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martes, 19 de marzo de 2019

She's like a swallow that flies in my heart.

(Borrador prólogo novela: "Afoché").





Nunca tuve una madre para guiarme en los asuntos del corazón. Mi madre fue una niña que nunca supo cómo educar a un hombre perdido. Cuando papá nos dejó, tuve que hacerme hombre a la fuerza para socorrerla. Mamá nunca estaba, incluso cuando enterré a mi hijo, fue mi abuela materna, Alejandra, quien asumió la carga de sostenerme, mi abuela y ese hombre al que yo llamo Ernesto Lomba en mis historias con el objeto de proteger su identidad. Amigos caben en la cuenta de una mano, pero este amigo derriba por excelencia los estereotipos y clichés matemáticos en referencia a la emocionalidad. Dios bendiga la hora en que nos conocimos. Siempre quise imitarlo en todo, pero cada uno es como es según lo que pactó antes de regresar del tanque de las almas. Por alguna razón, volví a este plano con unos valores muy diferentes de los suyos, pero con un factor en común que solventar: conocer la verdadera mecánica del amor.

Ernesto y yo creemos que si hay una cosa en el mundo de la que podemos prescindir los escritores sin echarla en falta, es de los loqueros. Nunca necesité un loquero que me dijera que el don que mis dioses me habían entregado, la palabra, me sería en el terreno financiero inservible, por mucho estilo y huevos que tuviera. Después de negarlo durante años finalmente admito, reconozco soy un escritor dotado con la madera para lidiar con el auto análisis que conlleva, aunque no gane un soberano peso ni ostente la fama de Mario Vargas Llosa. Ser un escritor me ha enseñado que a cada hombre se le permite traer una herramienta que aporta valor a su vida en el instante que cruza el velo del olvido. A algunos se les da bien cocinar, tocar un instrumento, viajar a Marte ... Lo mío es transmitir a través de la palabra, ya sea escrita o en su mayor pureza; la oralidad.

Cuando el uso de la herramienta produce gozo, un gozo tan extraordinario que borra incluso la medida del tiempo y del espacio, entonces hemos encontrado nuestra razón de ser: el ikigai. Puedo escribir durante horas, o leer, que es casi lo mismo por el efecto altamente beneficioso que desata en los procesos mentales,versar o hablar sobre mi mismo ficcionando en un cuarto bullicioso sin mostrar  interés por mis compañeros y sin preocuparme por los sucesos del exterior (y digo ‘exterior’ porque mientras escribo, me encuentro recluido a voluntad en una burbuja que nubla todo más allá de mi propia materia). A veces la creación adopta una identidad etérea e inmaterial y tiene lugar sin la mediación de la tecnología —el portátil, el bloc de notas del teléfono móvil... —, sea cual sea el método la creación aparece incluso desechando la ayuda del mecanismo convencional, cuaderno y boli, mostrándose en su formato más primario como un espejismo, como si dios tecleara desde su puesto base allá en su más allá una historia imposible de eludir. Uno pretende, al comienzo del fenómeno, huir, recordarle al sopla pollas de dios que uno tiene una vida social y que no va a oír sus chaladuras. Entonces dios y su historia te persiguen y se entrometen en las acciones que realizas a lo largo del día hasta que, finalmente, el escritor que eres entiende que ha de bajar los brazos, hacerte a un lado y dar vía libre a la tipografía flotante permitiendo que ésta se adhiera a los átomos del aire (el aire resultante tras los ojos, tras la piel y el cráneo frontal), y nadie, nadie más que el escritor puede traducir la verdad de ese mensaje.

Según mi hija mayor, esa chica a la que yo llamo “B” en mis historias con el objeto de proteger su identidad, es todo un espectáculo verme escribir mentalmente, o con el corazón, sentado al borde de la cama con los ojos abiertos sin mirar algo específico, enclaustrados digamos en la nada absoluta de la pared blanca. “B” dice que solo en esos instantes soy todo paz, puro brillo. El caos en mi mundo se detiene cuando me asalta la inspiración y se por experiencia propia que dejar mis asuntos en manos de mi ikigai es el único acto vital que detiene esa trepidante carrera hacia el desastre, esa marcha peligrosa que emprendo hacia la irrealidad que habita tras lo alucinógeno con tal de sentir la adrenalina fluyendo y arrasando con todos mis recuerdos hirientes... la adrenalina y mi cuerpo flotando out of my reality… Desde la muerte de mi único hijo varón mi vida se convirtió en un constante viaje out of my reality.

En mi carta de servicio como soldado integrado en el cuerpo de la vida hay registrados tal volumen de excesos y arrebatos, casi todos relacionados con.mis fugas mentales, que bien es digna de ser contada por un escritor, alguien con la disciplina y el respeto que no le he mostrado a la palabra debido a mis idas y venidas en la plataforma virtual en la que hago terapia: Blogger (Twitter siempre se me quedó corto respecto del contenido a vomitar y facebook demasiado frívolo).

Fue como parte de ese auto análisis que surgió la necesidad de ordenar cronológicamente los hechos y esta estructurarlos en esta novela. Mi vida y yo necesitábamos a la carrera los servicios de un escritor, pero no los servicios de un tipo cualquiera —cuando digo cualquiera me refiero a esos comunes que llevan, no sé si por fortuna o por desgracia, un trayecto vital donde todo discurre con normalidad diríase entrecomillada, sin contratiempos ni histeria ni ni infortunios ni nada de nada. Una vida emocionalmente plana—, en fin, necesitábamos a un ‘no cualquiera’ comprometido con la diversidad emocional y los muchos matices que habitan en el género humano (nada es igual a nada en la naturaleza, incluso los gemelos son distintos en algo, lo digo yo que soy gemelo) que usara su oralidad y verdad diversa para contar mis miserias. Al fin y al cabo, es en la literatura donde reside la historia de los hombres, pero a falta de pan buenas son tortas y aquí estamos mi alter ego y yo (los dos) abriendo monte pese al miedo que supone viajar en retro inversa para contar que he cometido en mi andadura tantos errores como un templario por su dogma, por y en nombre del amor en mi caso, tantas torpezas, tantos actos vandálicos, tropelías...

Nadie nos educa para querer como dios manda. Me he pasado media vida haciendo promesas inútiles a mis amantes, promesas que en mi madurez veo resultaban demasiado exigentes e injustas para conmigo: “te quiero mas que a mi vida”, “que dios me lleve por delante el día que me faltes”, “no te abandonaré nunca mientras viva”, “dios te hizo solo para mí”, “vas a ser mía hasta el fin de los tiempos”, “voy a ser tuyo desde aquí hasta que muera”, “te voy a querer aun estando muerto, y si muero prometo regresar desde las sombras para cuidarte”. Y mi preferido: ”te voy a querer tanto que vas a pedirle a dios que te envíe la muerte si me voy de ti. Nunca me iré de ti. ¿?”. Sencillamente apto para el thriller más cañero de la historia de Hollywood. En una palabra: aterrador.

Para cuando uno se da cuenta que ha estado decretando a vivo verbo —incluso a viva esperma porque muchos de esos decretos los hacía en medio del acto sexual—, con ignorancia ciega un sin fin de barbaridades que le harán a uno, como diría mi abuela, la vida un número ocho, (observen que la grafía del ocho es un lazo infinito) ya es tarde para decirle al universo: “disculpe, donde dije digo, digo Diego”, ya que nuestros decretos forman ya parte activa del samsara.

“Te voy a querer tanto que vas a pedirle a dios que te envíe la muerte si te dejo”... Sí, siempre se lo decía a mi mujer, esa mujer a la que yo llamo Anthony (Tony) en mis historias, con el objeto de proteger su identidad,durante los primeros años de casados. A ella le gustaba, podría decirse que se derretía —literalmente— cuando servidor se lo largaba. La primera vez que le plantee el divorcio mi esposa se cortó las venas en la bañera, la segunda ingirió somníferos y le provocó un pre infarto. La tercera me atacó por la espalda.con un cuchillo de hacer sushi, intento fallido. Le costó la custodia de nuestra hija pequeña, una orden de alejamiento y un divorcio contencioso… Mi ex mujer está internada en un psiquiátrico. Cuando mi abogada le envió la demanda se cortó las venas, y esta vez no estaba en mi bañera sino en la de sus padres, en Camden. Un amigo en común llamó a casa para ponerme al día.

Como diría Jiddu Krishnamurti, “La pasión es una cosa bastante aterradora porque si tienes pasión nunca sabes dónde te llevará”. Que me lo digan a mí, maestro Jiddu. Lo mío con esa mujer no fue pasión, sino Yellowstone Park en llamas con la mala fortuna de tener todos los parques de bomberos de Wyoming en Huelga. Mi abuela decía yo que tenía madera de actor de cine porque a dramático no me.ganaba nadie en cuestiones de amor. Alejandra era única como confesora. Dependiendo de la pose que uno adoptara tendido, o sentado al borde de la cama, adivinaba si la tormenta emocional la había causado el fracaso de un negocio turbio o un mal de amores. Cuando el descalabro iba de amores, servidor lloraba de cara a la pared, mientras ella fumaba sus cigarrillos negros de la marca Popular que tanto me recordaban a Sarita Montiel en su famoso fumando espero. Servidor lloraba y entonces ella se sacaba el pañuelito del sostén y me lo pasaba para que me sonara la nariz. El sostén de mi abuela tenía más misterio que la chistera de un mago. Perderla de vista en mi periplo migratorio por Europa fue.una de las cosas más dolorosas de aceptar en mi nueva vida. Mi mundo era más fácil con una abuela que tenía solución para todo. Nunca supo que yo escribía, para cuando comencé a hacerlo ya había muerto. Me he pasado la tira de años sin escribir por no enfrentar al monstruo al que ella habría seguido pasándole pañuelos de hilo, el tipo que recriminó a su mujer en el pasado su dependencia del crack, cuando él era no solo dependiente del cristal, del alcohol, la marihuana, las putas, la noche…, sino dependiente del amor debido a la falta de amor hacia sí mismo.

Fue mi pasión por la escritura, y no un psicólogo,  quien me contó que la única finalidad de mendigar el amor de mi mujer era huir del recuerdo del amor de otra. Mi ex mujer es todo lo inversa que se puede ser a ese amor del que yo huía: el de mi madre, y aunque han existido momentos en los que mi madre ha entonado el mea culpa, la eximí de todo pecado el día que me marché definitivamente de La Habana para evitar males mayores, aunque no sé qué fue peor, si el remedio o la enfermedad.

Recuerdo aquella tarde en la que fui a recoger a mamá al aeropuerto tras su llegada de La Habana luego de diez años sin vernos. Cuando mamá atravesó las puertas de salida enloquecí. Corrió hacia mí y se colgó de mi cuello, lloraba y me besaba en la frente, en la mejilla, me besaba montada a horcajadas sobre mi cintura en los labios como se besa a un dios al que se ha venerado durante años desde la sombra. Aunque era la primera vez que mamá me besaba de aquella forma tan antimaternal, nunca vi en aquellos besos los que en verdad ansiaba. Siempre quise que a Gladys se le volara el pichón y me besara como lo hacían los novios en las pelis y en las bodas a las que ella me llevaba cuando Yeyo y yo eramos niños. Lo quise desde que cumplí los ocho. Ella me dijo que ya era un hombrecito, el hombre de mamá, y me regaló un coche de bomberos en miniatura. Lo llevaba, hablando en plata, hasta a cagar durante la escuela primaria. Lo llevé incluso cuando pedí asilo político en Dinamarca, pasando por Alemania y así sucesivamente hasta echar el ancla en España. Aún lo conservo.

Esa primera vez que nos reencontramos en España yo le había comprado un montón de ropa, ropa y calzado de todo tipo: vestidos, faldas, lencería de raso, transparente y de encaje negro —mamá es de tez muy blanca y pensé que el negro le daría más caché del que ya tiene—. maquillaje, esmalte de uñas… Mi mejor amigo, ese hombre llamo Giuby en mis historias, porque así lo bautizaron allá en su ciudad natal, Santiago de Cuba, y porque a él lo de la protección de la intimidad le importa un soberano bledo—, fue con servidor que les habla al Corte Inglés y eligió las marcas y los colores como sólo un homosexual con una pluma de lo más declarada como la que él tiene declarada casi desde que nació sabe hacerlo, y hasta compramos perfumes. Mi ex mujer es poco amiga del perfume y siempre lleva una colonia apenas perceptible. En cambio Gladys..., ella es enferma al perfume y desde siempre le gustó bañarse en fragancias tan poderosas como Channel.

Bajamos del taxi y entramos en mi casa. Mamá estaba fascinada por la belleza minimalista de mi imperio alquilado, pasó a ser mi propiedad años más tarde, y yo más feliz que un canario con el cuenco lleno hasta las trancas de alpiste por tenerla y por tener toda la casa para los dos. “Don Canarito el happy” le mostró las coordenadas de sus dependencias, en la primera planta, y ella entró diligente y vio allí su modelitos y sus perfumes, y la ropa interior desparramada por la cama levantado alegremente en el aire los vestidos y diciendo efusiva: «oh, bebé’», a pesar de que los bebés no tienen treinta años ni fuman puros ni llevan pendientes de oro y barba, ni mucho menos le compran ropa interior de encaje negro a su mamá, «eres un tesoro, amor, es todo tan lindo...» (y muy sexi) y entonces fue que yo la dejé allí, en su divino hábitat de maravillosas fragancias y encajes y me fui a mi despacho, que en aquel entonces no quedaba en Las Ramblas, en la Plaza Reial, sino en el sótano de mi propia casa porque, al igual que Steve Jobs, yo también comencé desde abajo.

Por entonces mi actual socio, Benuà, y yo ya planeábamos montarnos el tinglado por nuestra cuenta y abandonar nuestro empleo como managers al servicio de Musics de Girona. Ya estábamos muy hartos de cumplir ordenes y de aguantar metralla. Yo tenía contactos en New York y una banda de miedo ante la que cualquiera se bajaría los calzones y hasta dejarían incluso que mis músicos les dieran por el culo hasta el amanecer con tal de tenerlos a la cabeza de cartel de cualquiera de los festivales de jazz españoles. Además de eso, Benuà tenía, francés al fin, buenos contactos en Francia y podríamos mover varios grupos de jazz por toda la costa francesa, incluso ya pensábamos montar el estudio de grabación y hacernos con un buen equipo de sonido con el que pudiéramos garantizar la buena calidad de las bandas y alquilarlo a quien lo necesitara.

Al ser Benuà fotógrafo freelance y colaborador en muchos festivales de cine, Ofrecíamos nuestros servicios a músicos que quisieran hacerse con.un portafolio que incluía una sesión profesional de fotos y una identidad compatible con su sello y personalidad que les facilitaría las labores de marketing. De modo que deje a mi madre disfrutando de sus chucherías y descansando de sus trece horas de vuelo y pasé la tarde arreglando mis asuntos empresariales, pero a las siete…

A las siete en punto cerré el despacho y subí a casa. Gladys es una pésima cocinera y ambos necesitábamos una cena digna para ponernos al día. Mi ex mujer vivía y moría, como aquel que dice, en un aeropuerto y no mostró nunca interés por la cocina. Desde que me casé con ella en segundas nupcias tocaba cocinar en los días en los que mi asistenta de hogar, Romelia, salía de permiso. Era sábado, la Romy se lo estaba gozando vete tú a saber si por La Barceloneta, o por dónde, en su día festivo y Tony estaba en Camden con las crías visitando a su hermano. A las 10:00 ya tenía la cena lista y nos sentamos a la mesa. Aunque Gladys no bebe apenas descorché una botella de Blanc Pescador. Cenamos centrados en nuestros pensamientos y bebimos con la generosidad que los nervios imponen se beba en una celebración como aquella, arrasando, además, el con el salmón y las verduras al horno. Adoro mi lavavajillas Bosh, sobre todo cuando Romelia no está porque le endiño de un tirón toda la porquería.

Sí, yo me había pasado diez años de mi vida soñando con aquel momento mañana tarde y madrugada, diez malditos años de durísimo exilio pensando qué iba a decirle a mamá cuando volviéramos a vernos, sin embargo, el vino (el vino, el whisky doble en las rocas y el porro de maría que servidor se había metido entre pecho y espalda mientras preparaba la cena) y la emoción del reencuentro me hacían no solo vulnerable a sus ojos y a sus manos, sino a ella al completo. No fue suficiente con recluirme en mi cuarto, sino que me encerré con el pestillo a escuchar a Alba Molina..., "solo te besé una vez, y cuando pienso en tu boca, tu boca me sabe a miel", y tú me besas la bocaaaaa, y tú me muerdes los labios... No, yo no tenía, en lo absoluto, miedo de mi madre, sino terror que el monstruo en mí se desbocara. Siempre tuve, en cuestiones de amor el pico de oro, quizás por que mi hermano Yeyo y yo fuimos mal criados en el fragor de los boleros y los boleros enseñan a querer tanto como a despotricar de las amantes. Gladys siempre los oía mientras se trajinaba el piso con la frazada o lavaba la ropa bajo el limonero del patio, o hacía lo único que sabía hacer para comer que era pollo a la barbacoa —casi siempre en domingo—. Yeyo y yo entendíamos más de boleros que de "La Cenicicienta" o de "Barba azul". Fue de esa manera, a golpe de boleros quiero decir, que conocí a Benny, a Moraima Secada, La Lupe… y que me enamoré como un gilipollas de la mujer más fastuosamente bella que pudo existir en los cuentos de Perrault. Mamá podría pasar por “La bella durmiente”, o por la madrastra de “Blancanieves”, ante el servicio de inmigración de un aeropuerto sin levantar polvareda. Todo era cuestión de dejar que sus arraigados aires rubios, sus ojos azules y su boca perfecta de danesa se encargaran del resto.

Quién iba a decir que aquella preciosidad tenía antecedentes taínos teniendo aquellos ojos transoceánicos y aquella boca inocente, roja..., un angar diminuto donde el más común de los genitales masculinos, de esos que las mujeres califican en un acto piadoso de “normal” cumpliría el sueño de sentirse una mandarria tremenda o un grosero tolete, y entiéndase por mandarria (al menos para los habaneros) la herramienta similar en formas y avaricia al pico-loro, y por tolete el instrumento dominante que portan los señores de la benemérita cuando llevan la intención de dar caña. Mamá tiene una boca en la que a mí me hubiera gustado sentirme el más dichoso portador mandarriero de los hombres, y yo sabía que mi mamá y su boca vendrían a buscarme aquella  noche, aunque a nuestro regreso del aeropuerto ella me advirtiera (con esa misma boca con la que me había matado y castigado a besos en el aeropuerto, la misma boca que no paró de calentarme los motores con tanto «Juan, en qué hombre  hombre te me has convertido...», sentada la dueña de la boca en mi regazo de hombre que ya era muy hombre...) que no era buena idea jugar a ser el fireman favorito de mamá, y que yo podría resultar mas perjudicado que nadie si decidía saltar sobre aquel precipicio, «si continuas adelante voy a enterrarte para siempre, Juan», de modo que cuando mamá llamó a mi cuarto, subí el volumen de la música en el reproductor y me quedé allí, deseando que, una vez mas, Anthony apareciera de repente para salvarme, llorando como un hijo de puta irremediable que no merece el perdón de ningún dios hasta que me dormí.







1 comentario:

  1. Mi apreciado amigo, te felicito por tu relato, real o no, me ha fascinado el ritmo y el logro de las escenas.
    Un verdadero placer, leerte.

    Mil besitos que te lleguen, siempre, amigo mío.

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