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martes, 10 de abril de 2018

Sandunga a la borincana.


"Según la física cuántica se puede abolir el pasado o, peor todavía, cambiarlo. No me interesa eliminar y mucho menos cambiar mi pasado. Lo que necesito es una máquina del tiempo para vivirlo de nuevo".

Guillermo Cabrera Infante.








—No tienes ni idea del problemón que me puedes buscar con la policía metiendo aquí en mi casa a ese muchacho, Estefania?

—¡Ay, que problema de qué, Ernesto!

—Todo el mundo en este barrio sabe que ando con hombres. Juan es menor de edad y eso en cualquier país del mundo se llama corrupción. Ni te imaginas la de años de cárcel que me pueden caer si a las Mirticas les da por regar el chisme de que yo ando sodomizando a ese niño.

En realidad solo una de las dos solteronas que viven justo en frente de la casa de Ernesto Lomba se llama Mirtha. Lomba las bautizó a ambas como “Las Mirticas”, a lo Velázquez, para no andar diferenciando cada dos por tres entre Anabel y Mirtha, las presidentas del CDR. El caso es que ellas, Las Mirticas, se tiraban toda la mañana espiando a través de las persianas de la sala de su casa la de Ernesto. En cuanto a aquella palabrita extraña: “SODOMIZANDO”, palabra que según Ernesto iban a regar por toda la cuadra las breteras de Las Mirticas como si la información fuera un pack de serpentinas cuyo único fin era acabar su corta existencia derrochado a lo largo de la calzada en un carnavalezco día, yo no tenía de ella ni la menor noticia por que yo vivía y había nacido en Buenavista, humilde barrio en el que se hablan otros dialectos mas obreros y no en Miramar como el burgues de Ernesto, criado al lado mismitico de todos los hijos de los embajadores y ministros de la Habana.

Recuerdo perfectamente cuando de niño exclamé en la cocina de la casa de mi abuela materna Alejandra: ¡esta casa esta hecha un bayú!, refiriéndome el desorden general. Mi abuela me abofeteó de un modo tan exagerado que me partió el labio y mi abuelo, Pepe, le dijo que era del todo imposible que yo supiera el significado de la palabra bayú: prostíbulo, burdel, casa o local donde se ejerce la prostitución. Evidentemente, mi abuelo estaba en posesión de la verdad. Con ocho años aún no sentía la afición que a día de hoy sufro por los burdeles y sus gatas. Desde aquella bofetada evito el uso de palabras de extraña etimología, a menos que yo ande implicado con en ellas. Dentro de ellas, quiero decir. Y en este caso yo andaba ahí dentro y bien según Ernesto Lomba y según el posible brete que en el futuro podrían echar a rodar por todo el barrio y sus inmediaciones Las Mirticas. Razón por la que me mandé a buscarla esa misma tarde, en cuanto oí que Lomba arrancaba afuera en la calle la moto y yo me asomé por la persiana del cuarto y lo vi partir, raudo, en uno de los diccionarios que Ernesto "el raudo" guardaba en las estanterías. Los babalawos visitamos poco  las iglesias gracias a ese empeño que poseyó a Los Castro por erradicar la palabra de dios de nuestras vidas. Todos los nacidos a partir del 1959, año en el que triunfo la revolución, conocemos la obra de Jesús de rebote porque hasta a Jesús de Nazaret expulsaron los Castro de su nuevo paraíso.

Así que fue allí, en el cuarto del supuesto sodomita de mí en potencia, según las Mirticas, que Sodoma (sí, es cierto que lo que Ernesto dijo fue: sodomizando, pero primero yo encontré a Sodoma) se refería a una ciudad que, según el Antiguo Testamento,  fue destruida junto a Gomorra y que también formó parte de la Pentápolis bíblica. Ahora, qué carajo quería decir Pentápolis y que tenía que ver esa ciudad, Sodoma, y sus ciudadanos conmigo y con Ernesto, según Las Mirticas, me enteré muchísimas horas más tarde. Luego de dormir aquellas fiebres que me tenían la vista nublada. En tal caso ni idea tenía yo —acuartelado en la habitación de ese mismo Ernesto que andaba “cocoreao” por los daños colaterales que podría sufrir su culito rubio de Apolo dentro del penal si a Las Mirticas les daba por dar rienda suelta a la fertilidad de sus lenguas— de la ubicación histórica y oficial de Sodoma. Publicaciones había como para organizar la Feria del Libro. Ernesto es un tipo muy culto. Lo que no encontré en toda la casa fue un maldito mapa, vaya.

—Pues, no te creas, Ernesto. Juan no es tan niño como aparenta. No sé donde se lo habrán enseñado, pero sabe singar como los hombres.

Eso no era noticia. Aunque sí lo era la fascinación que emanaba de la voz de aquella mujer a la que yo había bautizado como Fifí.

—Que te la sepa meter no implica que sea un hombre. Para ser un hombre de verdad se necesitan otras cualidades. Singar bien solo es la un acto animal que uno aprende a desarrollar con la práctica (práctica tenía yo pa' llevar y traer: con las italianas, las francesas, las rusas, cualquiera que fuera capaz de pagar por pasarse toda la noche singando). Si lo que tú estás buscando es un hombre para que yo no salga para la noche a desahogarme, yo esa basura no la quiero. Larga a ese niño de mi casa, Estefania. Lo que yo necesito es un hombre y eso... ya lo busco yo por ahí.

—Te sorprendería saber lo hombre que es. Tiene quince años pero trapichea por todo el vedado la Habana como un hombre. A Juan lo conocen hasta los perros, Ernesto. Y habla flojito que está con fiebre y lo vas a despertar.

Despierto estaba yo desde hacía rato. Si ninguno de los dos se había dado cuenta era solo porque la bronca, a medias, se desarrollaba en el corredor; casi en la puerta, pero no en la puerta mismita ni tampoco en medio o adentro de la estancia en la que yo dormía fFingía dormir).

—Si tiene fiebre que se vaya para la casa de su mamá o que regrese para la ENA, que es donde tendría que estar a estas horas cumpliendo con sus clases de danza o de ballet.

En qué clase podría andar yo en el horario de la mañana bien lo sabía él por su segundo empleo como profesor de acrobacia en la Escuela Nacional de Circo en el horario, también, de la mañana.

—¡Ay, Ernesto, no me digas que no te gusta que tú eres enfermo a los mulatos. Mira que cosita más linda. Si ni siquiera parece ser hijo de un negro, coño!

Ernesto calló, cómo en esos bodorrios en los que el cura dice: «hablen ahora o mejor se me callan y no me andan jodiendo el casamiento», quizás sea esto último lo que la gente comprende de la totalidad del mensaje, porque todos callan ante la pregunta igual que Ernesto. Nadie tiene el valor de tirarse para adelante en desafío al cura y a la familia de la novia, a Estefanía, en este caso.

—Pues yo dudo que “eso” aguante el peso mío, Estefania.

Duda lógica. Ernesto es, debido a su profesión de acróbata circense, como un vikingo, por lo rubio y lo hermoso no, por lo fortalecido. Hasta el mismo Ragnar Lodbrok se pondría cardíaco si se viera en un cuarto a solas con un Ernesto encabillao’ y bien dispuesto a dar candela y wüayaqueo.

No. No me fui para mi casa como quería Ernesto. Llamé por teléfono a Lyn, mi mujer y le dije que tenía un ensayo y que me era más cómodo dormir en el internado debido a lo tarde que acabaríamos.
Cuando entró la noche la fiebre se me puso en cuarenta. Fifí me hizo un té con hojas de naranja y miel, me dio una aspirina y luego me bañó en la bañera con agua tibia. Ni en sueños iba yo a malograrme el  cuerpo con aquella agua fría con la que pretendía el esbirro de Ernesto que me bañara. No sé cómo se las arregló "el esbirro" para conseguir el pollo que me dieron por cena. Solo sé que dijo, «Estefanía, no dejes que Juan se tape con la colcha para que no le vuelva a subir la fiebre, que ahora vengo» y que al rato vino con el pollo y con una bolsa de naranjas para que Fifí me hiciera un jugo.

Bueno, yo ya no era un “eso” cosa que me alegró muchísimo. “Eso” representaba en el imaginario de Ernesto Lomba lo mismo que un homúnculo que corría el peligro de romperse si él lo rozaba siquiera con esos ojos bellos de mamao’, sino yo: Juan Martínez, el hijoeputa que veinte años más tarde le iba dar por el culo y bien. Algo que ninguno de los dos imaginó aquella primera noche en la que, los tres, compartimos cuarto. Allí mismito y en todo el careto verde olivo de Las Mirticas de Velázquez.

No sé qué hora sería, lo que sí sé es que cuando desperté todavía era noche cerrada y en el radio estaba sintonizada la emisora nocturno con Raúl Torres cantando “Regrésamelo todo”. La pieza, apenas iluminada gracias a que el tendido eléctrico habanero es insuficiente, andaba llena de esos suspiros ricos que emite Fifi cuando anda templando con propiedad. Ella estaba en medio de Ernesto y mío, y Ernesto, el esbirro, no la andaba torturando ni nada, sino que le daba sandunga a la borincana y sin misterio pegado a su espalda, sincronizados ambos y sumidos en ese movimiento circular de la parcela pélvica. Los miré descaradamente y Fifí dijo, con toda la normalidad del mundo: «ven, pipo» y yo le hice caso y me arrimé y ella me besó mientras se la seguía metiendo así por detrás, despacito.

Confieso que fuí objeto de un flipe tremendo al presenciar cómo aquel hombre que tiene en realidad un aparato genital desigual con respecto al mío, yo estoy circuncidado a lo musulmán y mi mandarria es bien normalita respecto de la suya, gozaba y hacía gozar a Estefanía. Tuve que masturbarme. No sé si "el sodomita, "el esbirro" me miró. Precisamente, yo no estaba por la labor de preocuparme de si me rascabucheaba (fijo que lo hacía) a calzón bajado y, además, yo ya andaba muy puesto  para lo mío que cerré los ojos mientras me pajeaba al compás de Raúl Torres en el radio hablando de una flecha de cuarzo que él le había robado a un ángel y posteriormente clavado a no sé quién o a qué, o eso creo. Yo andaba ya ciego, pero no sordo, porque bien claritico que oí cuando ese hombre, Raúl Torres no, Ernesto, dijo a Estefania: «te la voy dar toda mami, (la leche)», y ahí sí que desee estar clavado o clavando mi flecha de cuarzo, o de la materia que se le antojara a Raúl Torres, muy en la Fifí profunda, pero Guillermo (esbirro) Tell, supuesto sodomita de mí, ya me había tomado la delantera y no me quedó otro remedio que seguir adelante single yo sumbándomela arrodillado en la cama mientras Raúl Torres seguía comiendo mierda con aquella canción tan diversa que hablaba de crucifijos azules; de muñecos de lana, de enanos y de bosques. Y de repente de un lobo solitario y de unos orgasmos como el que estaba teniendo el afortunado esbirro, el supuesto sodomita, denso, o así lo adjetivó Raúl Torres en su canción, que en lo absoluto cazaba con unas manzanas. Quizás Raúl estaba en verdad hambriento cuando escribió aquel tema y de ahí las manzanas. Las mismas que los aliados, los hados padrinos de los Castro, los soviéticos, por hoy los rusos, intercambiaban con nosotros por azúcar refinada. Incluso el maricón de Peter Pan que no quiso crecer nunca quizás por miedo a Wendy, aparecía en la composición musical de Raúl Torres mientras yo seguía a lo mío con los ojos apretados. Solo los abrí cuando oí decir a Ernesto:

«Psssss, niño..., oye, mijo. Échese para allá que me va a salpicar con “esa vaina”».

Refiriéndose a mi pene a mi discreta pirotecnia de esperma.

En ese tramo andaban mis recuerdos mientras incineraban el cuerpo de Fifí. «Puta vida»; dije a Ernesto, abrazados los dos.





Cuando vuelvas, 
amorcito del recuerdo
amorcito de mi vida,
dueña de mi corazón....




Todo el rato que duró el trayecto de regreso del crematorio a la casa de Lomba fuimos oyendo en el carro ese bolero, “Cuando Vuelvas”, en la voz de la Burke, que es la que en verdad le da el rollo fatal. Un tema musical que en otro momento me hubiera dejado indiferente, pero no en la despedida de Fifí. Mi amorcito no iba a volver. Estaba muerta. Convertida en polvo y guardada para nuestro horror dentro de una maldita urna que Giubi llevaba sobre sus piernas en el asiento de detrás muy calladito el pobre, al lado de Bobby. Nada podíamos hacer Lomba y yo para remediar su vuelta o lo hechos polvo que nos quedamos todos luego de aquella muerte.


Llegamos a "La pecera". Giubi y Bobby dijeron de hacer café para todos mientras que Olguita y yo, más yo que Olguita, buscamos por toda la cocina un trago imposible que jamás llegó a mí porque en aquella casa no se ha bebido nunca, ni se bebe. Siempre me gustó beber, fumar, ponerme... Lomba nunca ha consumido ninguna de esas sustancias extrañas que alteran la conciencia.

Imposible me era deambular la enormidad de aquel acuario acristalado sin que las lágrimas me castigaran. La pecera es dimensionalmente oceánica sin Estefanía, siempre descalza y con aquellos floridos batines, no sé si chinos o japoneses, que ella acostumbraba a usar para taparse lo poco que aquellas extrañas baticas tapaban, porque a la que se agachaba o semi inclinaba en un simple gesto mostraba a los leones, Ernesto y yo, la merienda.

Estefanía es, sin duda, la mujer que más he querido de todas las mujeres de mi vida. No, aquí no me estoy refiriendo a mis hijas. Fifí no tenía problemas para diferenciar mi amor de padre, el amor de marido o el de amante ya que tenía claro que ese último amor era el que le correspondía. Me aprovechaba al máximo. Bronquear, estar depresiva o cosas similares pues nunca. Fifí vino a esta dimensión desposeída de ese egoísmo ciego que caracteriza a la mayoría de los amantes.

La quería tanto que quise tener valor para matarme una vez fui consciente del vacío que dejan los muertos. Pero yo vine para ver como se me iba desmontando el ajedrez, pieza a pieza, no para desmontárselo a los míos. Sí.Yo la quería porque se lo ganó, la verdad sea dicha. Soy un tipo libre para las pasiones y a ella no le gustaban las cárceles en cuestiones de amor. Tampoco a Ernesto. Quizá fuera esa la razón por la que nuestro menage a trois gozó de éxito. La monogamia es el invento ideal para condenar al amor al fracaso.

De la cocina me fui al cuarto de Lomba y de Fifí, en la primera planta, y me tendí en la cama que aún guardaba el olor de ella, y también el de Ernesto. No, no es literatura banal. Es cierto que las camas huelen siempre a sus dueños. Me quedé allí mirando como Vicenza y mi compadre, Oscarito, embalaban en cajas lo que había de Fifí en el baño. Del baño regresaron al cuarto. Giubi entró y me dejó el café en la mesilla y le preguntó a Oscarito si iban a necesitar más cajas vacías porque en el garaje quedaban más y Oscarito le dijo: «subelas todas». Si una cama es capaz de guardar el olor de sus dueños , imaginen ustedes un armario. Cuando Vincenza lo abrió para desalojarlo, todo el olor de Fifí se me vino para encima, que no era el de Fifí sino el olor de Flower, by Kenzo, el perfume que ella siempre llevaba y que había acabado por desterrar de su piel su olor natural. Entonces me senté de golpe en la cama y le dije a Vicenza:

—Deja eso ahí.

—Contra más rápido saquemos las cosas de Estefania de la casa, Ernesto se hará más rápido a la idea que ella no va a volver.

Sacar a Estefania de la vida de Ernesto Lomba es tan difícil como encontrar en los próximos meses un planeta que pueda acogernos cuando la tierra se vaya a la mierda.

—Me da igual lo que pienses. Nadie va a borrar a Fifí de este cuarto, volví a tenderme y a estirarme boca arriba, “yo he sido su hombre aquí, —dije al techo— en esta misma cama. Algunas noches lo hacíamos hasta desfallecer. Entonces yo era tan joven que podía singar así sin más, hasta que ya no me quedaran fuerzas ni para metérsela. Lo cierto es que fue con esa mujer con quien me hice de verdad un hombre. En esta cama supe que ella tenía cáncer de pulmón. Lloré toda la noche por ella, por Ernesto y por mí. Lloré hasta que me quedé dormido con aquella mujer que era la mujer mía, aunque no exista en mi poder papel o anillo que demuestre esa verdad —dije sentado otra vez y mirando a mi compadre Oscarito, congelado frente a mí y recostado al ropero— Oscarito, haz el favor y dile a tu mujerque se vaya, dale. Con el resto de la casa pueden decidir lo que diga Ernesto.

—Tú no eres quién para decidir qué hacer con las cosas de Estefania, Juan. —dijo Oscarito, al fin y al cabo es el hermano de Ernesto y el cuñado de la difunta e igual que su mujer, Vincensa, consideraban que el amante de la difunta ocupa siempre el último lugar en el escalafón de mando.

—Si tu hermano no se me hubiera metido en medio yo tuviera hoy algo de Fifí. Fue él quien decidió aquel aborto.

—¿Pero que está diciendo, Oscar? —preguntó Vicenza a su marido tal y como si yo estuviera senil o me hubiera tomado todos esos tragos que el cuerpo me pedía incesante y que no encontré en la cocina.

—Qué Lomba convenció a Fifí para que abortara, eso digo. Íbamos a tener ese bebé. Fifí estaba muy ilusionada, pero a tu cuñado no le dio la real gana.

—Yo no decidí nada. Fue ella. —me aclaró Lomba entrando en el cuarto con las cajas que Oscarito le había mandado subir a Giubi, y que seguramente Giubi no subió por no ser testigo del discurso que yo lanzaba al techo a puro llanto. Porque si alguno hay en esa tribu que lleva cabalgando junto conmigo desde los doce años, es Giubi.

—A mí nadie me dijo que Fifí iba a abortar —le solté. Nunca habíamos tratado aquel tema. Fifí quiso que lo dejara correr.

—Ya tenías un hijo. No sé para que te hacía falta otro.

Me soltó Ernesto.

—No te atrevas a mencionar a mi hijo, Ernesto Lomba.


Abandoné la cama y de paso el cuarto.

—Hice lo mejor para los tres. Tú eras un niño  y no pintabas nada ¿Me oíste? Gritó Ernesto hecho una furia a mis espaldas, escaleras abajo.

Pensé en partirle la cara, pero no pude. Ya por entonces estaba metidisimo, como un camión en un bache, con aquel hombre al que oía llora sentado al pie de las escaleras.













domingo, 8 de abril de 2018

Pa' ti y pa' mi.


“Creo que nunca se singó más en Cuba que en los años sesenta; en esa década promulgaron todas aquellas leyes en contra de los homosexuales, se desató la persecución contra ellos y se crearon los campos de concentración; precisamente cuando el acto sexual se convirtió en un tabú, se pregonaba al hombre nuevo y se exaltaba el machismo. Casi todos aquellos jóvenes que desfilaban ante la Plaza de la Revolución aplaudiendo a Fidel Castro, casi todos aquellos soldados que, rifle en mano, marchaban con aquellas caras marciales, después de los desfiles, iban a acurrucarse en nuestros cuartos y, allí, desnudos, mostraban su autenticidad y a veces una ternura y una manera de gozar que me ha sido difícil encontrar en cualquier otro lugar del mundo”.



Reinaldo Arenas.






Es evidente que el divorcio de mis padres nos afectó a mi hermano, Yeyo, y a mí de manera distinta. La adolescencia de Yeyo desembocó en una hombría cimentada sobre los pilares de una versión aumentada del hombre infiel que fue papá.

Yeyo es en tres palabras un mujeriego crónico dedicado en exclusiva a dinamitar toda aquella relación que sobrepase el año, como mucho el año y medio, de vida. Su obsesión ha consistido siempre en una constante negación a echar raíces con una mujer por terror a que esa mujer lo abandonara y que él tuviera entonces que apechugar con la pila de años de frustración y de infelicidad con los que cargó nuestra madre, Gladys.

En lo que a mí respecta, no pertenezco a la misma categoría de infiel compulsivo de la que hizo gala mi señor padre. Yo nunca quise para mí esa promiscuidad que Yeyo heredó y potenció gustoso como recurso de salvación, sino a la de infiel a mi mismo. En esa categoría da igual lo que le pase a uno dentro del matrimonio con tal de no desbaratar lo que dios unió y todo lo devenido de tal aleación: la familia. Y no precisamente porque a uno le importe demasiado la ira de Dios, sino porque bajo ningún concepto iba yo a permitir que mis hijas crecieran todo lo aparte que Yeyo y yo crecimos de papá. Tampoco tengo planeado morirme de SIDA —un monstruo al que nadie le ha encontrado aún las cuatro patas para amarrarlo en corto— en un cuarto de mierda de hospital como papá, devorado vivo por aquel síndrome. Aquel alien predator camuflado que no tuvo bastante con tomar a Papá como huésped, que también tuvo que regresar diez años más tarde para instalarse en el cuerpo de Rafa, mi hermano mayor, y por sucesión en el de Nelly, su mujer.

Cuando mi hermana, Lulú, me dijo aquel martes de abril al teléfono que no sabía cómo decirme una cosa que ella tenía que comunicarme a la fuerza (se bien que esta frase no suena muy bien en el sentido literario, pero fue exactamente así como Lulú me lo dijo): «esto te va a hacer mucho daño, Tete, pero yo te lo tengo que decir sí o sí porque no me queda otro remedio —llorando ella— “ay, siéntate un momentico”, (como augurio al escopetazo que pretendía pegarme en las piernas), y yo le dije, “qué cosa fue” y entonces fue cuando Lulú soltó aquella bomba: “se ha muerto Rafa”». Y yo me puse blando y dejé caer el auricular del teléfono que fue a dar contra el suelo y me fui al baño de invitados, ahí mismito en la primera planta, y me tranqué con pestillo y todo a llorar pero bajito, porque es así como nos enseñaron a llorar a los hombres de mi mundo. De lo contrario mis tres niñas jugando en el salón comedor a Barbie y Ken y mi asistenta de hogar de entonces, Romelia, podrían asustarse del hombre de los alaridos.

El día que mi padre vino a vivir con Gladys a la casa de mis abuelos maternos, Pepe y Alejandra, trajo además de sus instrumentos: la flauta, la guitarra y el saxo tenor, a su hijo Rafael. Yo nunca conocí a la mamá de Rafa. Al parecer ella no tuvo interés en saber cómo de bien le iba con nosotros. Recuerdo con nitidez aquel domingo en el que papá se marchó tras el divorcio y se llevó para la casa de su prima Yolanda sus instrumentos y toda la ropa dejándonos allí a su primogénito. No voy a decir que en su partida se olvidó de aquel muchacho, diez años mayor que yo, que miraba como si tal cosa desde el ventanal de la cocina como papá cargaba en su Chevrolet negro del ‘57 el resto de sus cachivaches, porque hacía ya tiempo que mi hermano había elegido dormir bajo la sombra de Alejandra y Pepe. Yo creo que Rafael se hubiera tirado al piso a dar gritos si fueran mis abuelos los que anduvieran acarreando cosas al maletero del carro que jamás tuvieron con la intención de largarse y dejarlo a él por detrás. Tampoco a mí, segundo testigo ocular en la ventana, me dio ni frío ni calor aquel desfile de cajas y maletas. Qué me iba a imaginar yo que en lo adelante iba a ver tan poco a papá, siempre girando, como un satélite de la NASA gracias a su profesión, la de músico, y que a los seis meses de cumplir yo los dieciséis iba a dejar de verlo para siempre. Lo cierto es que a los siete años uno imagina de todo menos eso.

No tengo idea de qué pensamientos surcaban la mente de Yeyo, el tercero en la ventana. Lo que si sé es que lloró barbaramente la marcha de papá, mientras Rafael le decía que Papá vendría el Lunes para llevarnos a los dos a la escuela.
Yeyo aún culpa a Gladys de la muerte de papá, como si ella fuera la portadora del virus que se lo llevó. Aún le dice  que Papá estaría a día de hoy con nosotros si ella no se hubiera empeñado en echarlo aquella noche a la calle y no lo hubiera abofeteado como a un pelele por su no se cuánta infidelidad (papá tenía un aren repartido por toda la Habana), y tirado toda la ropa por esa misma ventana por la que nosotros lo vimos arrancar el Chevrolet y largarse.

Él vino muchas veces a pedirle a mi madre que volviera con él, pero Gladys ni caso. Sí. Por supuesto que vino a recogernos a Yeyo y a mí para llevarnos aquel lunes para la escuela, porque si algo hacía bien papá era cumplir todo lo que nos prometía. Papá sabía que podía dejar a su hijo mayor en manos de mi abuelo con toda confianza y que con Pepe educación y cariño no le faltarían. De manera que Rafa le vino bien a Pepe, tanto como Pepe le vino bien a Rafa. Yo no valía un peso para entrar en el gallinero a las 6:00 de la mañana a recoger los huevos destinados al desayuno ni para limpiar las jaulas, llenar los abrevaderos de los conejos, las palomas o las chivas —si toda la familia bebía leche en el desayuno era gracias a las benditas ubres de aquellas chivas— ya que el trapicheo nocturno que mi hermano Yeyo y yo nos traíamos por la Habana vieja y el Vedado nos descentraba un huevo los horarios, pero Rafa sí.  A él le iba la movida de atender a los animales, lo mismo que a Pepe, tanto como le iba todo ese circo esotérico de los abakuás. Algo que Yeyo y yo no seríamos ni volviendo a nacer por el grado de corrupción que cargabamos a hombros y espaldas aún siendo jóvenes: alcohol, sexo (por dinero y sin mediación de la moneda), consumo y venta de María, chocolate, cocaína; artesanía local, además de tabaco, ron, calzado, y un etcétera que bien pondría de rodillitas hasta al diablo. Ninguna cofradía de la Habana aceptaría en sus filas a individuos tan alejados del credo de respeto sobre el que se sustenta la cultura Abakuá. Pepe siempre decía: "esos dos mellis míos salieron del mismo percal, torcidos, y no los va a cambiar ni la tercera guerra mundial si viene”.

Por orden expresa de Alejandra, la matriarca del clan, nadie me informó que Rafa había contraído SIDA. De esa manera, según ella —y según  Gladys, en el ajo también hasta las cejas—, yo podía continuar con mi vida en España sin que aquella enfermedad para la que yo no tenía cura me hiciera la putada de violentarme o de dejarme la vida hecha un auténtico yogur, de esos que por entonces se vendían en cualquier punto de leche de los tantos que habían desperdigados por la Habana, más amargo que un dolor de muelas o un calculo renal y con unos tropezones vomitivos e intragables en su composición. Tampoco supe que cuando los médicos detectaron la enfermedad ya el virus cabalgaba con virulencia apocalíptica sobre Rafa, aunque prudentemente por las arterias de Nelly, su mujer. Tras la muerte de Nelly me hice cargo de la manutención de los dos hijos frutos de aquella unión y Gladys, abuela al fin, de la guarda y custodia de los nenes.

«¡Tengo tantas ganas de entrarle a galletas a Rafa por lo que nos ha hecho! Pero el hijo de la gran puta ya es difunto, sentenció Lulú horas más tarde al teléfono, pensar que nuestro hermano se ha ido por algo tan estúpido como pegarle los tarros a Nelly con esa guaricandilla que lo contagió y que no tuvo el aquel de informarle de su maldición. Y allá fue “Don comemierda” a singar por todo lo alto y sin preservativo».

A efectos consanguíneos Lulu y Rafa no son hermanos ya que Lulú y Lluvia son fruto del segundo, malaventurado, matrimonio de mamá, pero en casos aparte como el de Rafa la familia no la compone compartir el mismo a.d.n.  Sí. Lulú me habría matado a mí también a galletazos limpios, pues, justo acababa de hacer lo que ella tanto le recriminó a Rafa en el pasado: singar por todo lo alto, por lo bajo y hasta por el terreno irregular del colchón y sin preservativo. No solo Lulú, si mi esposa, Tony, se hubiera enterado del verdadero propósito de mi inminente viaje a Catania (Italia), por la gratitud de esas lenguas ajenas que se manifiestan cuando la cosa va de cuernos, me habría arrancado de cuajo los testículos y los hubiera devorado allí mismo frente a mí, aún sangrante yo, maniatado (pie atado también) a nuestra cama.

En eso era en lo que yo andaba pensando tumbado en aquel cuarto que no era en lo absoluto nuevo para mí. La pecera, nombre con el que fue bautizada aquella pieza en el momento puntual de su adquisición, me había acogido tantas noches en calidad de invitado que no puedo precisar la frecuencia de mis idas y venidas a lo largo del tiempo. El mar tras las cristaleras, que iban desde el piso hasta el techo, había adoptado en esa noche esa postura mansa que él toma cuando no hay viento y alguien lo contempla desde un punto alejado.

Una postura de testigo.

Sí. Yo había ido a la pecera a templar con un tipo, singar con frenesí descubrí tras el acto, como jamás lo había hecho con ninguna de mis tres mujeres: Lyn, Yanelis o Tony; esa es la verdad. Y no andaba pensando en el por qué de mi comportamiento ni me encontraba preso de los resquemores que padecen ante tales casos los hombres que solo son hombres de cara a la galería, a pesar de que yo era y me sentía todo lo hombre que había que ser y que sentirse para gustarle y para dejar bien satisfecho a aquel tipo.Yo solo andaba pensando en lo feliz y lo tranquilo que yo estaba y en que podría justificar aquel acto, si alguien lo develara a la luz pública con la mala intención de destruir mi matrimonio, alegando ante mi esposa que iba puestísimo de cristal, de coca o de tequila; o hasta la real polla de los tres elementos. Pero yo no iba de eso. Ni siquiera aquel hombre silencioso tendido de costado detrás mía iba puesto de nada. Ernesto Lomba, propietario de la casa-pecera, no bebe ni siquiera en las celebraciones importantes. Si ibamos puestos era en verdad de ganas de templarnos. Unas ganas que yo venía eludiendo desde hacía un tongonal de vidas.


Pero no puede ser, no,
ir hacía ti sería
dejar en el camino de mi vida
los restos de mi hombría,
arráncame dios mio
esta idea tan morbosa,
de desearte siempre
sobre todas las cosas.


Beny Moré, autor de la joya que sonaba en el reproductor, nunca pudo describir mejor lo que a mí me pasaba con aquel hombre al que yo no había encontrado al azar en una discoteca o en la barra de uno de esos garitos que suelen frecuentar los gays y en los que nunca he estado. Miento. Hace ya mucho estuve en uno. El “Coppelia”, en la localidad Italiana de Catania, pero sólo porque mi visita formaba parte de un experimento:

—A mí me parece muy bien que todos ustedes anden mariconeando libremente para un lado y para el otro, la cosa es que aquí el único de todos nosotros que tiene un problema sexual que arreglar soy yo, ¿tú me entiendes, Giuby? —eso dije a mi colega.

—Pues niño, claro que yo te entiendo, Juan. Tú tranquilo, que aquí hay una tonga de mariconas dispuestas a sacarte la leche y de paso de dudas. Con lo lindo que tú estás van a ripearse todas por singarte.

—Será para que yo me los singue a todos ellos. Yo no tengo ninguna duda de que soy muy hombre, Giuby. —le dije yo.

Giuby me quitó la gorra de los yankis y me arregló el flequillo con los dedos, y me desabrochó el tercer botón de la camisa y hasta me la abrió un poco «así pipo, me dijo, pa’ que las locas vean que rico estás» allí mismo en la barra. Pedimos dos cubatas y nos fuimos al fondo del todo del local porque desde allí se apreciaba mejor el trasiego de la gente.

—Yo también soy un hombre, Juanito, según mi carnet de identidad y en situaciones de extremo peligro. No sé por qué te enojas conmigo si fuiste tú el de la idea de venir para “Coppelia” a cazar, según tú, “maripozones”. Así qué tú sabrás que estás haciendo aquí.

—Nada. Comprobar si de verdad me gustan los hombres.

Miré atentamente los pequeños grupos, diversos en su especie, arremolinados junto a la barra, pululando por la pista de baile o sentados en algunas de las mesitas altas orilladas a las paredes del diáfano local. Esa noche habían pocas pájaras en el Coppelia y yo se lo achaqué a que era miércoles. Un día poco agraciado para salir a bailar, o a practicar en este caso la captura de faunos con red, y a ponerse finos de cubatas. Giuby se lanzó a reír al verme otear el panorama dejándose caer todo para detrás de espaldas en el sofá que nos acogía a ambos levantando las piernas, las dos a la vez, así, encogidas, mientras se dejaba zarandear por los espasmos afeminados de sus carcajadas.

—¡Qué cosas tienes, mijo! Si a ti te gustaran los hombres hace ya mucho que habrías caído.

Eso me dijo Giuby cuando al fin se le acabó la cuerda. Sí, ambos procedemos de la misma tribu local: Boby, actual compromiso de Giuby, Tony, Víctor, Albertico y Smith, Olguita, Williams, Estefanía y Ernesto Lomba. Todos bisexuales, gays, lesbianas y trans, a excepción de Oscarito, hermano de Ernesto y mi compadre, y yo. Sí. Yo podría haberme estrenado con cualquiera de ellos. Podría ser la pareja de ¿Tony?¿Albertico? Quizás podría ser el maromo de Víctor. Mientras más me imaginaba en aquellos lances, en cueros y bañadito en sudor haciéndolos gozar, más se me torcía el gesto y el estómago.

Yo también entendía lo suficiente de matemáticas como para sacar la misma cuenta que Giuby, aunque el resultado tenía una pega: desde hacía veinte años yo andaba loco por atropellar, y repellar sexualmente a Ernesto Lomba. Así que aquella afirmación de Giuby se tambaleaba corriendo el peligro de caer por su propio peso. Es cierto que durante los comienzos de mi amistad con Ernesto solo me atraían sus temas de conversación. Su grandilocuencia y todo lo culto que él es y que yo —un caimán, un trapichero vulgar de aguas turbias que fumaba maría y se mataba a ron “Paticruzao”, allí en la esquina mismita de su casa en un apretado mano a mano con los colegas y que complementaba su ridículo sueldo como bailarín con las ganancias de la venta de todo lo vendible a los turistas a las puertas de los hoteles de Miramar y el Vedado, y del propio cabaret donde Ernesto y yo trabajabamos, Tropicana— no llegaré a ser ni aunque me encierre de por vida en la Biblioteca Nacional de la Habana.

Todo lo que a mí me fascinaba de aquel tipo se resumía a esos detalles que componen la personalidad de alguien, no necesariamente relacionados con el sexo. Luego, la primera vez que vi a Ernesto Lomba masturbarse dentro del mismo cuarto donde yo mantenía sexo con su mujer, Estefanía, suave menage a trois, comenzó a gustarme él: no su cerebro privilegiado sino, todo él, debo recalcar. Llegué a desear aquella catedral maciza que era su cuerpo donde no faltaba ni sobraba nada, tanto como la odié. Desear a alguien de mi mismo género era admitir, además de la ilegalidad moral que aquel deseo conllevaba socialmente en la Habana de los años ochenta, que mi cerebro tenía un defecto de fabricación, es decir: un mal congénito. Y así se lo hice saber a Giuby.

—¿Congénito? —repitió Giuby casi en un grito y cruzando de un mortal tijeretazo las piernas—. Un enfermo mental lo serás tú, pipo. Yo estoy enferma, pero de otra parte —que es la misma parte enferma que a mí me mantiene vivo, pues, yo soy, habanero al fin, un enfermo de la noche y del sexo—. Además, eso que tú consideras una enfermedad tuya aquí todo el mundo (el mundo refiriéndose a la fauna diversa que es nuestra tribu y a mi gusto por Lomba) lo sabe hace una pila de años, por más que tú te has empeñado en taparlo, aunque yo no pensé nunca que fueras más allá de un simple gusto. Olvídate de todas estas mariconas, Juan. El problema que tú tienes se llama Ernestico Lomba.

—Tú lo has dicho. Es un problema porque no tengo ni miserable idea de como entrarle.

Giuby me conoce lo suficiente como para saber que todas mis mujeres se vieron en cierta manera obligadas a pescarme a pura almadraba. Nunca me vi en el trance, yo entonces era tímido de verbo, de cortejarlas. Entonces dijo:

—Tú solo tienes que ponerte a tiro y dejar que Ernestico, que es un tipo con muchos recursos para ligar, haga el resto. Y quita esa cara de tranca, pipo, que tampoco vas a dejar de ser hombre porque te acuestes una noche con él. Existe un abismo entre que a una le guste un hombre y que le gusten todos los hombres de la tierra, y sino que me lo digan a mí, y aquí ninguna de nosotras va a quejarse porque un caimán como tú abra sorpresivamente la puerta del closet. Niño, dale, tómate ya el traguito que se te va derretir el hielo. Tú no le des más vueltas a las cosas y haz lo que yo te he dicho, que yo sé como tú eres de comemierda porque nos conocemos desde hace veinte años, Juan.

Sí. Como bien dijo Giuby, nos conocíamos todos desde hacía rato y ese rato incluía también a Lomba. Lomba y yo éramos más que amigos y no precisamente porque él acabara de practicarme una felación y yo acabara dándole por donde se sobreentiende que se le da a un bisexual con un empeño inmenso. Inmenso y animal, ya que no fue precisamente un acto de amor, sino de desahogo. Nada más entrar en la pecera nos besamos. No, no nos besamos: él me besó a mí porque yo estaba más nervioso que la vez aquella en la que desvirgué a mi primera esposa, Lyn. Tanto que no sabía qué hacer conmigo ni con aquel tipo majestuoso que es Ernesto Lomba que ya se había desnudado de cintura para arriba y me había quitado a mi la camisa, y mandado a quitarme los vaqueros: "quítate ya eso" y que me decía muy suave comprobando de primera mano mi erección:

—Tranquilo.  Tú no hagas nada que ya te lo hago yo. —entendiendo quizás lo difícil que resultaba para mí manejarme en su mundo.

—¿Todo qué?. Mira papa tú no te hagas ilusiones que tú a mí no vas a hacerme ninguna de esas cosas que andas pensando, Ernesto. —dije.

Él sabía perfectamente que allí el único pasivo iba a ser él, pero yo preferí dejar las cosas claras. Entonces Ernesto cerró el trato diciendo:

—Pues, adelante, Juan.

Y yo adelanté quitándome la única prenda que me protegía en ese momento: mis boxers negros.
(Pues sí. Desde que yo vivo en Europa mis boxers son siempre negros)

Eyaculamos ambos a un tiempo y caímos, como decimos los habaneros al referirnos a un extremo agotamiento, descuarejingados sobre la cama, bueno, Ernesto Lomba sobre la cama y yo sobre Ernesto empalado aún y sin manzana en la boca ni nada. Y así permanecimos largo y tendido, tendidos, mudos y muy lacios —no diré sudorosos porque es algo que dicen todos esos aficionados que escriben sobre dos que acaban de singar con muchas ganas y Ernesto había prendido, además, el aire acondicionado justo al entrar al cuarto— perdón, lacios, eso les decía, como si a mí se me hubiera escapado toda la energía vital, la vida misma, vaya, por el conducto del pene y el generoso cuerpo de Ernesto la hubiera recibido integramente toda, mientras los boleros en el reproductor: “Alma mía”, “La gloria eres tú”, “Mucho corazón”... desfilaban uno tras otro.

A excepción de Ernesto Lomba y mi padrino, Beralio, no era posible que yo expusiera, sin ser crucificado o quemado vivo en la hoguera, mi teoría al respecto de la manera en que la sociedad actual vive la sexualidad, completamente influenciada por siglos de construcciones culturales que encierran las prácticas sexuales en el corset de los juegos de rol. Para mí no significa un problema templar con Lomba, pues, a tantos años de rozarnos y de salvarnos la vida metafóricamente, yo quiero a Ernesto tanto como lo deseo. Mis problemas se refieren a la aceptación social que rodea a un hombre que se acuesta asiduamente con un bisexual sin la necesidad de declararse bisexual.

La sexualidad no es una cuestión universal, sino que es en sí misma una mera construcción cultural. Cada cultura la vive y exterioriza de manera distinta. Lo que en algunas culturas se veta y se condena como depravado, retorcido e indecoroso, es permisivo en otras. Para los romanos, por ejemplo, solo los varones que mantuvieran relaciones con los de su género asumiendo como rol la pasividad eran considerados homosexuales. Los activos eran enteramente hombres. Tanto las felaciones como las prácticas de sexo oral eran actos calificados de indignos y vergonzosos. Que un señor mantuviera relaciones sexuales con sus esclavos varones era considerado normal siempre que fuera el amo el penetrador.

Tal vez fuera esa la razón, la social, por la que dije, estúpido quizás a los oídos de un tipo que había pasado dos décadas pensando en el quizás que acabábamos de vivir:

—Si crees que voy a dejar a mi mujer y a las niñas para dedicarme a ti estás equivocado, Ernesto Lomba.

Una mentira tan inmensa como el coloso de Rodas que sale en todas esas pelis de Romanos. Dejarlo todo por irme a gozar la vida con aquel tipo era en verdad lo que me apetecía. Era la primera vez en mi vida que hacía algo a favor de mi verdadera felicidad. Aunque toda aquella felicidad podría hundirse si Ernesto estuviera, no por casualidad, sino por alguna de esas veces en la que él sale a cazar, bisontes no: hombres, contagiado con eso que yo tanto temía: VIH.

—Lomba.

—¿Qué, pipo?

Yo lo bese en la espalda y le pregunté:

—¿Tú estás bien y eso?

—Perfectamente. —me soltó muy feliz.

—Quiero decir, de salud y tal...

Cualquiera le preguntaba a aquel hombre, directamente, si el singaba a pelo descubierto, (yo desde luego que no, pero esa noche y con él sí), o como diría mi abuela Alejandra, bajo el amparo contumaz del sombrero, y: «¿desde cuándo no te haces analizar la sangre?»

Dirá el lector que qué clase de historia es esta en la que el autor decide reventar la exclusiva con la gilipollez del in media res.

Querido lector, está usted ante un exorcismo si le cabe como mejor explicación, y dicho exorcismo viene a ser en resumidas cuentas la historia de mi vida. Es usted libre de mandarme a freír espárragos o de quedarse. Pero antes de que me dé carpetazo debe saber que mi historia seguirá su curso, con o sin usted.

Gracias de antemano.