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viernes, 7 de diciembre de 2018

Pataki.







Hace tres meses que mi mujer hizo las maletas y se marchó de casa. 
Jamás pensé me dolería  tanto ser testigo directo del estado de vacío en el que quedan los muebles donde la gente que habita en pareja suele guardar sus efectos personales. 

Cualquiera de esos adjetivos que los escritores suelen usar para dar a las casas abandonadas un aire ruinoso, se quedan cortos frente a mi certeza de entrar en un estado emocional calamitoso irreversible. Para un tipo hecho a vivir en pareja desde los catorce, el divorcio es equiparable a la defunción del espíritu. 

Veintiséis años echándole en cara a mi mujer que ella me hubiera dejado un ladito absurdo y mezquino —cuatro cajones miserables y una barra— para organizar mis cosas y ahora que puedo guardar dentro del vestidor una caravana de camellos y hasta el alijo de drogas del dueño de la caravana añoro una barbaridad sus vestidos, sus bolsos y todas sus gangarrias femeninas. 


Claro que ella anda correteando por ahí, de aeropuerto en aeropuerto, sin imaginar que yo echo de menos que sus tacones, sus bragas y su bata, y todo ese etcétera de prendas que acompañan su peculiar vestir, y que ella deja desperdigadas por el piso, se enrede en mis pies cuando me levanto para ir a trabajar y atravieso el vestidor a las 6:00 de la mañana, camino de la ducha. 

Lo cierto es que es una tipa especial hasta para irse a la cama. A mí me pierde descubrir a la gente que usa esos conjuntos llamados pijamas, bien sean de franela, de algodón o de esparto, porque nunca los uso, la verdad. 

Mi mujer es de las que los lleva. Ella siempre duerme semi vestida, y digo “semi” porque un conjuntito como los que ella se compra en Harrods de encaje o de seda, o de satén blanco roto es casi nada. Así que ella duerme semi y yo totalmente en cueros. 

Agradezco que sus vestuarios nocturnos sean cosa fina ya que al entrar en contacto (ella siempre contacta) su fashion fancy con mi nudismo aportan la dosis de confort necesaria que implica el descanso entre dos. 

Si ahora mismo les hablara a ustedes acerca de los pijamas que usan las mujeres con las que he dormido a lo largo de mis cincuenta años, coincidirán conmigo en que son una reverenda porquería comparados con los refajos que mi mujer se compra a juego con las bragas, la bata y los saltos de cama.

Los lunes, de la puerta para adentro, el cuarto es territorio bantú. Hay tanto género textil y calzado regado por doquier producto de esa inseguridad que padecen las féminas
 que la Romelia, mi asistenta de hogar, se ve forzada a entrar con una bayoneta o un fusil de asalto, no sea que el desbarajuste textil tome forma vital y la devore. 

Yo lo paso fatal, porque si de algo se ocupó mi abuela fue de hacerme un hombre organizado. Los días que me iba para la escuela de arte sin hacer la cama mi abuela Alejandra montaba un arayé* de padre y señor nuestro. En cambio a mi mujer le maravilla que el cuarto sea un ¡arayé! perpetuo.

Ella entra en la ducha y sale bien cañón, pero el vestidor te lo deja como el bosque en el que Hansel y Gretel se perdieron, hasta las trancas de migas coloridas que marcan el trayecto desde su lado de la cama hasta la ducha. 


Desde que se marchó, Romelia echa en falta cagarse en todos sus ancestros y en la hora fatal en que la echaron al mundo. Siempre que Romelia entraba a adecentar esa selva en la que ahora peno por su “desorganizadora” al adentrarme en sus confines, se le escuchaba la misma arenga: 

“Me cago hata en la hora que nació tu mujel, juan, hata el blumel deja en el piso la señora".

No tengo problema para procesar el idioma de Romi. Soy habanero de pura cepa, pero al ser mi padre natural de Santiago de Cuba, sé de que pata cojea la lengua por esos lares. Es la inglesa de mi mujer la que no pilla nada.

No solo Romi se acuerda de ella, a mí todo el contenido de la estancia me la trae de regreso: mis libros, mis discos, mis sombreros … Sé que ninguno de esos objetos son de su pertenencia, pero tuvieron relación con ella  en algún punto de nuestras vidas, como dijera Melanie Griffith en referencia a su cariño por Antonio Banderas, “una jartá”. 


Paso los fines de semana encerrado en mi selva libre de residuos tóxico-textiles llorando como un pendejo y con Romelia repitiéndo mecánica y
 lisa mientras pasa la mopa: “oye, dejate de comel tanta basura que en el mundo lo que se sobran son mujere, mijo”, y que yo estoy mil veces mejor que mi mujer porque soy quince años más joven y que no me puedo quejar porque: "ponte para las cosa que hata las muchachita jovenes quieren contigo, negro".

Podría decirse con firmeza que me saqué el título de hombre en la escuela de la Romelia gracias a que llevamos juntos desde que nació mi primera hija. Romi fue la elegida entre las cinco niñeras entrevistadas. Ella me enseñó a poner dodotis, a dar biberones y a lavarle el pelo a la bebita sin que le cayera shampoo en los ojos. Según Romi, un papá tiene que saber hacer todas esas cosas.

Romelia es esa madre que no tuve y que nunca añoré, no soy de los que necesita ser el hijo de alguien. Si alguien tiene pedal suficiente para ponerme como los putos trapos es ella: “el coño e la puta e' tu madre que no tuvo ni ovario pa' crialte, Juan. Ya me has dejao' las juellas de los tenis en el palqué”.

Cada vez que a la Romi se le vuela el pichón empieza a rajar de mi mujer y a recordarme que no la llore más, que ella anda por ahí “templándose a su abogao', si señol”, mientras yo estoy  acá en esta casa que se me cae encima mordiendo el polvo en plan papá genial. Todo lo referente a mi divorcio pone a la Romi a punto de sirimba.  Como no tuvo hijos, Olofin me puso en su camino para que mi Orí* viviera la experiencia de tener el cariño de una madre y el compromiso de ser un hijo verdadero. Yo siempre fui mas hombre que hijo para mi verdadera madre, Gladys, aunque nunca dolió ser ese hombre.


A Romi le entra la Sirimba y a mí ganas de pegarme dos tiros, aunque no sé con qué, porque no soy cazador ni pistolero, sino mánager. Como no me raje las venas en el jacuzi con un cd o me ahorque con las cuerdas de la acústica que tengo en el estudio la llevo clara.

Le ruego a Olofin no me mande más mujeres que quieran ir en serio. A partir de hoy voy por libre.

—Que hay, bombón ¿qué te pongo?


¿Bombón? 


“Había transcurrido una semana desde que Juan pusiera la batea de Orummila* sobre la estera y, destapando el receptáculo, tomara del interior los dieciséis ikines* dejando tras el rezo de la moyugba* su pedido en manos de Orummila:



Moyugba Olofín, 

Moyugba Olorún, 

Moyugba Oloddumare

Olorún Alabosudayé, 

Alabosunilé

Olorún Alayé, 

Olorún Elemí

Moyugba Ashedá, 

Moyugba Akodá...


“¿Bombón? ¿Alguien dijo bombón?

 Juan cerró la agenda, miró a los lados y analizó a los comensales de la mesa de en frente para enterarse de quién era el bombón que anunciaba la vocecita frente a él. Entonces vio que la muchacha de la vocecita infantil se adentraba en sus ojos buscándose, pensó, a ella misma en las pupilas de él y, en efecto, allí estaba ella, una ella por cada ojo de pie junto a la mesa con la libretita de tomar nota a los clientes esperando que el “bombón" de la gorra negra le comunicara que iba a tomar y vio (sintió) como el espíritu de Don Cristóbal Colón anidaba en su voz de hombre bombón diciendo (para él mismo): 

“Moddukué,* Olofin, es la mujer más preciosa que he visto en toda mi vida". 


—Bueno, mijo, lo que Colón dijo fue: “Es la tierra más hermosa que ojos humanos han visto”.


—Por supuesto, pero lo que había junto a mi mesa no era la isla de Cuba ni era América ni nada, Romelia, era una enviada de Olofin con tremendas domingas...

—Juan, saca la mano del plato de croqueta' que son pa' la cena.

— ...y una mata de pelo caudaloso para agarrarse mientras uno se va...

—¡Juan!!!!

 —...para donde tú sabes que vamos los tipos cuando nos estamos tallando a una piba que está de pinga.


“Una mujer no igual, pero sí casi a la que Juan le había pedido Olofin. Juan pasó la semana siguiente al descubrimiento en el bar pren
diendo velas y poniendo toda clase de ofrendas exóticos por la labor de Olofin al concederle su deseo: «una mujer libre y soberana que necesite mantener sexo con un hombre libre y soberano»...”.

...y tomando café en el bar de la señorita de las perras domingas, aunque yo nunca le decía ni esta boquita de mudo es la mía. Llegaba a las 3:00, en punto, a mí marcándole tarjeta a las amantes no me gana ni Mazzantini el torero, y me plantaba en la terraza, en la mesa cinco que es desde donde se controla mejor el interior del bar. 

La paisana de Gabo, Miss Colombia, aparecía, yo le pedía con voz antillana: “mimi, ponme un café” y ahí empezaba la danza del cortejo: ella me traía el café a lo Luis Fonsi, despacito, yo le rozaba el dorso de la mano con discreción, ella me sonreía, también con discreción, se alejaba otra vez a lo Fonsi y se metía trás la barra a hacer sus cosas. Y así pasábamos la tarde, matándonos eléctrica e indiscretamente con la mirada.

Creo que el valor necesita el mismo número de días que a Dios le hizo falta para inventar el mundo, porque justo al séptimo día de visitar el bar, el domingo,  Miss Colombia mandó a tomar vientos Luis Fonsi, vino a mi mesa como un maremoto y me dejó una nota junto al café con su teléfono. Le dije: “coño mimi, que yo puedo ser tu papá”.

Esa misma tarde llamé a mi hija entrecomillada para hacer todas esas cosas que yo acostumbro a hacer cuando me interesa una piba; comer, beber, bailar, en ese orden hasta acabar (ya se veía venir) en mi cuarto besándonos mucho y sobánsonos, y oyendo a Diego “el Cigala” cantar repetitivamente: «cada parte de ti / tiene forma ideal / y si estás junto a mí / coincidencia total de concavo y convexo / así es nuestro amor: en el sexoooooooo». 


En fin, haciendo Miss Colombia y servidor que les habla el famoso “Cóncavo y convexo” de Roberto Carlos, pero sin la la repetición larga de la 'O' en la palabra sexo  odteniendo como resultado final: sexo... y preguntándole al fondo del vaso de tequila qué carajo iba a hacer con la piba “muda” que dormía ebria y en cueros en mi cama.

Todo el que conoce sabe que soy muy hablador. Con mi mujer hablaba hasta por los codos después del acto, en los entre actos y durante. No sé quién de los dos le pedía el carrete prestado a Buzz Light Year (“hasta el infinito y más allá) antes de entrar al cuarto, pero así era como discurría la acción mientras bajaba la botella de tequila y pasábamos de Trane a estar ella arriba y luego a Parker. De Parker a Miles y de Miles a estar ella abajo. Del misionero a Monk y ahí ya nos moríamos con Monk en cualquier pose del kamasutra que nos pillara: el trapecio, el 2, el 69...


Ni muchísimo menos mi mujer se queda tan ancha con un polvo. 
¡Hijoeputa abogado!, que ahora se la tiene que andar follando en su cuarto de soltera allá en casa de sus viejos, en Camden.

Mientras devolvía a mi hija entrecomillada  al domicilio paterno, me acordé del día de mi coronación de ifá* y de mi padrino mirando misteriosamente su cadena sobre la estera como una culebra oscura paralizada:

“Este signo de ifá prohíbe vivir con una omo yemayá. En este ifá a Orunmila le pegaron los tarros y él se tomó a cuchillo la justicia. Es ifá de soledad y hastío”.

No se me ocurrió otra cosa que pedirle a Olofin, a Shandi, a Alá, a Brahma, a Vishnu y a todas las deidades de los hombres y a los muertos que un día fueron hombres al servicio de dios que, por favor, me devolvieran lo que yo les había pedido se llevarán de mi casa aquella noche de sábado:

“¡Perra, te voy a rajar de arriba a abajo. Te juro por mis muertos que no te van a quedar ganas de jugarmela, puuuuuuuta!”:



“Onó Shangó mandó a Omo Yemayá desnudarse. Al ver el ventanal abierto en flor como invitación forzada a salir al exterior del cuarto, Omo Yemayá dijo: 


—Onó Shangó, hace frío”.

—Las putas nunca tienen frío porque salen a fletear por las noches medio en cueros, vamos, camina. 

Onó Shangó agarró a Omo Yemamayá del cabello y la arrastró a punta de cuchillo a la terraza lindante con el cuarto matrimonial.









GLOSARIO YORUBA CONGO LUCUMÍ:


Pataki: leyendas e historias que narran la vida de las deidades africanas (orishas) mientras fueron hombres en la tierra.


Arayé: revolución, guerra.


Oloddumare: dios creador del todo y del destino de todos los hombres.

Orí: espíritu, alma. Partícula de dios.

Olofin: deidad creador del universo y patriarca del pueblo yoruba.

Ikin: los ikines representan dentro del culto a ifá el misterio de la creación. Es una de las herramientas de adivinación más utilizadas por los sacerdotes de la orden de ifá, los Babalawos, está el ikin Ifá. El ikin es la nuez de una palma especial que crece en África.

Onó: rey absoluto.

Shangó: dios del trueno y del rayo. Dueño de los tambores batá.

Omo yemayá: hija de la deidad yoruba lucumí Yemayá, diosa de la creación y reina del mar.

Moddukué: gracias.