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miércoles, 5 de diciembre de 2018

Caramelo a kilo.

(Fragmento de la novela inédita “Modo avión")







Sabía perfectamente que el horno no estaba esa mañana para esa clase de preguntas y que Ernesto me dejaría colgada la respuesta, pero aún así le pregunté por Fifí. Para desgracia de ambos él solo tenía cuerpo para llorar, que es el cuerpo que se le queda a alguien a quien se le está muriendo el amor de su vida. En otra situación el Ernesto de siempre me habría revirado los ojos y mandado para el coño de mi madre o para el quinto carajo y hasta habría dicho que mi pregunta era una pendejada, porque a borde no le gana nadie, y también que era una de esas vainas típicas del Juanito que se bautizan como acertijo aun sabiendo este servidor, "el Juanito", de sobra la respuesta: Fifí se nos moría en el hospital Battista Gracci de Roma.

—¿Está consciente? —dije.

—A ratos.
—A primera hora salgo para allá.
—Perfecto.
—¿Perfecto? ¿Y cuándo carajo pensabas contármelo? , ¿en el cementerio? No me jodas, Ernesto.
—Vamos, Juan, no te me pongas bravo, que hoy no estoy para peleas.

No. Tampoco era tan mamón como para no darle un respiro a Ernesto, así que dejé que me dijera lo que ya intuía:

—Estefanía no quiere que vengas.
—Por qué.
—Dice que así no, por eso no te lo dije.
—¡¿Así?! ¿Y qué mierdas es eso de así? 

Claro que yo sabía que mierdas era el “así” que Estefanía pretendía ocultarme. Un ASÍ que devora desde dentro hacia fuera toda la materia hasta llevarse por delante al dueño de la materia: un cáncer de hígado. No sé qué clase de hombre creía Estefanía que yo era para no presentarme en Roma después de todo lo que habíamos vivido juntos, tal y como dice el bolero: toda una vida. Colgué.

Mi mujer andaba de gira por Europa y yo tenía la cama y el cuarto libre para llorar lo que no iba a llorar en Roma ni en el crematorio ni nada. Algo entre la racionalidad y el machismo me dijo que solo iba a tener esa oportunidad para cagarme en la puta celestial que parió al mundo y en todo lo que los humanos nos cagamos cuando Dios ahoga y si que aprieta que da un yuyu de cojones. Una noche nunca es suficiente para despotricar horrores contra Dios y contra esas deidades paganas que le hacen la competencia a ese mismo Dios que uno bien sabe no tiene la fórmula para devolverle la salud a los aquejados de cáncer, pero eso tenía: una noche.

A mí sí que no me hacía falta ser vidente ni tener un doctorado en psicología para saber que en cuanto asomara por la clínica el hombre que había soportado el cielo sobre Fifí y yo en aquellos años tan duros que los habaneros conocemos como “período especial”, pero que de especial no tiene nada, haciéndose el duro cuando en el fondo todo Miramar sabe que él es más blandito que el flan, se iba a tirar al piso y entonces me tocaría a mí recogerlo con una pala y prestarle el hombro, que para eso son los grandes amigos.

Si bien es cierto que Ernesto Lomba y yo empezamos con mal pie, fue Estefanía quien fraguó nuestra alianza:

—Ay, mijo, no me hagas reír.

No, yo no había lanzado a la palestra ningún chiste por el que Ernesto tuviera que reírse a mandíbula batiente, lo único que hice fue responder lo que el me acababa de preguntar: «¿Te acostaste con Estefanía mientras yo estaba en Austria?» (Sí. Lomba es un finolis y un protocolario cojonudo hasta para hablar de cuernos. Yo en su lugar habría preguntado: «¿te singaste a mi mujer?», que fue lo que en verdad pasó).

Nos miramos a través del espejo del camerino. Yo me cambiaba de pantalones para el siguiente número y él mutaba de hombre común a acróbata circense del cabaret más famoso del caribe: Tropicana. En el escenario, alguien, ahora mismo no recuerdo si se trataba de Caridad Cuervo o si era…


(“Ernesto… Lomba, Lomba tío”… Ernesto entre abre los ojos: “¿qué, Juanito?”, ”¿tú te acuerdas de quién cantaba «Caramelo a kilo la noche aquella?»”, “¿Qué noche”?, “Cuando te enteraste que tu mujer te la estaba dando conmigo”, “Y qué sé yo, mijo. Anda, apaga la luz que es muy tarde”, “Fuiste tú el que dijiste que escribiera sobre nosotros”. Se conocen desde hace treinta años. Ernesto sabe que Juan es testarudo y que ni materializándose Dios en el cuarto hará que desista de su empeño, de modo que se incorpora, extiende el brazo y apaga la lámpara en la mesilla. Besa a Juan en la frente:“no te duermas muy tarde, papi”. La habitación queda solo iluminada por la luz blanca del portátil).


… o quizás fuera Malena Burke quien cantaba “Caramelo a kilo”. Lo cierto es que quien fuera lo hacía con un mendó de escándalo:




"Yo traigo los caramelos
de azúcar y miel de abeja
de coco para las niñas,
de piña para las viejas.

(Coro)
Caramelo, caramelo, caramelo a Kilo
caramelo,
ay caramelo a kilo".



—Así que tú eres el nuevo queridito de Estefanía.

Ernesto me lo soltó así, sin preámbulos raros y sin apartar los ojos de mis ojos vigilando los suyos en el espejo. Me costó años descubrir quién había sido el hijo de mala madre —la hija, luego supe que fue Olga—, que le había chivado que Estefania y yo nos lo montamos en la ducha de ese mismo camerino, mi camerino, y algunas noches en la misma casa de ellos en Miramar los fines de semana en los que yo le vendía a mi mujer, Lyn, la trola de que iba a Varadero a trabajar de gogó.

El caso es que Ernesto y todos en el cabaret ya lo sabían y que yo tenía tremendas ganas de atravesar en un truco imposible de escapismo el espejo para ponerme a salvo. Entonces dije:

—¿Quién, yo? Estefanía me dijo que ya no estaba contigo, man. Así que pregúntale a ella que yo no tengo na’ que ver, ¿eh? (acojonado hasta las trancas).

El silencio se instalø entre ambas partes y hubo un mirarnos de arriba abajo y hasta un maricón de dientes para adentro que Ernesto me soltó antes de decirme a quema ropa:

—Cada vez que miras a Estefania te la comes con los ojos. Bisexual y todo me basto solo, Juan Martínez.

Que a Ernesto Lomba le gustaba transitar por ambos sentidos de la calzada lo sabía hasta el personal de la limpieza. Supongo que un hombre tan temperamental como yo se hubiera dejado los dientes en el piso cada vez que allá en las alturas solitarias del trapecio, el mambo se le apretara, pero a Ernesto Lomba no. Yo ya le hubiera dado un par de sopapos al comemierda que hubiera osado tanto tocar a mi Lyn, como decir una farfulla como la que yo le acababa de endiñar a su mujer: Estefanía nunca dijo haberlo dejado con Ernesto.

En fin, fue justo ahí cuando Lomba, el diplomático, se quitó el pullover y le mostró a mis ojos de enemigo cobarde aquellos brazos de remeros que podrían revolear a este lánguido roba mujeres diez mundos más allá de los que anduvo Alicia al beber la poción que la hizo tan pequeña como yo me sentí ante el coloso que forcejeaba con las perneras de los pantalones enroscadas a los tobillos.

«Deja eso ya, Juan». —dijo, ya desnudo y ya fuera del boche.

Figurense ustedes que panorama. Cualquiera hablaba o movía las pestañas en frente de aquel hombre en pleno examen de sus manos, los nudillos, supongo en el intento de acallar el deseo de amoratárme a mamporros como le hacía mi abuela a los filetes de ternera que comíamos esos escasos domingos privilegiados en los que no tocaba arroz y huevo.

Que Esther, mi vestuarista, entrara en el camerino como una tromba de agua era, además de costumbre en el cabaret un alivio. Con Esther de puertas para adentro a Don Diplomático no se la ocurriría tocarme ni un solo pelo. Tanto Esther como el resto de vestuaristas estaban hechas a vernos deambular de un lado a otro medio desnudos sin que aquello representara un acto escandaloso. Lo que a Esther le chocó no fue vernos en cueros. Caridad Cuervo, o quien fuera    (¿Malena Burke?) estaba a punto de acabar el caramelo: «Juan, mijo, que estás a medio vestir. Dale apurate». Esther sacó de la percha la camisa a juego con el pantalón y me la pasó.

«Que alguien de maquillaje baje a los camerinos. Voy tarde ». 


Ernesto buscó en los cajones, sin ser suyos kinnada, lo que supuse era un peine que jamás encontró. Desde siempre me han ido los cortes de pelo a lo militar. En cambio él siempre ha llevado flequillo largo y melenitas y esas ripipeses, no dejaba de acomodarse el pelo en el espejo, aunque yo creo que lo que hacía era tiempo para encontrar el espacio oportuno para ponerme un ojo morado o arrancarme un diente o las treinta dos piezas dentales con un gancho un swing un  uppercut...

En cuanto Esther, la diligente, se fue a maquillaje a cumplir con lo que Lomba le pidió y quedé de nuevo a merced de aquellos ojos ernestiles, regresó el temblor a mis piernas. Ni se imaginan lo feliz que me puse al oír aquel revuelo de aplausos y de silbidos y de bravos enardecidos (y alcoholizados) del público y, por fin, los acordes del tema musical: “Oh mayi”, la coreo que yo debía a interpretar con la mujer objeto de la ¿bronca? Estefania. Volví a reencontrarme conmigo en el espejo. Gracias a Dios todo estaba donde se supone que debía estar para salir a escena; bueno, gracias a Dios no: gracias a la piedad de Ernesto Lomba.


Era pan comido aquel escenario tan distinto del que ahora me toca, plagado de heridos y de cadáveres que flotan en la noche de mi tiempo como la espuma residual de un lago contaminado. Lo difícil no es morir, sino mantener el tipo y la cordura mientras te vas borrando poco a poco del libreto de la vida Aún así, siempre cabe la posibilidad de aguantar el calvario con la ayuda del opiáceo oportuno.

Precisamente, fue así como encontré a Fifí; sedada, sin desgarros, sin dolor, varada en lo irreal que habita en esa dimensión solo visible para los moribundos donde los ancestros que cada cual posee cumplen con el papel de eternos anfitriones. Puede que mi tío Armando, amigo y padrino en la regla de Osha de Fifí muerto en un accidente de tráfico, estuviera mostrándole el antro donde más chévere se bebe en el inframundo.

Sí. Ahora solo quedamos Ernesto Lomba, yo y un grupo reducido de colegas para llorarla.






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