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martes, 15 de octubre de 2019

Booty.



(Borrador)

El taxi lo dejó frente a la casa del amor de su vida. Llamó al timbre. Sabía que el viejo amor tardaría en bajar los doce pisos en el ascensor, atravesar la zona ajardinada y asomarse a la cancela, así que esperó.

«¿Juanito?». No, él no llamó para decirle que llegaba. Comunicarle su visita le daría el margen para arrepentirse. La vieja deuda de amor que ambos mantenían se había convertido para Juan en una cuestión de «ahora o nunca». El amorcito concedió el acceso y Juan no solo entró, sino que lo besó con total alevosía. El hombre, preparado quizá para irse a la cama (en bata y zapatillas), exclamó perplejo: ¡¡Juan!!!!...

Justo la reacción que Juan esperaba de Ernesto; a caballo entre la aprobación y la sorpresa. Atravesó el salón como un torbellino con el firme propósito de hacerle el amor al hombre en bata y zapatillas: Ernesto Lomba. Fue por Ernesto que él pasó la tarde previa a la visita en los comercios de Picadilly Circus a la caza de un atuendo (Tommy Hilfiger jamás falla).

¡EUREKA!!!! Decir que Ernesto lo miraba con ojos brillantes (o vidriosos) sería incurrir en el pecado de los malos narradores: Ernesto Lomba lo miraba como si Juan fuera la última criatura de su especie en un mundo devastado por una raza no catalogada aun por la ciencia.

«Que se  note la cicatriz». Rollie era el único barbero en Londres que le dejaba la barba a su gusto: una sombra que apenas mostraba su cicatriz; el mal recuerdo de una bronca callejera en Centro Habana. Fue el mismo hombre que minutos antes se había hecho a un lado en la puerta ofreciéndole acceso a Juan para transitar con absoluto dutty free por sus dominios quien dijo al ver el tajo atravesando parte de la mandíbula «te da aires de bandido», quizás para quitarle hierro a la complicada posición del daño.

Si había un lugar en la tierra que hablaba de su hombría desde el silencio, eran aquellos muros. Juan se hizo un hombre correteando en cueros por los cuartos de aquella fortaleza montando a la difunta esposa de su dueño, Ernesto Lomba. Sabía donde se encontraba la pieza matrimonial y hacía allí se encaminó: última planta, final del pasillo.

Habría matado porque Ernesto le ofreciera un cóctel, pero veinte años de ganas acabaron plantando cara a su sed. En verdad no tenía idea de cómo manejarse ante un igual. Sin embargo, allí estaba, desnudo frente al hombre que segundos antes de subir las escaleras propuso el reto de lamer toda su carne, incluyendo en la oferta su cicatriz de cuatrero. Sí, un trago le vendría de escandalo pero Ernesto ya habia entrado en el cuarto y antes de que Juan expusiera su necesidad, el viejo amor se despojó de la bata, las zapatillas...

El acto acabó pronto. Ahora Juan estaba convencido que el amor por el hombre bajo suyo destruiría su matrimonio. De repente, Juan quiso que Dios le infundiera valor para marcharse, pero ni él creía en Dios ni Dios en los infieles. 


****

Ya iba a acostarme cuando sonó el timbre. Bajé a la cancela..., ¿Juanito? Por supuesto que abrí. Me sorprendió tanto ver a ese golfo besarme allí mismo en la puerta que exclamé: «¡Juan!!!!». Tuve que hacerme a un lado para que Juanito "el torbellino" no me atropellara. Al ver que no traía maleta me di cuenta que Juan venía con un solo propósito: TEMPLAR.

¡Santa Madonna! Como estaba ese hombre vestidito de Tommy. Decir que yo miraba a Juan con los ojos vidriosos o chipeantes, o cualquiera de esas idioteces que los guionista baratos le hacen decir a los actores que interpretan el papel de enamorado bobo, sería un completísimo pecado. Yo no miraba a Juan con ningunos ojos. Lo miraba con la boca, los dientes, la lengua y con el aparato digestivo al completo porque lo que yo quería era encuerarlo y tirarlo, como una pieza de carne, sobre mi cama y comérmelo, literalmente.

El mango vestido de Tommy Hilfiger que cortaba transversalmente la sala de mi penthouse sí que era un cuerpo y no el de los bomberos. «Te voy a dar lengua hasta en la cicatriz, bandido».

Cómo pasa el tiempo. Parece que fue anoche cuando Juanito puso el pie en esta casa por primera vez. Sí, fue aquí mismito donde Juan se hizo un hombre, corriéndole detrás a mi difunta. Ni falta hacía que le dijera a ese descarado donde quedaba el cuarto. 

De saber que venía me habría perfilado el bigote, bueno, Juan es así, le mata ir por libre. De verdad que pensé en prepararle un cóctel, pero veinte años queriendo coger con Juanito pudieron más que mi hospitalidad y quién iba a bajar a la cocina con aquel monumento en desafío. Yo estaba como Tángana con el Booty de Becky, con cara de aquí paz y orden, pero con la artillería del submundo en guerra.

Lástima que acabáramos pronto.

¿Acabáramos?... Fue el loco de Juanito quien hundió el Titanic antes de que la orquesta comenzara a tocar y tropezaramos con el iceberg.

Es verdad que en el pasado compartimos mujeres, pero en el presente Juan no tiene ni idea de cómo ventilarse a un tipo. Va a costar un Potosí entrenarlo, pero estoy dispuesto. El hijo de su madre bien lo vale. Sería desastroso que mandara a su mujer a freír espárragos por mí.

¡Señor, dame paciencia! Por Juan sería capaz de sacrificar a un mamut en tu nombre, pero hace mucho que prohibiste derramamientos (Juan 1:29-51) y ambos sabemos que ni yo tengo toda la fe que hay que tenerte, ni tú has creído nunca en los de mi condición.