no, papito, dale tú», y también dijo:«ay qué lindo que estás vestido así, Juan», y yo le dije, «¿así cómo?, y ella dijo, «de negro, papito». Y se sentó a mi lado en la cama y me acarició el pelo, «ay, Juan, 'tás pa’ chupalte toitico entero», y me acarició la nuca y también la espalda, y yo le dije «ya, mimi, ya, no seas tan puta y párate que estoy muy cabrón», mientras me preparaba el tirito de cristal en la mesita de noche y Yanelis me agarraba los huevos así muy suave, pero todo en un puño y yo le aparté entonces la manita de mi entrepierna y ataqué aquella raya de cristal con un ansia y una mueca de asco al mismo tiempo terrible. El cristal tiene un deje amargo. Tanto que todo el que lo toma se le pone cara de diablo y bien sabe el diablo que de buena gana me habría quedado encerrado toda la noche en aquel cuarto consumiendo mi gramo de cristal junto a mi gatica. Pero lo mas seguro es que mi mujer ya estuviera hasta los ovarios del repertorio de Tego Calderón. Para esas horas ya se estaría preguntando a que zorra se la andaba uno clavando o en qué antro cercano me estaba poniendo yo hasta el culo de coca. Así que no hubo tiempo más que para una buena mamada, porque si algo hace bien Yanelis es hacer desaparecer mi verga en su boquita de niña desvergonzada deslizando, rodando en picado sus labios vaporosos desde el glande hasta la base del tronco de mi verga and again,  sorbiendo luego (y lamiendo)  los chorros de esperma que mi calva asesina le dispara. Mi leche siempre volvió bien, pero que bien loca a esa boricua. 


Salimos del cuarto. En cuanto Alexander Manuel me dijo, «ya está eso ahí abajo despejao’, rey», salí pitando.


Llegué hasta el carro, a dos manzanas del piso de Alexander. Iba a meterme un segundo tirito de lo mío pero no pudo ser.  Justo en ese momento el inoportuno  de Balaguer me llamó al móvil. Como supuse, Tony ya me andaba buscando por todo el Mojito. Balaguer le dijo que estaba sacando pasta del cajero cuando mi reina sabe perfectamente que yo pago siempre con tarjeta, jamás en metálico, «así que haz el favor de aparecer ya, Juanito», terminó de decir Don Balaguer y yo arranqué a toda pastilla el Chrysler. Aunque por mucha prisa que me dí tardé media hora en atravesar el Rabal y llegar al al Mojito.  


El ambiente en "El Mojito" seguía bien arriba aunque ya Tego no cantaba ni nada y la peña bailaba reguetton igual pero enlatado. Giubi en la barra con Miss Brasilia. Seguramente en la misión de arrancarle a como diera lugar el teléfono para el gilipuertas de Balaguer. Si no fuera por nosotros Balaguer hubiera muerto virgen, o preguntándole, quizás, dónde había adquirido sus galácticas sandalias plateadas. Tony no andaba cerca, o al menos eso dijeron estos radares negros que Dios me dio por ojos en su revolotear por la barra, la pista y los bancos cercanos a los baños de señoras.


«A ido al baño», me informó Balaguer hombro a hombro conmigo en la barra embarcado en un segundo, quizás peligroso Red Bull que yo evité en cuánto propuse: «vámonos para el baño, tío», a lo que se supone que uno va al baño después de pillar material. Justo entrábamos en la zona común que delimita el baño de caballeros con el de señoras cuando encontramos a Tony y entonces le atajé yo: «ya llegué, mami», tal y como si yo hubiera asumido que era el hombre invisible como justificación a mi voz en su empeño de hacer valer mi ,“inmaterial” presencia. Nos besamos largo y mojado recostados a la pared de la entrada del aseo de caballeros. «¿Qué va a querer mi reina por su cumple?, deseé saber. Pero Tony solo dijo: “luego lo hablamos”. Y marchó en dirección a la barra.Ansioso estaba yo por conocer el “luego” ese que antecedió al hablamos. Tony factura en un concierto lo que yo en siete u ocho como manager freelance y no le afecta regalarme lo que a mi se me meta en el ojito por mi cumpleaños o mi santo. La tengo tan mal acostumbrada como Bobby al buenazo de Giubi. Solo que a mi Giubi le habría dado igual si Bobby aparecía en uno de esos días malos con un osito de Tous en lugar de un anillo de Cartier. En cambio , poco podía hacer a mi favor el dichoso osito. Ni un osito ni un poni ni una manada entera de elefantes. Mi puta era bien cara.


Sobre la 1: 30 nos marchamos del mojito. Balaguer dejó primero a Giubi, en Gracia y luego a mi mujer y a mí antes de retirarse a sus dominios en compañía de Mis Brasilia. Quedamos en que yo iría a recoger el Chrysler al día siguiente. Tony y yo nos despedimos de Balaguer y entramos en casa. Íbamos algo ebrios mi mujercita y yo. Yo andaba tan a gusto que me sentí tentado de ofrecerle cristal con tal de espabilarla. Pero era un acto canalla, y peligroso, ofrecer a un toxicómano drogas luego de haber superado su adicción al crack. De modo que no le dije nada y puse una dosis mínima en su Gin Tonic. De esa manera mi esposa podría disfrutar ajena a su conciencia de la noche sin derrumbarse. La desnudé. «Y, ¿qué va a querer mi putita por su cumple, eh?». A ella le encanta que yo le llame putita. Mi exmujer, Lyn, me habría partido la cara si se me hubiera ocurrido decirle tal cosa mientras me la singaba aún.siendo una mujer pacífica. «¿Una pulsera de Pandora, mimi?», pregunté nuevamente, pero ella no respondió. Era temprano aún pero yo sabía que en algún momento de ese temprano iba a aparecer un Juan no seas capullo y tirate con un anillo a juego con unos pendientes de ¿Cartier? Solavaya con Cartier. Mientras el susto por el atraco que mi mujer tramaba contra mi Visa me quité la camisa, los zapatos, los pitillos y hasta los boxers y ya puestos le arranqué a mi mujer el sostén, aun lo llevaba. Las macizas nunca fueron lo mío. Me vuelven loco los pechos de adolescentes en las mujeres por que me caben íntegramente en una mano y es una imagen que en mi cerebro de hombre enfermo significa poder. Tony y sus exuberantes delanteras son la puta exención que jode toda regla.


Nos amamos bien chulo bajo el efecto lindo del cristal. Ella abajo y yo arriba. Profundo, con cadencia y diciéndole al oído todas esas asquerosidades que a mi puta le gusta oír para ponerse a punto de sabana ardiendo: «quiero que me rompas la polla. Puta, te voy a llenar todo el coñito de leche, mimi». Y ella dice bajito yesyesyes, así de corrido mientras Gregory Porter canta en el reproductor “I fall in love too easily” y yo llamo repetitivo y calenturiento a Dios sin que realmente tenga intención de convocarlo y poderoso, que es como se torna un hombre que se ha metido en el cuerpo cierta dosis de cristal en medio de tal polvo, vuelvo en un instante todas sus sagradas hostias bien-bien putas, “¡Dios, no pares cariño, hostia putaaaaaaa. Cómo singa de bien esta puta” y mi puta se retuerce debajo mía y abre aún más el sexo y los gemidos y las piernas y el clitoris y el mundo"… 



y es entonces cuando el zumbido del timbre nos deja el fucking coitus interruptus . ¿Lo recuerdan? Sí. Fue justico ahí cuando se me jodió el polvo y Tony me dejó en eso y dijo: «pipo, tengo que abrir», y yo repetí, «¿abrir, Mimi? Pero, ¿a quién?». Y luego pasó todo lo que les comenté al principio del texto: mi mujer saliendo de la cama y metiendo su fantástico culo de Cardi B en su fantástica bata de seda negra. Mi mujer calzándose sus zancos de diva y mi mujer ya fuera del maldito cuarto y junto a la barandilla ordenando a no sé quién carajo: «sube».

















































6 comentarios:

  1. No me sale más que decir:

    Vaya noche!!!

    Me alegra mucho tu vuelta, Jonh.

    Mil besitos veraniegos.

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    1. Aurora!!!! Pues ahí andamos para no perder, creo, la costumbre. Aunque va a ser difícil a estas alturas que aparte de mi vida la escritura.

      Nunca me cansaré de agradecerte tanto apego hacía mis cosas.


      Un beso grande.

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  2. Como en toda buena historia, un@ se queda con ganas de más. Eso pasa, siempre, con tus letras.

    Un beso.

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    1. Mil gracias, Alma. Nadie imagina lo importante que son esos amigos lectores en la blogosfera para continuar escribiendo historias. Así que gracias nuevamente por llegar.

      Abrazo.

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  3. Excesivo, delirante, ¡genial! Todo un viaje, John. Me alegra tu vuelta, he disfrutado mucho leyéndote.
    Un abrazo.

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    1. gracias por estar, estimado compañero. Como digo a una mis lectoras es importante la compañía por estos lares. Da un montón de vidilla saber que hay gente leyendo a autores desconocidos, aunque no por ello menos válidos. Valoro mucho tu empeño y arte. Adelante. Dale y cuenta historias entre las reseñas. Me luce que estás muy suelto ya para dejarnos ver de lo tuyo sin aburrirnos.

      Danos de ti.

      Gracias una vez más, Gerardo.

      Abrazo.

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