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martes, 10 de abril de 2018

Sandunga a la borincana.


"Según la física cuántica se puede abolir el pasado o, peor todavía, cambiarlo. No me interesa eliminar y mucho menos cambiar mi pasado. Lo que necesito es una máquina del tiempo para vivirlo de nuevo".

Guillermo Cabrera Infante.








—No tienes idea del problemón que me puedes buscar metiéndo aquí en la casa a ese muchacho, Estefania.

—¡Qué problema de qué, Ernesto!

—Juan es menor de edad. Ni te imaginas la de años de cárcel que me pueden caer si a las Mirticas les da por regar por ahí que yo ando sodomizando a ese chiquito.

En realidad solo una de las dos solteronas que viven frente a la casa de Ernesto se llama Mirtha, pero él las apodó así:" Las Mirticas", porque Anabel y Mirtha son igualiticas de enanas y de feas que “Las Meninas” de Velázquez. El caso es que Las Mirticas se pasaban el día espiándonos por las persianas de la sala de su casa. 

En cuanto a la palabrita esa: “SODOMIZANDO”, yo no tenía ni idea de lo que significaba, ni creo que nadie en el barrio la tuviera. Allí la palabra mas compleja, y la mas popular, era “frigidaire” (en lugar de frigorífico). En los 80' la gente en La Habana pasaba los treintaiun días del mes trapicheando para llenarlo. No como Ernesto que era hijo del ministro de cultura y deportes y tenía el frigorífico a tope de coca cola y de refrescos, y de todas esas chucherías que tienen en su nevera los hijos de los embajadores y el resto de ministros que pasaban el día en la calle jugando a la pelota con él. 

A Ernesto no le faltó la comida ni la ropa de marca ni los libros, así que no me extraña que en lugar de aprender a llenar el frigidaire aprendiera en sustitución palabritas extrañas para dejar con la boca abierta a los de mi barrio. 

Recuerdo que una vez le dije a mi abuela Alejandra que la cocina estaba hecha un bayú, refiriéndome al desorden, y mi abuela me lanzó una bofetada. En casa eramos pobres, pero bien hablados y serviciales, incluidos los hombres, y mi abuelo Pepe que era Abakua y por tanto más  hombre que nadie, además de su hombre, le dijo que me había abofeteado injustamente. «mija, pero qué va a saber Juanito que es un bayú» y menos que bayú es un  prostíbulo, burdel, casa o local donde se ejerce la prostitución. Era evidente que a los ocho años yo aún no era aficionado a las gatas. 

A mí no se me olvidó el bofetón y nunca uso palabras de dudosa etimología, a menos que yo ande emparentado con  ellas y en este caso, según Ernesto y según  Las Mirticas, lo estaba. Por eso en cuanto oí que Ernesto arrancaba la moto en la acera saqué de la estantería el diccionario. 

Fue en el cuarto del supuesto sodomita de mí y no en la catequesis que jamás me impartieron que me enteré que Sodoma (Ernesto dijo sodomizando, pero primero yo encontré a Sodoma), la ciudad que formó parte de la Pentápolis bíblica fue destruida junto a Gomorra por la ira de dios. Ahora, qué significaba pentápolis y que tenían que ver Sodoma y sus ciudadanos con Ernesto y conmigo me enteré durante el transcurso de los hechos que tuvieron lugar en la madrugada de esa noche.

Ediciones había en aquel apartamento como para organizar la mayor Feria del Libro de La Habana, lo que no encontré fue un mapa donde ubicar la ciudad de la que partía, según las requetefeas de Las Mirticas, la afición del Ernesto que en ese instante recorría en su moto las avenidas preocupado por los daños colaterales que sufriría su culito de Apolo en el penal si Las Mirticas desataban sus lenguas.

—Pues, no te creas Ernesto, que Juan no es tan bobito como parece. No sé donde se lo habrán enseñado, pero sabe singar como los hombres.

—Que te la sepa meter no significa nada —le dijo Ernesto— para ser un hombre de verdad se necesitan otras cualidades. Templar es un acto animal que la gente desarrolla con la práctica —en eso estábamos de acuerdo Don Sodomita y yo. Práctica tenía servidor que les habla con las italianas, las francesas, las rusas..., cualquiera de esas turistas solitarias y locas que estuviera dispuesta a pagar por pasarse toda la noche singando— mira Estefania, si lo que tú estás buscando es un candidato para que yo no salga para la calle a desahogarme, te aviso que yo eso no lo quiero. Vótalo de mi cama ya.

Si Ernesto media la hombría por la inteligencia, Estefanía la calculaba en base a la capacidad de poblar de billetes la cartera, y ella a aquel joven poblador que dormitaba en su cama no iba alargarlo tan fácilmente.

—Es que tiene fiebre, y habla flojo, lo va a despertar.

Bueno, despierto estaba yo desde hacía rato. Si no se habían dado cuenta era porque la bronca, a medias, se desarrollaba en el corredor y no en el cuarto donde yo fingía dormir.

—Pues que se vaya para la casa de su mamá que tú no eres la mamá de nadie o para la ENA, que es donde tendría que estar haciendo clases de ballet.

En qué clase podría andar yo en el horario de la mañana bien lo sabía él por su segundo empleo como profesor de acrobacia en la Escuela Nacional de Circo en el horario, también, de la mañana.

—Entonces, ¿no te gusta? Pero si es de lo más bonito, mira que ni parece hijo de un negro.

Por el silencio repentino supuse que ambos se asomaron a la puerta del cuarto y comprobaron que, efectivamente, sobre la cama matrimonial había un adolescente de quince años, mulato, tirando más para el patio de sus ancestros españoles, que para el jardín de los haitianos por parte de su papá, durmiendo (fingiendo que  dormía) a pierna suelta.

No, no me fui para la ENA ni para mi casa como quería Ernesto. Llamé por teléfono a Lyn, mi mujer, y le dije que tenía un ensayo y que me era más cómodo dormir en casa de Bobby.

Para cuando entró la noche la fiebre se me montó en cuarenta. Fifí, que resultó ser, parte de una fantástica bailarina de cabaret, una enfermera maravillosa, me hizo un té con hojas de naranja y miel, me dio una aspirina y luego me bañó en la con agua tibia y todo. 

Ni en sueños iba yo a malograr mi  cuerpo con aquella agua fría con la que el esbirro de Ernesto pretendía me bañara. Ni sé ni me interesa cómo se las arregló "el esbirro" para conseguir el pollo que me dieron por cena. Solo sé que dijo, «Estefanía, que Juan no se tape con la colcha para que no le suba la fiebre. Ahora vengo», y que al rato vino con un pollo y una bolsa de naranjas.

Por fortuna, había dejada de ser para Ernesto “esa basura” y creánme que  me alegró ya que “esa basura” representaba en el imaginario de Ernesto un homúnculo que corría el peligro de romperse si él lo rozaba siquiera con esos ojos bellos de mamao’, para convertirme en  Juan Martínez, el hijoputa que veinte años más tarde le iba dar por el culo y bien, hecho que no imaginamos ninguno de los que compartimos cuarto aquella noche en todo el careto verde olivo de Las Mirticas de Velázquez.


No sé qué hora sería cuando desperté, pero si que era noche cerrada. El radio estaba sintonizada en la emisora radial "Nocturno”. Sonaba “Regrésamelo todo”, por Raúl Torres. Gracias a que el tendido eléctrico habanero es insuficiente, no era posible distinguir a un elefante a un palmo de distancia. Desde lo oscuro se oían los suspiros que emite Fifi cuando goza con propiedad. Fifi estaba en medio de los dos y Ernesto, el esbirro, no la andaba torturando ni nada, sino que le daba sandunga a la borincana pegado a su espalda, sincronizados ambos. Los miré y Fifí dijo con toda la normalidad del mundo: «ven, pipo, ven. Que no es nada malo» y me arrimé y ella me besó.

Confieso que fuí objeto de un flipe tremendo al presenciar cómo aquel hombre que tiene en realidad un aparato genital desigual con respecto al mío, no soy musulmán, pero estoy circuncidado y mi aparato genital no es nada deslumbrante respecto del suyo, gozaba y hacía gozar a Estefanía. 

No sé si el sodomita me miró cuando me dio por masturbarme  a calzón quitado. Yo andaba tan puesto  para lo mío que cerré los ojos mientras me masturbaba con Raúl Torres de fondo en el radio y la flecha de cuarzo que él le había robado a un ángel y, posteriormente, clavado a no sé quién o a qué, o eso me pareció oír en medio de mi ceguera. 

Estaba ciego, pero no sordo porque bien claritico que oí cuando ese hombre dijo, Raúl Torres no, Ernesto, a Estefania: «mami, te la voy dar toda».  (la leche), y ahí sí que deseé que  mi flecha de cuarzo, o de la materia que a Raúl Torres le diera la gana, estuviera clavado en lo mas profundo de Fifí, pero Guillermo (esbirro) Tell y supuesto sodomita de mí, según las Míticas, me había tomado la delantera y no me quedó otro remedio que continuar single sumbándomela mientras Raúl Torres seguía comiendo mierda con aquella canción tan variopinta desgranando crucifijos azules, muñecos de lana, enanos y  bosques y un lobo solitario y de repente unos  orgasmos como el que en ese instante sufría el esbirro y supuesto sodomita, denso, o así lo adjetivó Raúl Torres en la canción, que en lo absoluto cazaba con el sustantivo manzanas. 

Pudiera ser que Raúl estuviera en hambriento cuando escribió aquel temazo y de ahí las manzanas. Las mismas que los padrinos de los Castro, los soviéticos que luego han vuelto a ser rusos, intercambiaban con nosotros por azúcar refinada. Incluso el idiota de de Peter Pan que no quiso crecer, quizás por miedo a Wendy, aparecía en la composición musical de Raúl Torres mientras yo seguía a lo mío con los ojos apretados. Yo solo los abrí cuando le oí decir al esbirro:

«Psssss, niño..., oye, mijo. Échese para allá que me va a salpicar con esa vaina».

Refiriéndose a la discreta pirotecnia de mi discreto pene.

En ese tramo andaban mis recuerdos mientras incineraban el cuerpo de Fifí.



Cuando vuelvas, 

amorcito del recuerdo

amorcito de mi vida,

dueña de mi corazón....




Todo el rato que duró el trayecto de regreso del crematorio a la casa deErneato fuimos oyendo en  “Cuando Vuelvas” por la Burke, la bolerista que mas le da el rollo fatal. Quizá en otro momento aquel bolero me hubiera dejado indiferente, pero no en la despedida de mi amorcito Estefania noniba a volver, estaba convertida en polvo y guardada, para mi horror, dentro de una urna. Giubi la llevaba sobre sus piernas en el asiento de detrás muy callado, junto Bobby.


Llegamos a casa de Ernesto. Giubi y Bobby se metieron en la cocina a hacer café y Olguita y yo, más yo que ella, buscamos por un trago imposible que jamás apareció. En la casa no se ha bebido nunca ni se bebe. Es a mí a quien le gusta beber y fumar. Ernesto y Estefania no han consumido en la vida sustancias para alterar la conciencia.

Ahora el piso es dimensionalmente oceánico sin Estefanía. Siempre que iba a visitarla me la.encontraba con aquellos batines floridos, no sé si chinos o japoneses, que  usaba para taparse lo poco que aquellas baticas tapaban, porque a la que se agachaba o semi inclinaba mostraba a los leones, Ernesto y yo, la merienda.

Estefanía es, sin duda, la mujer que más he querido. Nunca tuvo problemas para diferenciar mi amor de padre y de marido, de la parte que a ella le correspondía: la de hombre amante. Fifí vino al mundo desposeída del egoísmo ciego que acompaña a todos los enamorados.

La quería tanto que pensé en suicidarme. Pero yo vine para ver como se me iba desmontando el ajedrez. 

De la cocina me trasladé al cuarto de Lomba y de Fifí, en la primera planta, y me tendí en la cama que aún guardaba el olor de ella, y también el de Ernesto. No, no es literatura banal. Es cierto que las camas huelen siempre a sus dueños. Me quedé allí mirando como Vicenza y mi compadre, Oscarito, embalaban en cajas lo que había de Fifí en el baño. Del baño regresaron al cuarto. Giubi entró y me dejó el café en la mesilla y le preguntó a Oscarito si iban a necesitar más cajas vacías porque en el garaje quedaban más y Oscarito le dijo: «subelas todas». Si una cama es capaz de guardar el olor de sus dueños , imaginen ustedes un armario. Cuando Vincenza lo abrió para desalojarlo, todo el olor de Fifí se me vino para encima, que no era el de Fifí sino el olor de Flower, by Kenzo, el perfume que ella siempre llevaba y que había acabado por desterrar de su piel su olor natural. Entonces me senté de golpe en la cama y le dije a Vicenza:

—Deja eso ahí.

—Contra más rápido saquemos las cosas de Estefania de la casa, Ernesto se hará más rápido a la idea que ella no va a volver.

Sacar a Estefania de la vida de Ernesto Lomba es tan difícil como encontrar en los próximos meses un planeta que pueda acogernos cuando la tierra se vaya a la mierda.

—Me da igual lo que pienses. Nadie va a borrar a Fifí de este cuarto, volví a tenderme y a estirarme boca arriba, “yo he sido su hombre aquí, —dije al techo— en esta misma cama. Algunas noches lo hacíamos hasta desfallecer. Entonces yo era tan joven que podía singar así sin más, hasta que ya no me quedaran fuerzas ni para metérsela. Lo cierto es que fue con esa mujer con quien me hice de verdad un hombre. En esta cama supe que ella tenía cáncer de pulmón. Lloré toda la noche por ella, por Ernesto y por mí. Lloré hasta que me quedé dormido con aquella mujer que era la mujer mía, aunque no exista en mi poder papel o anillo que demuestre esa verdad —dije sentado otra vez y mirando a mi compadre Oscarito, congelado frente a mí y recostado al ropero— Oscarito, haz el favor y dile a tu mujerque se vaya, dale. Con el resto de la casa pueden decidir lo que diga Ernesto.

—Tú no eres quién para decidir qué hacer con las cosas de Estefania, Juan. —dijo Oscarito, al fin y al cabo es el hermano de Ernesto y el cuñado de la difunta e igual que su mujer, Vincensa, consideraban que el amante de la difunta ocupa siempre el último lugar en el escalafón de mando.

—Si tu hermano no se me hubiera metido en medio yo tuviera hoy algo de Fifí. Fue él quien decidió aquel aborto.

—¿Pero que está diciendo, Oscar? —preguntó Vicenza a su marido tal y como si yo estuviera senil o me hubiera tomado todos esos tragos que el cuerpo me pedía incesante y que no encontré en la cocina.

—Qué Lomba convenció a Fifí para que abortara, eso digo. Íbamos a tener ese bebé. Fifí estaba muy ilusionada, pero a tu cuñado no le dio la real gana.

—Yo no decidí nada. Fue ella. —me aclaró Lomba entrando en el cuarto con las cajas que Oscarito le había mandado subir a Giubi, y que seguramente Giubi no subió por no ser testigo del discurso que yo lanzaba al techo a puro llanto. Porque si alguno hay en esa tribu que lleva cabalgando junto conmigo desde los doce años, es Giubi.

—A mí nadie me dijo que Fifí iba a abortar —le solté. Nunca habíamos tratado aquel tema. Fifí quiso que lo dejara correr.

—Ya tenías un hijo. No sé para que te hacía falta otro.

Me soltó Ernesto.

—No te atrevas a mencionar a mi hijo, Ernesto Lomba.


Abandoné la cama y de paso el cuarto.

—Hice lo mejor para los tres. Tú eras un niño  y no pintabas nada ¿Me oíste? Gritó Ernesto hecho una furia a mis espaldas, escaleras abajo.

Pensé en partirle la cara, pero no pude. Ya por entonces estaba metidisimo, como un camión en un bache, con aquel hombre al que oía llora sentado al pie de las escaleras.













domingo, 8 de abril de 2018

Pa' ti y pa' mi.







Era un hecho evidente que el divorcio de mis padres nos había afectado a mi hermano Yeyo y a mí en la misma medida, pero en parcelas distintas de la personalidad. Si yo había mutado de repente en el niño invisible, la muerte de papá hizo de Yeyo un niño engreído y rebelde que intentaba, con sus pataletas, llamar a toda costa la atención de mamá.

Fue rondando los dieciocho que a Yeyo lo asaltó el virus incurable de mujeriego. Desde entonces solo vive para sabotear toda aquella relación que sobrepase como mucho el año y medio. Contrariamente a mí, Yeyo se niega a echar raíces por temor a ser abandonado y apechugar con la pila de años de frustración y de infelicidad con los que nuestra madre, Gladys, cargó tras el divorcio con papá.

En mi caso no pertenezco a la categoría de infiel de la que hizo gala mi señor padre, sino a la de infiel a mi mismo. Nunca quise para mí esa promiscuidad que Yeyo potenció gustoso como herencia. A día de hoy no sabría precisar cuál de las dos categorías es la peor.
A mis cincuenta años concluyo, y les comparto, que ser infiel a uno mismo implica no desbaratar lo que dios unió y todo lo devenido de tal aleación, la familia, por mucho que la vida marital me machaque contra las cuerdas, y no porque me importe demasiado la ira de mis dioses. Lo hago para que mis hijas crezcan junto a mí y no todo lo aparte que Yeyo y yo crecimos de papá.

Mi pacto de hombre infiel incluye, también, no morir a manos de ese monstruo al que nadie le ha encontrado aún las cuatro patas para atarlo en corto, el SIDA, en un cuarto de hospital como le ocurrió a papá. Me afectó tanto su muerte que aún hoy deseo a veces ser un afamado cerebrito con tal de acorralar en una probeta a ese alien, esa bestia encriptada que no tuvo bastante con predar a Papá que diez años más tarde, regresó para llevarse a mi hermano mayor, Rafa y por extensiva sucesión a su mujer.

Fue mi hermana Lulú quien me comunicó su muerte. Me costó un par de años aprender a vivir con aquella desgracia. No quiero ni acordarme de aquel mal trago que el destino me obligó a beber vía telefónica ni del auricular del teléfono deslizándose entre mis manos al oír la noticia ni de la angustia echándoseme encima, como un alud inevitable al que la gravedad arrastra montaña a través, las piernas flaqueando y el corazón doliendo camino del aseo que usan los invitados, en la primera planta. Hasta pensé en esos médicos que suelen advertir que el corazón no duele sino el pecho, justo cuando uno se encuentra en la antesala del infarto. No, ni de broma podía ser cierto que Rafa no estuviera ya en el mundo. Pasé el pestillo y me desplomé en un rincón del baño a llorar como a los hombres de mi familia le habían enseñado, sin aspavientos y conteniendo los gritos. De lo contrario mis hijas, que jugaban a Barbie y Ken allí mismo en el salón bajo la atención de Romelia, mi asistenta de hogar, podrían asustarse del bárbaro de los alaridos.

Recuerdo nítidamente el día que papá trajo a Rafael a vivir con nosotros en la casa familiar regentada por mis abuelos maternos, Pepe y Alejandra. La verdad es que no conocí nunca a la mamá de Rafa ya que ella no tuvo interés en saber cómo de bien le iba a su hijo con nosotros.

Recuerdo ese día como también recuerdo, perfectamente, aquel domingo gris en el que papá se marchó tras divorciarse de Gladys y como se llevó para la casa de su prima Yolanda todos sus instrumentos y pertenencias. No voy a decir que en la partida papá se olvidó de llevarse a aquel niño diez años mayor que yo, Rafa, que le observaba como si tal cosa desde el ventanal de la cocina cargar en su Chevrolet negro del ‘57 todos sus cachivaches. Hacía rato que Rafa había elegido dormir bajo la sombra de Alejandra y Pepe. Creo que Rafael se hubiera tirado al piso a dar gritos si fueran mis abuelos los que anduvieran acarreando cosas para el maletero del carro que jamás tuvieron con la intención de largarse y dejarlo a él por detrás tal y como hizo papá.

Tampoco a mí, el segundo testigo ocular en la ventana, me dio ni frío ni calor aquel desfile de cajas y maletas. Cómo me iba yo a imaginar que en lo adelante iba a ver poco a papá, siempre girando como un satélite debido a su profesión, papá era músico, y que a los seis meses justos de cumplir los dieciséis dejaría de verlo para siempre. Lo cierto es que a los siete años uno imagina de todo menos eso.

No tengo idea de qué pensamientos surcaban la mente del tercer testigo en la ventana; Yeyo. Lo que sí les aseguro es que lloró bárbaramente la marcha de papá y que el buenazo de Rafa lo consolaba diciéndole que Papá vendría el Lunes para llevarnos a la escuela.

Yeyo siempre culpa a Gladys de la muerte de papá, como si ella fuera la portadora del virus que se lo llevó. Le recrimina que de no ser por su empeño en botarlo aquella noche para la calle, de abofetearlo como a un pelele por su infidelidad y de tirarle parte de la ropa a grito pelado por esa misma ventana por la que nosotros lo vimos arrancar el Chevrolet, estaría aún en casa.

Sería un pésimo testigo, además de un mal hijo, si no les contara que papá vino a pedirle perdón, a rogarle más bien, a Gladys que le permitiese regresar, pero ella no consintió más que en perdonarlo negándole como condena la readmisión. Por supuesto que papá vino a recogernos aquel lunes y nos llevó a la escuela, porque si algo hacía bien era cumplir lo que nos prometía.

En cuanto a Rafa, papá sabía que podía dejarlo en manos de Pepe con toda confianza, educación y cariño no le faltarían. Digamos que Rafa le vino bien a Pepe, tanto como Pepe a Rafa. Parecía como si alguna tarotista competente le hubiera revelado a papá que aquel lugar le pertenecía más a su primogénito que a Yeyo y a mí. Seguramente la tarotista le diría que yo no valía un puto peso para entrar en el gallinero a las 6:00 de la mañana a recoger los huevos para el desayuno ni para limpiar las jaulas, llenar los abrevaderos de los conejos, las palomas, las chivas —si la familia bebía leche en el desayuno era gracias a las benditas ubres de aquellas chivas — debido al trapicheo nocturno que Yeyo y yo nos traíamos por toda la Habana vieja y el Vedado, tanto como insistiría en que aquellas movidas nos descentraban un huevo.

Sí, a Rafa le iba más de la cuenta la movida de atender a los animales de Pepe y todo ese circo esotérico y esa reputación de macho australopithecus que ha girado en derredor de los abakuas desde que los primeros barcos negreros atracaron en el puerto de La Habana. Ni a Yeyo ni a mí nos interesaba formar parte de dicha cofradía. Nunca seríamos abakuas, ni volviendo a nacer, precisamente por el grado de corrupción que cargabamos a hombros y a espaldas desde nuestra juventud temprana: alcohol, sexo (por dinero y sin mediación de la moneda), consumo y venta de María, chocolate, cocaína; artesanía local, además del tráfico con tabaco, ron, calzado y un hondo etcétera que bien pondría de rodillas hasta al diablo.

Mi abuelo era sabedor de que su legado no iría a parar a sus dos nietos mellizos. Los herederos universales de su basto conocimiento de los ritos abakuas, sus ibellis*, habían corrido la suerte melliza de brotar torcidos, aun siendo la tierra donde habían sido sembrados fértil y generosa, y aquel era un hecho que no cambiaría ni la tercera guerra mundial —si algún día el mundo sufriera la desgracia de padecerla.

Por orden expresa de la matriarca del clan, mi abuela Alejandra, nadie me dijo que Rafa había contraído SIDA. Según ella —y según Gladys, en el ajo también hasta las mismas cejas—, yo podría continuar con mi vida en España sin que aquella enfermedad para la que ni ellas ni yo conocíamos cura me hiciera la putada de violentar mi ánimo haciéndome la vida un yogur de los que, por entonces, se vendían en cualquier punto de leche de los tantos que habían desperdigados por la Habana y que solían ser más amargos que un cálculo renal sufrido por un hombre, con unos tropezones vomitivos e intragables en su composición.

Cuando los médicos detectaron la enfermedad ya el virus cabalgaba con virulencia apocalíptica por Rafa, aunque prudentemente por las arterias de Nelly, su mujer. Tras la muerte de Nelly me hice cargo de la manutención de sus dos hijos y Gladys de la guarda y custodia.

«¡Por dios, Juan, tengo tantas ganas de entrarle a galletas a Rafa por lo que ha hecho!, pero el hijo de la gran puta ya es difunto, sentenció Lulú horas más tarde al telefono, pensar que se nos ha ido por algo tan estúpido como pegar los tarros a Nelly con esa guaricandilla. ¿Por qué no usó el preservativo?».

A efectos legales, Lulú y Rafa no son hermanos ya que Lulú y Lluvia son fruto del segundo malaventurado matrimonio de mamá, pero la familia no la compone sólo el a.d.n consanguíneo, también existe un ADN emocional, según los místicos, que conectó para siempre, en este caso, a Rafa con el clan al completo.

Lulú me mataría, también, a punetazos limpios si algún día la hiciera participe mediante confesión de lo que tanto le recriminó a Rafa: singar por todo lo alto, por lo bajo y hasta por el terreno irregular del colchón sin preservativo. Y no solo Lulú, si mi esposa, Tony, se hubiera enterado del verdadero propósito de mi inminente viaje a Catania por la gratitud de esas lenguas ajenas que se manifiestan cuando la intensión de alguna de las partes conyugales va de infidelidad, me habría arrancado de cuajo las pelotas y se las hubiera zampado con mahonesa frente a mí, sangrante yo y maniatado (pie atado también) a nuestra cama.

Sí, yo había ido a aquella casa en la localidad italiana de Catania bautizada por sus habitantes como "la pecera" por sus frentes acristalados cara al mar a templar con un tipo. A templar y a gozar como jamás lo había hecho con Lyn, Yanelis o Tony, y no me planteaba el por qué de mi comportamiento ni me encontraba preso de las dudas, los resquemores que padecen ante tales casos los hombres que solo son hombres de cara a la galería.

Tumbado en aquella cama inmensa, junto a aquel cuerpo con el que había fantaseado tantas noches desde los dieciséis no sentía remordimientos por aquella traición hacia mi esposa y hacia todos mis pactos familiares, sino que me sentía todo lo hombre que había que ser y que sentirse para gustarle y para recompensar las ganas de aquel tipo. Satisfecho y agradecido por la felicidad y el placer que me había deparado sentir y derramar hasta la ultima gota de mi virilidad dentro de la suya.

Podría justificar mi actuación, en el supuesto caso de que alguien lo develara a la luz pública con la mala intención de destruir mi matrimonio, alegando ante mi esposa que iba puestísimo de cristal, de coca o de tequila; o hasta la real verga de los tres elementos. Pero yo no iba, en verdad, de nada de eso. Ni siquiera aquel hombre maduro y voouptuoso tendido de costado tras de mí iba de nada. El propietario de la casa-pecera, mi amigo personal desde hacía veinte años, Ernesto Lomba, no bebe ni en las celebraciones importantes. Si ambos íbamos puestos era de las ganas de atropellarlos sexualmente.

Tal y como se dice en el argot español en referencia al acto sexual mas primitivo, un polvo, una follada a la carrera, aunque no menos memorable cuyo fin provocó un efecto dominó magnífico: Ernesto abatido sobre el colchón y yo sobre su espalda, y así permanecimos tendidos, mudos y lacios mientras Beny cantaba en el reproductor “Fiebre de ti"…, pero de ninguna manera diré que concluimos nuestro desfogue mutuo sudorosos, que es lo que siempre alegan los malos escritores cuando se aventuran a relatar el acto hecho con  desmedidas ganas. Además, Ernestico había prendió el aire acondicionado justo al entrar en la habitación.

Junto a la magistral voz de Beny, llegó hasta mí un temor irracional. Nuestra amable postura de amantes en stand by se deshizo y el temor se instaló en el colchón. Un abismo floreado de algodón separó de repente ambos cuerpos. Sí, sería una putada garrafal si por casualidad alguna de esas noches en las que la naturaleza humana de Ernesto Lomba en plena demanda de caza y apareamiento  —y no me refiero precisamente a la caza de bisontes, sino a la de veinteañeros cachas— se hubiera contagiado con aquella especie alien que yo tanto temía: el VIH.

—Lomba —mandé al cuerno el abismo mediador y eché un beso fugaz a navegar  por el comienzo del canal de su espalda antes de aventurarme a preguntar: —tú estás bien y eso?

—Entero, Pipo —me devolvió el beso, pero en los labios— yo estoy entero.

Cualquiera le preguntaba directamente si en esas noches de cruenta cacería  él singaba al descubierto o, como diría mi abuela, bajo el amparo contumaz del sombrero. Finalmente dije: «¿desde cuándo no te haces analizar la sangre?».