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jueves, 7 de diciembre de 2017

Night and day...



—Ven, Madison. —llamó ella.



Pero yo estaba, ciertamente, desconcertado, y en lugar de ir hacia ella fui encuerándome de a poco allí mismo, en la entrada del cuarto, y preguntándome si mis veintiún años y yo seríamos  tan hombres, en el sentido más primitivo de la especie, como para darle a la mujer desnuda sobre la cama todo el placer que sus ojos, sus labios tan anhelantes que sufrí la tentación, el temblor de abalanzarme sobre ellos y desgarrarlos a muerdos limpios, sus dedos gozosos entrando suavemente, desapareciendo ante mí en un exitante truco mágico engullidos por la voracidad de su vagina, sus dedos en procesión de la vagina hacia la boca plena de gemidos y regresando luego, ensalivados, listos para emprender de nuevo la regata por el canal de su vagina, me demandaban.

Las mujeres que yo había conocido hasta el momento nunca gozaron de la masturbación en mi presencia. Ellas viajaban a las tierras del sexo de un modo más silente y en retroinversa, casi de boca para adentro, hasta que el orgasmo las acorralaba amenazandolas con explotar de pronto y la oleada de placer las dominaba conduciéndolas al exterminio de su razón.

Ella era una mujer distinta, y lo era  porque era ella quien mantenía a raya las turbulentas marejadas de placer. Ella mandaba en la intensidad de su ola y en consecuencia la hacía crecer gradualmente cuando ésta caía moribunda y en picado haciendo del sexo y de su sexo un nirvana infinito, tal y como ocurrió en nuestra primera noche juntos: un sexo selvático que ella practicaba amazónicamente sobre mí, mientras me hablaba suave, su boca a ratos al borde de mi boca, otras en tono débil en mi oído, de la fascinación de sus ojos por mis ojos, de mis manos, dijo que yo tenía manos de pianista, muy grandes, para ser un chaval de mediana estatura, y que le hacía una ilusión tremenda cuidar de una cosita tan alfa como yo. Sí, eso dijo. Aunque lo de cosita no me importó en lo más mínimo, teniendo en cuenta que ella se había hecho un montón de kilómetros al volante, desde Sevilla a Madrid, solo para ver a su "cosita".

Se durmió pronto. De repente me encontré fumando al borde de la cama preguntándome por qué no iba yo a querer a una mujer como aquella: guapísima, metro noventa, inteligente, sexi, y mira que uno había visto cuerpos violentos mientras se cambiaba de vestuario o descansaba en los entreactos tras las bambalinas ¿Era esa la mujer que yo quería, o simplemente lo estaba flipando con su tremendo polvo? Por supuesto que lo estaba flipando, tanto que decidí no marcharme, y una semana más tarde no marcharme nunca más de su bendita cama.

Gladys fue la primera en darse cuenta que nuestro amor era un amor enfermo con probabilidades de mutar en un cáncer al que la metástasis arrollaría con el correr del tiempo. Un amor del que no sé si vanagloriarme o infligirme el mas brutal de los castigos por haberlo amamantado, criado a puros hilos y algodones como lo hace un científico con el espécimen que encuentra en las cloacas de su pueblo, raquítico y medio muerto, y al que se niega rotundamente a asesinar amparado en el acto de haber traído a su insignificante laboratorio un adorable depredador cósmico.

—No sé, a mí se me parece mucho a esa mujer brasileña que canta...

Eso dijo mamá cuando se la presenté, que vino a ser lo mismo que yo pensé cuando la descubrí aquel sábado de agosto esperándome en la puerta de mi hotel.

—Gal Costa, mamá. —aclaré, aún a sabiendas que mi mujer era, que ya es mucho decir, mucho más exótica que la misma Gal.



—Ya ¿y eso para que sirve? La belleza se pasa, y esa  no es la mujer que a ti te conviene.

—¿Y cuál sería entonces, según tú, la elegida? Tú no tienes idea de lo que me conviene, por muy mamá mía que tú seas, Gladys Sánchez.

—Es que es un poco...

—¿Puta, Gladys?

Nos conocemos muy bien mi mamá y yo, tanto que casi siempre acabo por adivinar sus malos pensamientos.

—Sata, hijo, sata.

—Supongo que tendrás una razón de peso para afirmar que mi mujer es sata, que para el caso es lo mismo que puta pero escrito una octava más baja en el compás.

—Es que a veces te mira con unos ojitos...

—Con ojos de qué, mamá.

—Pues ojos de..., de, ay niño y yo que sé.

Ni falta hacía que mamá  abriera la enciclopedia de ojos para ilustrarme. Si alguien sabía con que ojos me miraba mi mujer, tan descaradamente, por la cara, era yo, porque eran los mismos ojos con los que yo la apuñalaba a ella cuando ni ella, ni mi mamá ni nadie me miraban, solo que mi mamá no iba a atreverse a decir justo en ese momento en  que a uno lo pillan connlos ojos en la masa que su adorable gallo le ha salido, en resumidas cuentas, muy puto.

—Salta a la vista que te quiere muchísimo, Madison, el problema es que no sabe cómo quererte bien. —dijo Gladys.

Todavía no sé, aún me mata la duda, si decidirme por catalgar a aquella frase de mi señora madre como sentencia firme inapelable o maldición gitana. Lo que si queda claro es que la bruja Gladys olvidó en su afán protector de madre hacer uso del plural: "mi mujer y yo nunca supimos querernos más allá de los placeres de la carne".

Y así lo demuestran todas las cicatrices que nos hemos marcado a lo largo y ancho de nuestra relación bajo la piel: a hierro limpio, como los ganaderos hacen con sus reses, en los días en los que el tiempo apremia y hay que acabar la balacera pronto. A navajazos, como los criminales que abundan por esos callejones oscuros de las series "B" holliwodienses, cuando el insomnio, y esos tipicos nervios que sufren los insomnes, lo ponen a uno muy, pero que muy al quite. Y en ocasiones contadas a espada, como los caballeros, dejándonos la piel en el torneo. Esos enfrentamientos ídem de ídem en cuanto a sangrantes a los que bien recrean los guionistas de las series históricas de la HBO, capaces de arrancar ohhhhhes y piadosos ayyyyyys de labios de sus fieles.

En realidad, ya poco podía hacer Gladys Sanchez para tirar por tierra mi matrimonio. Cuando ella y mi mujer se conocieron yo ya estaba completamente hechizado, pero no podía permitirme contarle a mi señora mamá que no era de aquel cuerpo fenómeno que superaba con creces al de Gal, de lo que en realidad me había enamorado: su hijo estaba desquiciado, perdido por el brillo, casi inhumano, que trascendía de los ojos de su esposa cuando ella abría sin recato las puertas de la lujuria en la mañana, durante la siesta... La hora daba igual, ella era tan liberta y pura poniendo sobre el tapete sus artes amatorias, que todos los relojes de mi casa le importaban un soberano pijo, como explicarle a mi mamá que su hijo estaba muy colado por la manera, casi naufraga, en la que su mujer se aferraba a él de madrugada y le arrancaba (no he conseguido nunca dormir desnudo gracias a la buena educación que me dió Gladys) los boxers y lo montaba y gritaba, como una loca en celo, aunque él le dijera que las paredes de los pisos modernos son hiper delgadas y que conseguiría escandalizar con sus falsetes a los vecinos, y lloraba, como una loca en celo, también, cuando el orgasmo era demasiado virulento. Cómo hacer ver a mi mamá que su ojito derecho lo flipaba, totalmente, con el desparpajo con el que su mujer se masturbaba ante él cuando le apetecía y de paso, porque era lo que a esa mujer más le exitaba, también él se masturbaba. Enamorado de cómo ella se miraba, largo y tendido y se acariciaba ante el espejo las caderas, los senos, antes de salir de casa para saber si estaba a gusto con ella misma, enamorado como un bobo, o según mi mamá como un maricón integral, de su semántica sexual amoral, transgresora, que largaba mientras ambos se daban sudorosos y en cueros la lengua, los fluidos y la gloria. Enamorado hasta de los gritos histérico-ofensivos  que ella lanzaba a sus músicos y a sus técnicos de luces y a sus técnicos de sonido y hasta a la madre de los tomates si también se resbalaba con ella un pelo, cuando alguno  metía la pata en la prueba de sonido.

Pero no hacía falta, tampoco, que Gladys fuera conocedora de todos esos detalles porque los hijos guardan celosamente de las madres Gladianas esos amores tan peligrosos. Si yo le hubiera contado a mi mamá de qué me había enamorado realmente ella le habría puesto cicuta a la puta de mi mujer en el café y yo, don maricón, también me habría puesto cicuta en el mío al descubrir a mi Juana de Arco muerta y de bruces sobre la mesa de la Bastilla no, sobre la mesa de de mi cocina y santas pascuas y a joderse.

Gladys no tenía ni zorra idea de cómo hurgar en mi organismo hasta encontrar el trozo de manzana envenenada cuya extracción me haría volver nuevamente a la realidad, como yo sigo hoy, veintiséis años más tarde, sin tener ni pajonera idea de cómo superar este delirio crónico por mi mujer, esta fiebre tan negra que Jodorowski llama dependencia emocional y que mi mamá, Gladys, la fantástica, llama cubanamente mariconada y otra sarta muy injusta de insultos rastreros e improperios dirigidos a erosionar mi hombría.


Sí. Solo dios podría ofrecerle a mi mamá una cifra numérica real de las noches que yo le he pedido amanecer muerto en mi cuarto si mi mujer me dejaba, y el ranking de las otras tantas en las que le pedí que le pusiera a mi mujer por delante a otro maromo que supiera gozar de la gloria de tener a una hembra hermosa y bien puta en su cama todas las noches, o esas noches en las que ella no está de tourné, sin tanto aspaviento ni tanto hacerse daño, pero mi mamá siempre se ha mostrado reacia a charlar con dios.

A Gladys lo que le va son otras movidas mucho más heavis y paganas.