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martes, 10 de abril de 2018

Sandunga a la borincana.


"Según la física cuántica se puede abolir el pasado o, peor todavía, cambiarlo. No me interesa eliminar y mucho menos cambiar mi pasado. Lo que necesito es una máquina del tiempo para vivirlo de nuevo".

Guillermo Cabrera Infante.








—No tienes idea del problemón que me puedes buscar metiéndo aquí en la casa a ese muchacho, Estefania.

—¡Ay, que problema de qué, Ernesto!

—Juan es menor de edad y eso en cualquier país del mundo se llama corrupción. Ni te imaginas la de años de cárcel que me pueden caer si a las Mirticas les da por regar el chisme de que yo ando sodomizando a ese muchacho.

En realidad solo una de las dos solteronas que viven frente a la casa de Ernesto se llama Mirtha, pero él las apodó así porque Anabel y Mirtha, las presidentas del CDR, son igualiticas de enanas y de feas que “Las Meninas” de Velázquez, de ahí: “Las Mirticas”.  El caso es que Las Mirticas se pasaban la vida espiándonos por las persianas de la sala de su casa. 

En cuanto a la palabrita esa que ellas iban a regar: “SODOMIZANDO”, yo no tenía ni la menor noticia, ni creo que nadie la tuviera en el barrio donde me crié. En Buenavista la palabra mas popular es “frigidaire”*, frigorífico para los simples mortales debido a los tejes y manejes oportunos para mantenerlo modestamente surtido. No como el burguesito de Ernesto que había crecido jugando a la pelota con los hijos de los ministros de Miramar a golpe de coca cola y refresco de materva.

Una vez le dije a mi abuela Alejandra que la cocina estaba peor que un bayú, refiriéndo el desorden y mi abuela no se lo pensó dos veces para partirme la boca  de una bofetada. En mi familia eramos pobres, pero muy bien hablados, incluidos los hombres, y Pepe que era muy hombre, además de su hombre, le dijo que me había golpeado injustamente y  que era imposible que yo supiera el significado de bayú: prostíbulo, burdel, casa o local donde se ejerce la prostitución.

Era evidente que mi abuelo, Pepe, estaba en posesión de la verdad. A los ocho años yo aún no sentía la afición que hoy sufro por las gatas. Desde entonces evito las palabras de dudosa etimología, a menos que yo ande emparentado con  ellas y en este caso, según Ernesto y Las Mirticas, lo estaba, por eso en cuanto oí que Ernesto arrancaba la moto en la acera saqué de la estantería el diccionario. 

Debido al empeño que poseyó a los Castro por erradicar la palabra de dios de nuestras vidas, visito poco la iglesia. Todos los nacidos a partir del triunfó la revolución, conocemos la obra de Jesús de rebote porque hasta a Jesús expulsaron los Castro de su paraíso. Fue en el cuarto del supuesto sodomita de mí y no en la catequesis que jamás me impartieron que supe que Sodoma (Ernesto dijo sodomizando, pero primero yo encontré a Sodoma), la ciudad que formó parte de la Pentápolis bíblica, fue destruida junto a Gomorra por la ira de dios. Qué significaba aquello de: “Pentápolis” y que tenían que ver Sodoma y sus ciudadanos con Ernesto y conmigo, según Las Mirticas, me enteré durante el transcurso de los hechos que tuvieron lugar en la madrugada de esa noche.

Ediciones había en aquel apartamento como para organizar la mayor Feria del Libro de La Habana y todos tan contentos, lo que no encontré fue un mapa donde ubicar la ciudad de la que se supone había partido la afición del Ernesto que en ese instante recorría en su moto las avenidas preocupado, seguro, por los daños colaterales que sufriría su culito de Apolo en el penal si Las Mirticas desataban sus lenguas.

—Pues, no te creas, Ernesto, que Juan no es tan bobito como parece. No sé donde se lo habrán enseñado, pero sabe singar como los hombres.

Eso no era noticia. Aunque sí lo era la fascinación que emanaba de la voz de aquella mujer a la que yo había bautizado como Fifí.

—Que te la sepa meter no significa nada —dijo Ernesto— para ser un hombre de verdad se necesitan otras cualidades. Templar es un acto animal que la gente desarrolla con la práctica (en eso estaba de acuerdo con Don Sodomita. Práctica tenía yo con las italianas, las francesas, las rusas..., cualquiera que estuviera dispuesta a pagar por pasar toda la noche singando). Si lo que tú estás buscando es un candidato para que yo no salga a desahogarme, yo esa basura no la quiero. Largalo, Estefania.  Yo necesito un hombre y eso ya me lo busco yo.

Si Ernesto media la hombría por la inteligencia, Estefanía la calculaba en base a la capacidad de poblar de billetes la cartera:

—Pues te sorprenderías al ver lo bien que trapichea Juanito por todo El Vedado. Y habla flojo que está con fiebre y lo vas a despertar.

Despierto estaba yo desde hacía rato. Si no se habían dado cuenta era porque la bronca, a medias, se desarrollaba en el corredor; casi en la puerta, pero no en la estancia en la que yo dormía (fingía dormir).

—Pues, si tiene fiebre que se vaya para la casa de su mamá o para la ENA, que es donde tendría que estar haciendo ballet.

En qué clase podría andar yo en el horario de la mañana bien lo sabía él por su segundo empleo como profesor de acrobacia en la Escuela Nacional de Circo en el horario, también, de la mañana.

—¡Ay, Ernesto, no me digas que no te gusta. Si ni siquiera parece hijo de un negro!

Supongo que los dos se asomaron a la puerta del cuarto para mirarme y vieron que, en efecto, allí en la cama matrimonial tenían a un mulatico casi blanco durmiendo a pierna suelta, fingiendo como ya he dicho, porque tanto la una como el otro dejaron de pelearse por el mulatico y se callaron un rato largo, hasta que el imbécil de Ernesto dijo:

—Pues yo dudo que “eso” aguante el peso mío, Estefania.

No, no me fui para la ENA ni para mi casa como quería Ernesto. Llamé por teléfono a Lyn, mi mujer, y le dije que tenía un ensayo y que me era más cómodo dormir en casa de Bobby.
Para cuando entró la noche la fiebre se me puso en cuarenta y Fifí, que resultó ser una enfermera maravillosa, me hizo un té con hojas de naranja y miel, me dio una aspirina y luego me bañó en la con agua tibia y todo. Ni en sueños iba yo a malograr mi  cuerpo con aquella agua fría con la que el esbirro de Ernesto pretendía me bañara. Ni sé ni me interesa cómo se las arregló "el esbirro" para conseguir el pollo que me dieron por cena. Solo sé que dijo, «Estefanía, que Juan no se tape con la colcha para que no le suba la fiebre. Ahora vengo», y que al rato vino con un pollo y una bolsa de naranjas.

Por fortuna, había dejada de ser para Ernesto “esa basura” y creánme que  me alegró ya que “esa basura” representaba en el imaginario de Ernesto un homúnculo que corría el peligro de romperse si él lo rozaba siquiera con esos ojos bellos de mamao’, para convertirme en  Juan Martínez, el hijoputa que veinte años más tarde le iba dar por el culo y bien, hecho que no imaginamos ninguno de los que compartimos cuarto aquella noche en todo el careto verde olivo de Las Mirticas de Velázquez.


No sé qué hora sería cuando desperté, pero si que era noche cerrada. El radio estaba sintonizada en la emisora radial "Nocturno”. Sonaba “Regrésamelo todo”, por Raúl Torres. Gracias a que el tendido eléctrico habanero es insuficiente, no era posible distinguir a un elefante a un palmo de distancia. Desde lo oscuro se oían los suspiros que emite Fifi cuando goza con propiedad. Fifi estaba en medio de los dos y Ernesto, el esbirro, no la andaba torturando ni nada, sino que le daba sandunga a la borincana pegado a su espalda, sincronizados ambos. Los miré y Fifí dijo con toda la normalidad del mundo: «ven, pipo, ven. Que no es nada malo» y me arrimé y ella me besó.

Confieso que fuí objeto de un flipe tremendo al presenciar cómo aquel hombre que tiene en realidad un aparato genital desigual con respecto al mío, no soy musulmán, pero estoy circuncidado y mi aparato genital no es nada deslumbrante respecto del suyo, gozaba y hacía gozar a Estefanía. 

No sé si el sodomita me miró cuando me dio por masturbarme  a calzón quitado. Yo andaba tan puesto  para lo mío que cerré los ojos mientras me masturbaba con Raúl Torres de fondo en el radio y la flecha de cuarzo que él le había robado a un ángel y, posteriormente, clavado a no sé quién o a qué, o eso me pareció oír en medio de mi ceguera. 

Estaba ciego, pero no sordo porque bien claritico que oí cuando ese hombre dijo, Raúl Torres no, Ernesto, a Estefania: «mami, te la voy dar toda».  (la leche), y ahí sí que deseé que  mi flecha de cuarzo, o de la materia que a Raúl Torres le diera la gana, estuviera clavado en lo mas profundo de Fifí, pero Guillermo (esbirro) Tell y supuesto sodomita de mí, según las Míticas, me había tomado la delantera y no me quedó otro remedio que continuar single sumbándomela mientras Raúl Torres seguía comiendo mierda con aquella canción tan variopinta desgranando crucifijos azules, muñecos de lana, enanos y  bosques y un lobo solitario y de repente unos  orgasmos como el que en ese instante sufría el esbirro y supuesto sodomita, denso, o así lo adjetivó Raúl Torres en la canción, que en lo absoluto cazaba con el sustantivo manzanas. 

Pudiera ser que Raúl estuviera en hambriento cuando escribió aquel temazo y de ahí las manzanas. Las mismas que los padrinos de los Castro, los soviéticos que luego han vuelto a ser rusos, intercambiaban con nosotros por azúcar refinada. Incluso el idiota de de Peter Pan que no quiso crecer, quizás por miedo a Wendy, aparecía en la composición musical de Raúl Torres mientras yo seguía a lo mío con los ojos apretados. Yo solo los abrí cuando le oí decir al esbirro:

«Psssss, niño..., oye, mijo. Échese para allá que me va a salpicar con esa vaina».

Refiriéndose a la discreta pirotecnia de mi discreto pene.

En ese tramo andaban mis recuerdos mientras incineraban el cuerpo de Fifí.



Cuando vuelvas, 

amorcito del recuerdo

amorcito de mi vida,

dueña de mi corazón....




Todo el rato que duró el trayecto de regreso del crematorio a la casa deErneato fuimos oyendo en  “Cuando Vuelvas” por la Burke, la bolerista que mas le da el rollo fatal. Quizá en otro momento aquel bolero me hubiera dejado indiferente, pero no en la despedida de mi amorcito Estefania noniba a volver, estaba convertida en polvo y guardada, para mi horror, dentro de una urna. Giubi la llevaba sobre sus piernas en el asiento de detrás muy callado, junto Bobby.


Llegamos a casa de Ernesto. Giubi y Bobby se metieron en la cocina a hacer café y Olguita y yo, más yo que ella, buscamos por un trago imposible que jamás apareció. En la casa no se ha bebido nunca ni se bebe. Es a mí a quien le gusta beber y fumar. Ernesto y Estefania no han consumido en la vida sustancias para alterar la conciencia.

Ahora el piso es dimensionalmente oceánico sin Estefanía. Siempre que iba a visitarla me la.encontraba con aquellos batines floridos, no sé si chinos o japoneses, que  usaba para taparse lo poco que aquellas baticas tapaban, porque a la que se agachaba o semi inclinaba mostraba a los leones, Ernesto y yo, la merienda.

Estefanía es, sin duda, la mujer que más he querido. Nunca tuvo problemas para diferenciar mi amor de padre y de marido, de la parte que a ella le correspondía: la de hombre amante. Fifí vino al mundo desposeída del egoísmo ciego que acompaña a todos los enamorados.

La quería tanto que pensé en suicidarme. Pero yo vine para ver como se me iba desmontando el ajedrez. 

De la cocina me trasladé al cuarto de Lomba y de Fifí, en la primera planta, y me tendí en la cama que aún guardaba el olor de ella, y también el de Ernesto. No, no es literatura banal. Es cierto que las camas huelen siempre a sus dueños. Me quedé allí mirando como Vicenza y mi compadre, Oscarito, embalaban en cajas lo que había de Fifí en el baño. Del baño regresaron al cuarto. Giubi entró y me dejó el café en la mesilla y le preguntó a Oscarito si iban a necesitar más cajas vacías porque en el garaje quedaban más y Oscarito le dijo: «subelas todas». Si una cama es capaz de guardar el olor de sus dueños , imaginen ustedes un armario. Cuando Vincenza lo abrió para desalojarlo, todo el olor de Fifí se me vino para encima, que no era el de Fifí sino el olor de Flower, by Kenzo, el perfume que ella siempre llevaba y que había acabado por desterrar de su piel su olor natural. Entonces me senté de golpe en la cama y le dije a Vicenza:

—Deja eso ahí.

—Contra más rápido saquemos las cosas de Estefania de la casa, Ernesto se hará más rápido a la idea que ella no va a volver.

Sacar a Estefania de la vida de Ernesto Lomba es tan difícil como encontrar en los próximos meses un planeta que pueda acogernos cuando la tierra se vaya a la mierda.

—Me da igual lo que pienses. Nadie va a borrar a Fifí de este cuarto, volví a tenderme y a estirarme boca arriba, “yo he sido su hombre aquí, —dije al techo— en esta misma cama. Algunas noches lo hacíamos hasta desfallecer. Entonces yo era tan joven que podía singar así sin más, hasta que ya no me quedaran fuerzas ni para metérsela. Lo cierto es que fue con esa mujer con quien me hice de verdad un hombre. En esta cama supe que ella tenía cáncer de pulmón. Lloré toda la noche por ella, por Ernesto y por mí. Lloré hasta que me quedé dormido con aquella mujer que era la mujer mía, aunque no exista en mi poder papel o anillo que demuestre esa verdad —dije sentado otra vez y mirando a mi compadre Oscarito, congelado frente a mí y recostado al ropero— Oscarito, haz el favor y dile a tu mujerque se vaya, dale. Con el resto de la casa pueden decidir lo que diga Ernesto.

—Tú no eres quién para decidir qué hacer con las cosas de Estefania, Juan. —dijo Oscarito, al fin y al cabo es el hermano de Ernesto y el cuñado de la difunta e igual que su mujer, Vincensa, consideraban que el amante de la difunta ocupa siempre el último lugar en el escalafón de mando.

—Si tu hermano no se me hubiera metido en medio yo tuviera hoy algo de Fifí. Fue él quien decidió aquel aborto.

—¿Pero que está diciendo, Oscar? —preguntó Vicenza a su marido tal y como si yo estuviera senil o me hubiera tomado todos esos tragos que el cuerpo me pedía incesante y que no encontré en la cocina.

—Qué Lomba convenció a Fifí para que abortara, eso digo. Íbamos a tener ese bebé. Fifí estaba muy ilusionada, pero a tu cuñado no le dio la real gana.

—Yo no decidí nada. Fue ella. —me aclaró Lomba entrando en el cuarto con las cajas que Oscarito le había mandado subir a Giubi, y que seguramente Giubi no subió por no ser testigo del discurso que yo lanzaba al techo a puro llanto. Porque si alguno hay en esa tribu que lleva cabalgando junto conmigo desde los doce años, es Giubi.

—A mí nadie me dijo que Fifí iba a abortar —le solté. Nunca habíamos tratado aquel tema. Fifí quiso que lo dejara correr.

—Ya tenías un hijo. No sé para que te hacía falta otro.

Me soltó Ernesto.

—No te atrevas a mencionar a mi hijo, Ernesto Lomba.


Abandoné la cama y de paso el cuarto.

—Hice lo mejor para los tres. Tú eras un niño  y no pintabas nada ¿Me oíste? Gritó Ernesto hecho una furia a mis espaldas, escaleras abajo.

Pensé en partirle la cara, pero no pude. Ya por entonces estaba metidisimo, como un camión en un bache, con aquel hombre al que oía llora sentado al pie de las escaleras.













domingo, 8 de abril de 2018

Pa' ti y pa' mi.


“Creo que nunca se singó más en Cuba que en los años sesenta; en esa década promulgaron todas aquellas leyes en contra de los homosexuales, se desató la persecución contra ellos y se crearon los campos de concentración; precisamente cuando el acto sexual se convirtió en un tabú, se pregonaba al hombre nuevo y se exaltaba el machismo. Casi todos aquellos jóvenes que desfilaban ante la Plaza de la Revolución aplaudiendo a Fidel Castro, casi todos aquellos soldados que, rifle en mano, marchaban con aquellas caras marciales, después de los desfiles, iban a acurrucarse en nuestros cuartos y, allí, desnudos, mostraban su autenticidad y a veces una ternura y una manera de gozar que me ha sido difícil encontrar en cualquier otro lugar del mundo”.



Reinaldo Arenas.






Es evidente que el divorcio de mis padres nos afectó a mi hermano Yeyo y a mí de manera distinta. Tras la muerte de papá, la adolescencia de Yeyo desembocó en una hombría cimentada sobre los pilares de la versión aumentada del hombre infiel que fue nuestro padre.

Yeyo es, en tres palabras, un mujeriego crónico que dedica sus días  a dinamitar toda aquella relación que sobrepase, como mucho, el año y medio. Se niega a echar raíces por terror a ser abandonado y, sobre todo, por no apechugar con la pila de años de frustración y de infelicidad con los que mamá tuvo que  cargar tras el divorcio.

Yo no pertenezco a la misma categoría de infiel compulsivo de la que hizo gala mi señor padre, sino a la de infiel a mi mismo. Nunca quise para mí esa promiscuidad que Yeyo potenció gustoso como herencia. En esa categoría de infiel da igual lo que le pase a uno dentro del matrimonio con tal de no desbaratar lo que dios unió y todo lo devenido de tal aleación: la familia. Y no precisamente porque a mí me importe demasiado la ira de Dios. Si me soy infiel a mi mismo es porque bajo ningún concepto estoy dispuesto a permitir que mis tres hijas crezcan todo lo aparte que Yeyo y yo crecimos de papá. Tampoco tengo planeado morirme de SIDA —un monstruo al que nadie le ha encontrado las cuatro patas para atarlo en corto—  en un cuarto de de hospital como le ocurrió a papá, devorado por ese alien camuflado que no tuvo bastante con tomar a Papá como huésped  que regresó diez años más tarde para instalarse en el cuerpo mi hermano mayor, Rafa, y por sucesión en el de su mujer, Nelly.

Cuando Lulú me dijo al teléfono que no sabía cómo decirme una cosa que ella tenía que contarme a la fuerza (sé que esa frase no suena ni mucho menos bien en el sentido literario, pero eso fue exactamente lo que mi hermana Lulú dijo): «sé perfectamente que lo que te voy a decir te va a doler mucho, Tete, pero te lo tengo que decir sí o sí, llorando me lo dijo. Y luego dijo, tambien, “ siéntate un momentico”, (como augurio tremendo al escopetazo que pretendía pegarme en las piernas), y yo le hice caso y me senté y le dije, “pero qué cosa fue, sueltalo ya, Lulú” y entonces Lulú me dijo así de sopetón: “que se ha muerto Rafa”» y yo me puse blando y el auricular del teléfono se me escapo de entre las manos y dio contra el suelo, y entonces me fui al baño, al de invitados, ahí mismito en la primera planta, y me tranqué con pestillo a llorar bajito porque es así como nos enseñaron a llorar a los hombres de mi familia. De lo contrario mis tres niñas que jugaban a Barbie y Ken allí mismo en el salón y mi asistenta de hogar, Romelia, podrían asustarse del bárbaro de los alaridos.

El día que mi padre vino a vivir con Pepe y Alejandra, mis abuelos maternos, luego del casamiento con Gladys, se trajo además de la flauta, la guitarra y el saxo tenor, a su primogénito Rafael. La verdad es que yo nunca conocí a la mamá de Rafa. Al parecer ella no tuvo interés en saber cómo de bien le iba a su hijo con nosotros. Recuerdo perfectamente aquel domingo que papá se marchó tras el divorcio y se llevó para la casa de su prima Yolanda todos sus instrumentos y la ropa. No voy a decir que en la partida se olvidó de aquel muchacho diez años mayor que yo que miraba como si tal cosa desde el ventanal de la cocina como papá cargaba en su Chevrolet negro del ‘57 el resto de sus cachivaches porque hacía ya rato que Rafa había elegido dormir bajo la sombra de Alejandra y Pepe. Creo que Rafael se hubiera tirado al piso a dar gritos si fueran mis abuelos los que anduvieran acarreando cosas para el maletero del carro que jamás tuvieron con la intención de largarse y dejarlo a él por detrás tal y como hizo papa. 

Tampoco a mí, el segundo testigo ocular en la ventana, me dio ni frío ni calor aquel desfile de cajas y maletas. Cómo me iba yo a imaginar que en lo adelante iba a ver poco a papá, siempre girando como un satélite de la NASA gracias a su profesión, la de músico, y que justo a los seis meses de cumplir yo los dieciséis iba a dejar de verlo para siempre. 
Lo cierto es que a los siete años uno imagina de todo menos eso.

No tengo ni miserable idea de qué pensamientos surcaban la mente de mi Yeyo, el tercer testigo en la ventana. Lo que si sé es que Yeyo lloró bárbaramente la marcha de papá y que el buenazo de Rafa le consolaba diciéndole que no se preocupara y que Papá vendría el Lunes para llevarnos a los tres a la escuela.

Todavía Yeyo culpa a Gladys de la muerte de papá, como si ella fuera la portadora del virus que se lo llevó. Aún le recrimina a puro grito  que Papá estaría a día de hoy con nosotros si ella no se hubiese empeñado en botarlo aquella noche para la calle, y no lo hubiera abofeteado como a un pelele por su no se cuánta infidelidad (papá tenía un aren repartido por toda la Habana) y tirado toda la ropa por esa misma ventana por la que nosotros lo vimos arrancar el Chevrolet y largarse.

Sería un mal hijo si no contara que papá vino la infinitud de veces a pedirle no, a rogarle mas bien, a Gladys que volviese con él, pero ella ni caso. Por supuesto que papá vino a recogernos a Yeyo, a Rafa y a mí para llevarnos aquel lunes a la escuela porque si algo hacía bien era cumplir lo que nos prometía. 

Papá sabía bien que podía dejar a Rafa en manos de mi abuelo con toda confianza y que con Pepe educación y cariño no le faltarían. De manera que Rafa le vino bien a Pepe tanto como Pepe le vino bien a Rafa. 

Yo no valía un puto peso para entrar en el gallinero a las 6:00 de la mañana a recoger los huevos para el desayuno ni para limpiar las jaulas, llenar los abrevaderos de los conejos, las palomas o las chivas —si toda la familia bebía leche en el desayuno era gracias a las benditas ubres de aquellas chivas —  ya que el trapicheo nocturno que mi hermano Yeyo y yo nos traíamos por la Habana vieja y el Vedado nos descentraba un huevo, pero Rafa sí.  A Rafa le iba mogollón la movida de atender a los animales de Pepe tanto como le iba todo ese circo esotérico de los abakuás. Algo que Yeyo y yo no seríamos ni volviendo a nacer por el grado de corrupción que cargabamos a hombros y espaldas aún siendo jóvenes: alcohol, sexo (por dinero y sin mediación de la moneda), consumo y venta de María, chocolate, cocaína; artesanía local, además de traficar con tabaco, ron, calzado y un hondo etcétera que bien pondría de rodillitas hasta al diablo. 

Mi abuelo era sabedor de que su legado no iría a parar a sus dos.nietos mellizos. Ninguna cofradía de la Habana aceptaría en sus filas a individuos tan alejados del credo de respeto sobre el que se sustenta la cultura Abakuá. Pepe siempre decía que sus dos mellis habían salido del mismo percal, torcidos, en referencia a Yeyo a mí, y que no nos iba a cambiar ni la tercera guerra mundial si alhun día llegara”.

Por orden expresa de mi abuela Alejandra, la matriarca del clan, nadie me informó que Rafa había contraído SIDA. De esa manera, según ella —y según mi mamá, Gladys, en el ajo también hasta las mismas cejas—, yo podría continuar con mi vida en España sin que aquella enfermedad para la que yo no tenía cura me hiciera la putada de violentarme o de hacerme la vida un auténtico yogur, de esos que por entonces se vendían en cualquier punto de leche de los tantos que habían desperdigados por la Habana y que solían ser más amargos que un parto mal llevado en medio de un monte  o que un calculo renal sufrido por un hombre quejica, con unos tropezones vomitivos e intragables en su composición. 

Tampoco supe que cuando los médicos detectaron la enfermedad ya el virus cabalgaba con virulencia apocalíptica sobre Rafa, aunque prudentemente por las arterias de Nelly, su mujer. Tras la muerte de Nelly me hice cargo de la manutención de los dos hijos frutos de aquella unión y Gladys, abuela al fin, de la guarda y custodia de los nenes.

«¡Te juro que tengo tantas ganas de entrarle a galletas a Rafa por lo que nos ha hecho! Pero el hijo de la gran puta ya es difunto, sentenció Lulú horas más tarde al teléfono, pensar que nuestro hermano se ha ido por algo tan estúpido como pegarle los tarros a Nelly con esa guaricandilla que lo contagió y que no tuvo ni siquiera el aquel de informarle de su maldición. Y allá fue “Don comemierda Rafa” a singar por todo lo alto sin preservativo».

A efectos consanguíneos, Lulu y Rafa no son hermanos. Lulú y Lluvia son fruto del segundo y malaventurado matrimonio de mamá, pero la familia no la compone compartir a.d.n, sino el amor.

 Reconozco que Lulú me habría matado a mí también a galletazos limpios, pues, justo acababa de hacer lo que ella tanto le recriminó a Rafa en el pasado: singar por todo lo alto, por lo bajo y hasta por el terreno irregular del colchón sin preservativo. Y no solo Lulú, si mi esposa, Tony, se hubiera enterado del verdadero propósito de mi inminente viaje a Catania (Italia), por la gratitud de esas lenguas ajenas que se manifiestan cuando la cosa va de cuernos, me habría arrancado de cuajo las pelotas y se las hubiera zampado con mahonesa allí mismo frente a mí, sangrante yo y maniatado (pie atado también) a nuestra cama.

En eso era en lo que yo andaba pensando tumbado en aquel cuarto que no era en lo absoluto  nuevo para mí. La pecera, nombre con el que fue bautizada aquella pieza en el momento puntual de su adquisición, me había acogido tantas noches en calidad de invitado que no puedo precisarles a ustedes la frecuencia de mis idas y venidas a lo largo del tiempo. El mar tras las cristaleras que discurrian desde el piso hasta el techo, había adoptado esa postura mansa que las agua toman cuando alguien, o sea yo, lo contempla pensativo exigiendo de una respuesta rápida.

Sí. Yo había ido a la pecera a templar con un tipo. Yemplar no, singar con frenesí como jamás lo había hecho con ninguna de mis tres mujeres: Lyn, Yanelis o Tony; la verdad. Y no andaba pensando en el por qué de mi comportamiento ni me encontraba preso de las dudas o resquemores que padecen ante tales casos los hombres que solo son hombres de cara a la galería, a pesar de que yo era y me sentía todo lo hombre que había que ser y que sentirse para gustarle y para dejar bien satisfecho a aquel hombre. Yo solo andaba pensando en lo feliz y lo tranquilo que yo estaba de habermelo montado con aquel excelente hombre y en que podría justificarlo, en el supuesto caso  de que alguien lo develara a la luz pública con la mala intención de destruir mi matrimonio, alegando ante mi esposa que iba puestísimo de cristal, de coca o de tequila; o hasta la real polla de los tres elementos. 

Pero yo no iba, en verdad,  de nada de eso. Ni siquiera aquel hombre silencioso tendido de costado detrás mía iba puesto de nada. Todo el que conoce al propietario de la casa-pecera, Ernesto Lomba, sabe de buena tinta que él no bebe ni siquiera en las celebraciones importantes. Si ambos ibamos puestos era en verdad de ganas de templarnos. Unas ganas que yo venía eludiendo desde hacía veinte años.



Pero no puede ser, no,
ir hacía ti sería
dejar en el camino de mi vida
los restos de mi hombría,
arráncame dios mio
esta idea tan morbosa,
de desearte siempre
sobre todas las cosas.


Así nos desfogamos Ernesto y yo, a ritmo de la joya que sonaba en el reproductor y que nunca pudo describir con mas acierto lo que a mí me pasaba. Precisamente, yo no había encontrado a aquel hombre al azar en una discoteca o en la barra de uno de esos garitos que suelen frecuentar los gays y en los que jamas he puesto un pie. Perdón, miento como un bellaco y miren que bellaco me gusta poco en la literatura porque lo han dicho muchos, pero sí: como un completo bellaco. Estuve en uno: El “Coppelia”, en la localidad Italiana de Catania, pero sólo estuve porque formaba parte de un experimento:

—Me parece bien que todos ustedes anden mariconeando libremente para un lado y para el otro, Giuby, la cosa es que aquí el único de todos nosotros que tiene un problema sexual que resolver soy yo. —le dije a mi colega. 

—Pues claro que  te entiendo, Juan. Tranquilo,  que aquí hay un monton de maricones dispuestos a sacarte de dudas. Se van a ripear por singarte.

Me contestó.

—Será para que yo me las singue. Yo no tengo ninguna duda de que soy muy hombre.

Le solté y él
me quitó mi gorra y me arregló el flequillo con los dedos y me desabrochó, acto seguido,  el tercer botón de la camisa y hasta me la abrió y todo y me dijo, "así estas mejor, Pipo, pa’ que estas locas vean que rico estás» allí mismito en la barra. 

Pedimos un par de cubatas y nos fuimos al fondo del local, desde donde se apreciaba mejor el trasiego de gente.

—Sabes Juanito, aunque me acueste con Boby yo también soy muy hombre. No sé por qué te enojas conmigo si fuiste tú el de la idea de venir para el “Coppelia” a cazar, según tú, “maripozones”. Así qué, tú sabrás.

—Comprobar si me gustan los hombres.

Miré los grupos, diversos en su especie, arremolinados a la barra, en la pista de baile y otros tantos  en las mesitas altas orilladas a las paredes del local. Habían pocas pájaras en el Coppelia y yo se lo achaqué a que era miércoles, un día poco agraciado para salir a bailar o a practicar, en este caso, la caza de faunos. 

Giuby rió al verme otear el panorama dejándose caer de espaldas en el sofá que nos acogía y levantando las piernas, así  encogidas, mientras lo zarandeaban los espasmos afeminados de su risa.

—¡Qué cosas tienes, Juan! —dijo entre sacudidas—. Si te gustaran los tipos hace mucho que hubieras caído.

Pues sí. Ambos pertenecemos a la misma tribu de bisexuales, gays lesbianas y trans, a excepción de Oscarito, hermano de Ernesto y yo. Sí. Podría haberme estrenado con cualquiera de ellos. Pero mientras más me imaginaba en cueros haciéndolos gozar, más se me torcía el estómago.

También yo entendía lo suficiente de matemáticas para sacar la misma cuenta que Giuby, aunque el resultado tenía una pega: desde hacía veinte años yo andaba loco por atropellar a Ernesto. Así que, la afirmación de Giuby  tambaleaba. 

Es cierto que al comienzo de mi amistad con  Ernesto solo me atraían su grandilocuencia y todo lo culto que él es y que yo, un caimán que fumaba maría y se mataba a ron “Paticruzao” con los colegas y que complementaba su sueldo como bailarín con la venta de todo lo vendible en las puertas de los hoteles de Miramar y del propio cabaret donde Ernesto y yo trabajabamos, no llegaré a ser ni aunque me encierre de por vida en la Biblioteca Nacional. 

Desear a alguien de mi género era admitir, además de la ilegalidad moral que conllevaba en la Habana de los ochenta, que yo tenía un defecto de fabricación, es decir: un mal congénito. Y así se lo hice saber a mi colega.

—¿Congénito? —repitió Giuby cruzando de un tijeretazo las piernas—. Un enfermo mental lo serás tú. Estoy enferma, pero de otra cosa (la misma  que a mí me mantiene vivo, pues, yo soy al igual que Giuby un enfermo de la noche y del sexo). Aquí todo el mundo (el mundo refiriendose a nuestra tribu) sabe que a usted le gusta Ernesto. Tû solo ponte a tiro y deja que Ernestico haga el resto. Y quita esa cara de tranca. Existe un abismo entre que a una le guste un hombre y que le gusten todos los hombres de la tierra. Dale, tómate el trago que se va derretir el hielo. Tú no le des más vu

Sí, nos conocíamos todos desde hacía rato. Lomba y yo éramos más que amigos y no porque él acabara de practicarme una felación y yo de darle por donde se le da a un bi con un empeño animal,. Lo nuestro no fue amor, fue un desahogo.

Eyaculamos ambos a un tiempo y caímos, como decimos los habaneros al referirnos a un extremo agotamiento, descuarejingados sobre la cama, bueno, Ernesto Lomba sobre la cama y yo sobre Ernesto empalado aún, y sin manzana. Y así permanecimos largo y tendido: tendidos, mudos y lacios. Sudorosos ni hablar ya que es lo que dicen todos esos aficionados que escriben sobre los que acaban de singar con nuestras ganas y Ernesto había prendido, además, el aire acondicionado justo al entrar al cuarto. 

Perdón, lacios les decía, tal y como si se me hubiera escapado la vida misma, vaya, por el conducto del pene y el generoso cuerpo de Ernesto la hubiera recibido integramente toda, mientras los boleros en el reproductor: “Alma mía”, “La gloria eres tú”, “Mucho corazón”... desfilaban uno tras otro.

A excepción de estar en parecencia de Ernesto y de Beralio, mi padrino, no me era posible que yo exponer, sin ser crucificado, mi teoría al respecto de la manera en que la sociedad actual vive la sexualidad, influenciada por siglos de construcciones culturales que encierran las prácticas sexuales en el corset de los juegos de rol.

 Para mí no significa un problema templar con Lomba. A tantos años de salvarnos la vida metafóricamente, quiero horrores a Ernesto. Mis problemas se refieren a la aceptación social que rodea a un hombre que se acuesta asiduamente con un bisexual sin la necesidad de declararse bisexual.

La sexualidad no es una cuestión universal. Cada cultura la vive y exterioriza de manera distinta. Lo que en algunas culturas se veta y condena como depravado, retorcido e indecoroso, es permisivo en otras. Para los romanos, por ejemplo, solo los varones que mantuvieran relaciones con los de su género asumiendo como rol la pasividad eran homosexuales. Los activos eran enteramente hombres. Tanto las felaciones como las prácticas de sexo oral eran calificadas de indignas y vergonzosas. Que un señor mantuviera relaciones sexuales con sus esclavos varones era considerado un hecho normal siempre que fuera el amo el penetrador.

Tal vez fuera esa misma razón de orden social la que tiraba por tierra mi sueño de marcharme a gozar la vida con Ernesto. Aunque toda mi nueva felicidad "Bi" podría hundirse en la miseria  si Ernesto estuviera, no por casualidad, sino por alguna de esas veces en la que él sale a cazar bisontes no, hombres puros y duros, contagiado con eso que yo tanto temía: VIH.

—Lomba.

—¿Qué, pipo?

Yo lo bese en la espalda y le pregunté:

—¿Tú estás bien y eso?

—Perfectamente, lindo. —soltó feliz.

—Quiero decir, de salud y tal...

Cualquiera le preguntaba a aquel hombre, directamente, si singaba a pelo descubierto, (yo desde luego que no, pero esa noche y con él sí), o como diría mi abuela Alejandra, bajo el amparo contumaz del sombrero y... «¿desde cuándo no te haces analizar la sangre?»